KODAI

古代
Capítulo Diez
Tōge«El paso»
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I

Lo que vale un nombre

El mostrador era de metal y tenía una ranura, y detrás de la ranura había un hombre que llevaba once años sin mirar a nadie a la cara.

—Siguiente.

El que se acercó cojeaba un poco de la pierna izquierda y llevaba la cuenca derecha cerrada. Puso las dos manos en el mostrador y esperó a que el otro levantara la vista, y el otro no la levantó, así que habló igual.

—Traigo una cosa.

—¿Objeto o dato?

—Dato.

—Sector.

—No sé el sector. —Se pasó la lengua por los dientes—. Es una montaña. Al norte de la ruta larga, la que va por encima del mar congelado. Tiene un faro.

El de la ranura escribió montaña y faro y se quedó esperando.

—Ahí arriba hay un ojo kodai.

Y ahí sí levantó la vista.

Fue la primera vez en todo el rato. Tenía la cara de un hombre que lleva once años haciendo lo mismo y que acaba de oír, por fin, una de las cuatro frases por las que le dijeron que estuviera atento.

Fue medio segundo, y después volvió al papel, pero el que estaba de este lado del mostrador llevaba nueve años vendiendo información y sabía perfectamente lo que valía medio segundo.

—Visto por ti.

—Visto por mí.

—Cuál de los tres.

—Eso no lo sé. Se lo oí decir a un viejo.

—Qué viejo.

—El que vive ahí arriba.

El de la ranura escribió otra línea, despacio.

—Y ese qué es.

—Un viejo —dijo el hombre—. Vive solo. Enciende la luz.

—Tiene ojo.

—Sí.

—Cuál.

—Rombo.

Y el de la ranura hizo un ruido con la garganta que quería decir bueno, algo es algo, y siguió escribiendo.

Le pagaron en el mismo mostrador, en un sobre.

El hombre lo abrió delante, porque lo había abierto delante toda su vida y no pensaba dejar de hacerlo ahora, y contó lo que había dentro.

Y lo que había dentro era poco.

Contó otra vez, con el pulgar, despacio.

No era una miseria. Era peor: era razonable. Era lo que se le paga a alguien por un dato bueno cuando el que paga tiene mil datos buenos que comprar aquel día.

Se quedó un momento mirándolo.

Se acordó de nueve años de puertos, de papeles comprados, de gente a la que había tenido que pagar para que se acordara de un chico de diecinueve años con una hermana mala. Se acordó de una explanada en lo alto de una montaña y de un crío cojo poniéndole una cápsula en la mano y cerrándole los dedos encima.

Y después se guardó el sobre en el bolsillo de dentro, contra el pecho, donde llevaba todo, y salió a la calle.

—Siguiente —dijo el de la ranura.

Y esa misma noche, tres mesas más allá y dos pisos más arriba, alguien pasó una hoja a otra bandeja, y en la hoja ponía montaña, faro y rombo, y debajo, subrayado dos veces, una palabra que hacía once años que no se escribía en aquel edificio.

II

La franja

Raito llevaba un rato largo en la escotilla y todavía no se había cansado.

Aquello era lo raro. Llevaba mucho tiempo mirando la nada por una ventanilla, y de pronto había cosas que mirar.

Arriba, la costra del cielo.

Y estaba más baja de lo que él creía. Eso fue lo primero que lo desconcertó: que desde la granja el cielo era una cosa que no se acababa nunca, y aquí era un techo. Marrón por partes, morado por otras, negro casi todo, y con una superficie que se veía. Grumos. Vetas. Cosas colgando hacia abajo como cuelga la humedad de un sótano.

Abajo, la bruma.

Un suelo blanco sucio que tapaba el mundo entero y que se movía muy despacio, y que en algunos sitios se hundía en remolinos lentos que se cerraban solos.

Y en medio, ellos: una nave remendada, torcida, con una costura de chapa en el costado, cruzando de lado a lado el único sitio del mundo por el que se puede cruzar.

—Es estrecho —dijo.

Samui, desde los mandos, no se volvió.

—Es lo que hay.

—No, digo… —Raito buscó cómo decirlo—. Que es estrecho. Que arriba está eso, y abajo está lo otro, y en el medio hay… ¿esto? ¿Nada más?

—Nada más.

Raito se quedó con eso un rato.

Después se levantó y fue hasta la otra escotilla, la del otro costado, y miró, y era exactamente igual. Y subió al puente y miró por delante, y también. Y le entró una cosa que no era miedo pero se le parecía: que estuviera mirara donde mirara, siempre había techo arriba y suelo blanco abajo, y que aquello no cambiaba nunca.

En su casa uno se subía al monte para ver más lejos.

Aquí no había más lejos. Había más de lo mismo.

—¿Y todo pasa por aquí?

—Todo lo que se mueve —dijo Samui—. Y lo que no se mueve está debajo.

Y esa fue toda la explicación, y a Raito le duró mucho tiempo en la cabeza.

Se pasaban las horas en la escotilla, los cuatro, y esa fue la primera cosa que Raito entendió del viaje: que estaban mirando lo mismo y que no estaban viendo lo mismo.

Él buscaba algo vivo.

No se dio cuenta de que lo estaba haciendo hasta que llevaba mucho haciéndolo. Se le iban los ojos a cualquier movimiento que no fuera la bruma, a cualquier mancha en el hielo, a cualquier cosa que pudiera ser un bicho. Y no había ninguno. Ni uno. Y cada vez que no había, se le ponía un poco peor el cuerpo.

Yoko contaba salidas.

Lo hacía sin darse cuenta. Raito la vio dos veces mirar el borde de la escotilla, y después la costura del casco, y después la escalerilla del puente, y supo exactamente lo que estaba haciendo, porque llevaba desde el muelle nueve viéndola hacerlo.

—Aquí no hay salidas —le dijo una vez.

—Ya lo sé.

—¿Entonces?

—Por eso las cuento —dijo ella—. Para saber que no hay.

Kairu ponía precio a todo.

—Eso de ahí —decía, señalando una cosa cualquiera en el hielo— eso, si lo bajaras, sacas para comer un mes. Depende de qué sea.

—No se ve qué es.

—Da igual lo que sea. Está ahí abajo y no lo tiene nadie. Eso sube el precio.

Y Asuru dormía.

Eso también lo notó Raito, y tardó en entenderlo: que de los cuatro, la única que no se pasaba las horas pegada a la escotilla era ella. Dormía, o hacía como que dormía, y cuando se levantaba se ponía a ordenar cosas que ya estaban ordenadas.

—¿No te gusta mirar? —le preguntó una vez.

—Sí me gusta.

—¿Entonces?

Y Asuru se lo pensó de verdad, que era lo que ella hacía siempre antes de contestar cualquier tontería.

—Es que si miro mucho me acuerdo de cosas —dijo.

Y siguió doblando una manta.

Y Samui no miraba.

Samui corregía. Tenía las manos encima de los mandos, tocaba muy poco, y cada tanto movía algo dos dedos y la nave se enderezaba antes de que a nadie le hubiera dado tiempo a notar que estaba torcida.

Y esa noche, en la bodega, con la ración en la mano, Kairu preguntó una cosa que Raito llevaba semanas queriendo preguntar y que no se había atrevido.

—Oiga. ¿Y usted por qué sabe volar?

Samui había bajado a comer, que era una cosa que hacía poco, y estaba sentado en un cajón con la espalda contra el mamparo.

—Porque me enseñaron.

—¿Quién?

—El régimen.

Y ahí se quedó todo el mundo con la cuchara en el aire.

—¿Usted fue de ellos? —dijo Yoko.

—Yo fui piloto de ellos. —Se lo dijo a la ración, no a ella—. Cuatro años.

—¿Y qué hacía?

—Llevar cosas de un sitio a otro. Y a veces llevar gente. —Masticó—. Y una de las veces que llevé gente me di cuenta de adónde la estaba llevando.

—¿Y lo dejó?

—No lo dejé.

—¿Cómo que no?

—Que no lo dejé. —Se limpió la boca con el dorso de la mano—. Se acabó.

Kairu abrió la boca para decir que eso era lo mismo, y no lo dijo, porque hasta él se dio cuenta de que no era lo mismo.

—¿Y cómo entra uno ahí? —dijo Yoko—. Digo, en el régimen. Con ojo.

—Con papeles.

—¿Y de dónde saca uno papeles?

—De donde se sacan. —Samui rebañó el cuenco—. Eso tampoco se cuenta comiendo.

Y siguió comiendo, y nadie le preguntó nada más, y Asuru, sin decir nada, le pasó su ración de pan.

III

Las postas

En algún momento de aquel rodeo Raito se dio cuenta de que llevaba un rato tarareando.

Y se paró en seco, porque hacía mucho que no le pasaba.

La primera la vieron a media travesía.

Fue Kairu el que gritó, y gritó de una manera que hizo que subieran todos.

—¡Ahí!

Y ahí, muy lejos, colgada de nada, había una cosa.

Raito la reconoció antes de saber lo que era, porque tenía la misma forma de todo lo que había visto en aquel mundo: cascos viejos amarrados unos a otros, cuerdas, luces temblando dentro. Como el puerto donde había visto la mariposa de metal.

Solo que pequeño. Muchísimo más pequeño.

—Una posta —dijo Kairu.

—¿Y qué es una posta?

—Un sitio para parar. —Se colgó del borde de la escotilla—. Es que ninguna nave cruza esto de un tirón, campesino. Ninguna. Lo que tenemos aquí abajo se acaba, y cuando se acaba te caes. Así que hay sitios para parar, y están puestos a la distancia que aguanta un depósito lleno.

—¿Y por qué no paramos?

—Porque parar cuesta —dijo Yoko.

—Ah.

—Y porque en cada una de esas hay alguien apuntando quién entra —dijo Samui, desde arriba.

Y ahí se acabó la conversación.

—¿Y por qué no vive la gente abajo, en el hielo? —dijo Raito—. Si hay torres y hay ciudades y hay… lo que sea que haya.

—Porque está debajo de la bruma —dijo Yoko.

—Ya, pero si la bruma se pudiera—

—No se puede.

—Es que yo lo digo porque en mi casa—

No se puede, Raito. —Y no lo dijo de mala manera; lo dijo cansada—. Todo lo que se te ocurra ya se le ocurrió a alguien hace cien años y está muerto.

Vieron cuatro más en las horas siguientes, todas iguales y todas distintas, y a Raito se le quedó una imagen que no se le fue nunca: que desde arriba, la ruta entera era una fila de luces sobre el hielo.

Una detrás de otra, colgadas en la nada, separadas exactamente lo mismo.

—Es un camino —dijo.

—Es una cuerda —dijo Randa.

Se había acercado sin que nadie la oyera, y se apoyó en el borde de la escotilla con los dos codos, mirando lo mismo que él.

Estaba sentada en un cajón, como siempre, sin mirar por ningún sitio.

—¿Cómo que una cuerda?

—Que eso no lo puso nadie porque quisiera. —Se estiró—. Eso lo puso el que decidió que la gente fuera por ahí y no por otro lado. Pones postas en una línea y ya no hay más ruta que esa línea. Y el que se salga de la línea, pues que se caiga.

Raito miró otra vez la fila de luces y le pareció otra cosa.

—Y las postas eran de gente —dijo Samui.

—Cómo que eran.

—Antes de la Renuncia, eso eran cuatro familias con un depósito y una bomba, cobrando por llenarte. —No se volvió—. Y un día llegó un papel diciendo que a partir de ahora el depósito era del sector, y que ellos podían quedarse trabajando en él si firmaban.

—¿Y firmaron?

—Firmaron todos.

—¿Todos?

—Todos menos dos —dijo Samui—. Y de esas dos postas no queda nada. Se pasa por encima y no se ve ni el sitio.

Nadie dijo nada durante un rato.

—¿Y usted eso cómo lo sabe? —dijo Kairu al fin.

—Porque estaba.

—¿Estaba dónde?

Y Samui no contestó, y a Raito se le puso una cosa en el estómago, porque llevaba una travesía entera oyendo a aquel hombre contestar preguntas que no le hacían y esta era la primera que dejaba caer al suelo.

Y debajo, todo el rato, el mar congelado.

No era liso. Eso fue lo que más le sorprendió, porque él había visto el agua quieta de un pozo y se había imaginado algo así pero enorme, y aquello no se parecía en nada: estaba reventado. Levantado en placas del tamaño de un pueblo, unas encima de otras, con grietas negras entre medias.

Y de las placas salían cosas.

Estructuras. Puntas. Cosas rectas que el hielo no hace, congeladas a medio caer.

—Eso es una torre —dijo Asuru, muy bajo.

—¿Eso?

—Eso. Y aquello de allá también.

Raito miró y le costó verlas, y cuando las vio ya no pudo dejar de verlas: que las cosas que asomaban del hielo no eran rocas.

—¿Ahí vivía gente?

—Ahí vivía todo el mundo —dijo Randa, sin abrir los ojos—. Corazón, eso de ahí abajo no es el mar. Eso es lo que había antes de que hubiera mar.

—¿Y qué pasó?

—Que se congeló.

—Ya, pero ¿por qué?

Y Randa abrió un ojo.

—Muchacho, si yo supiera eso no estaría aquí sentada.

Y Samui, desde los mandos, dijo una cosa que nadie le había preguntado.

—Se congeló en una noche.

—¿En una noche? —dijo Kairu.

—Eso dicen los que lo dicen. Que se acabó el sol y a la noche siguiente ya no se podía salir. —Corrigió el rumbo dos dedos—. Y que la gente que estaba abajo se quedó abajo.

Raito miró otra vez las cosas que salían del hielo.

Y esta vez las contó.

IV

Dentro

Aquella noche pasaron dos cosas.

La primera fue que Kairu se puso a contar cómo había sido su primera vez en una nave, y lo contó tres veces con tres versiones distintas, y a la tercera Yoko le dijo que se decidiera. Y la segunda fue que Asuru, mientras recogía, dijo sin venir a cuento que a la ración le faltaba sal, y que en su casa había habido sal, y después se calló como si hubiera dicho una barbaridad.

Nadie recogió lo segundo.

Y Raito se acostó pensando en eso, y en la fila de luces, y en un hombre que llevaba once años firmando papeles en una posta.

Entró esa noche, y le costó menos.

Eso fue lo primero que notó y lo primero que le gustó: que se tumbó, que dejó de intentarlo —porque ya sabía que había que dejar de intentarlo— y que estuvo dentro casi enseguida.

Y venía contento.

Eso también era nuevo. Venía con cosas que contar, que era una sensación que no había tenido desde el porche, cuando volvía del monte con algo y había alguien esperando.

—He visto una torre —dijo—. Debajo del hielo. Y postas. Y hay una fila de luces que va de un lado a otro del mar y son sitios donde vive gente, y arriba el cielo es un techo, un techo de verdad, se ve—

—Vas a llegar tarde otra vez.

Raito se paró en seco, con la boca abierta y una torre debajo del hielo a medio contar.

La sombra estaba donde estaba siempre, sentada en el aire, en la habitación rota que seguía exactamente igual de rota: el fuego quieto en el suelo, los relojes reventados a media altura, el blanco agrietado.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

—Yo no—

—Vas despacio.

Y a Raito se le fue el color de la cara, porque de todas las cosas que se le podían decir a él en el mundo, aquella era la única que le entraba entera y sin rozar nada.

Llegar tarde.

—¿Tarde a qué? —dijo.

Silencio.

¿Tarde a qué?

—Esa es una de las tres —dijo la sombra.

—¡No estoy jugando a las tres!

—Yo sí.

—¡Yo no he preguntado tres! ¡He preguntado una!

—Y esa es la una. Y no te la voy a contestar.

Raito se quedó ahí de pie, con los puños cerrados, en mitad de un cuarto que se estaba quemando por dentro sin quemarse.

Y le vino una rabia que no era de ahora. Era una rabia vieja, con forma conocida, y la reconoció perfectamente porque era exactamente la misma que le entraba en el porche cuando preguntaba una cosa y su abuelo miraba el patio.

—Es que ustedes son todos iguales —dijo.

—Quiénes.

—Ustedes. —Movió la mano hacia todas partes—. Mi abuelo. Mi hermano. Samui. El viejo del faro. Y ahora tú. Todo el mundo sabe una cosa y todo el mundo decide que yo no. Todo el mundo. Toda mi vida.

La sombra no contestó a eso enseguida.

—Sí —dijo por fin.

Y eso fue peor que si le hubiera discutido.

—¿Sabes lo que me estás pidiendo? —dijo—. Que sea más fuerte. Me lo dice todo el mundo. Me lo dice Kō, me lo dice Samui, me lo dices tú—

—Yo no te he pedido que seas más fuerte.

—…

—He dicho que vas despacio. —La silueta no se movió—. Son cosas distintas. El fuerte y el rápido no son el mismo, y a ti te hace falta el segundo.

—¿Y qué diferencia hay?

—Que el que va despacio también llega —dijo la sombra—. Llega después. Y hay cosas a las que llegar después es lo mismo que no llegar.

—Dime una.

—No.

—Dime una, aunque sea.

—Si te digo una —dijo la sombra— vas a hacer lo que sea por evitarla, y lo que hagas va a cambiar el sitio al que llegas. Y necesito que llegues al mismo.

Raito se quedó helado.

—¿Al mismo que quién?

Y la sombra no dijo nada, y por primera vez desde que aquella cosa existía a Raito le pareció que se había equivocado al hablar.

Raito se sentó en el suelo, entre los cristales que no cortaban.

Estuvo un rato callado, mirando arder una mancha del suelo que no ardía de verdad.

—¿Y esto? —dijo, señalándola.

—Eso también es tuyo.

—Ya sé que es mío. Digo que qué es.

—Cuando lo sepas, se apaga.

Raito se rió sin ganas.

—Todo lo que dices suena a acertijo.

—Todo lo que digo es lo mismo dicho de maneras distintas —dijo la sombra—, y llevas nueve veces sin oírlo.

Se quedaron los dos callados.

—Tú sabes algo que va a pasar —dijo Raito.

La sombra no contestó.

—Lo sabes. Por eso me metes prisa. —Levantó la cara—. Antes no me metías prisa. Antes me decías que no estaba listo y que primero ordenara esto y que ya lo vería. Y hoy me dices que voy despacio.

—Sí.

—¿Y qué cambió?

—Nada —dijo la sombra—. Yo llevo con prisa desde el principio. Lo que pasa es que hasta hoy no me convenía que lo supieras.

Y aquello, por alguna razón, fue lo más aterrador que le habían dicho a Raito desde que se cayó en aquel mundo.

Porque hasta ese día él se había creído una cosa sin darse cuenta de que se la creía: que lo suyo iba de aprender. Que estaba atrasado, que le faltaba, que tenía que ponerse al día — y que el día llegaría cuando llegara.

Y resulta que había una fecha.

Y que alguien la tenía apuntada y no se la pensaba decir.

V

La isla

Pasaron dos comidas sin ver nada.

Ese fue el ritmo que se les puso y al que Raito se acostumbró antes de lo que esperaba: horas de escotilla, una comida, dormir mal, otra vez la escotilla. Kairu se aburría de una manera escandalosa y lo anunciaba cada poco. Yoko no se aburría nunca, que era lo más raro de ella. Y Asuru dormía.

Y de pronto, un día, Kairu dijo una cosa que no era una queja.

La vieron a la mañana siguiente, o a lo que ellos llamaban mañana.

Y la vieron mucho antes de llegar.

Fue Asuru la primera, y no avisó: se quedó mirando por la escotilla con la cara muy quieta, y Raito la miró a ella antes de mirar afuera, y por eso cuando miró afuera ya sabía que iba a ser algo.

—¿Eso es una nube? —dijo Kairu.

—Eso no es una nube —dijo Asuru.

Al fondo, en la franja, había una pared.

Eso fue lo que pareció al principio. Una pared blanca de lado a lado del mundo, tan grande que no se entendía como una cosa sino como un cambio en el paisaje. Raito la miró un rato entero sin entenderla, del modo en que uno mira un mapa al revés.

Porque no tenía borde.

Eso era lo que no le cuadraba: que todo lo que él había visto en su vida —el monte, la cúpula, la nave, la torre del faro— tenía dónde acabarse. Uno mira una cosa y la vista da la vuelta y vuelve. Y aquello no. Aquello empezaba a la izquierda del cristal, seguía, y salía por la derecha, y arriba se iba, y abajo se metía en el blanco.

Y después, al acercarse, se entendió.

Salía del mar congelado.

Salía de abajo, de debajo de la bruma, y subía.

Y aquí hay que decir cómo fue, porque a Raito le pasó por partes.

Primero fue la cintura: una franja de bruma más gruesa alrededor de la cosa, revuelta, girando muy despacio, porque la bruma choca contra ella y tiene que dar la vuelta. Y ahí se entendió lo primero: que aquello no flotaba. Que aquello venía de abajo, de donde no se mira, y que llevaba viniendo desde antes de todo.

Después fue el cuerpo. Roca. Roca negra, mojada, con vetas de hielo metidas por las grietas como se mete el hielo en una pared vieja, y con salientes del tamaño de un pueblo colgando sobre nada.

Y después, cuando la nave subió un poco para bordearla, fue la nieve.

Y ahí Raito se calló, porque en el mundo donde él había nacido la nieve era una cosa que caía tres veces en un invierno y se derretía al mediodía, y aquello no era eso. Aquello era una ladera blanca de arriba abajo, limpia, sin una pisada, con el filo de las cornisas cortado por el viento en formas que no se parecían a nada.

Y seguía subiendo.

Y encima de la nieve volvía a haber roca, negra otra vez, y encima de la roca seguía subiendo.

Y siguió subiendo.

Raito tuvo que echar la cabeza hacia atrás para seguirla, dentro de la nave, apoyando la nuca en el mamparo, y aun así se le acababa la escotilla antes de que se acabara la montaña.

Se pasó a la otra escotilla. Y tampoco.

Y acabó tumbado en el suelo de la bodega, de espaldas, mirando por el cristal de arriba —el que no usaba nadie, el que estaba sucio de años—, y desde ahí, por fin, la vio entera.

Y por un momento se le olvidó dónde estaba.

Porque desde el suelo, con el cristal encima, aquello no parecía una montaña: parecía una cosa levantando el mundo. Una columna negra subiendo por la izquierda del cristal, subiendo, subiendo, con la nave —con ellos, con los seis, con todo lo que Raito tenía— reptando a su lado como repta una hormiga por la pata de una mesa.

—No se ve el final —dijo.

—Espera —dijo Randa.

Y llegaba al techo.

Raito no se lo creyó hasta que lo vio dos veces.

El pico de aquella cosa se metía en la costra del cielo. No la rozaba: se metía. Y en el sitio donde se metía, la costra estaba abollada, empujada hacia arriba, como se abolla una lona cuando algo la levanta desde abajo — y alrededor de la abolladura, en todas direcciones, había una telaraña de grietas finas que se iban perdiendo a lo lejos.

Y de las grietas caía polvo.

Caía muy despacio, en cortinas, iluminado por nada, y se metía en la nieve de la ladera y se quedaba ahí.

Llevaba cayendo, calculó Raito sin querer calcularlo, exactamente lo mismo que llevaba aquella montaña empujando.

Y ahí Kairu dijo una cosa que a Raito le pareció, en aquel momento, la frase más triste que había oído en aquel mundo.

—Yo pensaba que el techo no se tocaba.

—Nadie lo toca —dijo Randa—. Eso lo empuja.

—No cabemos —dijo Raito.

—No —dijo Samui.

—O sea que no se puede pasar por arriba.

—Por arriba no hay arriba.

Y viró, y la nave se puso a dar la vuelta a una cosa que no se acababa.

—¿Y cuánto lleva ahí? —dijo Asuru, muy bajo.

—¿La montaña?

—Sí.

Randa se rió con la nariz.

—Corazón, esa montaña estaba ahí cuando esto era agua. —Se acomodó—. Lo que pasa es que entonces se le veía la punta y ya. Todo lo demás estaba debajo.

Y Raito miró aquella pared negra que subía hasta el techo del mundo y trató de imaginarse cuánta agua hacía falta para tapar eso, y no pudo, y se le quitaron las ganas de intentarlo.

Y a partir de ahí la nave se puso de costado con la montaña y empezó a rodearla.

Y aquello duró tanto que dejó de parecer un viaje y pasó a parecer una obligación. La pared negra a un lado, la franja al otro, y en medio ellos, dando la vuelta a una cosa que no se acababa.

Y en algún punto de la vuelta, la montaña les tapó la luz.

No es que se hiciera de noche —ahí nunca se hacía de nada—, pero la bruma de abajo dejó de estar iluminada de golpe, y todo el mundo se puso más oscuro, y a Raito le costó un momento entender la razón: que estaban en su sombra.

Una montaña que hace sombra en un mundo sin sol.

—Es la bruma —dijo Yoko, que había entendido lo mismo—. La bruma es lo que da luz aquí abajo. Y esa cosa la corta.

Y estuvieron un rato largo cruzando aquella franja oscura, con la nave zumbando, sin hablar ninguno, y cuando por fin salieron por el otro lado y volvió el gris, a Kairu se le escapó un suspiro de alivio que no quiso soltar y soltó igual.

—¿Y cuánto se tarda en rodearla? —dijo Kairu.

—Lo que se tarda.

—Eso no es una respuesta, jefe.

—Lo que se tarda —repitió Samui, y ahí Kairu lo dejó.

Raito se quedó pegado a la escotilla el resto de la vuelta.

Intentó calcular cuántas veces cabría su monte ahí dentro y le salió un número que le pareció una tontería, así que empezó otra vez, y volvió a salirle el mismo, y lo dejó.

—¿Y nadie ha subido ahí? —preguntó.

—Para qué —dijo Randa.

—No sé. Por saber qué hay.

—Ay, corazón. —Se rió por la nariz—. Aquí ya nadie sube a nada por saber qué hay.

—¿Y tiene nombre?

—Tenía.

—¿Y cuál era?

—Y yo qué sé. —Randa se estiró—. Ahora es «la que hay que rodear». Pregúntale a diez pilotos y los diez te dicen lo mismo, y ninguno sabe otra cosa.

Y a Raito le pareció, mirando aquella cosa que empujaba el techo del mundo, que ese era el resumen más exacto que había oído de todo lo que le pasaba a este sitio: que la cosa más grande que existe ya solo se llama por lo que hay que hacer con ella.

—¿Y antes sí?

—Antes sí. —Se estiró—. Antes había gente que se pasaba la vida entera midiendo cosas y escribiéndolas en un papel para que otro las leyera dentro de cien años. Y eso ahora suena a cuento, ¿verdad?

—Un poco.

—Pues era un trabajo. —Randa se puso cómoda—. Y te lo pagaban.

VI

Lo que brilla

Lo que pasó después Raito lo contaría muchas veces en su vida, y siempre lo contaría mal, porque no había manera de contarlo.

Fue rodeando la ladera de arriba, cuando la nave iba pegada a la roca porque era donde menos viento había, cuando Raito vio moverse algo.

Al principio pensó que se lo había imaginado.

Después lo vio otra vez.

—Ahí hay una cosa —dijo.

—Es nieve.

—No es nieve. Se ha movido.

Y se movió otra vez, y esta vez lo vieron los cuatro, y Kairu dijo una palabra fea.

Porque en la ladera, a media altura, contra la roca negra, había una luz.

No un reflejo. Una luz. Verde pálida, sucia, moviéndose despacio de un lado a otro, subiendo por la piedra a una velocidad imposible de lenta.

Y a su lado había otra.

Y más arriba, tres.

Y cuando a Raito se le acostumbró la vista y entendió lo que estaba mirando, se dio cuenta de que la ladera entera estaba llena.

Cientos.

Raito empezó a contarlas y lo dejó a las cuarenta, no porque se le juntaran, sino porque se dio cuenta de que estaba contando por costumbre y de que por primera vez en aquel mundo no quería contar nada. Quería mirar.

No juntos. Repartidos, cada uno a lo suyo, subiendo y bajando por la roca negra a distintas alturas, y desde la nave parecía que la montaña tenía piojos de luz.

Se pegó al cristal con las dos manos, y se dio un golpe en la frente que no notó.

—Qué son.

—Bichos —dijo Kairu.

—¿Bichos?

—Bichos, campesino. Animales. ¿Nunca has visto un animal?

Y Raito no contestó, porque no podía.

Porque la cosa más cerca de la nave —la que subía por la roca a treinta pasos del cristal— era del tamaño de una cabra, y no se parecía a una cabra en nada. Tenía el cuerpo largo y aplastado y estaba cubierta de una cosa que no era pelo, y le brillaban dos líneas a lo largo del lomo, y tenía los ojos.

Los ojos le ocupaban media cara.

Eso fue lo primero que Raito entendió sin que se lo explicaran, y lo entendió con la lógica del campo: que un bicho tiene los ojos del tamaño que le hace falta. Las cabras los tienen para ver de lado. Los milanos, para ver de lejos.

Estos los tenían así porque aquí no hay luz.

Dos cosas enormes, redondas, negras y sin blanco, que giraron cuando pasó la nave y siguieron el movimiento hasta que no pudieron más.

Y encima del lomo, entre las dos líneas encendidas, tenía una cosa que parecía musgo. Y en el musgo había otras luces, más pequeñas, que también se movían.

Un bicho con bichos encima.

Y estaba viva.

Estaba viva y estaba comiendo algo de la roca, y cuando la nave pasó dejó de comer y miró, y después volvió a lo suyo, porque una nave no le importaba nada.

Y Raito se dio cuenta de una cosa: de que aquel bicho no tenía ningún interés en ellos.

En todo aquel mundo, desde que se cayó, cada cosa que se había movido a su alrededor lo había hecho para llevárselo, para venderlo, para curarlo o para matarlo. Y esta cosa lo miró un momento y volvió a comer, porque una nave no le importaba nada.

Y a Raito se le llenaron los ojos.

Fue una tontería y él lo supo mientras le pasaba, y le pasó igual.

Porque llevaba desde que se cayó en aquel mundo sin ver una sola cosa viva que no fuera una persona. Ni un pájaro. Ni una rata. Ni una mosca en la comida. Se había pasado semanas mirando por ventanillas buscando algo que se moviera, sin decírselo a nadie, y no había encontrado nada.

Y la única mariposa que había visto en aquel mundo era de metal.

—Están vivas —dijo.

—Pues claro que están vivas.

—No. —Se le quebró—. Que están vivas, Kairu.

Kairu.

Y Kairu se calló, porque se volvió a mirarlo y vio que aquel muchacho estaba llorando contra un cristal por unos bichos.

Se le puso una cara rarísima.

Porque Kairu había visto a Raito con una pierna arrancada, con un disparo en el pecho, con la nariz reventada y medio cuerpo sin responder, y en ninguna de las tres lo había visto llorar.

Y llevaba diez minutos llorando por una cosa que subía por una piedra.

Y estuvo callado un rato largo, y después dijo lo único que se le ocurrió, que fue una tontería y fue lo correcto.

—¿En tu casa había muchos?

—Muchísimos —dijo Raito.

—Cuéntame.

Y Raito le contó.

Le contó las cabras, y los milanos que se paraban en el aire encima del trigo, y una liebre que se les metía en el huerto todos los veranos y a la que su hermano no dejó matar nunca, y las moscas de la cuadra en verano, que eran insoportables y que él ahora habría pagado por oír.

Y Kairu lo escuchó entero. Sin una broma. Ni una.

—Yo he visto una rata —dijo, cuando Raito terminó.

—¿En serio?

—De crío. En el once. —Se encogió de hombros—. Estaba muerta, pero yo la vi.

Y Raito se rió por primera vez en no sabía cuánto, y le salió mal y le salió igual, y Asuru, desde el otro lado de la bodega, levantó la cabeza para mirarlos.

—Están aquí arriba por la bruma —dijo Randa.

Se había acercado sin que la oyeran, como hacía todo.

—¿Por la bruma?

—Por lo que hay en la bruma. —Se apoyó al lado—. Lo de abajo no sube. Nunca sube más de lo que sube. Y a lo de abajo le gusta lo que brilla.

Raito la miró.

—Entonces esas cosas—

—Esas cosas brillan, corazón. —Randa levantó la barbilla hacia la ladera—. Todo lo que brillaba abajo se lo comieron hace mucho. Lo que ves ahí es lo que estaba lo bastante alto.

—…

—No es un sitio bonito. —Se encogió de hombros—. Es el único sitio donde brillar no te mata.

Y se fue.

—Oye —dijo Raito, y ella se paró—. ¿Y ellos lo saben?

—Saber qué.

—Que están aquí por eso. Que si bajan se los comen.

Randa se lo pensó un momento de verdad, que era una cosa que hacía muy poco.

—No, corazón —dijo—. Ellos lo único que saben es que arriba se está bien.

Y Raito se quedó mirando aquella ladera llena de luces verdes subiendo despacio por una roca negra, y le vino una cosa a la cabeza que no supo dónde poner: que aquellos bichos y él tenían exactamente el mismo problema.

Estuvo en la escotilla hasta que se acabó la ladera.

Y en algún momento, ya con la montaña quedándose atrás, Yoko se puso a su lado sin decir nada, que era su manera de hacer casi todo.

Estuvieron un rato callados.

—Yo tampoco había visto uno —dijo ella al final.

—¿Ninguno?

—Ninguno. —Se apoyó en el borde—. Y llevo nueve años en las afueras, que es donde debería haber. Ratas, algo. Nada.

—¿Y no te da…?

—¿Pena?

—No sé. Algo.

Yoko se quedó pensándolo, y a Raito le gustó que se lo pensara.

—Me da rabia —dijo—. Que es distinto.

Y no explicó por qué, y no hizo falta.

VII

Lo que contaba su madre

Aquella noche cenaron todos juntos en la bodega, que era una cosa que pasaba poco, y se habló de bichos durante una hora entera.

Kairu preguntó si se comían. Yoko dijo que cualquier cosa se come. Asuru preguntó si tendrían crías y a nadie se le había ocurrido pensarlo, y estuvieron un rato largo discutiéndolo con una seriedad absurda: si aquellas cosas eran muchas, en algún momento habían sido pocas, y en algún momento habían sido dos.

Y a mitad de la discusión Asuru se quedó callada.

Asuru estuvo callada mucho rato después de aquello.

Raito se dio cuenta porque estaba a su lado y porque Asuru callada no era raro, pero Asuru callada de esa manera sí.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Ya.

Y no lo dejó ahí, porque llevaba mucho aprendiendo de ella y una de las cosas que había aprendido era que cuando Asuru decía que sí muy rápido había que quedarse.

Se quedó.

Y al cabo de un rato ella habló.

—Mi mamá me contaba historias de estos sitios.

—¿De la isla?

—De la isla. Y de las postas. Y de una cosa que había en el sur que era como una ciudad pero puesta de lado. —Se le escapó media sonrisa que no llegó a nada—. Yo pensaba que se las inventaba. Toda la vida pensé que se las inventaba, porque nosotros no habíamos salido nunca de nuestro sector, y yo decía mamá, tú de dónde sacas eso.

—¿Y de dónde lo sacaba?

—No sé. —Asuru se encogió de hombros—. Ella había leído. Antes se podía leer más.

—¿Antes de qué?

—Antes. —Se le escapó otra media sonrisa—. Ella decía «antes» y no explicaba de qué, y yo tampoco preguntaba, porque cuando eres chiquita todo el mundo dice antes y tú crees que es un sitio.

Y se quedó callada otra vez.

Y Raito hizo la pregunta, y la hizo mal, y la hizo igual, porque llevaba mucho queriendo hacerla.

—¿Qué le pasó?

Asuru tardó.

—Vinieron a que firmáramos —dijo—. Nos tocaba. Era el turno de nuestro sector y venían a que firmáramos, y mi papá dijo que no.

—¿Y ya está?

—Y ya está. —Lo dijo sin rencor ninguno, que fue lo que lo hizo insoportable—. No es más complicado. Vinieron, dijeron que no, y volvieron con más.

Raito se acordó de una noche con una barrera dorada y un viejo saliendo por debajo, y de que en su casa también había pasado así: que alguien llega, que alguien dice que no, y que después vienen más.

Y se dio cuenta de que llevaba todo este tiempo creyendo que lo suyo había sido algo excepcional.

Raito no contestó.

—Y yo tenía nueve años y les salió esto. —Se miró las manos—. Ese día. En mitad de todo. Y no sabía lo que era, ni sabía pararlo, y lo único que hacía era que me salía luz de las manos y me iba a morir, porque eso pasa. Cuando te sale y no tienes a nadie, te apagas.

—Y no te apagaste.

—No.

Y Raito esperó, porque sabía que venía.

—Llegó un hombre.

—¿Qué hombre?

—No sé. —Y por primera vez en toda la conversación a Asuru se le puso otra cara—. Nunca lo supimos. Llegó tarde. Llegó… muy tarde, Raito. Cuando llegó ya no había nada que hacer con mi casa.

—…

—Pero me sacó a mí.

Se quedó callada un momento.

—Lo que sí me acuerdo es de lo que pensé aquella noche.

—¿Qué pensaste?

—Que si yo hubiera sabido usarlo, no habría pasado. —Lo dijo mirándose las manos, sin ninguna carga, como quien lee una lista—. Que si hubiera sabido lo que era y dónde ponerlo, a lo mejor habría llegado a alguien. Yo tenía luz en las manos, Raito. La tenía. Y lo único que hice con ella fue asustarme.

—Tenías nueve años.

—Ya. Eso me dice todo el mundo. —Sonrió—. Y llevo desde entonces aprendiendo a curar por si acaso.

Y Raito se quedó muy quieto, porque acababa de oír, dicha por otra persona y con otras palabras, exactamente la misma frase que él llevaba dentro desde el incendio.

Se limpió la cara con el dorso de la mano, rápido, como el que se quita algo antes de que se le note.

—Y después buscó a otros. Eso es lo que yo no entendí hasta mucho después, y es lo que… —Se paró—. Que ese hombre no vino a salvarme a mí. Vino a mi casa porque se lo habían pedido, y llegó tarde, y ya que estaba se puso a mirar quién más andaba en lo mismo. Y así encontró a Kairu. Y a Yoko.

Raito se quedó muy quieto.

—¿Y qué les dijo?

—Que nos cuidáramos.

Y a Raito, por alguna razón, se le puso la piel de otra manera y no supo por qué.

Asuru sonrió, y esta vez fue una sonrisa entera.

—Nos juntó a los tres, nos dejó en un sitio donde podíamos estar, y nos dijo dos cosas. Que nos cuidáramos y que cuidáramos lo que llevábamos dentro. —Se encogió de hombros—. Y se fue.

—¿Y no volvió?

—No.

—¿Y cómo era?

—Kairu dice que altísimo. Yoko dice que normal. —Se rió por la nariz—. Yo me acuerdo de que hablaba bajito. De que no gritó ni una vez en toda la noche, con todo lo que había ahí, y no gritó ni una vez.

—¿Y qué más?

—Que no se quedó a que le diéramos las gracias. —Asuru se encogió de hombros—. Nos dejó donde teníamos que estar, se aseguró de que había comida, y cuando nos dimos la vuelta ya no estaba.

—¿Y ustedes lo buscan? —dijo Raito.

—Kairu sí. —Asuru sonrió—. Kairu pregunta en todos los puertos. Lleva años preguntando, y no sabe ni el nombre, así que pregunta por «un hombre que salva gente», y la gente se ríe de él.

—¿Y tú?

—Yo no. —Se abrazó las rodillas—. Yo creo que si quisiera que lo encontráramos, nos habría dicho cómo se llamaba.

Y a Raito, que llevaba dieciocho años oyendo hablar bajito a alguien en un porche, no se le movió absolutamente nada por dentro.

Y eso fue lo raro.

Porque estaban las dos cosas ahí, encima de la mesa, a la vista, y él tenía todas las piezas: un hombre que llegaba tarde, que hablaba bajito, que no gritaba, que se iba antes de que le dieran las gracias.

Y no ató nada.

Que no se le movió nada, y que después, mucho después, se pasaría mucho tiempo intentando acordarse de aquella conversación y de por qué no se le había movido nada.

VIII

Lo que había delante

Se hizo un silencio de esos que se instalan en una bodega cuando cuatro personas están pensando exactamente lo mismo y ninguna quiere ser la primera.

Y fue Kairu, cómo no.

—Yo lo que digo es que ese hombre estuvo ahí.

—Kairu.

—Que no, que lo digo por decirlo. —Se pasó la mano por la cara—. Que a mí me sacó de un sitio del que no se sale, y a ella le sacó de su casa, y a Yoko de donde fuera que estuviera Yoko, y después se fue. Y llevo desde entonces preguntándome quién carajo hace eso.

—Alguien que tenía que estar en otro sitio —dijo Yoko.

—¿Y qué sitio es más importante?

Y nadie contestó a eso.

Y Raito, que llevaba toda la conversación callado, dijo la única cosa que se le ocurrió, y la dijo sin darle ninguna importancia, y por eso le salió tan mal después.

—Ojalá lo encuentren.

Esa noche —la que llamaban noche— Raito se quedó el último en la escotilla.

La isla ya se había quedado atrás. Se veía a lo lejos, negra contra el gris, con el pico metido en el techo del mundo. Y en la ladera, muy pequeñas, todavía se veían las luces.

Las contó.

Le salieron muchas y se le juntaron y perdió la cuenta, y le dio igual, porque no las estaba contando por contarlas.

Una a una se fueron apagando en la distancia hasta que no quedó ninguna.

Bajó cuando ya no se veía nada.

Y por dentro, todo el rato, la frase.

Vas a llegar tarde otra vez.

Le daba vueltas de una manera fea, porque no era una amenaza y no era un consejo: era un dato. Alguien que sabía algo se lo había dicho, y después había cerrado la boca.

Y lo peor era la otra.

Necesito que llegues al mismo.

¿Al mismo que quién?

Y estaba a punto de bajar cuando algo cambió arriba.

No fue un ruido. Fue que la nave dejó de corregirse.

Raito lo notó porque llevaba semanas notando cómo se corregía aquella cosa cada tanto, dos dedos, sin que nadie se enterara, y de pronto no se corrigió.

Subió.

Samui estaba en los mandos, quieto, con las dos manos encima y sin tocar nada, mirando al frente.

Y Randa estaba de pie a su lado.

Ninguno de los dos dijo nada cuando entró.

—¿Qué pasa?

Y Samui no contestó, y Randa tampoco.

Y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que le puso a Raito el cuerpo en otro sitio: que en toda la travesía no había visto a aquellos dos callarse a la vez ni una sola vez.

Siguió la dirección de las dos miradas y miró por el cristal.

Muy delante, en la franja, en mitad de la ruta, había algo.

No se movía.

Y ahí, en la escotilla del puente, con los tres adultos callados y el zumbido de la nave por debajo, Raito se dio cuenta de que la travesía se había acabado.

Que todo lo de atrás —las postas, el hielo, la montaña, los bichos— había sido un sitio por el que se pasa.

Y que aquello de delante era otra cosa.

Estaba quieto en el aire, a media altura entre la bruma y el techo, en el sitio exacto por el que tenían que pasar.

Y eso fue lo primero que a Raito le pareció mal, y no supo decir por qué hasta mucho después: que estaba en el sitio exacto. No a un lado. No de paso. En medio de la ruta, como se pone en medio de un camino lo que quiere que lo veas. Y a esa distancia no se distinguía la forma: era una mancha oscura, pequeña, con algo colgando debajo.

Y de esa cosa caía akari.

Eso fue lo primero que Raito supo, y lo supo sin pensarlo, porque llevaba semanas viéndolo salir de la gente y ya conocía cómo se mueve.

Pero no era de ningún color que hubiera visto.

El de Asuru era dorado. El suyo, amarillo. El de Randa, fucsia. Y esto era negro, con hilos blancos por dentro que se retorcían sin ir a ningún sitio, y vetas rojas metidas entre medias como se mete la sangre en el agua.

Caía. Goteaba. Bajaba despacio y se metía en la bruma y se apagaba.

Y no caían con ritmo. Caían mal, a golpes, como cae un grifo roto.

—¿Eso qué es? —dijo Raito.

Y Randa, que se reía de todo, no dijo nada.

Samui puso la mano en el mando y no frenó, y esa fue la primera vez en toda la travesía que Raito lo vio dudar entre dos cosas.

—Baja y despierta a los otros —dijo.

—¿Qué es eso?

Que bajes.

Y Raito bajó, y mientras bajaba la escalerilla oyó a Randa decir, muy bajo, una sola palabra que no entendió y que no se le olvidó nunca.

Fin del Capítulo Diez