La sombra
Debajo de la cúpula, en una oficina donde la luz llevaba cuarenta años sin cambiar de color, un hombre leía un papel por tercera vez.
Se llamaba Nao y llevaba once años en Registro de Sector. Su trabajo consistía en leer partes de la noche y separarlos en dos montones: los que subían y los que no. La mayoría no subía. Una pelea de borrachos en los muelles no sube. Un robo de raciones no sube. Un cuerpo en un canal no sube, salvo que el cuerpo lleve uniforme.
El de esta noche tenía cinco entradas y ninguna subía sola.
Uno. Un destello de gran intensidad, sentido en el sector siete y en la mitad del ocho. Sin origen determinado. Doce denuncias en veinte minutos, y las doce decían lo mismo: que se sintió en el pecho antes que en los ojos.
Dos. Tres denuncias de figuras de triángulo en las afueras del siete. Dos de ellas del mismo callejón.
Tres. Un altercado en el muelle nueve. Daños en la plataforma. Metal desplazado en cantidad no compatible con maquinaria de carga.
Cuatro. Dos centinelas de grado menor, adscritos al barrido del sector siete, sin reportar desde la tercera hora.
Cinco. Un carguero de línea corta, matrícula de la compañía Ide, soltado de sus amarres y salido del puerto sin autorización.
Nao dejó el papel en la mesa y se frotó los ojos con los nudillos.
Cualquiera de las cinco, sola, era una noche de martes. Un destello podía ser un accidente de almacén. Los triángulos eran un bulo cada dos meses; siempre había un borracho que juraba haber visto un ojo raro. Los muelles se rompían solos. Los centinelas de grado menor desaparecían con una regularidad que Registro había dejado de encontrar interesante, porque casi siempre reaparecían en un burdel del once.
Y una nave robada era una nave robada.
Pero las cinco cosas habían ocurrido en la misma noche, en el mismo sector, y —Nao midió con el canto del pulgar sobre el plano— en un radio que se cubría andando.
Se quedó un rato mirando el plano.
Lo que le molestaba no era ninguna de las cinco. Era el orden. Primero el destello, que llama la atención. Después los centinelas, que van a mirar. Después el altercado, que los entretiene. Y al final la nave, que se va mientras todo el mundo mira a otro sitio.
Eso no lo hace una persona a la que le sale mal la noche. Eso lo hace alguien que sabe cómo se distribuye una guardia de sector.
Mojó la pluma y escribió una sola palabra en el margen, con letra pequeña, porque el margen era estrecho y porque escribir esa palabra obligaba a abrir un expediente y un expediente daba trabajo a mucha gente.
Coordinado.
Después puso el parte en el montón de la izquierda, que era el que subía, y siguió con el siguiente. Un incendio en una cocina del cinco. Ese no subía.
Lo que Nao no escribió, porque en un parte no se escriben las cosas que uno cree, fue lo otro: que si aquello lo había hecho un grupo, el grupo tenía a alguien capaz de encender una luz que sintiera medio sector, y que la gente capaz de hacer eso no trabaja de noche en el sector siete.
Trabaja para alguien.
Trabaja para alguien, pensó otra vez, y estiró la mano hacia el siguiente parte.
—Nao.
Nao no gritó. Eso lo pensaría después, en su casa, y le daría una vergüenza que no se le quitaría en semanas: que no gritó, que no se levantó, que lo único que hizo fue quedarse muy quieto con la mano encima de un papel.
Porque en aquella oficina no había otra puerta. Y llevaba once años sentado de espaldas a la pared.
—Señor —dijo.
—¿Has comido?
Nao tragó.
—Sí, señor.
—Bien. —La voz venía de detrás y de un poco arriba, y era una voz agradable. Educada. La de alguien que pregunta por la familia—. ¿Qué avance tienes?
—Por ahora nada, señor.
—Nada.
—El parte tiene cinco entradas y las cinco… —Se le fue la voz y la volvió a agarrar—. Están relacionadas. Eso lo tengo. Lo que no tengo es quién.
Silencio. Nao miró el plano de sector que tenía delante, porque era lo único que se le ocurría mirar que no estuviera detrás de él.
—Hay una cosa que me interesa más que el quién —dijo la voz—. Y no me la has escrito.
—Dígame.
—Alguien bajó por ese chico.
Nao esperó.
—Dos centinelas míos no reportan —siguió la voz, con la misma calma—. Un muelle desarmado. Una nave robada. Eso no lo hizo un crío con los ojos recién abiertos. Eso lo hizo alguien que sabía dónde estaba, que fue a buscarlo y que se lo llevó. —Una pausa muy corta—. No me preguntes quién es el chico, Nao. Pregúntate por qué alguien bajaría por él.
Y Nao, que llevaba once años separando papeles en dos montones, entendió por primera vez en su vida qué era exactamente lo que hacía su trabajo, y le entraron ganas de vomitar.
—Lo quiero localizado —dijo la voz—. Quiero saber qué es esa anomalía y por qué actuaron de esa manera. —Un movimiento de tela, muy leve—. Tienes hasta que las naves de línea corta vuelvan de la ruta larga. Son doce salidas. Cuéntalas tú.
—Sí, señor.
—Debajo de mi techo no pasan cosas sin que yo me entere, Nao. Eso no es una amenaza. Es una descripción del techo.
Nao no oyó irse a nadie.
Se quedó sentado un rato largo, con la mano todavía encima del parte y la puerta cerrada delante, y cuando por fin se volvió a mirar no había nadie, ni había habido nunca sitio donde ponerse.
Se levantó a las seis, cuando le tocaba, y al salir dejó la puerta abierta para que entrara el chico del turno. El montón de la izquierda tenía cuatro partes. Solo uno llevaba una palabra escrita en el margen.
Y debajo de esa palabra, con una letra que le había salido peor de lo que él escribía, había un número.
Doce.
La regla que ya no existe
La bodega tenía una escotilla, y por la escotilla entraba la única luz que había: gris, sin sitio de donde venir, la luz de un cielo que no tenía nada que dar.
Llevaban ya un buen trecho de travesía.
Raito lo sabía porque los había contado, y los había contado mal. En la granja se sabía sin pensarlo: las cabras se ponían nerviosas y Taiyo empezaba a hablar de la sopa. Aquí no se ponía nada.
Y en algún punto de la cuenta se dio cuenta de una cosa y la dejó ahí, sin tocarla.
Que había cumplido dieciocho años.
Y que le habían durado uno.
No se lo dijo a nadie. No se le ocurría a quién.
Así que contaba comidas. Habían comido cuatro veces desde que subieron. Eso era todo lo que tenía.
Y contaba otras cosas, porque contar era lo que hacía cuando no podía hacer nada. Argollas en el suelo de la bodega: veintidós. Pasos de la escotilla a la escalerilla: nueve con la pierna buena, once con esta.
Once le pareció una mala noticia y la anotó por dentro sin decírsela a nadie.
—Deja de moverla —dijo Asuru.
Estaba sentada enfrente, con el brazo malo pegado al costado. La esquirla le había entrado por encima del hombro y salido casi por detrás, y ella misma se lo había cerrado con la mano buena, apretando los dientes, sin dejar que nadie la ayudara. Ahora tenía la cara del color de la ceniza y no lo disimulaba.
—No la estoy moviendo.
—La estás moviendo. Llevas media hora doblando y estirando esa rodilla.
Raito se miró la pierna.
Era verdad. La doblaba y la estiraba sin darse cuenta, como se toca un diente flojo. La cosa respondía, y ese era exactamente el problema: que respondía después. Un pelo después. Lo justo para que él lo notara y no lo justo para decirlo sin sonar desagradecido.
Y por debajo del borde, donde el metal se agarraba a lo que le quedaba de pierna, había una humedad caliente que no acababa de secarse.
—Me tira —dijo.
—Te va a tirar tres semanas. —Asuru cerró los ojos—. Y después te va a tirar cuando cambie el tiempo, toda tu vida. Eso no lo arregla nadie.
—¿Y el hombro?
—El hombro es mío.
—Te lo he preguntado.
Asuru abrió un ojo.
—Va a cerrar torcido —dijo—. Porque me lo cerré yo con una mano y con prisa, y eso siempre cierra torcido. —Volvió a cerrarlo—. Ya me da igual. No es el primero.
En su casa, cuando algo se rompía quedaba constancia. La pata que Taiyo clavó torcida seguía torcida, y cada vez que alguien apoyaba el codo Dekiro decía la pata, y era una broma que llevaba funcionando media vida.
Aquí las cosas también cerraban torcidas. Pero no había nadie haciendo bromas con ellas.
La nave era de metal.
Eso lo entendió con las manos antes que con la cabeza, palpando el suelo de la bodega. Metal el suelo. Metal las paredes, el techo, los cajones, las argollas y los tornillos de las argollas.
No había una tabla en toda la nave.
Se pasó un buen rato buscándola, no por terquedad sino porque le parecía imposible. En su casa la madera era el material de las cosas: las puertas, los cubos, los mangos, la cerca, la cuna donde durmió Dekiro.
Aquí no había ni una astilla.
—¿De dónde sacan la madera? —preguntó.
Kairu levantó la cabeza. Estaba tumbado en el suelo con las manos detrás de la nuca, mirando el techo con la concentración de un hombre que no tiene absolutamente nada que hacer.
—¿La qué?
—Madera. Palos. Lo de los árboles.
Hubo un silencio.
—Ah —dijo Kairu—. Eso.
Y se incorporó sobre un codo, con una cara que a Raito le costó leer, porque no era burla y tampoco era lástima.
—Campesino, aquí no hay árboles.
—Ya sé que no hay árboles aquí. Digo en otro sitio.
—En ningún sitio. —Kairu se encogió de hombros—. Yo he visto uno en un cuadro, en casa de un tipo del once que decían que era rico. Una cosa marrón con manchas verdes arriba. Me acuerdo de que pensé que estaba mal pintado.
Raito se quedó mirándolo.
—Estaba bien pintado —dijo.
—Ya. Eso lo entendí luego.
—¿Cómo son? —dijo Kairu.
—¿Los árboles?
—Sí.
Raito abrió la boca y la cerró. Era como si le hubieran preguntado cómo es el agua.
—Grandes —dijo—. Los de la ribera eran más altos que la casa. —Se lo pensó—. Y hacen ruido.
—¿Ruido?
—Cuando hay viento. Un ruido de… —Movió los dedos, buscándolo—. Como cuando llueve, pero seco. Y no lo oyes hasta que para. Un día para el viento y te das cuenta de que llevabas toda la tarde oyendo eso.
Kairu se quedó con la boca un poco abierta.
—Coño —dijo.
—¿Qué?
—Nada. —Se tumbó otra vez y se puso las manos detrás de la nuca—. Que a mí nadie me había contado nunca que hicieran ruido.
Descubrió más cosas, y todas de la misma manera: por lo que no había.
No había hora. Nadie decía «a media mañana» ni «antes de que caiga»: decían «en dos vueltas» o «cuando pite», y lo que pitaba era una cosa de la nave que pitaba por razones que no le explicó nadie.
No había animales. Preguntó de qué era lo que estaban comiendo —una pasta parda, tibia, que no estaba mala y no sabía a nada— y los tres se miraron entre ellos.
—Es ración —dijo Yoko.
—Sí, pero ¿de qué?
—De ración —dijo Yoko.
Y eso fue todo lo que sacó, hasta que Kairu se apiadó y le dijo, con la boca llena, que la ración se hacía abajo, en las cubas del sector doce, y que era mejor no preguntar de qué.
—Pero es de algo —dijo Raito.
—Es de algo.
—Todo es de algo. Un queso es de una cabra. Un pan es de un trigo.
—Ajá.
—Entonces esto es de…
—Campesino. —Kairu tragó—. Cómetelo.
No había ley. O había, pero no se parecía a ninguna.
En su casa la ley eran tres cosas: lo que decía Taiyo, lo que decía el pueblo los días de feria, y lo que se hacía porque siempre se había hecho así. Aquí preguntó quién mandaba, y Kairu se lo pensó más de lo que la pregunta parecía merecer.
—El régimen —dijo al fin.
—¿Y eso quién es?
—Pues todo. —Se incorporó sobre un codo—. El que renuncia tiene papeles, y ración de la buena, y una puerta que se le abre.
—¿Y el que no?
—El que no, no existe. No es que te persigan por malo: es que no estás apuntado. Y aquí lo que no está apuntado no tiene dónde ponerse.
Yoko habló desde su rincón sin levantar la vista de las manos.
—Sí que te persiguen.
—Bueno. También.
—A los que llevamos figura nos tienen contados —dijo Yoko—. Uno por uno, con nombre y con papeles. Y si no te tienen contado es porque te escondes, y si te escondes es porque haces algo. Esa es toda la lógica que hay, y con esa te matan.
En la granja también había cuentas: cabras, sacos, postes, y Taiyo las apuntaba con una raya en la viga del establo. Nunca se le había ocurrido que a un hombre se le pudiera hacer una raya.
—¿Y qué hacen con los ojos que compran? —dijo.
Y ahí los tres se callaron de una manera distinta.
—Eso no lo sabe nadie —dijo Kairu.
—Alguien lo sabrá.
—Alguien sí. Nosotros no. —Y por primera vez desde que lo conocía no lo dijo con entusiasmo—. Yo he visto entrar gente por esa puerta y he visto salir a la misma gente sin nada detrás de los ojos. Y te saludan igual. Y están secos. Eso es lo que sé.
—Es que tiene que ir a alguna parte —dijo Raito—. Una cosa no se va y ya. El agua se va del cubo porque hay un agujero, y debajo del agujero hay barro. Siempre hay un debajo.
Nadie le contestó a eso, y tardó bastante en entender que no era porque fuera una tontería.
No había fuera. Esa fue la peor. Se acercó a la escotilla con la costumbre de mirar el campo antes de dormir y encontró exactamente nada: una masa que no era niebla ni humo, moviéndose contra el cristal. Y cuando le preguntó a Kairu qué había ahí abajo, Kairu se lo dijo de una manera que no olvidaría:
—Nada que respire.
Raito se quedó en la escotilla más tiempo del que hacía falta, con la frente casi tocando el cristal frío.
En su casa, mirar por la ventana antes de dormir servía para algo: si el cielo estaba cargado, si el ganado estaba junto o desperdigado. El mundo de fuera te decía cosas de lo que venía.
Aquí no decía nada.
Se acostó sin saber cómo iba a amanecer, y tardó un rato en caer en que aquí no amanecía, y descubrió que eso era lo que peor llevaba.
Kairu se lo explicaba todo.
Que la nave flotaba porque dentro del casco había una cosa que no pesaba, y que él no tenía ni idea de cómo funcionaba, porque el que lo sabía cobraba por saberlo. Que la bruma no mata rápido: se acumula. Y, con un cajón y tres tornillos por mapa, qué era un continente.
Lo explicaba todo con un entusiasmo que a Raito le costó un rato identificar.
Era el entusiasmo de alguien a quien nunca le habían preguntado nada.
Asuru hacía lo contrario. No le explicaba: le preguntaba.
—¿Y allá cómo era? —dijo una vez, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el cajón—. La comida.
—Sopa.
—¿Todos los días?
—Todos los días.
—¿Y no te aburría?
Raito se quedó pensando en eso más tiempo del que la pregunta parecía merecer.
—No —dijo al fin—. Es que no era la sopa. Es que era mi abuelo haciéndola.
Asuru no dijo nada. Pero cuando Raito la miró, tenía la cara vuelta hacia otro lado.
Y Yoko no explicaba ni preguntaba. Yoko aguantaba, y aguantó hasta la quinta vez.
—De donde yo vengo el agua no sabe así —dijo Raito, mirando la cantimplora.
—De donde tú vienes —dijo Yoko, sin levantar la vista de lo que estuviera haciendo con las manos— no hay nadie. Está debajo de una ciudad. Lo dijeron anteayer.
La bodega se quedó muy quieta.
—Yoko —dijo Asuru.
—Es verdad, ¿no? —Yoko levantó la cara, y no había crueldad: había cansancio—. No lo digo por joderlo. Lo digo porque lleva días midiendo este mundo con una regla que ya no existe. —Volvió a bajar la vista—. Si quiere saber cómo es esto, que mire esto.
—Es la única regla que tengo.
Yoko levantó la vista otra vez.
—Tú mides las cosas con lo tuyo —dijo Raito—. Todos lo hacen. Kairu me explica las naves con cosas de naves porque es lo que ha visto. Tú cuentas salidas porque llevas nueve años contando salidas. —Dejó la cantimplora en el suelo—. Yo tengo una granja. Y cuando te sirva de algo, lo vas a agradecer.
En la bodega no habló nadie durante un momento largo.
—Bueno —dijo Kairu, muy bajo—. Pues eso también es verdad.
Yoko no contestó. Volvió a lo que estaba haciendo con las manos, y a Raito le pareció, aunque no se atrevió a jurarlo, que tardaba más de lo que hacía falta.
Raito se quedó con la cantimplora en la mano, y lo raro fue que no le dolió del todo. Le dolió una parte. La otra parte pensó, muy despacio, que era la primera cosa útil que le decían desde que cayó.
Bebió. Sabía a metal.
—Sabe a metal —dijo.
—Es que está en metal —dijo Yoko.
Y a Kairu le arrancó una carcajada corta que rebotó en las paredes. Y detrás de la carcajada, sin permiso y sin ganas, a Raito se le escapó media sonrisa.
Duró poco. Pero estuvo.
El que nos sacó
Esa noche —la que ellos llamaban noche porque había que llamarla de alguna manera— Kairu se sentó en el suelo delante de él con un puñado de tuercas en la mano.
—Ven —dijo—. Te enseño una cosa.
Era un juego. Se ponían las tuercas en fila, cada uno tapaba tres con la mano, y había que adivinar cuánto valía lo tapado. Kairu cambiaba las reglas a mitad de partida y lo negaba con una cara de inocencia que no engañaba a nadie.
—Has dicho que la grande valía dos.
—Vale dos si va la última.
—Eso no lo habías dicho.
—Es que se sobreentiende.
Y Raito oyó su propia voz decir hiciste trampa, y se le cerró la garganta a la mitad de la palabra, porque esa frase la había dicho mil veces en otro sitio y a otra persona.
Kairu no lo notó, o tuvo la decencia de seguir hablando de tuercas. Yoko dijo desde el rincón, sin levantar la vista, que la grande valía uno y que lo sabía todo el mundo. Asuru se rió, y al reírse se le movió el hombro y le cambió la cara, y siguió riéndose igual.
Fue lo primero que hicieron juntos que no fue huir de algo.
Y a Raito, por primera vez desde el incendio, le entró calor de estar con gente.
Jugaron cuatro rondas. Perdió las cuatro.
—Oye —dijo—. ¿Cómo se conocieron ustedes?
Y pasó una cosa rara: los tres se miraron. No incómodos. Como se miran los que ya saben quién va a contar.
—Él conocía a mis padres —dijo Asuru.
Lo dijo mirándose las manos, que era como decía ella las cosas importantes. Tenía una manera de hablar que a Raito le recordaba a alguien y no sabía a quién: empezaba bajito, como pidiendo permiso, y no paraba hasta el final.
—Supongo que por eso se enteró de lo nuestro. Se lo debieron pedir ellos. —Se encogió un poco de hombros—. No llegó a tiempo. Me sacó a mí. Y después… bueno. Después los sacó a ellos.
—Y menos mal —dijo Kairu con la boca llena.
—Y menos mal —dijo Asuru, y le sonrió al plato.
Raito la miró. Ella no levantó la vista, y él no supo qué acababa de oír, y ninguno de los cuatro se dio cuenta de que Asuru acababa de decir en voz alta que los otros dos estaban vivos por ella.
Kairu se enderezó. A Kairu se le notaba cuando iba a contar algo por cómo se sentaba.
—Es que tú no lo viste, campesino. Yo estaba metido en un sitio del que no se sale, ¿me entiendes? De los que no se sale. Y aquel hombre entró como quien entra a una tienda a comprar sal. Ni corría. Y te juro por lo que quieras que cuando—
—Kairu.
—Que es verdad—
—Kairu. —Yoko no levantó la vista de lo suyo—. Cállate, niño. Eso fue hace mucho.
Y Kairu se calló, pero no de mala manera: se calló como se calla uno cuando el otro tiene razón y no le gusta.
—¿Era alto? —dijo Raito.
—Altísimo —dijo Kairu.
—Normal —dijo Yoko.
—Era normal —dijo Asuru—. Pero tenía una voz que…
—No tenía nada en la voz —dijo Yoko.
—Sí que la tenía.
—Tú tenías nueve años y estabas llorando.
—Y aun así la tenía.
Y así estuvieron un rato, y Raito se dio cuenta de que se habían contado aquello muchas veces y de que seguían sin ponerse de acuerdo en nada, y de que a ninguno de los tres parecía importarle.
Pero en una cosa sí coincidían, y la dijeron los tres, en tres momentos distintos, y ninguno se dio cuenta de que la estaba repitiendo:
Que les dijo que se cuidaran.
Y que cuidaran lo que llevaban dentro.
—¿Y qué fue de él? —dijo Raito.
Se hizo un silencio de los cortos.
—Nos dejó juntos —dijo Yoko— y se fue. —Volvió al cordel que estaba anudando—. Y ya está. Ojalá lo encontremos algún día. Pero de aquí a entonces hay mucho que aguantar, y lo que hay que aguantar es lo de ahora.
Raito se quedó con el cuenco entre las manos.
Aquellos tres discutían por todo. Por el reparto, por la ruta, por quién había hecho más ruido al bajar. Y acababan de decir lo mismo de tres maneras distintas sin darse cuenta.
Menos mal.
Al fondo de la bodega, sentado sobre un cajón, Samui repasaba una correa que ya estaba repasada.
No levantó la cabeza ni una vez en toda la conversación.
Lo que hay debajo
Raito subió al puente cuando ya casi no hablaba nadie abajo.
Detrás del cristal no había nada. Ni una estrella. Él, que de crío había aprendido a leer el cielo para saber cuándo sembrar, se pasó un rato buscando una sola cosa conocida ahí arriba y no encontró ninguna.
—La pierna —dijo Samui, sin volverse.
—Bien.
—No he preguntado.
Raito se apoyó en el mamparo, porque estar de pie mucho rato todavía le costaba.
—¿Qué hay ahí abajo? —dijo—. En la bruma.
—Agua no.
—Eso ya lo sé.
Samui movió un dedo sobre un mando y no pasó nada que Raito pudiera ver.
—Tierra —dijo—. Tierra vieja, y encima de la tierra lo que la gente dejó cuando dejó de vivir ahí. La bruma se queda abajo porque abajo está frío y arriba está más frío. No se cruza andando y no se cruza volando bajo. Se cruza por encima o no se cruza.
—¿Y por qué no se limpia?
—Porque nadie sabe cómo se hizo.
Raito se quedó pensando en eso más rato del que Samui le dio.
—La ciudad de la que salimos —dijo Samui— tiene una cúpula. Debajo de la cúpula no llueve, no hay bruma y hay comida. Encima de la cúpula hay una luz que no se apaga nunca. Eso es todo lo que necesitas saber de por qué la gente entra.
—Y para entrar hay que dar el ojo.
—Para entrar hay que dar el ojo.
—¿Y quién decide eso?
Samui tardó, y no fue por hacerse el interesante: fue de las veces en que uno mide cuánto contar.
—Cada capital tiene un Pilar —dijo—. Uno. Manda él y no manda nadie más. Nadie lo vota, nadie lo cambia y nadie se muda de capital. —Volvió al cristal—. El de allá se llama Hikage.
Raito repitió el nombre por dentro. No le sonó a nada.
—¿Y es un hombre?
—Fue un hombre.
—Eso no es una respuesta.
—No —dijo Samui—. No lo es.
La nave zumbó. Fuera del cristal seguía sin haber nada que mirar.
—¿Y por qué yo? —dijo Raito entonces, porque lo llevaba guardando desde el muelle—. Tú no me encontraste. Tú llegaste a aquel muelle sabiendo mi apellido.
—Yo no lo sé.
—Sí lo sabes.
—No. —Y por el tono, era verdad—. Yo sé lo que me mandaron hacer y dónde tenía que estar. Nada más.
—¿Y quién te lo mandó?
—Alguien de allá.
—Eso no es nadie.
—Es todo lo que te voy a decir.
Raito se quedó callado un momento, porque llevaba desde el muelle descubriendo que insistirle a aquel hombre era como empujar una pared para ver si se cansa.
Y no volvió a preguntar. Pero se llevó una cosa del puente que no había subido a buscar: que Samui no le había mentido en lo de la bruma, ni en lo de la cúpula, ni en lo del Pilar.
Y que en cambio, con lo suyo, se callaba.
Los mayoi
El primer golpe llegó de noche. Si es que había noches ahí.
Fue un ruido húmedo contra el casco, a media altura, como si alguien hubiera tirado un saco de barro contra la chapa desde fuera. Todos levantaron la cabeza a la vez.
El segundo llegó tres latidos después, más arriba.
El tercero y el cuarto llegaron juntos.
Y después ya no se pudieron contar.
—Fuera —dijo Yoko, y ya estaba de pie.
Raito se levantó mal, con la mano en el cajón, y para cuando estuvo derecho ya había siete u ocho golpes y el casco hacía un ruido que no debía hacer.
—¿Qué es eso? —dijo.
Nadie contestó.
—¿Qué es eso?
Nadie contestó, y no fue por dejarlo fuera. Fue porque Kairu se había puesto blanco.
Y Raito, que no sabía qué era y no iba a averiguarlo esperando, hizo lo único que se le ocurrió: contar.
Los golpes venían todos de babor. Ninguno de estribor. Y el chirrido —algo arrastrándose por fuera buscando un borde— iba siempre en la misma dirección: hacia la costura donde la chapa hacía aquel bulto que él llevaba días mirando sin saber por qué le molestaba.
—Apártense de esa pared —dijo.
Nadie se movió.
—Que se aparten de esa pared. —Y esta vez lo dijo con una voz que no había usado desde el porche de su casa, la de decirle a un hermano pequeño que se quitara de debajo de una viga—. Buscan la juntura. Y la juntura está ahí.
Kairu lo miró.
Después miró la costura, y arrastró a Asuru dos pasos hacia el centro de la bodega sin decir palabra, y Yoko fue detrás.
Tres latidos después, el casco reventó exactamente por ahí.
La escotilla se llenó.
Lo que Raito no supo contar después fue que no apareció una cara en el cristal: el cristal se llenó, de golpe, con una cosa pálida y sin bordes apretada contra el vidrio desde el otro lado.
Y dentro de esa cosa había una mano.
Una mano de persona, con cinco dedos y una uña partida, empujando el cristal desde dentro de aquello, como si estuviera intentando salir de la cosa y no entrar en la nave.
Raito retrocedió un paso y la pierna nueva llegó tarde y estuvo a punto de tirarlo.
Y entonces, muy abajo, debajo de las costillas, en el sitio donde llevaba días sin oír nada, se le puso en marcha el reloj que no existía.
Tic.
—Mayoi —dijo Asuru.
Lo dijo bajito, con la voz de quien nombra una enfermedad, y Kairu se puso delante de ella sin decir nada, con los brazos abiertos. No se puso a pelear: se puso delante. Y Raito lo entendió perfectamente, porque él había hecho lo mismo en un templo.
Yoko no se movió. Estaba contando escotillas. Raito le vio los ojos ir de una a otra y de la última a la escalerilla, y supo lo que estaba calculando: cuántos huecos, cuánto tardan, quién queda más cerca de la salida.
Y también supo, mirándole la cara, cuál era el resultado.
Ella no dijo corran. Dijo otra cosa, más corta, con la voz de quien ya lo ha dicho antes en otro sitio y con otra gente:
—No se separen.
—Arriba —dijo Yoko—. Ya.
Y la nave se ladeó.
No mucho —un palmo, dos— pero se ladeó, y todos se agarraron a lo que tenían más cerca. Y Raito entendió con el estómago lo que significaba: que fuera había peso. Que aquello no estaba pegado al casco. Estaba colgando de él.
Cuántos, no se podía saber.
Por la grieta abierta entró un olor. No era olor a muerto, ni a bicho, ni a nada que Raito hubiera olido en un corral. Era limpio, casi dulce, y por eso fue peor, porque lo reconoció: lo había olido en el bosque, la noche que su abuelo levantó una mano.
Y entonces Samui bajó por la escalerilla.
No corrió. Bajó como baja un hombre que va a mirar una gotera: los tres últimos peldaños de un salto, las manos sueltas, la cara de invierno de siempre.
Miró la grieta. Miró la escotilla llena. Miró, un segundo más largo, a la mano de la uña partida.
Y entonces sí le cambió algo en la cara, muy poco, lo que le cambia a alguien que se encuentra un trabajo que ya ha hecho mil veces y sigue sin gustarle.
Levantó las dos manos a la altura del pecho, una de un color y la otra de otro, y las juntó.
Entre las palmas nació el tercero.
—Hodoki —dijo.
Raito no vio lo que pasó fuera. Vio el cristal: que la cosa que lo llenaba dejó de llenarlo, no de golpe sino por partes, como se deshace una madeja cuando le tiras del hilo bueno.
Después la escotilla volvió a estar vacía, y el gris de siempre volvió a entrar por ella, y el chirrido paró.
Samui bajó las manos.
—Disculpen —dijo, hacia la escotilla. Y más bajo, casi para él—: Ojalá encuentren luz.
Nadie dijo nada durante un rato largo.
Kairu seguía con los brazos abiertos delante de Asuru y no se había dado cuenta. Cuando se dio cuenta, los bajó rápido y se miró las manos como si fueran de otro.
Asuru le puso la mano buena en la espalda, una sola vez, y la quitó.
Y Raito, que seguía apoyado en el cajón con el corazón dándole en las orejas, pensó en la mano de la uña partida y se dio cuenta de que estaba mirándose la suya.
—¿Qué eran? —dijo Yoko.
—Mayoi. —Samui se agachó a mirar la costura reventada del casco, tanteándola con dos dedos, calculando—. Van en grupo. Se pegan a lo que se mueve y esperan a que se pare.
—¿Eran gente?
—Sí.
Lo dijo sin adornarlo, y siguió tanteando la plancha, y fue esa naturalidad la que le puso a Raito el frío en la nuca, y no la mano de la uña partida.
—¿Y hay cosas peores? —dijo Kairu.
Samui no levantó la vista de la plancha.
Esperaron. Él siguió midiendo la grieta con los dedos, apretando aquí y allá, como si no hubiera oído la pregunta. Kairu abrió la boca para repetirla y Yoko le puso una mano en el brazo.
Samui se levantó y pasó la mano por la costura reventada, y esta vez apretó de otra manera, hacia dentro, y la plancha cedió un dedo entero.
—Hay que parar —dijo—. Esta chapa no aguanta otro grupo, y todavía queda camino.
—¿Parar dónde?
—En un puerto libre. —Se limpió los dedos en el pantalón—. Vamos a buscar a alguien que nos ayude el resto del camino.
Y subió, y no dijo quién.
Los otros tres se quedaron mirando la grieta.
—Camino —dijo Kairu.
—Camino —dijo Yoko.
Y Raito, que llevaba un rato sin decir nada porque estaba mirando la costura y no a ellos, se levantó.
—No hay que taparla.
Se volvieron.
—¿Qué?
—Que no hay que taparla. —Se acercó cojeando y puso la mano abierta encima del reventón, y después la fue moviendo hacia los lados, siguiendo la línea de remaches—. Si le pones una plancha encima, la plancha va a colgar de este borde, y este borde ya no aguanta. Lo va a abrir más.
Yoko cruzó los brazos.
—¿Y tú qué sabes de cascos?
—Nada. —Raito no apartó la mano de la chapa—. Pero un techo es un techo.
En su casa, cuando el viento levantaba un trozo de tejado, no se clavaba una tabla en el agujero: una tabla pesa, y el agujero es justo lo que ya no puede con el peso. Se repartía — coser el borde roto a las vigas de los lados, para que lo que tirara no fuera la chapa rota sino las cuatro de al lado.
—El agujero no importa —dijo—. Que entre aire. Lo que importa es que la costura de al lado no se entere de que hay un agujero.
—Eso no tiene sentido —dijo Yoko.
—Sí lo tiene. Y no tengo otra cosa que ofrecer, así que o me dejan probar o nos quedamos mirándolo.
Nadie dijo que no.
Tardaron cuatro horas y fue horrible.
Lo primero fue que no había nada con qué. Ni cuerda, ni clavos, ni un palo. Había cable, chapa suelta, dos abrazaderas de máquinas y veintidós argollas atornilladas al suelo, que Raito había contado el primer día por aburrimiento y que resultaron ser lo único útil de aquel barco.
Lo segundo fue que él no podía hacer nada.
Podía ver dónde iba cada cosa. No podía sujetarla, ni subirse, ni aguantar el peso, ni estar de pie más de un minuto seguido.
Así que hizo lo otro.
—Kairu, ahí. No, más arriba. Donde el remache está negro. —Se apoyaba en un cajón y señalaba con la barbilla porque las manos las tenía ocupadas doblando cable—. Aguanta ahí y no lo sueltes aunque cruja. Va a crujir.
—Va a crujir.
—Va a crujir mucho.
Y Kairu, que pesaba el doble que él y lo había llevado en brazos media ciudad, se puso donde le dijeron.
—Yoko, esa esquina. Tira hacia ti, no hacia abajo. Hacia ti.
—Ya sé tirar.
—No así.
Y Yoko lo miró un segundo, y tiró como le habían dicho.
—Asuru, tú no hagas nada.
—Puedo—
—No. —Y no lo dijo con dulzura—. Tú tienes un hombro roto y lo que te queda hace falta para otras cosas. Siéntate.
Asuru se sentó.
Cosieron el borde reventado a las cuatro planchas de alrededor con doce vueltas de cable, las dos abrazaderas y seis argollas del suelo. Y después Raito hizo la parte que a todos les pareció una tontería: le quitó tensión al centro, dejó la grieta más abierta de lo que estaba, y remachó a lo bruto una tira de chapa atravesada muy por fuera del reventón.
—Eso no tapa nada —dijo Kairu.
—No tapa nada.
—Entonces—
—Entonces si algo vuelve a empujar, empuja contra eso y no contra el borde. —Se limpió las manos en el pantalón y se dejó caer sentado, porque ya no aguantaba más—. El agujero se puede llevar. Lo que no se puede llevar es que se siga abriendo.
Quedó feo. Feo de verdad: torcido, con el cable a la vista, con los remaches metidos a golpe de martillo y ninguno alineado. Un desastre que en su casa le habría valido una mirada de Taiyo y un hazlo otra vez.
Y esa noche la nave agarró una corriente mala, se ladeó como no se había ladeado nunca, y la bodega entera crujió.
Todos se agarraron.
La costura no se movió.
Raito estaba sentado con la espalda contra un cajón, las manos hechas un desastre —dos uñas negras, la palma abierta— y la pierna latiéndole tan fuerte que la sentía en los dientes.
Yoko se acercó y se quedó de pie delante de la costura.
La miró un rato largo. La tocó. Tiró de una de las vueltas de cable y no cedió.
Y no le dio las gracias.
—¿Aguantaría el doble? —dijo.
Raito levantó la cabeza.
—Si le pongo cuatro argollas más y me dan otro cable, sí.
—Pues pídeselo a Kairu.
Y se fue.
Y Raito se quedó ahí sentado, con las manos abiertas encima de las rodillas, escociéndole todo, mirando la cosa más fea que había construido en su vida.
Y sonrió.
Akari
Volvió al puente cuando ya habían recogido el destrozo, porque no sabía adónde ir y porque era el único sitio de la nave donde no había nadie hablando.
Samui seguía donde lo había dejado, con las manos encima de unos mandos que apenas tocaba.
—Bueno —dijo—. Entonces otra cosa.
—Otra cosa.
—¿Cómo se hace uno fuerte?
Samui tardó lo suficiente para que Raito pensara que no iba a contestar. Después movió un dedo sobre uno de los mandos, dos milímetros, y la nave corrigió el rumbo tan poco que ni se notó.
—Esa no es la pregunta que quieres hacer.
—Es la que te estoy haciendo.
—La que quieres hacer es cómo se hace uno fuerte rápido. —Ahora sí giró la cabeza, lo justo—. Y la respuesta a esa es que no se hace.
—Está bien. Entonces la otra.
Samui volvió al cristal.
—Te entrenas. El cuerpo primero, porque el cuerpo es lo que se rompe. Y después te conoces.
—¿Conocerme cómo?
—Sentado. Callado. Mucho tiempo.
Raito se quedó callado.
Y lo que le pasó no fue sorpresa: fue lo contrario de la sorpresa. Fue la sensación de que le acababan de dar el nombre de una cosa que llevaba trece años haciendo todas las noches sin que nadie se lo explicara.
—Con las manos así. —Se las puso sobre las rodillas, las palmas hacia arriba, sin pensarlo.
Samui giró del todo.
—¿Quién te enseñó eso?
—Mi abuelo. —Raito se miró las manos—. Todas las noches, desde que tengo cinco años. Me decía escucha, y yo le decía qué escucho, y él me decía que si me lo decía ya no lo escuchaba yo. —Levantó la cara—. Trece años. Y nunca me dijo para qué era.
Samui no dijo nada.
—¿Era para esto? —dijo Raito.
—Siéntate.
Se sentó en el suelo del puente, con la espalda contra el mamparo y la pierna de metal estirada por delante porque no doblaba de otra manera. Se puso las manos en las rodillas. Cerró los ojos.
Y respiró como le habían enseñado, hondo y lento, con esa cadencia que un viejo le había metido en el pecho a base de sentarse a su lado y respirar hasta que el crío se acompasaba sin darse cuenta.
Al principio no pasó nada, que era exactamente lo que pasaba siempre.
Después dejó de oír la nave.
No es que se apagara: dejó de importar, igual que en el porche dejaban de importar los grillos. Y por debajo apareció la otra cosa, la que llevaba encontrando desde niño y para la que nunca había tenido palabra: lenta, ancha y tibia, como el agua de un pozo cuando le acercas el farol y ves que es mucho más honda de lo que parecía.
Siempre había estado ahí.
Eso fue lo que le dio la vuelta al pecho: que no era nuevo. Que lo había rozado mil veces en aquel porche, de crío, cuando se aburría y contaba tablas. Y que se había pasado trece años sentado encima sin saber que era suyo.
Nunca había sabido que se pudiera tocar.
La tocó.
—Ay —dijo Kairu, desde la puerta.
Raito abrió los ojos.
Lo primero que vio fue a Kairu con la espalda pegada al marco, apartándose sin saber por qué se estaba apartando, con la cara de un hombre que ha metido la mano en un agua que creía fría.
Lo segundo fue a Asuru, que había llegado detrás y se había quedado quieta con la mano en el hombro malo.
Lo tercero fue a Yoko, que no se había apartado ni un centímetro y que lo estaba mirando de la manera en que ella miraba las cosas: midiéndolo. Y tenía la mandíbula apretada.
Y lo cuarto fue la luz.
Le salía de las manos, y de los brazos, y del pecho, y no era un aura de las que había visto en el muelle: aquello llenaba el puente entero. La cara de Kairu estaba dorada. Las paredes estaban doradas. Detrás del cristal, la bruma se había puesto de un color que no le tocaba.
Raito se miró las manos.
—¿Lo estoy haciendo bien? —dijo.
Nadie le contestó.
—Digo que si es así. —Levantó la cara hacia Samui, con la vergüenza del que ha hecho una tarea y no sabe si la ha hecho al derecho—. Porque yo esto lo he hecho siempre y nunca ha salido nada.
Samui estaba de pie a dos pasos.
Y a Samui, que no había cambiado de cara ni cuando deshizo a dos personas encima de un muelle, se le movió algo.
Fue poco. Fue que descruzó los brazos, y que la mano de abajo se le quedó a medio camino, abierta, como si hubiera ido a apoyarse en algo que no estaba. Después la cerró.
—¿Cuánto llevas despierto? —dijo.
—¿Despierto de qué?
—De los ojos.
Raito lo pensó, y se dio cuenta de que no lo sabía. Contó comidas, que era lo único que tenía para contar.
—Cuatro comidas —dijo—. Eso es lo que llevo.
Samui no dijo nada.
Se quedó donde estaba, con la mano cerrada a la altura del muslo y la cara vuelta hacia el cristal negro, y cuando por fin habló fue en voz muy baja y no se lo dijo a él.
—Cuatro comidas.
—¿Eso está mal?
—Suéltalo.
—¿Cómo?
—Deja de sostenerlo.
—Es que no lo estoy sosteniendo. —Raito se miró las manos, y las manos seguían encendidas, y él no encontraba en ninguna parte del cuerpo la cosa que habría que soltar—. Yo no estoy haciendo nada. Está saliendo.
Samui giró la cabeza entonces.
Fue medio segundo, y Raito no llegó a leerlo: no fue miedo, ni enojo, ni sorpresa de las que se ven. Fue la cara de un hombre que está sumando y le sale un número que no puede ser.
—Piensa en otra cosa —dijo.
—¿En qué?
—En lo que sea. En la sopa de tu abuelo.
Y Raito pensó en la sopa de su abuelo — porque le salió sin querer, porque llevaba evitando pensar en eso desde la primera noche y bastó que se lo nombraran — y se le fue el aire del pecho.
Y con el aire se le fue lo otro, como se va la luz cuando se sopla un candil: primero mucho, después nada. El puente volvió a ser gris, y el gris pareció más gris de lo que era antes.
Le quedó un temblor en los antebrazos, y una sensación rara en el fondo de la garganta, como cuando uno ha cargado algo pesado un buen rato y lo suelta y los brazos siguen pensando que lo llevan.
No estaba cansado. Esa fue la parte que le dio miedo después, cuando la pensó tumbado en su sitio: que no le había costado nada.
Se quedaron los cuatro sin hablar.
Y lo que Raito tardaría en aprender fue que acababa de apagarlo del único modo que sabía: sin querer, y pensando en un muerto.
—Bueno —dijo Kairu al final, con una voz que le salió más aguda de lo normal—. Bueno.
—¿Qué? —dijo Raito.
—Nada. —Kairu se pasó la mano por la nuca—. Nada, campesino.
Asuru fue la única que se acercó.
Se puso en cuclillas delante de él, con el brazo malo pegado al costado, y le miró la cara un momento como se mira a alguien a quien se le va a dar una noticia.
—¿Te ha dolido? —dijo.
—No.
—¿Nada?
—Nada.
Asuru asintió despacio, y no le dijo lo que estaba pensando: que ella, para cerrarle una pierna a un desconocido en mitad de la calle, había tenido que quemarse hasta los codos y llevaba días con la cara de ceniza. Y que este acababa de encender el puente entero sentado en el suelo, y preguntaba si lo estaba haciendo bien.
Yoko se apartó del marco y se fue sin decir palabra, y a Raito le pareció que se iba rápido.
La encontró un rato después en el pasillo de las literas, sentada en el suelo con las rodillas dobladas, haciendo algo con un cordel que no necesitaba hacerse.
—Oye —dijo.
—No.
—Ni siquiera he preguntado.
—Ya sé lo que vas a preguntar. —Siguió con el cordel—. Y no te lo voy a decir, porque si te lo digo te vas a poner contento, y todavía no toca que te pongas contento.
Raito se apoyó en el mamparo.
—Dime solo una cosa —dijo—. ¿Es mucho?
Yoko paró las manos.
Se quedó un momento con el cordel a medias, mirándolo, y cuando habló lo hizo despacio, escogiendo, como quien camina por encima de algo que puede ceder.
—¿Sabes lo que era eso? —dijo.
—No.
—Ya. Por eso preguntas si es mucho. —Dejó el cordel en el suelo—. Siéntate, anda, que me estás tapando la luz.
Raito se sentó enfrente, con la espalda contra el mamparo y la pierna estirada.
—Akari —dijo Yoko—. Se llama akari, eso que se te salía. Lo tiene todo el que tiene ojo, y es lo que se gasta. No la fuerza, no el ojo: eso. Cuando Asuru te cerró la pierna, lo que se le subía por los brazos era eso. Cuando Kairu te llevó media ciudad en volandas, gastaba eso. Se te acaba y se te vuelve a llenar, más despacio o más rápido según quién seas. —Se encogió de hombros—. Y si se te acaba del todo, no te desmayas. Te apagas.
Raito tardó en preguntar lo siguiente.
—¿Apagarse es morirse?
—Apagarse es apagarse.
Y lo dijo de una manera que a Raito le quitó las ganas de seguir por ahí.
—Ya —dijo—. ¿Y por qué se ve?
—Porque no lo estás usando para nada. —Yoko hizo un gesto vago con la mano—. Cuando lo metes en algo, se va en eso: en una pared, en una pierna, en lo que sea. Ahí arriba no lo estabas metiendo en nada. Estaba saliendo y ya.
Raito se miró las manos.
Se acordó del cubo del corral, el de debajo del canalón roto. Cuando llovía fuerte, el agua entraba más rápido de lo que salía por el agujero, y se desbordaba por el borde, y lo que se desbordaba no servía para nada: se iba al barro. Taiyo decía que había que arreglar el canalón. Nunca lo arregló.
—Entonces se me estaba saliendo —dijo.
—Se te estaba saliendo.
—Y eso es mucho.
Yoko lo miró un rato largo.
—Llevo nueve años en las afueras —dijo al fin—. He visto a mucha gente encender lo suyo. He visto a un tipo del once tirar una pared. —Recogió el cordel—. Vete a dormir, Jikan.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que hay hoy.
Y Raito se quedó parado en el pasillo con esa frase encima, porque la había oído antes, una noche, en un porche, en boca de un viejo que se calló trece años.
—Yoko.
Ella paró en el vano, de espaldas.
—Yo esto no lo quiero para que me dejen en paz —dijo Raito. Le salió más bajo de lo que pretendía, y lo dijo entero igual—. Ni para ser el que más. Lo quiero para llegar. Una vez. Llegar a tiempo a un sitio una sola vez en mi vida.
Yoko no se volvió.
—Ya —dijo—. Pues eso es lo más caro que se puede querer.
Y se fue. Y no se fue por no tener respuesta.
Samui se había vuelto hacia el cristal.
—¿Cuánto tarda? —dijo Raito—. En servir para algo, digo. Si sigo haciéndolo.
Samui tardó lo suyo.
—A la mayoría no le da tiempo —dijo.
—Eso no me sirve.
—Es lo que hay. —No se volvió—. Esto se enseña sentado y despacio, y hace falta un hombre que ya lo sepa y que tenga años que gastar en ti. —Una pausa exacta—. A ti no te lo enseñó nadie. Y el que iba a hacerlo está muerto.
Raito no dijo nada.
—Así que vas a tardar más que cualquiera —dijo Samui— y tienes menos tiempo que cualquiera. Esa es tu situación entera. Te la digo una vez y no la repito.
Y Raito, que llevaba días queriendo que alguien le dijera algo verdadero, descubrió de golpe para qué servía todo el mundo diciéndole ahora no.
Dentro
Se durmió sentado, con la espalda contra el mamparo y sin darse cuenta de que se estaba durmiendo.
Y estaba en el patio.
Lo supo antes de mirar, por el olor. Después miró, y la cerca estaba donde tenía que estar, y el trigo se movía sin viento igual que la primera vez.
Pero faltaban cosas.
El establo no estaba. Donde había estado el establo había campo, y el campo seguía y seguía y no se acababa en ninguna parte, y a Raito le costó un momento entender que lo que faltaba no era el establo: era que ya no se acordaba de cómo era el tejado por detrás.
La casa sí estaba. Más pequeña. Con la puerta cerrada.
Y en el porche, en el sitio del viejo, la sombra.
—Otra vez tú —dijo Raito.
—Otra vez.
Se sentó en el escalón de abajo, que era donde se sentaba él. No le pareció raro hasta mucho después.
—Se está yendo —dijo—. Mi casa. Se está yendo de aquí dentro.
—Sí.
—¿Y eso se puede parar?
La sombra no contestó, y Raito entendió que acababa de gastar una.
—Está bien. —Se pasó las manos por la cara—. Entonces las tres van juntas.
Y las pensó bien esta vez. Le costó menos que la primera, porque llevaba días haciendo lo mismo con todo: apartar lo que no servía hasta que quedaba poco.
—¿Qué era eso que se me salió de las manos?
—¿Cómo se para?
—…¿Fue por lo que dije?
La tercera le volvió a salir más baja que las otras dos. Y la sombra volvió a tardar, y Raito volvió a saber, mientras tardaba, cuál iba a contestar.
—No se para —dijo—. Se guarda.
—Eso no es—
—Es la que te hacía falta.
Y algo pasó entonces que Raito no supo nombrar: el trozo de suelo donde estaba sentado se dibujó solo, un momento, como se dibuja una raya en el polvo cuando pasa el agua.
Un círculo. Con él dentro.
Raito lo midió con los pies antes de pensar en nada, porque medir con los pies era lo primero que se le ocurría siempre.
Cinco.
—Eso ya lo vi —dijo—. Y eran seis.
—Eran seis.
—¿Y ahora son cinco?
—Ahora son cinco.
Raito se quedó mirando la línea, y por el lado de fuera, lejos, en el borde donde el campo dejaba de ser campo, la oscuridad seguía sin hacer nada.
Igual que un perro echado que ya te conoce.
—Oye —dijo—. Si te pregunto tres cada vez, y siempre me contestas la que no es… ¿para qué me dejas preguntar tres?
Y la sombra, por primera vez desde que existía, tardó en contestar por un motivo distinto.
—Para que aprendas a elegir las otras dos —dijo.
Y Raito se despertó en el suelo del puente, con el cuello torcido y la boca seca, y con la sensación exacta de haber estado hablando con alguien.
Samui seguía en los mandos y no se volvió.
—Has dormido dos horas —dijo.
—¿He dicho algo?
—No.
Y Raito, que se acordaba de todo, dijo que menos mal, y se levantó a estirar la pierna que no tenía.
La costra del cielo
El puerto apareció a las doce horas exactas.
Raito lo vio crecer desde la escotilla: primero un rumor anaranjado dentro de la bruma, después una forma, y al final aquello.
No era una ciudad. Era una costra.
Alguien había amarrado un casco viejo a otro casco viejo, y encima había construido, y encima había vuelto a construir. Nada estaba derecho. Y aun así se sostenía en el aire, entero, con las luces temblándole por dentro como un animal con brasas en la barriga.
Y estaba lleno de luz. Luz de puestos, de faroles colgados, de cosas encendidas dentro de otras cosas. Después de todo aquel gris, a Raito le dolió mirarlo.
No había visto tanta gente junta en su vida.
Se le fueron los ojos detrás de todo a la vez y no pudo quedarse con nada. Mujeres con cajas en la cabeza. Cuerdas con ropa colgada que no se secaba, porque en aquel aire no se secaba nada, y aun así estaba tendida.
Y había ruido. Voces encima de voces, exactamente el mismo ruido que hacía el pueblo los días de feria cuando lo oían desde la ladera, y al que él nunca había bajado.
Se le puso una cosa en la garganta al pensarlo, porque el último que se lo había prometido tenía trece años y un hatillo preparado desde la noche anterior.
Uno no sabe lo que necesita en el pueblo.
Raito apretó la barandilla y se quedó mirando la costra hasta que la cosa de la garganta bajó.
Atracaron en un embarcadero de los de abajo.
—Voy por provisiones —dijo Samui, saltando antes de que la pasarela terminara de bajar—. Y por alguien. Ustedes cuatro se quedan en la nave. No bajen. No hablen con nadie.
—¿Por alguien? —dijo Kairu.
—Sí.
—¿Y quién?
Samui ya estaba de espaldas.
—Alguien que hace falta más adelante.
—Oye —dijo Yoko—. Aquí conocemos gente.
—Aquí todos conocen gente. Por eso no bajan.
Y se metió en el gentío, y se lo tragó en cuatro pasos.
Raito se apoyó en la barandilla y miró.
Miró los ojos de la gente, porque llevaba días haciéndolo sin querer. Uno de cada muchos llevaba algo encendido, y lo llevaba sin esconderlo, como se lleva una herramienta. Y en un rincón, con la espalda contra un bidón, un hombre con los dos ojos tachados miraba pasar a la gente y no miraba a nadie.
Y entonces vio la mariposa.
Estaba a unos veinte pasos, en el aire, encima de un puesto de fruta seca.
Raito se quedó tan quieto que le dolió la mano de agarrar la barandilla.
Era una mariposa. Grande —más que el puño de un hombre—, amarilla, y volaba con ese vaivén torpe y perfecto que él había visto mil veces sobre el trigo.
Desde que se cayó en aquel mundo no había visto nada vivo. Ni un pájaro, ni una rata, ni una mosca en la comida. Nada que respirara y no fuera una persona.
Y ahí había una mariposa.
—¿Adónde vas? —dijo Yoko.
Raito ya estaba en la pasarela.
—Ahí hay una mariposa.
—¿Qué?
—Que hay una mariposa. —Y bajó.
—Raito. —Yoko se separó de la barandilla—. Ha dicho que no bajemos.
—Ya lo sé.
—Entonces no bajes.
Y Raito, que hasta ese momento había hecho todo lo que le decían porque no tenía piernas para hacer otra cosa, siguió bajando.
Yoko puso un pie en la pasarela y lo volvió a quitar.
Porque abajo había cuatrocientas personas y ella tenía los ojos encendidos desde el muelle nueve, y bajar detrás de él era bajar con la cara descubierta a un puerto lleno de gente que cobra por avisar. Se quedó agarrada a la barandilla con los nudillos blancos, calculando, tachando salidas, y al final hizo lo único que podía hacer: no perderlo de vista.
—Kairu.
—Ya lo veo.
—Si se pierde entre la gente, bajas tú.
—¿Y a mí no me brillan?
—A ti también. A todos. —Yoko no le quitaba el ojo a la pasarela—. Eso no se apaga y no hay manera. Lo único que se puede hacer es no darle a nadie un motivo para mirarte a la cara.
—Ah.
—Y tú sabes andar entre gente sin que te miren la cara. Yo no.
Bajó mal, porque la pierna nueva no bajaba escaleras como la vieja. La gente pasaba pegada, tocándolo sin mirarlo.
Y la mariposa seguía ahí.
Se acercó despacio, apartando gente con el hombro, con la cara de un hombre que no ha visto un milagro nunca y acaba de reconocer uno.
Y a cinco pasos lo entendió.
Las alas no eran alas. Eran dos láminas finísimas de un metal amarillo, batidas y vueltas a batir hasta dejarlas del grosor de una hoja, y por dentro las cruzaban unas nervaduras oscuras que no eran de una mariposa: eran de alguien que había mirado una mariposa mucho rato y había copiado lo que hacía falta para que aquello se sostuviera en el aire.
Y aun así seguía volando. Seguía subiendo un poco y cayendo un poco y corrigiendo, con ese vaivén torpe, igual que la de verdad.
Alguien se había sentado a estudiar cómo vuela una mariposa. Alguien que quizá tampoco había visto nunca una.
Se le fue algo del pecho.
No supo cuál de las dos cosas le dolió más: que fuera mentira, o que alguien se hubiera tomado tanto trabajo en hacerla.
Se acordó de una cosa que no venía a cuento y que vino igual: que la última mariposa que había visto de verdad se le había posado en el mango del mazo, la tarde que clavó el último poste, y que él la había mirado hasta que se fue.
Levantó la mano sin pensarlo, con dos dedos, como se ofrece un dedo a una mariposa de verdad para que se pose.
Randa
Y la mariposa pasó de largo.
Fue a posarse en otro dedo, dos pasos más allá.
El dedo pertenecía a una mano pequeña; la mano, a un brazo perdido dentro de una chaqueta demasiado ancha; y la chaqueta, a una mujer menuda apoyada de hombro contra un contenedor, con el pelo cortado a trasquilones y una brasa fucsia donde debía haber un ojo.
Ladeó la cabeza y lo miró de arriba abajo, sin ninguna prisa, como quien reconoce a alguien en un retrato viejo.
Y a Raito le dio tiempo a pensar una sola cosa: que en aquel ojo, donde debía haber esquinas y lados, no había ni una: había una espiral.
—Vaya —dijo ella—. Así que tú eres el famoso Raito Jikan.