La granja que no era
Raito clavaba el último poste de la cerca cuando alguien dijo su nombre.
No levantó la vista. Le caía en la nuca un sol tibio de media tarde, olía a paja y a la sopa del viejo, y en algún sitio detrás de él Dekiro discutía con Itsumo por un conejo de madera.
—Raito.
—Ya voy —dijo, sin volverse—. Falta este.
Levantó el mazo. El mazo pesaba lo justo, la madera olía a madera, y en el borde del campo el trigo se movía con un viento que traía, de muy lejos, el olor del río. Estaba en casa. La cerca estaba casi lista. Después habría sopa, y la discusión de siempre, y el viejo lo sacaría a respirar al frío.
El mazo cayó.
Y no sonó.
Raito lo levantó y lo dejó caer otra vez, y tampoco sonó. Y cuando miró el poste, el poste estaba entero. Sin clavar. Con la punta limpia, como si no lo hubiera tocado nadie nunca.
Se enderezó despacio.
La cerca llegaba hasta donde tenía que llegar. Contó los postes porque era lo que hacía cuando algo no le cuadraba, y le salieron cuarenta y uno, que eran los que había. Y aun así el último estaba sin clavar.
Fue hacia la casa.
Por el camino cayó en que no oía a Dekiro. Llevaba un rato sin oírlo, y no había sabido cuándo había dejado de oírlo. Y el trigo se movía, pero en la cara no le daba nada de viento.
La puerta estaba abierta.
En la mesa había cuatro sitios puestos, y tres estaban fríos. No hizo falta tocarlos.
Salió otra vez al porche, y desde el porche vio el tejado del establo desde arriba y desde dentro al mismo tiempo. Las dos cosas a la vez. Sin haberse movido de donde estaba.
Se le puso el estómago del revés.
—Esto no es mi casa —dijo.
—No.
En la tabla del porche, en el sitio de Taiyo, había alguien sentado.
No era un hombre. No era nada. Era como si a la tarde le hubieran recortado un trozo con forma de persona y debajo no hubiera nada detrás: una silueta negra y plana, sin ropa, sin manos, sin cara, con los bordes temblándole un poco igual que tiembla el aire encima de una chapa caliente.
Lo único que tenía eran los ojos.
Triángulos. Amarillos. Uno donde va un ojo y otro donde va el otro, y nada más en toda la figura.
Raito no se movió, porque acababa de ver unos ojos así hacía unas horas, arriba, en la oscuridad, encima de una cosa que caminaba despacio y sin hacer ruido.
—¿Dónde estoy? —dijo.
—En tu mundo mental.
Lo dijo igual que se dice el nombre de un pueblo.
—¿Mi qué?
—Tu mundo mental. Lo tiene todo el mundo. Casi nadie lo ve nunca.
—¿Y por qué se parece a mi casa?
—Porque lo has puesto tú.
Raito miró alrededor: la cerca sin terminar, el trigo moviéndose sin viento, la puerta abierta.
—¿Quién eres tú?
—No te lo voy a decir.
—…
—No lo necesitas saber. Yo te voy a decir las cosas que necesitas saber. Esa no es una.
Y ahí a Raito se le acabó.
Llevaba una noche entera oyendo lo mismo. Mañana. Afuera hay cosas. Es la que hay hoy. Hoy come. Una noche entera de gente que lo quería y que se callaba, y ahora esto, dentro de su propia cabeza.
Dio dos pasos hacia el porche y le señaló la cara a la sombra, a los triángulos, con el mazo todavía en la otra mano.
—¿Tú también? —Le temblaba la voz de rabia y la dejó temblar—. Si estás dentro de mí, ¿por qué no haces lo que yo digo?
La sombra no se movió.
—Porque no es justo —dijo—. Tienes razón.
Raito abrió la boca y la volvió a cerrar, porque era exactamente lo que quería oír y no le sirvió de nada.
—Entonces contéstame.
—No puedo contestarte todo. Y no es por fastidiarte. —La silueta se inclinó hacia delante, y al inclinarse no proyectó ninguna sombra en la madera, que fue lo peor de todo—. Te propongo un trato. Pregunta tres. Te contesto una.
—¿Una?
—Una. Y la elijo yo.
—¿Por qué tú?
—Porque te voy a contestar la que te haga falta. No la que quieras.
—Eso lo decido yo.
—No.
Raito apretó el mazo.
—Y a cambio —dijo la sombra— lo que te conteste va a ser verdad. Siempre. Aunque no te guste, aunque no te sirva y aunque prefirieras que te mintiera. Eso no te lo va a dar nadie más ahí fuera.
Y Raito se quedó callado, porque en dieciocho años nadie le había ofrecido nunca la verdad.
Le habían ofrecido mañana.
—Está bien —dijo.
Y pensó. Se le atropellaban cincuenta preguntas y las fue apartando como se aparta grano malo, y cuando le quedaron tres las dijo en voz alta, una detrás de otra, para no arrepentirse a mitad:
—Qué eres.
—Cómo salgo de aquí.
—…¿Fue por lo que dije?
La última le salió más baja que las otras dos.
La sombra tardó. Y Raito supo, mientras tardaba, cuál iba a contestar, y supo también que iba a ser la que no era.
—Vas a salir cuando dejes de agarrarte —dijo—. Estás agarrado a una cosa que ya no está. Suelta y sales.
—Esa no.
—Esa.
—¡Esa no! —Raito soltó el mazo—. ¡Contéstame la última! ¡Contéstame la última y no te pregunto nada más en mi vida!
—Ya te he contestado —dijo la sombra—. Tres eran, y ya está.
Y la granja se fue.
No ardió ni se rompió. Se fue como se va el vaho de un cristal: primero la casa, después el trigo, después el olor. Y cuando dejó de irse quedó la ladera del este, la de la cerca, con la tierra removida.
Y en la tierra removida, dos montones.
Sin piedra. Sin nombre. Sin nada encima.
Raito se acercó porque no supo cómo no acercarse.
Eran del tamaño que tenían que ser. Uno grande. Uno pequeño.
Se arrodilló al lado del pequeño y buscó por el suelo una piedra para ponerle, porque era lo que se hacía, porque era lo único que se le ocurría hacer con las manos.
No había piedras.
No había ni una en toda la ladera, y tardó un momento largo en acordarse de por qué: porque la había despedregado él. Dos veranos atrás, agachado desde que se levantaba hasta que no se veía, una por una, mientras Dekiro iba detrás cargando las chiquitas en el delantal y protestando.
Se quedó de rodillas con las manos vacías.
Así que dijo los nombres. En voz alta, uno encima de cada montón, porque no le quedaba otra cosa que ponerles.
Y al levantarse vio el tercer sitio.
Un paso más allá. La tierra removida igual que la de los otros dos, y del mismo tamaño que tenía que ser.
Pero no era un montón.
Era un agujero. Abierto. Vacío. Con la tierra amontonada a un lado, como se deja cuando uno todavía no ha terminado.
Raito se quedó mirándolo mucho rato.
No dijo el tercer nombre.
Y no supo si era porque no lo sabía o porque no quería.
—¿Fue por lo que dije? —preguntó, hacia el porche que ya no estaba.
No le contestó nadie.
Ikyō
Lo primero que hizo al abrir los ojos fue buscar el tejado del establo.
Lo buscó sin pensarlo, con la cabeza, como se busca una cosa que uno acaba de tener delante. No estaba. No había tejado, ni había arriba, ni había nada que se pareciera a un sitio.
Lo primero de verdad fue la lluvia en la cara.
No la lluvia de Ashita, que olía a río y a tierra despierta. Esta caía fina y constante y no olía a nada — o olía a algo que Raito no tenía nombre para nombrar, un olor metálico, químico, de cosa que nunca estuvo viva. Le entraba en la boca abierta y la tragó sin querer y sabía igual: a nada.
Estaba de espaldas sobre una superficie negra, lisa, mojada, más plana que el suelo donde trillaban el grano, más dura que la piedra del templo. Movió la mano sobre ella. No era tierra. No era roca. No era madera. Raito, que en dieciocho años había tocado solo cosas que alguna vez estuvieron vivas —el mango del mazo, el lomo de las cabras, la madera del porche que crujía en tres sitios—, no reconoció bajo su palma nada que hubiera respirado nunca.
Levantó la cabeza.
No había estrellas. Raito buscó, por costumbre, la forma de las estrellas que Taiyo le había enseñado a leer las noches de verano, y arriba no había nada: una negrura lisa, sin fondo, sin luna, colgando sobre él como una tapa. Y contra esa negrura, muy alto, ardían unas luces que no eran fuego. Moradas. Verdes. De un rosa enfermo. Palpitaban en formas que a Raito no le dijeron nada porque no sabía leer, pero que igual lo asustaron, porque ninguna cosa viva late así, tan pareja, tan sin descanso. Y latían todas a la vez, con el mismo compás, como si muy abajo o muy adentro algo enorme llevara el tiempo y nadie tuviera permiso para salirse de él.
Un trueno bajo cruzó el cielo. No era trueno: era algo enorme moviéndose allá arriba, con luces en el vientre, arrastrando una estela. Pasó y se fue y la negrura se cerró detrás.
Raito quiso incorporarse. El cuerpo no le respondió como debía — le pesaba todo, como si lo hubieran llenado de arena por dentro, y cuando logró apoyarse en un codo el mundo le dio una vuelta lenta y tuvo que quedarse quieto, tragando, esperando a que se detuviera. Tenía frío. Un frío que no era del aire: le venía de dentro, de un sitio hondo, el frío del cuerpo que ha perdido demasiada sangre. Le castañeteaban los dientes y no podía pararlos.
Miró alrededor, buscando algo — cualquier cosa — que reconociera. Un árbol. Una piedra con forma de piedra. El perfil de un cerro contra el cielo. La dirección del río por el olor. Cualquiera de las mil cosas por las que un hombre sabe, sin pensarlo, dónde está parado en el mundo. No encontró ninguna. Todo era recto, muerto, ajeno. Las paredes subían derechas hasta perderse. El suelo se extendía liso en todas direcciones. No había un solo borde blando, una sola cosa que hubiera crecido en vez de haber sido hecha.
Del suelo subía un rumor. Bajo, constante, que no venía de ningún sitio: un zumbido hondo, como si la ciudad entera tuviera un corazón de metal latiendo muy despacio bajo el asfalto, y el asfalto lo transmitiera a la espalda de Raito, a sus huesos. En su mundo, el silencio de la noche era un silencio lleno — grillos, viento, el río, la respiración de las cabras en el establo. Aquí el silencio no existía. Había, en su lugar, ese zumbido que no callaba nunca, el goteo de mil canaletas, y muy de vez en cuando, lejos, un chirrido metálico largo que podía ser una máquina o podía ser un animal, no había forma de saberlo, y esa era la peor parte: que no había forma de saber nada.
Raito bajó la vista a su pierna.
De la rodilla para abajo no había nada. La carne estaba abierta, negra de sangre seca y roja de sangre fresca donde la lluvia la lavaba, y le dolía — le dolía de una manera lejana y enorme, como si el dolor fuera tan grande que no cupiera todo dentro de él a la vez y le llegara por partes. Se quedó mirándola. La lluvia le caía en los ojos abiertos y no parpadeó.
No era un sueño. Esta vez no había cerca a la que volver.
Lo que sube
Y entonces, despacio, el otro dolor llegó. No el de la pierna. El de adentro.
Llegó como llega el agua a un sótano: sin ruido, por debajo, subiendo. Primero fue la cara de Taiyo — no la del final, sino la de siempre, la del porche, la que le apretaba la nuca y le decía que un hombre roto también camina. Después la del final. Después la cabeza de Taiyo colgando de una mano como un farol. Raito cerró los ojos y la imagen no se fue; los abrió y seguía ahí, impresa por dentro de los párpados. Después Dekiro, el fogonazo morado, los ojos vaciándose. Después el hatillo que el enano había dejado junto a su jergón, listo, esperando, con el conejo robado adentro. Uno no sabe cuándo, había dicho, muy serio, con esa solemnidad de expedición a tierras lejanas. Mañana iban a ir al pueblo. Se lo había jurado por un pelo, y el juramento del pelo no se deshace, y ahora no había pueblo, ni enano, ni mañana.
Y encima de todo, al final, quieta, la cara del hombre.
No tuvo que ir a buscarla. Estaba esperándolo. Los dos dedos que le pararon el puño sin apretar siquiera. Los tres triángulos encajados uno dentro de otro, limpios, quietos, iguales a los suyos y mil veces mejores. La mano abierta sobre la cara de Dekiro. Y después el hombre dándose la vuelta.
Eso era lo que no se le iba. No que lo hubiera matado todo. Que a él no lo hubiera matado. Que no hubiera hecho falta.
—No —dijo Raito, a nadie, a la lluvia—. No, no, no.
Se lo repetía como si repetirlo pudiera hacerlo retroceder. Como si hubiera un número de veces suficiente para que el mundo diera marcha atrás y él despertara en el porche con la cerca a medio terminar. Pero cada "no" caía en el agua muerta y se apagaba, y la casa seguía siendo un cráter, y el viejo seguía muerto, y él seguía tirado en un suelo que nunca había respirado, a una distancia de su hogar que no tenía nombre ni número.
Y algo dentro de él, algo que había estado esperando este momento exacto, empezó a subir también.
No supo qué era. Sintió, detrás de los ojos —de esos ojos nuevos que se le habían encendido en el templo, que en algún punto de la caída se le habían apagado y que ahora ardían otra vez sin que él supiera cómo pararlos—, sintió una presión, un calor negro, una cosa que no era suya y que sin embargo salía de él, y que le ofrecía algo. No con palabras. Con una certeza. Más, parecía decirle la cosa. Todo lo que te faltó allá. Fuiste lento. Conmigo no vuelves a llegar tarde. Solo tienes que soltarte y dejar de ser tú.
Y Raito, que había pagado una pierna entera por medio segundo y ni con eso había llegado, quiso soltarse.
En un charco negro, a un palmo de su cara, la lluvia rompía el agua en mil pedazos y no devolvía ninguna imagen. Pero el agua estaba encendida. Una luz le caía encima desde arriba —desde él, desde su propia cara— y teñía el charco entero; y esa luz, que Raito ni siquiera sabía que llevaba puesta, se estaba volviendo roja. Un rojo enfermo se abría en el agua negra como sangre en un cubo, latiendo, subiendo, ganándole terreno a lo que fuera que hubiera sido antes. Era el mismo rojo del templo. El de los seis ojos que ardían mal.
Raito no entendió lo que veía. Solo supo, de un modo animal, en un sitio más viejo que el pensamiento, que si dejaba que aquello terminara de subir, él ya no estaría ahí para verlo. Y una parte de él pensó que le daba igual. Que si esa cosa lo hacía rápido de verdad, si servía para volver y llegar a tiempo por una sola vez, podía quedarse con lo que quisiera. Con la otra pierna. Con la cara. Con él entero.
Un hombre roto también camina, dijo la voz de Taiyo, muy lejos, casi apagada bajo el agua negra, si sabe dónde poner el próximo paso.
—No hay próximo paso, viejo —dijo Raito en voz alta, y la risa que le salió le dio más miedo que el llanto—. Mira dónde estoy. Me quedé sin pie y sin sitio donde ponerlo.
Y era verdad, y esa era la trampa. El viejo lo había preparado para aguantar, para levantarse, para poner el próximo paso aunque doliera. Nunca le había enseñado qué hacer cuando ya no quedaba suelo.
El rojo le ganó otro palmo al agua negra.
Raito cerró los ojos y dejó de pelear contra lo que subía.
Y volvió a estar en el patio.
La sombra seguía sentada en la tabla del porche, en el sitio del viejo, como si no se hubiera movido en toda la noche. Como si no se hubiera movido nunca.
—Otra vez tú —dijo Raito.
—Otra vez.
Y entonces se cayó el color.
Empezó por el trigo. El amarillo se soltó de las espigas y se escurrió hacia abajo, despacio, igual que se escurre la pintura de una pared mojada. Después se fue el verde del monte. Después el marrón de la tierra. Después el rojo viejo de las tejas. Todo aquel color bajó, se juntó en el suelo y se fue diluyendo hasta que dejó de ser color.
Debajo no había nada.
Blanco. Un blanco sin fondo, sin arriba y sin abajo, que no venía de ninguna parte porque no había de dónde viniera. La casa se diluyó. El establo se diluyó. La ladera del este se diluyó, y con ella los dos montones y el agujero.
Quedaron dos cosas.
La tabla del porche, con la sombra sentada.
Y un pedazo de suelo debajo de los pies de Raito: un trozo redondo con el borde marcado por una línea.
—¿Ves dónde estás parado? —dijo la sombra.
Raito bajó la cabeza.
—Estoy en un círculo.
—Estás en un círculo.
Raito lo midió con los pies, porque era lo que sabía hacer. Seis pasos de lado a lado.
—¿Y qué es?
La sombra tardó. Y cuando habló, no era el tono de antes.
—Es lo que te queda —dijo—. Mientras tengas los pies dentro, lo de fuera no entra. Y tú sigues siendo tú.
—¿Y si salgo?
—Si sales, dejas de serlo.
Raito miró el blanco. No parecía peligroso. No parecía nada.
—¿Me muero?
—No.
Y eso fue lo peor.
—Sigues andando —dijo la sombra—. Sigues comiendo. Sigues teniendo tu cara y tu nombre. Pero lo que vuelve del otro lado no eres tú, y no se entera de que no lo es, y no vuelve nunca.
Raito se quedó mirando la línea.
Muy lejos, en el otro sitio, en el sitio donde llovía, algo negro le seguía subiendo por dentro. Y cada vez pesaba menos. Cada vez costaba menos dejarlo subir.
Y pensó, con una calma que años después le daría miedo recordar:
¿Y si ya me da igual?
Levantó el pie.
—No —dijo la sombra.
Y por primera vez en toda la noche, se levantó de la tabla.
Raito puso el pie fuera de la línea.
Y delante de él, en mitad del blanco, se abrió una mano.
Una mano pequeña, de dedos flacos, con la palma hacia él. Hecha de una luz dorada que no era la del sol, porque en aquel mundo ya no había sol. No empujaba ni tiraba. Estaba puesta ahí, abierta, a la altura de su pecho.
Y con la mano vino una voz.
No la de la sombra. Una voz de fuera, de mujer, joven, temblándole del esfuerzo, y le llegaba desde muy arriba y desde muy lejos, como llega una voz cuando uno tiene la cabeza debajo del agua.
No te rindas.
No te sueltes.
Agárrate. Vuélvete conmigo.
Raito no supo de quién era. No conocía esa voz. No la había oído nunca.
Y aun así fue lo primero, desde que se cayó en aquel mundo, que le pedía algo a él en vez de quitárselo.
Bajó el pie.
Y agarró la mano.
La mano
Una mano se posó en su pecho.
Fue tan cálida que Raito abrió los ojos solo por la sorpresa de que algo, en este mundo de metal y lluvia fría, pudiera estar caliente. La mano era pequeña, de dedos flacos, y de ella salía una luz —dorada, suave, viva, la primera cosa viva que Raito veía desde que cayó— que se le derramaba por el pecho y le entraba adentro y empujaba, con delicadeza pero con firmeza, la cosa negra que subía.
Sobre él, arrodillada bajo la lluvia, había una muchacha. Joven, empapada, el pelo pegado a la cara, una capa remendada colgándole de los hombros flacos. No la conocía. No había visto una cara nueva en dieciocho años y esta era completamente nueva, y sin embargo lo miraba como se mira a alguien conocido, con una preocupación total, sin cálculo, como si su vida le importara desde antes de saber su nombre.
—Cálmate —dijo. La voz le temblaba del esfuerzo—. Cálmate, ¿me oyes? Mírame. No mires para adentro, mírame a mí.
—No te conozco —dijo Raito.
—No importa. Respira. —La luz empujó más fuerte, y Raito sintió la cosa negra retroceder, resistirse, ceder—. Lo que te está pasando por dentro… escúchame. Tu alma no lo va a aguantar. ¿Entiendes? No es que te vayas a morir. Es peor. Estás cargando más de lo que un alma puede sostener de golpe, y si te dejas ir ahí, si te sueltas, no vuelves. Así que no te sueltes. Agárrate. Agárrate a lo que sea.
—No tengo a qué.
—Entonces agárrate a mi mano.
Y Raito apretó. Con las dos manos, y más fuerte de lo que hacía falta, y ella no se quejó ni apartó la mano: se afirmó en el suelo mojado y aguantó.
Despacio, el rojo dejó de subir. Retrocedió. Se apagó. Y la cosa negra se hundió al sitio del que había venido — sin irse, Raito lo supo, solo escondiéndose. Pero se hundió, y él volvió a poder respirar.
La muchacha soltó el aire que había estado conteniendo. Bajó la mano al muslo de Raito, sobre la herida de la pierna, y la luz cambió de tono, se puso más fina, más precisa, y Raito sintió que algo se le cerraba dentro de la carne, que la sangre dejaba de irse. Y vio de dónde salía aquello, porque no salía del aire ni de ninguna parte: le salía a ella de las manos. Un dorado espeso, como si tuviera luz debajo de la piel, que le subía por las muñecas y se le perdía manga arriba.
—Eso lo puedo cerrar —murmuró ella, más para sí que para él, concentrada—. Que no te desangres. Que no se infecte. —Una pausa, y algo se le ensombreció en la cara, un pesar viejo—. Devolverte lo que falta, no. Eso no lo puede nadie. Pero que no te mate esta noche, eso sí.
Raito la miraba.
Y entonces la vio de verdad, y se le olvidó el dolor.
Le brillaban los ojos.
No como brillan los ojos de alguien que ha llorado, ni como brilla una cara cuando le da un farol de lado. Le brillaban por dentro. Le salía luz del iris, dorada y quieta, como si detrás de cada ojo tuviera una brasa mansa que alguien hubiera soplado hasta dejarla en el punto justo.
Y esa luz le caía a él en la cara. La sentía. Estaba tirado en un charco negro en el peor sitio del mundo y tenía luz caliente en la cara, y venía de los ojos de una chica que no lo conocía de nada.
En dieciocho años había visto arder muchas cosas. La lumbre, un candil, una vez un pajar entero. Todo lo que da luz se está gastando mientras la da: la leña se hace ceniza, el aceite baja, el pajar se cae. Nada de lo que él había visto brillar seguía entero después.
Aquello no se estaba gastando.
Y no era un brillo sin forma. En el centro de cada iris, nítido y quieto, había dibujado un rombo.
—¿Por qué te brillan los ojos? —preguntó. Le salió como pregunta de niño, sin malicia, la primera cosa que sentía de verdad desde que cayó que no era dolor: curiosidad.
La muchacha parpadeó. Y algo que casi era una sonrisa le cruzó la cara cansada.
—Por lo mismo que te brillan los tuyos —dijo.
Raito no entendió.
—A mí no me brillan los ojos.
Ella lo miró un segundo, midiendo algo. Después buscó en el suelo, entre el agua, un pedazo de metal roto — una placa curva, pulida, que devolvía la luz — y se la puso delante de la cara.
Y Raito se vio.
Se vio la cara sucia de lluvia y de sangre y de llanto, la cara de un muerto casi, y en esa cara, encendidos, ardiendo despacio en la penumbra, dos triángulos de luz amarilla donde deberían haber estado sus ojos de siempre. Quietos. Vivos. Suyos.
Se quedó sin aire. Acercó la cara al metal y los triángulos se acercaron con él, porque eran él.
Nunca se había visto. En el templo los había sentido abrirse, pero no había habido tiempo, ni espejo, ni nada más que sangre y rabia y la pierna deshaciéndose. Se llevó una mano a la sien, junto al ojo, casi sin tocarse, por si el reflejo mentía.
El triángulo siguió ahí. Ardiendo. En su cara.
Eran lo que no supo usar. Lo que le costó la pierna, y a Dekiro, y todo. La última vez que se le encendieron, su hermano se murió mientras él se rompía intentando llegar.
Y ahora los iba a llevar en la cara el resto de su vida, sin saber apagarlos.
Y aun así — y esto fue lo peor, y lo apartó de la cabeza en cuanto lo pensó — lo que sintió al mirarlos no fue solo miedo. El hombre tenía tres. Él tenía uno. Uno también era algo.
—¿Qué son? —dijo, muy bajo. Ya no como niño. Como quien pregunta por una condena.
—Ahora no —dijo la muchacha, y le bajó el metal con suavidad, y en su voz no había desdén, había cuidado—. Ahora no es momento. Pero los tienes despiertos, y eso… —buscó la palabra— eso no es poca cosa. Ni buena ni mala. Es tuyo. Vas a tener que aprender a cargarlo. —Le apretó el hombro—. Pero ahora no. Ahora vamos a sacarte de aquí.
Vas a tener que aprender a cargarlo. Raito no quiso esa frase. Las del porche las había guardado sin preguntar, y mira dónde estaba. Esta se la quedó igual, y le pesó desde el primer momento.
Los otros dos
—¿QUÉ estás haciendo?
La voz vino de atrás, cortante, y Raito sintió a la muchacha tensarse sin soltarle la mano. Dos figuras más se acercaban corriendo bajo la lluvia. La que había gritado era una chica de cara afilada y ojos que se movían rápido, midiéndolo todo — el callejón, la lluvia, a Raito en el suelo, la sangre, la pierna que faltaba — y sacando cuentas de cada cosa a una velocidad que daba frío.
—Asuru. —Se plantó sobre ellos, sin aliento, furiosa—. Aléjate de eso. Ahora.
—No es eso, Yoko. Es alguien. Estaba solo, se estaba corrompiendo, ya lo bajé —
—Y si hubiera sido una trampa, ¿qué? ¿Otra vez? —Yoko lo dijo bajo, y no era un reproche cualquiera; tenía la forma de una vieja discusión, gastada de repetirla—. Un día vas a encender esa luz por alguien que no la merece y no voy a llegar a tiempo.
—Entonces no llegues. —Asuru no levantó la voz, pero no soltó la mano de Raito—. Yo no dejo a nadie tirado en el suelo. A nadie. Ya sabes por qué.
—No lo metas a él en esto.
—Lo metiste tú, cuando dijiste otra vez.
Algo pasó entre las dos —una cosa vieja, que no explicaron— y Yoko apartó la mirada primero. Pero antes de apartarla dijo, bajo, casi para ella:
—Somos tres. Quiero seguir siendo tres.
—Ya sé lo que hiciste, te vi la luz desde tres calles. —La tal Yoko señaló el cielo con la barbilla, hacia las luces que palpitaban—. ¿Y el destello de hace un rato? ¿El que se sintió en todo el sector? Cayó aquí. Cayó donde está tirado ese, justo antes de que llegáramos. —Bajó la voz, y debajo de la rabia había miedo—. Un destello así lo sintió media ciudad. Los centinelas ya vienen. Y tú, encendida como una antorcha en mitad de la calle, curando a un desconocido. Nos vas a matar a los tres por alguien que ni sabemos qué es.
—Sí —dijo Asuru.
Yoko se paró en seco.
—¿Sí?
—Que sí, que probablemente. —Lo dijo sin levantar la cara del muslo de Raito, con las manos todavía trabajando—. Y si mañana hay otro tirado en un charco, voy a encenderla otra vez. No sé hacer la otra cosa, Yoko. Nunca he sabido.
El tercero llegó el último, más grande, más lento, resoplando. Se paró entre las dos —no delante de ninguna, entre las dos, con la naturalidad de haberlo hecho muchas veces— y levantó las manos.
—A ver, a ver. Bajen la voz, que Yoko tiene razón en lo del ruido. —Miró a Raito, y donde Yoko había visto una amenaza y Asuru un herido, él pareció ver, simplemente, a un tipo hecho polvo tirado bajo la lluvia. Algo se le ablandó en la cara—. Uf. Mírate, hermano. Te dieron con todo. —Y a las chicas, con una ligereza que no engañaba a nadie—: ¿Alguien le preguntó cómo se llama, por lo menos, antes de discutir sobre él encima de él?
—Kairu, no es el momento —dijo Yoko.
—Nunca es el momento contigo. —Pero se agachó y le habló a Raito de cerca, más suave—. ¿Tienes nombre, o también lo perdiste en el camino?
Raito lo miró. Miró a los tres, uno por uno, estas tres caras nuevas discutiendo bajo la lluvia sobre si vivía o moría, y por un segundo —un segundo absurdo— le recordaron a algo. A tres voces discutiendo en un porche sobre quién había hecho trampa contando piedras. Se le cerró la garganta.
—Raito —dijo. Le raspó la voz—. Me llamo Raito.
Y se paró ahí, porque lo que venía después no era suyo.
Su apellido lo tenía desde hacía unas horas. Se lo había dado un hombre con la cara tapada, en un templo que ya no existía, entre dos frases de las que no entendió ninguna. Tu nombre es Raito. Raito Jikan. No lo olvides, pase lo que pase. En dieciocho años en aquella casa nadie había dicho jamás una segunda palabra detrás de su nombre.
Lo dijo igual.
—Raito Jikan.
El efecto fue raro. Kairu solo parpadeó, pero Yoko se quedó muy quieta, y Asuru levantó la vista de la pierna.
—¿Jikan? —repitió Kairu, y miró a Yoko sin entender por qué las dos se habían puesto así—. ¿Qué? ¿Es un nombre raro? A mí no me suena de —
—Suena —cortó Yoko. Miraba a Raito de otra manera ahora, con los ojos entornados, recalculando algo entero de cero—. Suena a un clan que dejó de existir hace mucho.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque me lo enseñó alguien. —Y lo dijo de una manera que cerraba la puerta. —Se agachó, despacio, hasta quedar a su altura, y lo estudió como quien encuentra una moneda de un reino desaparecido tirada en el barro—. Los clanes se acabaron. Todos. Hace tanto que ya casi nadie sabe ni cómo se llamaban, y los que lo saben no lo dicen en voz alta. Y tú lo sueltas como si tal cosa, con la cara llena de sangre, tirado en un muelle. —Entornó más los ojos—. ¿De dónde saliste tú, Raito Jikan? ¿Y qué fue ese destello?
—De Ashita —dijo Raito.
Le salió sin pensarlo, porque era lo único que todavía sabía de sí mismo. Y después, más bajo, con la voz raspada:
—No sé qué fue ese destello. No sé dónde estoy. No sé nada.
Hubo un silencio corto y raro. Kairu abrió la boca y la cerró. Asuru levantó la vista.
—Claro —dijo Yoko al fin, plana, y algo se le endureció en la cara—. Y yo vengo del sol. —Apartó la vista, como quien decide no gastar más tiempo en un moribundo que delira—. Está perdiendo sangre. Dice cosas.
—Oye, oye. —Kairu levantó las dos manos—. Que ha dicho Ashita.
—Ha dicho un nombre que ha oído. Como todo el mundo.
—Ya, pero es a donde vamos nosotros.
—Vamos es mucho decir.
—Vamos —repitió Kairu, terco—. Un día. Cuando se pueda.
Y Yoko no lo contradijo, que en ella era lo más parecido a darle la razón.
Yoko lo miró un largo rato. Después se levantó, y cuando habló ya no era a él: era al grupo, y era una decisión.
—Nos lo llevamos.
—Espera, ¿ahora sí? —Kairu levantó las manos—. Hace un minuto —
—Hace un minuto no había dicho su apellido. —Yoko ya estaba calculando la ruta, los ojos moviéndose por los callejones—. Si los centinelas lo agarran primero, perdemos la única oportunidad de saber qué cayó del cielo esta noche. —Miró a Raito, dura, sin una gota de calor—. Que quede claro, Jikan. No te salvamos. Vales más con nosotros que en manos del régimen, nada más. Cuando estemos a salvo, nos vas a contar todo lo que eres y todo lo que fue eso de recién. Ese es el trato. ¿Lo tomas?
Raito la miró desde el suelo. No entendió la mitad de las palabras — régimen, clan muerto, centinelas —, pero entendió la forma de la cosa: que le ofrecían no morir esta noche a cambio de algo que él aún no sabía que tenía. Y entendió, sobre todo, que no estaba en posición de negociar.
—Lo tomo —dijo. Y cuando ella ya se volvía—: Con una cosa.
Yoko se paró. Los otros dos se quedaron muy quietos.
—Yo también voy a preguntar. —Le raspaba la voz y le temblaba la pierna y aun así lo dijo entero—. Todo lo que sé te lo cuento. Pero después me contestas tú.
Hubo un segundo en que nadie supo qué iba a pasar. Yoko lo miró desde arriba, midiéndolo de otra manera, como quien encuentra un clavo donde esperaba un trapo.
—Si llegamos —dijo.
—Bien.
Se volvió hacia los otros dos.
—Nos vamos de la ciudad.
Kairu levantó la cabeza de golpe.
—¿Cómo que nos vamos de la ciudad?
—Que nos vamos. —Yoko ya estaba mirando la boca del callejón—. Los centinelas llevan una hora peinando el sector y no han encontrado nada, porque lo que buscaban está aquí tirado. Cuando terminen de barrer, van a barrer hacia dentro. Y este —señaló a Raito con la barbilla— no corre.
—Ya, pero irnos —
—A los muelles. —Yoko se ajustó el cuello del abrigo—. Siempre hay alguien vendiendo un sitio en una bodega. Se paga y no te preguntan a dónde vas.
—¿Y con qué se paga?
—Con lo que sea.
—¿Y si no hay nadie vendiendo? —dijo Asuru, muy bajito.
Yoko no contestó a eso enseguida. Y cuando lo hizo, no miró a nadie.
—Pues nos agarramos uno.
Kairu abrió la boca. La cerró.
—Ah —dijo—. Ya. Ya, ya.
—Kairu, cárgalo.
—Puedo andar.
Los tres lo miraron.
—No puedes —dijo Asuru.
—Con un palo puedo. —Raito se agarró al bordillo y tiró de sí mismo, y llegó a levantar medio cuerpo antes de que la pierna que ya no estaba le contestara con un vacío que le subió hasta el estómago. Se quedó ahí, a medias, apretando los dientes—. Denme un palo.
—No hay palos, campesino —dijo Kairu, que ya se estaba agachando—. En esta ciudad no hay ni un palo.
Y lo levantó como quien levanta un saco de grano, y Raito, que llevaba media hora sin poder decidir nada, se dejó levantar con una rabia que no tenía dónde meter. —Con cuidado con la pierna —dijo Yoko—. Asuru, no le sueltes esa luz. Nos movemos.
—No.
Se pararon los tres.
—¿Cómo que no? —dijo Yoko.
—Que le suelte la luz. —Raito tenía la cara vuelta hacia Asuru, y a Asuru se le había puesto el color de la ceniza en el tiempo que llevaban ahí—. Mírale la cara. Lleva media hora dándome eso y cada vez está peor.
—Si te la suelto te desangras —dijo Asuru—. Y yo no he hecho todo esto para verte desangrar.
—Pues me desangro.
—Raito—
—No. —Y le salió de un sitio que no controlaba, y le salió con la voz rota—. Que no. Que ya está bien. —Tragó—. La gente que se pone delante de mí se queda ahí. Yo eso ya lo he visto hoy. Dos veces. —Se le fue la voz del todo y la volvió a agarrar—. No lo pienso ver una tercera por una pierna.
Nadie dijo nada.
Y Asuru no le soltó la luz.
Pero cuando echaron a andar, se apoyó en Kairu sin que nadie le dijera que lo hiciera, y no lo hizo con disimulo. Y Yoko, que iba delante, miró hacia atrás una vez.
Y Raito supo que aquella mirada no era para Asuru.
La huida
Kairu se agachó a su lado y se frotó las manos en el pantalón.
—Esto te va a dar cosa —dijo—. Aguanta y no patalees.
Y sus ojos se encendieron.
Fue un fogonazo corto, apenas un latido, pero Raito lo vio: en cada iris se abrió un círculo de luz, quieto, limpio, del color del hierro al rojo. Y alrededor de sus manos el aire se puso raro. No se iluminó: se torció, tembloroso, como tiembla el aire sobre una chapa recién soldada. Y a la vez, el mundo dejó de tirar de él hacia abajo.
El peso se le fue del cuerpo de golpe, igual que cuando uno se mete en el río y el agua le quita de encima la mitad de sí mismo. Solo que aquí no había río: había un callejón mojado y él, subiendo despacio hasta quedarse a un palmo del suelo, con el pelo flotándole en la nuca.
Y la pierna dejó de dolerle.
No se curó. Seguía deshecha, seguía ardiendo por dentro. Pero ya nada la aplastaba contra el suelo, nada le colgaba de ella, y aquel alivio brutal le llenó los ojos de lágrimas por segunda vez esa noche.
—¿Qué…? —Se agarró al aire por reflejo—. ¿Qué me hiciste?
—Nada, tranquilo, sigues siendo tú. —Kairu le puso una mano abierta en la espalda y empujó, suave, y Raito se deslizó hacia adelante como una barca soltada de la orilla—. Es que ahora pesas lo que pesa una cesta de pan. Peso muerto es lo mío. —Le fue guiando con la palma, corrigiéndole el rumbo con un dedo cuando se ladeaba—. Una vez saqué a Yoko de un tejado así y ni se despeinó.
—Te oí —dijo Yoko, adelante.
—Era mentira. A ti no te puedo levantar. Pesa demasiado la maldad.
Y a Raito, en medio del dolor y del frío, se le movió algo en el pecho ante esa tontería. Kairu hablaba para llenar el miedo. Dekiro hacía lo mismo en la oscuridad, hablaba y hablaba con tal de no quedarse callado.
Se movieron rápido, pegados a las paredes, por callejones que se abrían entre torres muertas de metal.
En la primera esquina Yoko levantó una mano y todos pararon. No se asomó. Se quedó a un paso del filo de la pared, y a Raito le pareció que el aire delante de ella se ponía torcido, como se pone el fondo de una olla vista a través del agua hirviendo; la muchacha entornó los ojos mirando esa nada doblada, contó algo para sí, y después les hizo un gesto con dos dedos y cruzaron. Nadie le preguntó qué había visto. Raito entendió, sin que se lo dijeran, que ella había mirado a la vuelta de la esquina sin sacar la cabeza.
Ellos saben usar lo que tienen, pensó. Y le subió una cosa fea con el pensamiento, que no era admiración: era que él también tenía algo, lo había tenido toda la noche, y lo único que había sabido hacer con ello fue arrancarse una pierna.
—Oye —dijo Kairu, sin dejar de empujarlo—. Antes dijiste que no sabías dónde estabas.
Raito no contestó.
—Pues ya lo sabes. —Le corrigió el rumbo con un dedo, con el tono exacto de quien enseña una casa que se le cae encima—. Estás en la capital del continente uno, amigo. Estás en Kinō. La ciudad más grande que hay. Bienvenido.
El nombre no le dijo nada. Raito lo repitió por dentro, buscándole una forma, y no encontró ninguna: no se parecía a nada que Taiyo hubiera nombrado nunca. Miró las torres muertas, y el agua negra, y la luz de arriba que no se apagaba.
—¿Y la gente vive aquí? —dijo.
—La gente aguanta aquí —dijo Kairu—. Que es otra cosa.
Asuru iba a su lado, con una mano en su hombro para que no se le fuera flotando. Y Raito veía el mundo de a pedazos, ladeado, a un palmo del suelo: una pared con símbolos ardientes que no sabía leer; agua sucia corriendo por una canaleta hacia una reja, sin un solo reflejo de estrella porque no había estrellas que reflejar; una figura encogida en un portal que los vio pasar y escondió la cara — y en esa cara, un instante, los ojos: negros, apagados, con una X cruzándolos, como si alguien se los hubiera tachado.
Y no era el único. Al doblar a una calle más ancha los vio mejor: gente en los umbrales, gente durmiendo bajo salientes de metal, gente arrastrando bultos por la lluvia, y muchísimos con la misma marca. Los ojos tachados, apagados como ventanas de una casa vacía.
—¿Qué les pasó en los ojos? —preguntó, con un hilo de voz—. A todos. ¿Por qué los tienen así, tachados?
—Renunciaron —dijo Kairu, sin dejar de caminar.
—¿Renunciaron a qué?
Kairu abrió la boca. Yoko, adelante, dijo sin volverse:
—Kairu.
Kairu cerró la boca. Pero un momento después, más bajo, como quien no puede evitar dar al menos la mitad, añadió:
—Es el precio de entrar. Nada más. No preguntes más que no es sitio para hablar de eso.
Y un poco después, cuando pasaron por debajo de una casa con la ventana encendida y se oyó dentro un ruido de platos, Kairu levantó la cabeza y la miró más rato del que hacía falta.
—Ahí dentro están secos —dijo, a nadie—. Se acuestan y saben dónde se van a despertar.
—Kairu —dijo Yoko otra vez, y esta vez no fue por el ruido.
—Ya, ya.
—¿Precio de entrar a dónde? —Raito levantó la cabeza desde el hombro de Kairu—. ¿Y quién lo cobra?
—Chico —dijo Kairu.
—Es una pregunta.
—Y yo te digo que aquí no.
—Entonces dime dónde sí.
—Chico—
—No. —Y le salió más alto de lo que pretendía, tanto que Yoko volvió media cara—. Llevo toda la noche sin entender nada y todo el mundo me dice ahora no. Ya sé que no es sitio. Dime dónde y cuándo y me callo hasta entonces.
Kairu resopló, y por un instante Raito creyó que iba a soltarlo. No lo soltó. Pero delante, sin volverse, Yoko dijo algo por lo bajo que sonó a este no se calla, y no sonó del todo mal.
—¿Entrar a dónde? —repitió Raito.
Y Kairu, con la barbilla, sin manos porque las tenía ocupadas cargándolo, le señaló hacia adelante y arriba.
Al fondo de la calle, más allá de las torres muertas, el cielo negro se abría en una cúpula. Una bóveda inmensa de luz pálida, curva, tendida sobre la ciudad como la mitad de una burbuja gigante, y por debajo de ella —Raito lo veía desde lejos, pequeño y nítido— había otra ciudad: seca, iluminada, limpia. No llovía ahí dentro. La gente caminaba sin encogerse, sin taparse, sin mirar hacia atrás. Y muy arriba, en lo alto de la bóveda, por fuera, donde la luz de dentro ya no llegaba, había un sitio encendido. No parecía un templo ni un monumento: parecía un cuarto. Pequeño desde tan lejos, con una ventana larga y amarilla, puesto de tal manera que desde dentro de la cúpula quedaba del otro lado del cielo y no se veía nunca, y desde fuera se veía siempre. Alguien estaba despierto ahí a esa hora, y Raito no supo qué era, y no preguntó.
Había una línea, exacta, donde terminaba la lluvia y empezaba la luz, y de un lado estaban ellos —mojados, sangrando, huyendo, con los ojos enteros— y del otro estaba toda esa gente seca y a salvo con los ojos tachados.
Raito no entendió. Pero vio la forma de la cosa, aunque nadie se la dijera: que ahí dentro se estaba a salvo, y que para entrar había que dejar algo en la puerta, y que lo que se dejaba en la puerta era lo que a él le ardía ahora mismo en la cara. Guardó la pregunta con las demás, en el montón cada vez más grande de todo lo que este mundo aún no le explicaba, demasiado cansado para sostenerla, pero esta se le quedó más tiempo que las otras dando vueltas antes de hundirse: dejar los ojos, para estar a salvo. Cerró los suyos —los que ardían, los que no podía dejar en ninguna puerta— y se dejó llevar.
Detrás de ellos, lejos todavía, empezó a sonar una nota grave, mecánica, rítmica — pasos que no eran pasos, muchos, coordinados — barriendo la noche.
—Ahí están —murmuró Yoko.
—¿Quiénes? —dijo Raito.
—Deben ser centinelas. —No se volvió a mirarlo. Escuchaba—. Vienen a barrer el sector. Buscan lo que encendió esa luz.
—¿La de ella?
—La de ella o la tuya. —Ya se estaba moviendo—. Da igual. Vámonos. A los muelles.
Los muelles
Los muelles eran un bosque de metal.
Y Raito, que llevaba media vida arreglando cosas de cuatro tablas, se quedó mirándolo desde el suelo con la boca un poco abierta.
Grúas. Cientos. Torres de hierro con brazos que cruzaban por encima de otras torres, y por debajo pasarelas, y por debajo de las pasarelas más pasarelas, y cables gruesos como el brazo de un hombre yendo de un sitio a otro sin que se viera el principio ni el final. Ni un solo palmo de aquello lo había puesto nadie que él conociera.
Quiero ver una cosa que no haya arreglado yo.
Se lo había pedido a la casa doce horas antes, sentado a la mesa, en voz alta, porque era su cumpleaños y le tocaba pedir.
Se le concedió.
Salieron de los callejones a un espacio abierto y por un momento hasta el dolor se le calló. Torres con brazos contra el cielo negro, y amarradas a esos brazos, meciéndose despacio en el aire vacío como bestias dormidas, había naves: cascos largos, pesados, con luces en el vientre, flotando sin nada que las sostuviera y atadas con cadenas gruesas como troncos.
Barcos. Barcos que flotaban en el aire, allá donde el mundo de Raito solo conocía carretas y balsas de río.
—No preguntes —dijo Kairu, que le había visto la cara—. Se hace más raro. Créeme. Yo llevo aquí toda la vida y todavía no me acostumbro a nada.
Lo dejaron detrás de unos contenedores, a resguardo, donde la sombra de una nave amarrada los tapaba de la calle. Asuru se arrodilló enseguida a revisarle la pierna, la luz otra vez fina sobre la herida. Yoko se asomó a vigilar el camino por donde habían venido. Y Kairu se sentó pesadamente al lado de Raito, resoplando, y por un rato nadie dijo nada, solo el crujido de las cadenas y la lluvia sobre el metal.
Raito no podía dejar de mirarlas. La más cercana se mecía a tres pasos de él, más grande que la casa que había perdido, atada al muelle igual que se ata una barca al embarcadero del río — solo que debajo no había agua: había aire negro y una caída sin fondo.
En su mundo, lo más alto que había visto volar era un halcón. Y aquí colgaban del cielo casas de metal, y a nadie le parecía un milagro.
—Se llaman cargueros —dijo Asuru en voz baja, sin dejar de trabajar en la pierna, siguiéndole la mirada—. Llevan cosas de un continente a otro. Y a veces —una pausa mínima, cuidadosa— a gente que necesita irse sin que le pregunten a dónde.
—¿Qué es un continente? —dijo Raito.
Asuru levantó la vista. Se lo explicó en dos frases, despacio, sin hacerlo sentir tonto, y Raito no entendió ni la mitad: entendió que había tierra al otro lado de algo, y que ese algo era tan grande que hacía falta volar por encima. Se quedó con eso. Era la primera cosa que preguntaba en toda la noche y no le había servido de nada, y aun así preguntó la siguiente.
—¿Y quién les enseñó?
Kairu tardó en contestar, y cuando lo hizo no fue con la voz de las bromas.
—Esto no se enseña, campesino. —Le corrigió el rumbo con un dedo—. Alguien te puede poner mirando hacia donde hay que ir. Eso sí. Pero el camino lo andas tú solo, y andando es como se aprende. Yo aprendí a no dejar caer cosas dejando caer muchas cosas.
Delante, Yoko no dijo nada. Y a Raito le pareció que no decir nada le estaba costando algo.
Fue Kairu el que rompió el silencio del todo. Porque Kairu no soportaba el silencio.
—Oye —dijo, con esa manera suya de preguntar por preguntar, por llenar el hueco, por hacerle sentir a un desconocido herido que seguía siendo una persona—. Antes, cuando Yoko te preguntó de dónde salías, dijiste Ashita. —Se rascó la nuca—. Ya sé que Yoko dijo que delirabas. Pero yo llevo un rato dándole vueltas. —Sonrió—. ¿Cómo es? Ese sitio. ¿Cómo es Ashita?
Raito, agotado, con la cabeza en otra parte, con la pierna latiéndole y los ojos nuevos ardiéndole en la cara, contestó lo primero y lo único que era verdad. Sin pensarlo. Sin notar el peso raro que los otros tres le ponían a esa palabra.
—Es una granja.
El silencio que siguió fue distinto.
Kairu dejó de sonreír. Yoko se volvió despacio desde su puesto de vigilancia. Hasta Asuru levantó la vista de la pierna. Los tres lo miraban ahora de una manera nueva, y Raito, demasiado cansado para leer el aire, no entendió por qué se había puesto todo tan tenso de repente.
—…¿Una granja? —dijo Yoko, muy despacio, muy fría—. Ashita. Una granja.
—Con cabras —dijo Raito—. Y trigo. Y un río, lejos. —Algo en las caras de ellos empezó a llegarle, un frío distinto—. ¿Qué?
—¿Es un chiste? —Yoko dio un paso hacia él, y la voz le subió, tensa, casi temblando—. ¿Quién te mandó? ¿Eh? ¿Es una prueba, una broma del régimen? Porque Ashita no es una granja con cabras, Ashita es —
—Yoko —dijo Asuru, alarmada.
—Ashita es lo único que nos queda —le escupió Yoko a Raito, y la voz le tembló en queda, apenas, pero Raito lo oyó—. Y tú caes del cielo con un nombre de clan muerto y me dices que es una granja —
—Es que era una granja.
—¡No juegues conmigo!
—¡Era una granja y la destruyeron!
Salió de Raito de golpe, desde muy abajo, con una fuerza que lo sorprendió a él mismo, y con las palabras vino todo lo demás — la columna de luz cayendo del cielo, el cráter humeante donde había estado su casa, el porche, la mesa, dieciocho años borrados en lo que tarda un rayo en caer. Se le quebró la voz en la última palabra y ya no pudo seguir. Se tapó la cara con una mano, la que no le temblaba, y se dobló sobre sí mismo, y por segunda vez esa noche algo caliente y negro amenazó con subirle por dentro.
—La destruyeron —repitió, roto—. Un rayo de luz. Del cielo. Ya no hay. No hay a dónde volver. No sé de qué Ashita me hablan. Yo solo tenía esa. Y ya no está.
El silencio se volvió otra cosa. Kairu miró a Yoko. Yoko miró a Asuru. Ninguno entendía —cómo iba a caer del cielo un hombre con un clan muerto llorando por una Ashita que era una granja— y en la cara de los tres empezó a cuajar algo entre el miedo y la lástima y la sospecha de estar ante algo que los superaba.
Y en ese silencio, Raito se acordó de lo que le habían prometido.
—Dijiste que si llegábamos.
Yoko tardó en volver la cara hacia él. Cuando lo hizo, no había burla.
—Una.
Raito llevaba toda la noche eligiéndola sin saberlo.
—Había un hombre. En mi casa. Tenía los ojos como los míos. —Se tocó la sien, junto al ojo—. Pero no uno. Tres, metidos uno dentro de otro.
Yoko no contestó enseguida.
—No sé —dijo al fin.
—¿No sabes?
—No sé. —Y se le tensó algo en la mandíbula, como si admitir eso le costara más que cualquier respuesta—. Yo he visto muchos ojos en esta ciudad. El tuyo no lo había visto nunca. Un triángulo es raro. Poco común. —Miró hacia la boca del muelle, hacia la ciudad—. Y la gente que lleva figuras raras no termina trabajando en los muelles.
Y no dijo más, y Raito entendió que eso era todo lo que iba a sacarle esa noche. Pero lo había sacado él.
—No entiendo nada —murmuró Kairu—. Yoko, no entiendo nada de lo que —
—Nadie entiende nada —dijo Yoko, y por primera vez no sonaba fría; sonaba perdida—. Un Jikan. Que cae del cielo. Que llora por una granja llamada Ashita. Eso no —
—No es la misma Ashita.
La voz vino de la oscuridad.
No de ninguno de ellos. De más allá, de entre los contenedores y las sombras de las naves amarradas, de un sitio donde no había habido nadie hacía un segundo — Raito lo habría jurado, Yoko lo habría jurado, y a Yoko no se le escapaba un movimiento en las sombras. Pero ahí estaba la voz. Tranquila, baja, exacta, que cortó el aire como se corta el agua, sin esfuerzo, sin levantarse, tan segura de que la iban a oír que no necesitaba subir.
Los cuatro se volvieron a la vez. Kairu se puso medio delante de Raito por puro instinto; Yoko se tensó como una cuerda, la mano ya buscando algo en su cinturón; Asuru contuvo el aliento.
Y en la oscuridad, donde no se distinguía una figura, donde no se veía una cara ni un cuerpo ni una forma, había dos ojos encendidos.
Dos, y no iguales. No eran un par. Cada uno ardía con una luz distinta, de un color distinto, y en cada uno se sostenía, quieta, una figura diferente — una en un ojo, otra en el otro, dos geometrías que no combinaban ni podían estar juntas, observándolos desde lo negro con una calma que daba más miedo que cualquier grito. Raito, que no sabía nada de ese mundo, que no entendía casi nada de lo que había visto esa noche, entendió sin embargo una cosa con toda claridad, en el estómago, antes que en la cabeza: que lo que fuera que estaba en esa oscuridad estaba muy por encima de los cuatro, y lo sabía, y no tenía ninguna prisa.
—La granja que ese hombre llora —dijo la voz, avanzando apenas, lo justo para que la luz enferma de los muelles empezara a tocar el filo de una silueta: un hombro, la línea de una mandíbula, nada más— no es el escondite al que ustedes van. —Una pausa mínima, medida—. Es la Ashita original.
Y dio un paso más hacia la luz.
Tic.