KODAI

古代
Capítulo Uno

Ashita明日 · «Mañana»

desliza para leer

Dicen que los ojos son ventanas al alma.
Pero si de verdad nos asomáramos a ellos — ¿qué veríamos?

I

La cerca

Raito clavaba el último poste de la cerca cuando el mundo se volvió lento.

No fue un mareo. Fue el mazo. Lo tenía en alto, a media caída, y de pronto el mazo dejó de caer — o cayó tan despacio que Raito alcanzó a mirarlo, a mirar la veta de la madera del mango, la manera en que la luz de la tarde se enredaba en las hebras, y a pensar qué raro, la luz también se quedó quieta.

Una mariposa cruzó por delante de su cara.

Debía haber sido un parpadeo — un aleteo, y ya. Pero Raito le contó las alas. Le contó, una por una, las escamas de un ala; vio el polvillo desprenderse de un borde y quedarse suspendido, como ceniza que hubiera olvidado cómo caer; vio el músculo diminuto tensarse en el arranque del ala y empujar el aire, y el aire ceder despacio, muy despacio, en anillos que a él le pareció que podía tocar.

Y en el centro de todo aquello, muy bajo, casi debajo de sus propias costillas, oyó una cosa.

Tic.

Una sola vez. Como un reloj que no existía, que nadie le había enseñado, marcando un segundo que a nadie más le sobraba.

Después el mazo terminó de caer y partió el poste de un golpe limpio, y la tarde volvió a correr a la velocidad de siempre, y la mariposa ya era una mota amarilla perdiéndose sobre el trigo, y Raito se quedó con el mango temblándole en las manos y sin aire, como si hubiera corrido, aunque no se había movido.

Era la tercera vez este mes.

No se lo había dicho a nadie, y no pensaba decírselo. Viejo, a veces el tiempo se me hace de miel, y Taiyo poniéndole la mano en la frente y mandándolo a acostarse temprano. De ahí siempre salía una regla nueva.

Y además no le daba miedo. Esa era la parte rara: le daban ganas de que volviera a pasar, de agarrarlo por dentro y ver hasta dónde llegaba. Era lo único suyo en toda la granja que no le había enseñado nadie.

Se secó el sudor con el antebrazo y miró la línea de postes nuevos, torcida en el tramo del principio, derecha ya en el resto. Cuarenta y un postes. Mañana los del prado de arriba, y después la leña, y después el trigo, y después otra vez esta misma cerca.

Hoy cumplía dieciocho años.

Le dio una patada floja al poste malo. Mañana hablaba con el viejo en serio, y bajaban al pueblo aunque hubiera que discutirlo hasta el amanecer.

Entonces oyó a Dekiro gritar su nombre desde el porche, con esa voz de urgencia absoluta que el enano reservaba para las catástrofes.

II

La casa

La catástrofe era que Dekiro había perdido en el conteo de piedras.

—¡Hiciste trampa! —el enano tenía trece años y la indignación de un juez—. Contaste de dos en dos cuando yo miraba para allá.

—Conté de uno en uno.

—Itsumo, ¿verdad que contó de dos en dos?

Itsumo, sentado en el escalón del porche con un cuchillo y un trozo de madera que llevaba tres días volviéndose un conejo, no levantó la vista. Sonrió sin ruido — Itsumo sonreía como si el silencio le costara menos que las palabras — y siguió sacándole viruta al conejo.

—Ves —dijo Dekiro, tomándolo por respuesta—. Hasta él lo dice.

—Él no dijo nada.

—Dijo todo.

Raito se dejó caer en el escalón al lado de Itsumo. El sol bajaba detrás del cerro y le daba a la madera del porche un color de miel vieja. Olía a la sopa que Taiyo tenía al fuego desde la media tarde, y a paja, y al río, que quedaba lejos pero que en las tardes sin viento mandaba su olor hasta la casa.

Este era el mundo. Cuatro paredes de madera que habían estado vivas, un porche que crujía en los mismos tres sitios, un viejo que le hablaba a los fósforos antes de encenderlos, dos hermanos que no eran hermanos y que lo eran más que nadie. Raito no conocía otra cosa. No había estado nunca en el pueblo — Taiyo no los llevaba, Taiyo nunca los llevaba, y cuando preguntaban por qué el viejo decía que afuera había cosas y ahí se acababa la conversación —, y jamás, en dieciocho años, se le había ocurrido nada mejor que creerle. De niño le bastaba. Hacía un tiempo que había dejado de bastarle.

—Oye. —Dekiro se sentó en el suelo, delante de él, con las piernas cruzadas. Bajó la voz, aunque Taiyo estaba dentro y no podía oír—. Lo del pueblo. Lo prometiste.

—Prometí que lo iba a intentar.

—Prometiste.

Raito miró hacia la puerta. Adentro, la sombra de Taiyo iba y venía delante del fuego.

—El viejo no va a dejar.

—Por eso te lo pido a ti y no a él. —Dekiro se acercó más—. Una vez. Ver el pueblo una vez. Yo nunca he visto tanta gente junta. Tú tampoco. —Y luego, la puñalada, dicha sin saber que era una puñalada—: Cuando seas tú el que manda, me vas a llevar. ¿No? Cuando el viejo ya no… cuando seas tú.

Algo se apretó en el pecho de Raito. No supo ponerle nombre. Era la idea de un día en que Taiyo no estuviera, y de él ocupando ese lugar, y de que el enano contara con eso igual que contaba con que saliera el sol.

—Te voy a llevar —dijo Raito. Y porque el enano lo miraba esperando algo más, algo firme, se llevó la mano a la cabeza, se arrancó un pelo y lo sostuvo entre los dos dedos, a la luz—. Lo juro por esto.

Dekiro abrió los ojos como platos. El juramento del pelo era invención suya — la ley más solemne de la casa, reservada para las cosas que de verdad no se rompen — y que Raito se lo robara, que lo usara para él, lo dejó mudo de dicha medio segundo.

—Eso no se puede deshacer —dijo el enano, grave—. Sabes que eso no se puede deshacer.

—Sé que no.

—Bueno. —Dekiro se recostó hacia atrás, satisfecho, dueño del mundo—. Entonces está hecho.

Desde adentro, la voz de Taiyo:

—Los tres. A comer. Y Raito, lávate eso, que hueles a poste.

Había sopa, que había todas las noches, y encima de la sopa había pescado, que no había casi nunca. Taiyo lo había sacado del río esa mañana sin decir para qué, y lo puso en el centro de la mesa con la solemnidad del que finge que aquello no es nada.

La ley de la casa era corta: el que cumplía años decía en voz alta una cosa que quisiera, y la casa se la daba si podía. Dekiro había pedido una cabra a los doce, le dieron una gallina, y hubo escándalo una semana.

—Pide —dijo Dekiro, con la boca llena—. Pide un caballo.

Raito dejó la cuchara.

—Me quiero ir.

Dekiro se rió. Fue una risa corta, de las que esperan el remate.

—Que me quiero ir —repitió Raito, y esta vez no le salió tranquilo—. De aquí. Al pueblo, o más lejos, me da igual. Quiero ver una cosa que no haya arreglado yo. —Levantó la cara hacia Taiyo—. Y quiero que me digas por qué no. No «afuera hay cosas». Por qué.

Dekiro dejó de reírse a la mitad. Itsumo no levantó la vista del plato, y no la levantó de una manera que fue peor que mirar.

Y a Taiyo se le cayó la broma de la cara.

No se enojó. Raito habría preferido mil veces que se enojara. El viejo se quedó con la cuchara parada a medio camino, y cuando habló lo hizo despacio, buscando cada palabra antes de soltarla, con el cuidado de un hombre que baja una escalera a oscuras.

—Hay gente —dijo— que lleva una cosa en los ojos.

Dekiro levantó la cabeza.

—No se elige. Se nace con ella. La mayoría de la gente no la lleva ni la ha visto nunca, y hace bien. —Los miró uno por uno, y en Itsumo se detuvo un poco más—. Ustedes la llevan. Los tres.

Afuera, el río.

—¿Y tú? —dijo Raito.

Taiyo no contestó a eso.

—Por eso no bajamos —dijo en cambio—. No porque yo sea un viejo maniático. Porque a la gente que lleva eso le pasan cosas, y yo…

Y se paró.

Se paró en seco, porque se había oído desde fuera y no le había gustado. Raito lo vio dudar: vio al viejo pesar una cosa contra otra ahí delante de ellos, sin molestarse en disimularlo.

—Mañana —dijo Taiyo—. Mañana seguimos. Hoy come.

—Viejo—

—Mañana, Raito.

Y Raito se levantó.

No dio un golpe en la mesa ni tiró nada. Empujó el banco hacia atrás con las corvas, despacio, y se quedó un momento de pie con las manos apoyadas en la madera. Y lo que dijo lo dijo sin levantar la voz, que fue lo que hizo que se oyera tanto.

—Llevo dieciocho años haciendo lo que me dices. He levantado la cerca. He arreglado el tejado tres veces. He criado al enano. Me he sentado en esa tabla todas las noches de mi vida sin saber para qué, y no te lo he preguntado nunca. —Le temblaba una mano y la apoyó en la mesa para que no se le notara—. Y hoy pedí una cosa. Una. La que me toca pedir. Y me dices mañana.

—Raito—

—No tengo hambre.

Y salió.

La puerta no dio un portazo, porque en aquella casa la puerta no daba portazos: rozaba abajo y había que levantarla un poco al cerrar. Raito la levantó y la cerró bien, por costumbre, incluso así.

Fue lo último que hizo en su vida por aquella puerta.

Dentro se quedó el ruido de nadie masticando.

Itsumo dejó la cuchara y empezó a levantarse.

Y Taiyo, sin volverse, le puso la mano en el brazo.

—Déjalo.

—Tiene razón —dijo Itsumo.

—Ya sé que tiene razón. —El viejo seguía mirándose el plato—. Por eso déjalo.

Y Raito, que estaba fuera en el barro dándole patadas al poste malo, no oyó ni lo uno ni lo otro.

Volvió cuando ya habían recogido la mesa. Nadie le dijo nada y él tampoco dijo nada, y no hubo modo de saber si el viejo lo aplazaba por prudencia o por otra cosa.

Y esa misma noche, antes de dormir, el enano armó un hatillo. Raito lo vio de reojo: una manta enrollada, tres manzanas, la honda, un cordel, una piedra plana que a Dekiro le gustaba por razones que solo Dekiro entendía, y el conejo de madera de Itsumo, todavía sin terminar, robado de la ventana. Todo atado con una solemnidad de expedición a tierras lejanas.

—Es para mañana —dijo, muy serio, cuando notó que Raito lo miraba—. Uno no sabe lo que necesita en el pueblo.

—No vamos mañana, enano. Un día de estos.

—Uno no sabe cuándo —dijo Dekiro, y dejó el hatillo junto a su jergón, listo, esperando, como esperan las cosas de los niños que confían.

Itsumo, que lo había visto todo desde el rincón sin decir palabra, se levantó, fue hasta el hatillo y sacó el conejo a medio tallar. Dekiro se puso rígido, listo para la pelea — el conejo era de Itsumo, y robarlo era delito capital en la casa. Pero Itsumo no se lo llevó. Se sentó otra vez, sacó el cuchillo, y en el silencio del cuarto le talló las orejas que le faltaban, y los ojos, y una raya en el lomo. Después se lo devolvió a Dekiro.

—Sin orejas no oye —dijo, muy serio—. Y en el pueblo hay mucho ruido. Lo vas a necesitar oyendo.

Dekiro apretó el conejo contra el pecho como si le hubieran dado un tesoro. Raito, desde su jergón, miró a Itsumo y no supo qué decir. Era la clase de cosa que hacía Itsumo: veía lo que los demás no veían — que el enano no quería el conejo, quería ir, y que un conejo terminado era una promesa más firme que cualquier juramento —, y en vez de decirlo, lo tallaba. Nunca decía te quiero. Terminaba conejos.

—¿Tú crees que nos deje ir? —le preguntó Raito, bajito, para que Dekiro no oyera.

Itsumo tardó en contestar. Guardó el cuchillo. Miró un momento hacia la ventana oscura, hacia el campo, hacia algo que no estaba ahí, y por la cara le pasó una sombra que Raito no supo leer.

—Yo creo —dijo Itsumo al fin— que hay que llevarlo pronto.

Y no dijo más.

III

El porche

Cuando Dekiro ya dormía y solo quedaba Itsumo tallando a la luz del candil, Taiyo hizo lo de siempre.

—Ven —dijo, y salió al porche.

Raito no fue.

Se quedó en el vano de la puerta con el trapo de los platos en la mano, mirándole la espalda. El viejo ya se estaba sentando en la tabla fría, dándolo por hecho, como llevaba trece años dándolo por hecho.

Acabó yendo. Siempre acababa yendo.

El ritual era el de siempre. Sentarse. Las manos sobre las rodillas, las palmas hacia arriba. Y la misma cosa absurda:

—Escucha.

—¿Qué escucho, viejo?

—Si te digo qué, ya no lo escuchas tú.

—Eso me lo dices desde que tengo cinco años.

Y se quedaban así. El viejo respirando hondo y lento a su lado, obligándolo con la sola cadencia de su respiración a respirar hondo y lento también, hasta que a Raito se le acompasaba el pecho sin querer y el ruido del día se le iba apagando por dentro. A veces era un rato corto. A veces el viejo lo tenía ahí hasta que se le dormían las piernas.

Raito llevaba trece años creyendo que era un castigo. O una manía. Un viejo tiene sus manías, y esta era inofensiva, y a él nunca le había costado nada seguirle la corriente.

Esta noche le costaba.

—Estás apurado hoy —dijo Taiyo, sin abrir los ojos—. Traes el día metido adentro. Suéltalo.

—Ya lo solté. En la mesa. Y me mandaste a comer. —Raito se quitó las manos de las rodillas—. ¿Para qué sirve esto? Llevo media vida en esta tabla y no sé para qué. Dímelo y me quedo toda la noche si quieres.

Taiyo tardó tanto que Raito llegó a pensar que no iba a contestar.

—Para estar quieto por dentro —dijo al fin— aunque afuera se caiga todo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que hay hoy.

—No se está cayendo nada, viejo.

—No. —Taiyo abrió los ojos y miró el campo oscuro, y por un momento a Raito le pareció que el viejo miraba más lejos que el campo—. Todavía no.

Y Raito, que estaba enojado y por eso lo miraba de frente y no de lado, como se mira a la gente con la que uno se lleva bien, le vio una cosa rara en los ojos.

Nada. Un reflejo mal puesto. El candil quedaba adentro, a la izquierda y a la espalda, y en el ojo derecho del viejo el brillo estaba arriba y a la derecha, donde no había nada que lo pusiera. Duró lo que dura mirar. Después Taiyo parpadeó y el brillo estuvo donde tenía que estar.

Le puso una mano en la nuca. Un peso cálido, seco.

—Eres bueno, muchacho. Mejor de lo que crees. —Le apretó la nuca una vez—. Un hombre roto también camina, si sabe dónde poner el próximo paso.

—No estoy roto.

—Guárdalo igual.

Raito no lo guardó. Estaba demasiado enojado para guardar nada, y además ya se sabía el final: el viejo decía una cosa bonita, se quedaban un rato callados, y a la mañana siguiente todo seguía igual.

—Anda a dormir —dijo Taiyo—. Mañana la otra cerca.

—Mañana la otra cerca —repitió Raito.

Lo dijo con toda la mala intención que le cupo en la boca. Se levantó sin esperar respuesta y entró en la casa sin dar las buenas noches. Detrás de él, el viejo no se movió del escalón.

Fue la última noche de aquel porche.

IV

El que viene

Itsumo despertó a medianoche gritando.

No fue un grito de sueño. Raito lo conocía dormido — Itsumo dormía como el conejo que tallaba, quieto, silencioso — y esto no era eso. Itsumo estaba sentado en el jergón con los ojos abiertos de par en par y algo pasaba en sus ojos.

En la penumbra, Raito no supo qué. Un brillo. Una forma que no debía estar ahí, quieta en el iris, como si a Itsumo se le hubiera prendido detrás de la mirada una constelación diminuta de luz fría: un núcleo, y de él cuatro hilos, y cada hilo terminado en un punto. Duró lo que dura un relámpago. Después Itsumo volvió a tener los ojos de siempre, y estaba temblando, y agarró a Raito por la camisa con las dos manos.

—Viene alguien —dijo. La voz no le temblaba; eso era lo peor. La voz la tenía firme y hueca, como si leyera—. Por Dekiro. Viene por Dekiro. La casa… —tragó— la casa se está quemando y todavía no hay fuego.

—Itsumo, estabas soñando.

No estaba soñando.

Taiyo apareció en el vano de la puerta.

No preguntó qué pasaba. Esa fue la primera cosa mala — que el viejo no preguntara. Miró a Itsumo, y en la cara de Taiyo Raito vio algo que no le había visto nunca en dieciocho años: vio miedo. El viejo tenía miedo, y no del sueño de Itsumo. El viejo tenía el miedo del que reconoce un golpe que llevaba mucho tiempo esperando.

Y entonces Raito lo sintió también.

No supo ponerle nombre. Fue en la piel primero — un cosquilleo, los pelos del brazo poniéndose de punta — y después en los dientes, un zumbido bajo que no venía de ningún sitio y venía de todos, como si el aire mismo se estuviera cargando de algo. La llama del candil se aplastó sin viento que la aplastara. El agua del cubo, junto a la puerta, temblaba en círculos diminutos.

—Algo se acerca —dijo Taiyo. No era una pregunta ni una duda; era un hombre nombrando lo que ya sabía—. Algo grande. Se nos viene encima. —Ya se estaba poniendo las botas, rápido, las manos firmes aunque la cara no—. Levanta a tu hermano. Nos vamos. Ahora.

—Viejo, ¿a dónde…

—A la montaña. Hay un sitio arriba. —Los empujaba ya hacia la puerta, los tres, con una prisa que Raito no le había visto nunca—. Un sitio donde creí que iba a poder mantenerlos a salvo si este día llegaba. Nunca pensé que llegaría. Muévanse.

Ahora, Raito.

Nunca le había hablado así. Raito levantó a Dekiro medio dormido, le echó una manta encima, y salieron los cuatro a la noche, hacia el bosque que trepaba por la falda de la montaña, hacia el sitio del que Taiyo hablaba con la seguridad de tenerlo guardado desde hacía años, para un día que había rezado por que no llegara.

Taiyo no los llevó por el camino. Los metió entre los árboles, por una vereda estrecha que subía serpenteando hacia lo alto, la más larga, la que nadie tomaría, y Raito entendió sin preguntar que el viejo la elegía a propósito, aunque no entendió por qué.

El bosque estaba mal. Esa fue la palabra que a Raito le vino, y no supo mejorarla: mal. No cantaban los grillos. No había un solo insecto en el aire de una noche que debía estar espesa de ellos. Los árboles estaban quietos sin viento que los aquietara, y en la oscuridad, entre los troncos, se adivinaban los bultos de los animales del monte que no huían ni dormían: estaban parados, apretados, mirando todos hacia el mismo punto del cielo sin hacer ruido. El mundo entero contenía el aliento, y Raito llevaba a su hermano de la mano por en medio de ese aliento contenido, subiendo, apurando el paso sin dejar que se le notara la prisa. La vereda se empinaba. Pronto la casa quedó abajo, lejos, y ellos seguían trepando entre los árboles hacia la cima que la noche escondía.

—Raito. —Dekiro se había despertado del todo, y trotaba a su lado, y le apretaba la mano más fuerte de lo que un niño de trece años admite apretar—. ¿Qué pasa? ¿Por qué corremos?

—No pasa nada. El viejo conoce un sitio aquí adentro. Nos va a enseñar una cosa. —La mentira le salió lisa, tranquila, de hermano mayor.

—¿De noche? ¿En el bosque?

—De noche es cuando mejor se ve.

Dekiro se lo pensó, y como no tenía nada mejor, se lo creyó. Caminaron un trecho en silencio. Después, con la voz pequeña:

—¿Mañana todavía vamos al pueblo?

Raito le apretó la mano.

—Claro —dijo—. Mañana vamos al pueblo.

Y en ese momento lo creía. Esa era la peor parte, la que le costaría más perdonarse después: que cuando lo dijo, todavía lo creía.

Salió de entre los árboles a diez pasos de ellos.

Raito lo vio antes de entender qué era, y lo primero que entendió fue que estaba mal. Tenía forma de persona. Ese era el problema: tenía forma de persona y no se movía como una. Los bordes se le iban — no se sabía dónde terminaba él y empezaba la noche — y andaba a tirones, saltándose los pedazos de en medio. Donde debía tener los ojos había dos puntos de luz sucia, y la luz no salía de ahí. Se quedaba dentro, dando vueltas.

Abrió lo que tenía por boca y soltó un gemido largo y roto, y en algún punto del gemido hubo una cosa que casi fue una palabra.

Dekiro se paró en seco.

—Eso era una persona —dijo.

Nadie le contestó.

Taiyo ni siquiera se volvió del todo. Dio medio paso, se puso delante de los tres y levantó una mano abierta con la palma hacia fuera, como quien para un carro.

El aire se endureció delante de la palma.

Raito no lo vio: lo sintió en los dientes, corto y muy cerca. La cosa llegó a tres pasos, entró en el aire duro y el aire duro no cedió; se quedó pegada, empujando a tirones, y después dejó de haber cosa. El gemido se cortó a la mitad, como se corta una cuerda tensa.

—Sigan —dijo Taiyo.

—Viejo, ¿qué era eso?

—Sigan.

Subieron. Raito iba detrás, y por eso lo vio.

En lo oscuro del bosque, sin candil y sin luna entre las copas, a Taiyo se le veía algo debajo de los ojos: una línea fina de luz traslúcida, como la que se cuela por la rendija de una puerta cerrada de un cuarto donde hay fuego. Le salía de debajo del párpado y le temblaba al respirar.

Esta vez no se le pasó.

Raito se paró en mitad de la subida.

—Los ojos. Viejo, tienes los ojos—

—Camina.

—¡Que me digas qué te pasa en los ojos!

Taiyo se volvió, lo agarró por el brazo y tiró de él cuesta arriba con una fuerza que no le correspondía a un viejo. No contestó. Y no volvió a mirarlo a la cara en toda la subida.

Y cuando ya habían subido un buen trecho, cuando la casa era apenas una mancha oscura allá abajo entre las copas, Raito miró hacia atrás una vez.

La vio un segundo. Pequeña, lejana, en pie. El tiempo justo para pensar ahí está, ahí sigue, todavía está entera.

Y entonces la granja dejó de existir.

No hubo fuego, no al principio. Hubo luz — una columna de luz blanca y fría que cayó del cielo negro sobre el techo de su casa, recta, gruesa como el tronco de un árbol viejo, y donde tocó la tierra el mundo se abrió. La onda le llegó a Raito medio segundo después, subiendo la ladera: un golpe de aire caliente que lo dobló, que le arrancó el aliento, que hizo temblar los árboles hasta la raíz. Cuando volvió a mirar, allá abajo, el techo ya no estaba. La casa ya no estaba. El porche que crujía en tres sitios, la mesa, los jergones, el candil, el cubo de agua que temblaba en círculos — todo se lo había tragado un cráter humeante del que subía, hacia el cielo del que había bajado, una última hebra de luz que se apagaba despacio.

Dieciocho años. Toda su vida. Borrada en el tiempo que tarda un rayo en caer.

—No mires —dijo Taiyo, sin volverse, tirando de ellos hacia arriba, hacia la cima—. No mires, Raito. Sube.

Pero Raito ya lo había mirado. Y por encima del cráter, contra las estrellas, el aire hervía todavía — esa ondulación, como el calor sobre una piedra a mediodía, solo que era de noche y no hacía calor — y la ondulación no se quedó sobre las ruinas. Se levantó. Se movió. Empezó a subir la ladera detrás de ellos, despacio, buscando, como una mano que tantea en lo oscuro.

Tic.

Raito oyó el reloj que no existía, y esta vez supo, sin poder explicarlo, que no marcaba un segundo que le sobraba.

Marcaba uno que se acababa.

V

El templo

El sitio de Taiyo era un templo.

Estaba en la cima de la montaña, donde los árboles por fin se abrían y el bosque cedía a una explanada de piedra desnuda barrida por el viento, y era viejo — más viejo que nada que Raito hubiera visto. No tenía techo. Lo tuvo, alguna vez; ahora era un cuadrado de piedra abierto al cielo negro, las columnas partidas a media altura, el suelo levantado por las raíces. Habían subido mucho para llegar; Raito tenía las piernas ardiendo y a Dekiro medio a cuestas, y Taiyo los había llevado directo, sin dudar en ningún cruce, con la seguridad de haber andado ese camino muchas veces en la cabeza aunque no con los pies. Y Raito entendió entonces lo que el viejo había dicho en la casa: que tenía un sitio guardado. Que llevaba años sabiendo a dónde correr, y hacia dónde subir, si este día llegaba.

Y de niño le habían dicho que no se acercara. Ahora, cruzando el umbral, Raito entendió por qué sin saber por qué: había algo en esas paredes.

Figuras. Grabadas en la piedra, gastadas por mil años de lluvia, ocho de ellas repartidas por los muros como si alguien las hubiera dejado a vigilar. Un triángulo. Un círculo. Una espiral. Otras cinco que la penumbra se comía. A la luz de la luna parecían recién talladas y viejísimas a la vez, y Raito, que no sabía leer ni una letra, sintió que aquello decía algo, y que el algo era antiguo, y que no era para él.

Taiyo los metió al centro, donde el suelo aún era plano. Y entonces hizo algo que Raito no le había visto hacer nunca.

Se llevó las dos manos a la cara.

No fue un gesto de cansancio. Fue arrancarse una máscara que llevaba tanto tiempo puesta que ya le había crecido a la piel. Sobre los ojos del viejo — sobre esos ojos castaños de todas las mañanas, de todas las sopas, de todas las noches del porche — apareció una grieta de luz, fina, dorada, y después la luz se quebró como se quiebra una cáscara, y por debajo quedaron los ojos verdaderos de Taiyo.

Ardían. Una figura de seis lados de luz sólida en cada iris, quieta, del color del bronce cuando lo sacan del fuego. Toda una vida detrás de una mentira, y la mentira cayéndose en un segundo.

Raito retrocedió un paso sin querer. Dekiro soltó un sonido pequeño. Itsumo — Itsumo no se sorprendió, y esa fue otra cosa que Raito guardaría para después: Itsumo ya lo sabía.

—Viejo… —dijo Raito. Le salió un hilo de voz—. Tus ojos…

—Sí. —Taiyo no lo miró. Miraba ya hacia afuera, hacia la oscuridad de la que bajaba la cosa—. Perdóname por callarlo. Era la única forma de que ustedes vivieran hasta hoy. —Una pausa—. Y hasta hoy vivieron. Eso es más de lo que me prometí.

Alzó una mano hacia el arco de entrada del templo. El aire se espesó, se dobló, y una lámina de luz dorada creció desde el suelo hasta cerrar el vano por completo — una pared que no era pared, temblando como agua puesta de pie.

—Esto aguanta un rato. No mucho. Lo suficiente. —Por fin se volvió, y miró a los tres, y en los ojos de bronce había una ternura que no le cuadraba al fuego—. No la toquen. No salgan. No importa lo que oigan. ¿Me entienden? Pase lo que pase, del otro lado de esta luz se quedan.

—Viejo, ven con nosotros. —Raito dio un paso—. Ven, quédate aquí adentro, no salgas tú tampoco…

—Alguien tiene que sostener la puerta desde afuera, muchacho. —Taiyo le puso la mano en la nuca. El último peso seco y cálido, con los ojos ardiéndole ahora, y aun así la mano era la de siempre—. Quieto por dentro. Aunque afuera se caiga todo. ¿Te acuerdas de lo que te enseñé? Ahora es ahora.

Y cruzó su propia luz, hacia la oscuridad, a plantarse entre sus tres muchachos y lo que venía.

La lámina dorada se cerró detrás de él.

VI

La luz que Raito rompió

Al principio no pasó nada.

Los tres se quedaron dentro del cerco de luz, en el suelo, sin saber qué hacer con las manos ni con el miedo. Dekiro se apretaba contra Raito. Itsumo miraba fijo hacia la entrada, hacia el punto de la oscuridad al que había mirado toda la noche, y no decía palabra.

—¿El viejo puede? —susurró Dekiro—. Dime que el viejo puede.

Raito no contestó. Porque no sabía, y porque mentir dos veces en una noche era más de lo que le quedaba.

La barrera vibró. Una vez, un temblor bajo, y de las columnas partidas cayó un polvillo de piedra que se quedó flotando en la luz dorada. Afuera se oía algo ahora — no golpes, no gritos: un sonido sordo, de peso, como el de una montaña que se mueve despacio.

Quieto por dentro. Aunque afuera se caiga todo.

Raito cerró los ojos. Buscó lo del porche — la respiración honda y lenta, el peso seco de la mano del viejo en la nuca, la cosa que Taiyo le había hecho practicar diez mil veces sin decirle nunca para qué. Ahora es ahora, se dijo. Es esto. Es para esto. Respira. Quédate quieto por dentro. Apretó los puños contra el suelo y respiró una vez, hondo, y por un instante casi lo consiguió, casi encontró el centro que el viejo le había enseñado a buscar —

Y entonces, a través de la luz, vio la silueta de Taiyo caer.

Y todo lo que había aprendido en trece años de porche se le fue del cuerpo de una vez.

Taiyo, de espaldas, plantado en el patio, pequeño contra la noche. Enfrente, una segunda figura — alta, cubierta, sin un rasgo que la mirada pudiera agarrar, como un hueco con forma de hombre recortado en lo oscuro. Raito lo había estado viendo sin verlo, con los ojos cerrados en su meditación imposible; ahora lo veía entero.

Solo el aire deteniéndose. Antes, Raito había alcanzado a ver — sin querer verlo, con los ojos aún medio cerrados — a Taiyo alzar las manos y la tierra del patio levantarse en láminas de piedra que salían disparadas, y a la silueta alta cruzarlas sin apuro, con el paso de un hombre que camina bajo la lluvia. Hubo un fogonazo de bronce, el viejo dándolo todo, aquella figura ardiendo. Y por un instante Raito tuvo esperanza, porque su abuelo era enorme, su abuelo era un maestro, su abuelo iba a poder.

La luz de bronce se apagó de golpe.

Y la silueta alta siguió de pie.

Los detalles, la barrera temblorosa se los ahorró, pero vio el bulto que era su abuelo quedarse en la tierra y no volver a levantarse, y algo dentro de él se negó, se negó con todas sus fuerzas, no, no, el viejo no, el viejo me prometió mañana la otra cerca

y otra vez lo habían puesto donde ellos querían, quieto en el sitio que le habían elegido. Le habían dicho que se quedara dentro. Era lo único que no sabía hacer.

Y sin decidirlo, sin pensarlo, empujado por ese no que le llenaba el pecho — el mismo no que la quietud del porche no había podido contener —, Raito se lanzó contra la luz dorada y empujó la puerta que Taiyo le había dicho que no tocara.

La barrera se resintió bajo sus manos. Y cedió.

Estaba hecha para que no entrara nadie. Nadie la había pensado por dentro.

No mucho — una grieta, una fisura de luz que se abrió donde Raito la golpeó — pero fue suficiente. La lámina dorada, que su abuelo acababa de levantar con lo último que le quedaba, se agrietó desde adentro, por la mano del muchacho al que protegía.

Y del otro lado, el hueco con forma de hombre, por fin, sonrió.

Fue lo único parecido a un gesto humano que Raito le vería jamás: en la oscuridad bajo la capucha, donde Raito no había conseguido distinguir una cara, algo se curvó despacio, sin alegría — la forma de una sonrisa más que una sonrisa, la de quien encuentra una puerta abierta donde esperaba un muro. Alzó una mano hacia la grieta que Raito había hecho.

Y la noche entró en el templo.

VII

Lo último que vio Taiyo

Lo último que vio Taiyo fue la lámina agrietándose.

Estaba de rodillas y ya no sentía las piernas, y tenía la cabeza vuelta hacia el templo porque era hacia donde había querido mirar al caer. Vio la fisura abrirse en su propia luz. Vio la silueta pequeña del muchacho al otro lado, con las dos manos todavía puestas donde no debía ponerlas.

Quiso decirle que se metiera.

Le salió aire.

Lo intentó otra vez, con todo lo que le quedaba, que no era nada: apretó la tierra con los dedos, empujó el cuerpo hacia arriba una última vez y el cuerpo no vino. Y lo único que consiguió mover fue la boca, sin voz, formando dos palabras que llevaba trece años diciéndole y que esta noche ya había dicho una vez en la ladera.

No mires.

No hubo tiempo para la tercera.

VIII

Los tres

La presión llegó antes que el hombre.

Fue como si el aire se volviera de plomo y cayera de golpe. A Raito lo arrancó del suelo y lo lanzó hacia atrás; a Dekiro lo tumbó; a Itsumo lo estrelló contra una columna. Los tres rodaron por la piedra, sin aire, y cuando Raito levantó la cara, el hombre ya estaba en la entrada del templo, entre las ocho figuras grabadas, de pie en el umbral que la barrera rota ya no defendía.

Y en la mano llevaba algo.

Raito tardó un segundo en entender qué era. Un segundo entero, porque su cabeza se negaba a nombrarlo. Y cuando lo nombró, el mundo se le partió en dos mitades: la de antes de esa imagen, y la de todas las noches que le quedaran por vivir.

El hombre traía la cabeza de Taiyo.

La traía sin ceremonia, colgando de una mano, como se trae un farol. Los ojos de bronce del viejo se habían apagado. La ternura de hacía un minuto no estaba en ninguna parte.

Después, Raito nunca supo describir lo que pasó dentro de él en ese instante. No fue dolor — el dolor vino luego, y duró años. Fue otra cosa. Fue algo que subió desde muy abajo, desde un sitio que él no sabía que tenía, rojo y caliente y enorme, y reventó la puerta.

No la abrió. La reventó.

Y no solo en él.

Los tres gritaron a la vez. Y a la vez, en la penumbra del templo, se encendieron seis ojos.

Los de Itsumo terminaron de abrirse — la constelación fría, ya no temblorosa como en el sueño, ahora entera y fija. Los de Dekiro estallaron en un fogonazo de un morado enfermo, y en el fondo de aquel morado había una figura que no llegó a estar quieta ni un instante: un centro con filo, y alrededor los pedazos de sí misma alejándose, como si algo hubiera tenido forma y se hubiera roto hacia afuera un segundo antes de que a Raito le diera tiempo a mirarla. Y los de Raito — Raito se vio las manos rodeadas de un aire dorado y sintió, detrás de sus propios ojos, abrirse dos triángulos de luz amarilla. Uno solo en cada ojo, sin nada dentro.

Pero ninguno de los seis ojos estaba limpio.

Ardían mal. Las figuras no eran nítidas: temblaban, manchadas de un rojo que no era su color, con el fondo de cada iris agrietándose como vidrio a punto de romperse. Se encendieron desde la rabia, con la rabia, hechas de rabia — y algo, detrás de cada uno de ellos, algo que no era el ojo ni el niño que lo portaba, empujó hacia afuera, queriendo salir, queriendo más.

Raito lo sintió. Sintió la cosa detrás de sus ojos empujar, ofrecerle fuerza, ofrecerle todo con tal de que él dejara de contenerse y se entregara del todo. Y por un instante quiso. Quiso soltarse, quiso arder, quiso ser todo rabia y nada más.

Los tres atacaron.

IX

Dos dedos

Fue rápido, y fue nada.

Itsumo lanzó primero — algo salió de aquella constelación fría, un latigazo que dobló el aire y buscó la cabeza del hombre. El hombre inclinó el cuello un dedo y lo dejó pasar.

Dekiro fue segundo, pura furia de niño, el morado desbordándose de sus manos y deshaciendo lo que tocaba: la piedra del suelo por donde pasó se abrió en polvo sin ruido, como se abre una costra de barro seco. El hombre lo apartó con el dorso de la mano como se aparta una rama.

Y Raito fue el tercero, y fue el que creyó que podía.

Porque cuando su ojo se encendió, el mundo se volvió lento. Como la mariposa. Como aquella tarde, mil veces más. La hoja que caía de la columna partida se quedó a media caída; el grito de Dekiro se estiró en un trueno largo; y Raito se movió más rápido que el mundo, cruzó el templo antes de que la hoja terminara de caer, el puño en alto, directo a la cara del hombre que le había quitado todo —

lo tengo

El hombre alzó dos dedos y detuvo el puño de Raito con ellos.

Sin esfuerzo. Como se para a un niño. Y Raito, con el puño temblando contra dos dedos que no cedían, le vio los ojos de cerca por fin.

Brillaban en ellos triángulos de luz amarilla.

Solo que no era uno en cada ojo: eran tres, encajados uno dentro de otro, cada uno más pequeño que el anterior. Y ninguno temblaba.

Los mismos. Los suyos. Encendidos hacía mucho, limpios, nítidos, dominados hasta un punto que Raito no tenía manera de medir — tan por encima de los suyos, temblorosos y sucios, como el sol por encima de una chispa. El hombre ladeó la cabeza y lo miró, y en el hueco donde debería haber estado una cara Raito sintió algo que no era odio: era reconocimiento. Como quien mira una versión pequeña y rota de algo que él ya fue.

Y le mostró la diferencia.

El mundo, que para Raito iba lento, para el hombre iba más lento todavía. Donde Raito veía estatuas, el hombre paseaba. Cada golpe que Raito lanzó con su velocidad recién nacida llegó tarde, medio segundo tarde, a un lugar donde el hombre ya no estaba. Y Raito empujó más. Le exigió más al ojo, más a la lentitud, más a la rabia que empujaba desde atrás ofreciéndole poder —

más rápido — más — tengo que ser más rápido

y el cuerpo empezó a romperse.

Empezó pequeño. Un calor en los ojos, primero, como mirar el sol de frente. Después el calor se hizo tirón, y el tirón se hizo desgarro: sintió algo ceder en el hombro cuando lanzó el brazo demasiado rápido, sintió la sangre salírsele por la nariz y por el borde de los ojos, sintió el corazón golpeándole las costillas a un ritmo que ningún corazón sostiene. Los tendones de las piernas se le tensaron como cuerdas pasadas de vuelta, chirriando bajo la piel. Cada instante que le arrancaba al mundo se lo cobraba a su propia carne, y él lo pagaba, y volvía a pedir, porque detrás, en el fondo del templo, el fogonazo morado de Dekiro empezaba a apagarse.

X

A mi hermano no

Lo que pasó después, Raito lo reviviría el resto de su vida en pedazos que nunca terminaban de ordenarse.

El hombre se cansó de él. No con rabia — con la indiferencia de quien deja una herramienta que no necesita. Le soltó el puño, giró el cuerpo, y con un solo gesto lo mandó de espaldas contra la piedra. Raito cayó, y quiso levantarse, y la pierna derecha no le respondió: había estado exigiéndole al cuerpo más de lo que el cuerpo tenía, y el cuerpo empezaba a cobrárselo.

El hombre caminó hacia Dekiro.

Y Dekiro — Dekiro, que tenía trece años, que hacía tres horas contaba piedras y juraba por un pelo, que jamás en su vida había golpeado a nada más grande que una cabra — Dekiro se puso de pie, tambaleándose, con el morado enfermo goteándole de las manos, y se colocó delante de Itsumo.

Que estaba en el suelo, con el brazo roto, sin poder moverse.

—No —dijo Dekiro. Le temblaba la voz y le temblaban las piernas y no se movió ni un dedo hacia atrás—. A mi hermano no.

Detrás de él, Itsumo intentó levantarse con el brazo roto y no pudo, y dijo su nombre. Solo eso. Pero lo dijo de una manera que Raito no le había oído nunca — sin calma, sin silencio, la voz partida como la de cualquiera —, y fue esa voz, y no el hombre, lo que a Raito le dio verdadero miedo.

Raito lo reconoció desde el suelo, sin poder llegar, sin poder gritar. La misma postura. El mismo paso absurdo hacia algo demasiado grande. El enano había aprendido de él hasta eso — lo había visto salir del círculo, romper la barrera, lanzarse — y ahora lo repetía con toda el alma, hasta el final.

El hombre se detuvo frente a Dekiro. Lo miró un segundo — un niño de trece años cerrándole el paso, ridículo, minúsculo, valiente hasta lo insoportable — y algo en la quietud del hombre pareció, por un instante, casi considerar aquello.

Después extendió la mano hacia la cara del niño.

XI

El precio

Lo que el hombre le hizo a Dekiro, Raito lo vio entero, y desde muy cerca, y sin poder cerrar los ojos.

Vio el morado — la luz que había salido del niño, sucia y aterrada y encendida a la fuerza — pasar de los ojos de Dekiro a la mano del hombre, despacio, como pasa el agua a un cuenco puesto debajo. Y vio, en el último momento, cómo los pedazos de aquella figura rota se juntaban al entrar en la mano — se juntaban, y no llegaban a cerrar, y le faltaba siempre un trozo. Vio los ojos de su hermano vaciarse mientras la luz los abandonaba. Vio el temblor de Dekiro hacerse pequeño, y más pequeño, y pararse.

Y Raito hizo la única cosa que le quedaba por hacer. Se levantó.

Se levantó sobre una pierna que ya no era una pierna, buscó dentro de sí el ojo, la lentitud, la rabia — ábrete, lo que seas, ábrete otra vez, déjame llegar — y le exigió al cuerpo, una última vez, más de lo que ningún cuerpo puede dar.

El mundo se volvió lento.

Raito dio un paso.

Y de la rodilla para abajo, la pierna derecha se deshizo.

Cedió primero el hueso, con un ruido que Raito sintió en los dientes antes de oírlo; después la carne se abrió hacia afuera por su propio impulso, y cuando cayó, de la rodilla abajo no le quedaba nada que pudiera sostenerlo.

Nadie se la cortó. No hubo espada, no hubo garra, no hubo el hombre: la velocidad que Raito le había arrancado a su propia carne fue más de la que la carne aguanta, y la pierna pagó la cuenta entera. Raito cayó de bruces en la tierra del templo, echando sangre, a media zancada de un hermano al que ya no podía llegar.

El hombre se guardó la luz morada en alguna parte de su ropa oscura.

Y no volvió a mirar a Raito.

Debajo de Raito, la tierra bebía. Tenía que estar bebiendo: la sentía caliente contra la mejilla, y el frío le subía por dentro a la velocidad a la que a un cubo agujereado se le va el agua. Contó hasta cuatro. Después la cuenta se le fue de las manos como todo lo demás.

Eso fue lo peor. Después de la casa, del viejo, del hermano — después de todo — el hombre se dio la vuelta con la única cosa que había venido a buscar, y a Raito, tirado y roto, con los triángulos amarillos todavía chisporroteándole sucios en la cara, lo dejó atrás como se deja una piedra en el camino. Sin robarle nada. Sin rematarlo. Sin nada.

Lo mío, entendió Raito, con una claridad terrible, mientras la sangre le entraba en la boca, no le sirve ni para llevárselo.

XII

Raito Jikan

Después hubo silencio, y frío, y el olor de su propia sangre en la tierra.

Raito no supo cuánto estuvo así. El ojo se le había apagado — o él se había apagado, no sabía distinguirlo — y arrastró el cuerpo un palmo, dos, hacia el bulto pequeño y quieto que era su hermano, porque no podía hacer otra cosa. Un hombre roto también camina, pensó, delirando, si sabe dónde poner el próximo paso. Mira, viejo. Mira cómo aprendí. Mira cómo me arrastro.

No llegó.

Una figura se agachó a su lado. Encapuchada, sin cara — como el hombre, pero no el hombre; esto era otra cosa. Esto no daba miedo. Esto daba una pena antigua, imposible de entender. Una mano se posó en su frente. Estaba tibia, y temblaba, y le apartó el pelo con un gesto que Raito conocía de algún sitio y no supo de dónde.

—Perdóname —dijo la figura. La voz se le quebraba, como si esto le doliera a ella más que a él, como si lo conociera de toda una vida—. Llego tarde. Siempre llego tarde.

—Mi hermano —quiso decir Raito. No le salió la voz.

—Lo sé.

—Ayúdalo.

—A él ya no. —La mano no se apartó de su frente—. A ti todavía sí. Y hace falta que sí.

Y algo bajó por dentro de Raito desde esa mano, despacio, un calor que no era calor, y al llegar a la pierna la tierra dejó de beber. El frío no se fue. Pero dejó de subir.

Raito quiso preguntar quién era. Quiso preguntar por Itsumo, por qué, por todo. Pero el frío le subía por el cuerpo y la figura lo levantó en brazos como si no pesara nada, y el aire empezó a cambiar alrededor de ellos, a abrirse, a doblarse.

—No te saco para que vivas —dijo la figura, muy bajo, junto a su oído—. Te saco porque hace falta. Perdóname por eso también.

El mundo empezó a deshacerse en luz.

—Tu nombre es Raito. Raito Jikan. No lo olvides, pase lo que pase.

Y Raito cayó.

Cayó a través de la noche, a través del techo roto del templo, a través de las ocho figuras que ahora giraban alrededor de él como si por fin lo miraran; cayó a través del frío y del silencio y de algo que no era ninguna de las dos cosas, con la pierna deshecha y el corazón deshecho y los dos triángulos amarillos apagándose despacio, todavía sucios, todavía temblando, detrás de sus párpados.

Y mientras caía, en el fondo de sí mismo, muy abajo, donde la puerta que había reventado ya no terminaba de cerrarse, oyó la única cosa que iba a acompañarlo dondequiera que esto lo llevara.

Tic.

Tac.

Un reloj que no existía. Marcando un tiempo que solo él oía.

Tic.

Había abierto los ojos.

Tac.

Y no le sirvió de nada.

Estaba tumbado boca arriba y estaba lloviendo.

El suelo era negro y liso y duro de una manera que Raito no había sentido nunca. Ni la piedra del templo era así. Alguien había hecho eso, y seguía igual hasta donde alcanzaba a mirar.

En las paredes había cosas colgadas que echaban luz. Colores que no había visto nunca. Y no ardían, y Raito no entendió qué se estaba quemando ahí dentro, porque en su vida la luz había salido siempre de algo que se quemaba.

Antes de que pudiera entenderlo, perdió el conocimiento.

Tic.

Fin del Capítulo Uno