KODAI

古代
Capítulo Doce
Rusu留守«El que se queda»
desliza para leer
I

Techo

Lo primero que vio Raito al abrir los ojos fue un techo de madera.

Y se quedó mirándolo un rato largo sin entender nada, porque llevaba mucho tiempo despertándose y viendo chapa.

Era madera de verdad. Vieja, oscura, con las vetas abiertas y un nudo grande justo encima de él, y estaba clavada con clavos, y los clavos estaban torcidos, y el que los había clavado lo había hecho a mano y de pie encima de algo.

Eso lo hizo alguien como yo, pensó.

Y esa fue la primera cosa que pensó en aquel mundo que no le dolió.

Porque llevaba desde que se cayó viendo cosas hechas por máquinas: chapa cortada recta, remaches puestos a la misma distancia, cascos soldados por algo que no tenía manos. Y aquel techo lo había clavado un hombre subido a un cajón, y se le había torcido un clavo, y lo había dejado torcido.

Y después se dio cuenta de que estaba en una cama.

Una cama. Con un colchón debajo y una manta encima y una pared al lado.

Levantó una mano y la miró. Le respondió. Levantó la otra. Le respondió. Movió los dedos del pie que le quedaba y le respondieron los cinco. Del otro notó lo de siempre, que era una cosa que no era notar nada.

Se incorporó despacio, esperando lo de siempre — la punzada del muñón, la espalda, el sitio detrás de los ojos.

Y no le dolió.

Se quedó quieto un momento, desconfiando. Se movió otra vez, más, a propósito.

Nada.

—Ah, no. Túmbate.

Asuru estaba en la puerta con un cuenco en las manos.

—Estoy bien.

—Ya sé que estás bien. Túmbate igual.

Se tumbó.

Ella cruzó la habitación, se sentó en el borde de la cama y le puso el cuenco en las manos, y lo primero que Raito notó fue que pesaba.

—¿Y esto?

—Comida.

—Ya, pero digo…

—Es comida, Raito. —Se le escapó media sonrisa—. Cómetela y no preguntes de qué es, que yo tampoco lo he preguntado.

—¿Dónde estamos?

—En el Umbral.

—¿Y eso qué es?

—Un pueblo. —Asuru se recogió el pelo detrás de la oreja—. Cómete eso.

Se lo comió.

Y estaba caliente, y no era ración, y tenía dos cosas distintas dentro, y una de ellas era una raíz blanca que crujía. Y a mitad del cuenco tuvo que parar porque se le puso una cosa rara en la garganta y no era la comida.

—Despacio —dijo Asuru.

—¿Cuánto llevo?

—Desde que llegamos.

—¿Y cuánto es eso?

Y ella se lo pensó, y se encogió de hombros.

—Mucho.

Raito intentó calcularlo.

Se puso a ello del modo en que se ponía a todo: por partes. La última cosa que recordaba era una explanada de chapa y una criatura viniéndosele encima. Después nada. Después un techo de madera.

Y en el medio había un agujero que no tenía forma ni tamaño.

—¿Y no puedes decirme…?

—Puedo decirte que has dormido más de lo que duerme nadie —dijo Asuru— y que has comido tres veces sin despertarte, que eso es una cosa que yo tampoco había visto.

—¿Tres?

—Tres. Yo te las di.

—¿Y tú? —dijo Raito—. ¿Tú has dormido?

—Yo estoy bien.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Y Asuru se levantó a recoger el cuenco y se le adelantó a la respuesta, que era lo que hacía siempre.

—Cuando te vi caer pensé que te habías muerto —dijo, de espaldas—. Otra vez. Van dos.

Y ahí lo dejó.

Y Raito se quedó con un número en la mano que no le servía para nada, porque tres comidas suyas no eran tres comidas de nadie más, y porque no sabía cuánto tiempo cabe entre una y otra cuando el que come está dormido.

No me sale, pensó.

Y se acordó, sin querer, de la última vez que había intentado contar una cosa y no le había salido, y se le quitó el hambre de golpe.

II

El Umbral

Y antes de eso pasó una cosa pequeña que a Raito le duró todo el día.

Al llegar a la puerta se paró, porque no sabía si había que empujarla o tirar de ella, y estuvo un momento mirándola como un idiota. Y entonces se dio cuenta de que era una puerta. Con bisagras, con un pomo y con madera.

Llevaba tanto sin ver una que se le había olvidado cómo se abren.

Salió por la tarde. O a lo que allí se le llamaba tarde, que era cuando la gente empezaba a encender lo suyo.

Y se quedó parado en el escalón de la puerta con la boca abierta.

Era un pueblo.

Un pueblo de verdad, con calles que se torcían y con casas puestas unas encima de otras, agarradas al borde del continente como se agarra un nido a una cornisa. La mitad colgaba sobre la bruma. La otra mitad estaba clavada en la roca.

Había cuerdas de un lado a otro de las calles con ropa colgada. Había un canalón que goteaba en una tina y alguien había puesto la tina justo debajo, a propósito, hacía años, y la tina estaba llena.

Había una puerta pintada de un color que alguien había elegido.

Y había madera.

Vigas de madera, marcos de madera, un banco de madera con el asiento gastado en el medio de tanto sentarse. Cercas. Postigos. Una escalera exterior con los peldaños comidos por el uso.

Y eso era lo que no le cuadraba, y tardó media tarde en ponerle nombre: que en aquel pueblo casi todo era viejo. Las estructuras, las cuerdas, los postigos, las cercas, la manera de amarrar una cosa a otra. Todo estaba hecho como se hacían las cosas en su casa.

Y en medio de eso, cada tanto, había un cable. Una lámpara. Una caja zumbando en una esquina con tres luces encendidas.

Cuatro cosas modernas, puestas solo donde hacían falta para poder seguir haciendo lo demás a la antigua.

Y por encima de todo, muy alta y muy sucia, había una barrera.

No era como la de la cúpula. Aquella era una cosa entera, lisa, perfecta, que se veía desde media travesía. Esta estaba remendada: se le veían los parches, los sitios donde el color no coincidía, las costuras. Como una lona a la que le han echado veinte pedazos en veinte años.

Y zumbaba de la misma manera que zumbaba la de la cúpula, solo que más bajito, porque aquella se la pagaba un continente entero y esta se la pagaban ellos con lo suyo.

Raito se quedó mirándola un rato largo, porque no entendía cómo se sostenía una cosa así con tantos remiendos, y porque le gustó entenderlo cuando lo entendió: que la sostenían a base de arreglarla. Que llevaban años arreglándola. Que no había ni un día en que aquella barrera hubiera estado entera.

Y había otra cosa, y tardó en darse cuenta porque era una cosa que no se ve.

Dentro no hacía frío.

Llevaba desde que se cayó en aquel mundo con frío. Frío en la nave, frío en el muelle, frío en la montaña, frío hasta dentro de la cueva del viejo. Un frío de fondo que no se quitaba y al que uno se acostumbra hasta que deja de notarlo.

Y debajo de aquella barrera el aire estaba templado.

No caliente. Templado, como está el aire en una casa donde vive gente.

Raito se paró en mitad de la calle y respiró hondo dos veces, y no supo por qué se le puso un nudo en la garganta.

Y a él eso le pareció lo más razonable que había visto en aquel mundo.

Y por debajo, la gente.

Muchísima gente.

Raito bajó a la calle y no supo qué hacer con las manos.

Porque había ruido. No ruido de máquina: ruido de gente. Alguien discutía un precio a dos puestos de distancia y lo discutía con ganas. Alguien se reía en un piso de arriba. Una mujer llamaba a otra por su nombre desde una ventana y la otra le contestaba que ya iba.

Un crío pasó corriendo por delante de él y casi lo tira.

Le costó andar al principio, y no por la pierna.

Fue por la gente. Llevaba tanto tiempo en sitios donde había cuatro personas y todas conocidas, que cruzarse con desconocidos le salía mal: se apartaba demasiado, o se apartaba tarde, o se apartaba hacia el mismo lado que el otro. Se chocó dos veces. La segunda le pidió perdón a un hombre que ya se había ido.

Se metió por una calle que se torcía y salió a otra más ancha. Había puestos. Había humo. Había un hombre remachando una cosa a martillazos y un crío al lado dándole las piezas en el orden correcto sin que se lo pidieran, y Raito se quedó parado viendo aquello más rato del que hacía falta.

Y nadie lo miró.

Y él, que llevaba desde el muelle nueve aprendiendo a que en este mundo la gente te mira la cara para verte los ojos, se pasó un buen rato comprobándolo. Se puso donde daba la luz. Levantó la barbilla. Se quedó quieto delante de un puesto sin comprar nada, que es la manera más rápida que hay de que alguien te mire.

Nadie.

Y cuando por fin entendió por qué, se le puso una cosa rara en el pecho:

que allí dentro casi todo el mundo tenía los ojos encendidos.

Un hombre descargando sacos, con una brasa azul en el ojo izquierdo. Una mujer contando monedas, con dos verdes. Un crío. Dos críos.

Nadie lo miraba porque allí no era nadie.

Eso fue lo que más le costó: que nadie lo miró. Ni él, ni el ojo. Un hombre que pasó por su lado le dijo perdón al rozarle el brazo y siguió andando y no volvió la cabeza, y a Raito se le quedó eso dando vueltas media hora.

Encontró a Kairu comprando algo.

—¡EH!

—Baja la voz.

—¡QUE ESTÁ VIVO! —Kairu levantó los dos brazos en mitad de la calle, y dos o tres personas se volvieron y se volvieron a dar la vuelta, porque en aquel sitio un chico gritando no era noticia—. Yo dije que se despertaba hoy. Lo dije. Yoko, ¿yo no dije que se despertaba hoy?

—Dijiste que se despertaba antes.

—Dije las dos veces.

Yoko estaba apoyada en la pared de enfrente, con los brazos cruzados, y a Raito le pareció que estaba distinta y tardó un rato en entender por qué.

No estaba mirando las salidas.

O sí. Pero de otra manera.

—¿Estás bien? —le dijo ella.

—Creo que sí.

—¿Creas que sí o sí?

—Sí.

—Bien.

Y volvió a lo suyo.

III

Lo que pasó mientras dormía

Se lo contaron comiendo, y se lo contaron mal, que es la única manera en que se cuentan bien estas cosas.

—Fue una cosa increíble —dijo Kairu.

—No fue increíble.

—Yoko, fue increíble.

—Fue aburrido —dijo Yoko—. Yo hice que fuera aburrido. Ese era el plan.

Y Raito se enteró así de que se había perdido la única parte peligrosa del viaje.

Que al Umbral no se entra: te dejan entrar. Que hay un sitio en la boca del pueblo, debajo de la barrera, donde hay dos personas sentadas con una mesa, y que por esa mesa pasa todo lo que entra y sale del continente, porque no hay otro sitio por donde entrar ni por donde salir.

Que cobran por pasar. Y que cobran también por no preguntar.

—¿Y por qué no hay más entradas? —dijo Raito.

—Porque el continente está rodeado de bruma —dijo Samui, sin levantar la vista—. Y por debajo de la bruma no se entra. Y por arriba tampoco, porque arriba hay techo.

—¿Y no se puede bajar en otro sitio de la costa?

—Se puede bajar. Y después no puedes subir.

—…

—Este pueblo está donde está porque es el único trozo de borde que asoma por encima del blanco —dijo Samui—. Lo demás está debajo.

—Y nosotros éramos justo lo que ellos buscan —dijo Yoko—. Cuatro con el ojo despierto. Un hombre que no dice de dónde viene. Una mujer a la que le suena todo el mundo. Y tú.

—¿Y yo qué?

—Tú ibas dormido y cargado. —Se metió algo en la boca—. Un chico al que llevan en brazos es la cosa que más se recuerda del mundo.

—¿Y qué hiciste?

—Aburrirlos.

—…

—De uno en uno, separados, sin mirarse, y nadie dice nada que se pueda repetir después. —Yoko se encogió de hombros—. La gente que apunta cosas apunta lo que le llama la atención. Si no le llamas la atención, no hay nada que apuntar.

—¿Y ellos qué buscan? —dijo Raito—. Digo, ¿qué apuntan?

—Lo que les llame la atención.

—Ya, pero ¿qué?

Y Yoko dejó la cuchara y se lo contó como se cuenta una cosa que uno ha visto muchas veces.

—Buscan al que va muy rápido. Al que va demasiado despacio. Al que lleva algo tapado. Al que mira a los otros de su grupo antes de contestar. —Levantó la vista—. Y al que no tiene ningún motivo para estar ahí y no sabe inventarse uno.

—Y a mí me dijo que no hablara —dijo Kairu.

—Y hablaste.

—Un poco.

—Les preguntaste cuánto ganaban.

—¡Por hacer conversación!

Asuru se rió con la boca llena y se atragantó, y Kairu le dio en la espalda con más fuerza de la necesaria, y ella le dijo que lo iba a matar, y él dijo que le estaba salvando la vida.

Y Raito se dio cuenta de que llevaba un rato sonriendo sin motivo.

Y de que no se acordaba de la última vez que había oído a esos cuatro discutir por una tontería.

—¿Y pasamos? —dijo.

Y ahí se hizo un silencio que duró medio segundo de más.

—Pasamos —dijo Yoko.

—¿Y ya está?

—Y ya está.

Y no lo miró al decirlo, y Raito, que llevaba mucho aprendiendo a leer a esa muchacha, supo que había algo. Pero no supo el qué.

Y a Raito le vinieron a la cabeza dos o tres preguntas más y no hizo ninguna, porque llevaba mucho aprendiendo que en aquel grupo las cosas que no se cuentan a la primera no se cuentan a la segunda tampoco.

Randa estaba tres mesas más allá, sola, comiéndose una cosa con las manos.

Y cuando Raito la miró, ella levantó la vista y le guiñó el ojo encendido.

IV

Un sitio donde no pasa nada

Y después de eso no pasó nada.

Eso fue lo que Raito no supo manejar. Porque llevaba desde que se cayó en aquel mundo esperando que pasara algo, siempre, todo el rato, y en aquel pueblo no pasaba nada.

Se sentó en un escalón a mirar la calle y estuvo así hasta que se le durmió la pierna buena.

Pasaban cosas, claro. Pero eran otras cosas.

Un hombre subió una escalera con un saco al hombro y bajó sin él. Dos mujeres se pararon a media calle a hablar de una tercera. Un crío se cayó, lloró tres segundos, se levantó y siguió corriendo. Alguien tiró un cubo de agua desde un piso de arriba gritando ¡va! antes de tirarlo, que a Raito le pareció lo más civilizado que había visto en meses.

Y la barrera zumbaba por encima de todo, bajito, como zumba una cosa que lleva mucho funcionando.

Raito se pasó un buen rato esperando.

Esperando a que alguien empezara a gritar. A que se apagara algo. A que apareciera una nave, o un hombre con la costura naranja, o cualquiera de las diez cosas que llevaba meses aprendiendo a esperar.

Y no apareció nada.

Y ahí fue cuando se dio cuenta de que no sabía estar en un sitio donde no pasaba nada, y de que eso, hasta hacía muy poco, era lo único que había sabido hacer en su vida.

Y en algún momento de la tarde, Samui desapareció.

Se fue sin decir nada, como se iba él, y volvió mucho después con la cara de siempre y con las manos limpias, que era lo raro, porque Samui volvía siempre con las manos negras.

—¿Dónde estabas? —dijo Kairu.

—Por ahí.

—Ya, pero ¿dónde?

—Por ahí, Kairu.

Y Randa, desde el otro lado de la mesa, sin levantar la vista de lo que estaba comiendo, dijo una sola cosa:

—Preguntando.

Y Samui la miró un momento y no lo negó.

Kairu se compró un gorro.

Era un gorro espantoso, de un color que no era ningún color, y le quedaba pequeño, y se lo puso y no se lo quitó en toda la tarde.

—¿Qué tal?

—Horrible.

—Ya. —Se lo ajustó—. Es que es mío.

Y Raito entendió, tardísimo, que era la primera cosa que aquel muchacho compraba en su vida.

Porque Kairu se había pasado la vida vendiendo cosas que no eran suyas, y eso lo había dicho él mismo en una escotilla sin darle importancia. Nunca había estado del otro lado del puesto.

Y ahora tenía un gorro horrible y no se lo pensaba quitar.

Asuru compró una cuerda con cuentas de cristal, que no servía absolutamente para nada, y se la ató en la muñeca y se pasó un rato haciéndola sonar.

—¿Y eso?

—Nada.

—¿Para qué es?

—Para nada. —Lo miró—. ¿Sabes cuántas cosas he tenido yo en mi vida que no sirvieran para nada?

—…

—Ésta.

Y siguió haciéndola sonar, y Raito no le preguntó nada más.

Y esa noche la oyó desde la habitación de al lado, haciéndola sonar despacio, mucho rato después de que se apagaran las luces.

Y Yoko contó las salidas.

Raito la vio hacerlo, porque ya le conocía el gesto: los ojos yendo a las esquinas, a las escaleras, a los tejados, a los callejones.

Y después la vio parar.

Y volver a empezar.

—¿Cuántas hay? —le preguntó.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Que no lo sé —dijo Yoko, y no lo dijo de mala manera. Lo dijo con una cara rarísima—. Llevo desde que llegamos contándolas y se me van. Hay demasiadas.

Y se quedó mirando la calle un rato.

—En las afueras siempre había una —dijo—. Una. Y a veces ninguna.

—¿Y eso es bueno o es malo?

—Es raro. —Se apoyó en la pared—. Cuando hay una, la aprendes y ya está. Cuando hay veinte, tienes que elegir. Y yo llevo nueve años sin tener que elegir nada.

Y se quedó ahí, mirando la calle, con las manos en los bolsillos.

Y a Raito le pareció que aquello era lo más parecido a un miedo que le había oído nunca.

Esa noche cenaron los cinco juntos, y Samui bajó a cenar con ellos, que era una cosa que no hacía nunca.

Comió y no habló casi. Kairu contó por tercera vez lo del control, y en la tercera versión ya había hecho reír a los de la mesa y les había caído bien a todos, cosa que en las dos primeras versiones no pasaba. Asuru le dijo que era un mentiroso. Yoko dijo que era peor que un mentiroso, que era un mentiroso lento.

Y en algún momento, sin que viniera a cuento, a Samui se le escapó una cosa muy pequeña que fue casi una sonrisa.

Y Raito se acostó en una cama con techo de madera.

Y durmió.

Y durmió bien.

Y a mitad de la noche se despertó un momento, sin susto y sin motivo, y se quedó mirando el nudo de la madera.

Y se dio cuenta de una cosa.

No había contado nada en todo el día.

Ni los escalones, ni las salidas, ni las personas de la calle, ni los pasos hasta el puesto de la comida. Nada. Llevaba dieciocho años contando cosas y aquel día no había contado ni una.

Se quedó un rato con eso.

Y después, sin ningún motivo, se acordó del viejo.

Se acordó de él arriba, en el borde, con las piernas colgando sobre la nada. Y de la taza. Y de que le había puesto el pan delante sin decir nada.

Cuando volvamos a pasar por ahí, pensó, se lo cuento.

Y se durmió otra vez.

V

El canalón

Y al día siguiente pasó la mejor cosa que le pasó a Raito en todo aquel mundo, y fue una tontería.

Había una mujer discutiendo con un canalón.

Estaba en la puerta de su casa, con las manos en las caderas, mirando hacia arriba, y el canalón goteaba en un sitio donde no tenía que gotear y le estaba mojando el escalón. Y ella le decía cosas. Al canalón.

Raito se paró.

Se quedó ahí, a cinco pasos, mirando el canalón con la cabeza ladeada, y estuvo así lo suficiente como para que la mujer se volviera y le dijera que qué miraba.

—Está torcido —dijo Raito.

—Ya sé que está torcido.

—No, digo que está torcido arriba. —Señaló—. Ahí, donde se junta con el otro. Eso lleva torcido desde que se puso, y lo de abajo es porque el agua no llega donde tiene que llegar y se sale antes.

La mujer lo miró.

—¿Y tú qué eres, canalonero?

—No.

—¿Entonces?

Y Raito se quedó parado con la boca abierta, porque no supo qué contestar a eso, y porque hasta ese momento no se le había ocurrido que existiera una respuesta.

Lo arregló en un rato.

Tuvo que subirse a un cajón, y el cajón estaba flojo, así que primero arregló el cajón. Después se dio cuenta de que la pieza de arriba no estaba torcida sino partida, y de que alguien la había atado con alambre en algún momento y el alambre se había ido, y de que si volvía a atarla iba a durar lo mismo.

Así que bajó, buscó un pedazo de chapa, lo dobló, y le hizo un collarín.

Y mientras lo hacía, la mujer le trajo agua sin que se lo pidiera.

Y un crío se le puso al lado a mirar.

No dijo nada al principio. Se quedó ahí abajo, con las manos a la espalda, viéndolo trabajar. Y al rato, sin que nadie le dijera nada, empezó a pasarle cosas.

Y se las pasó bien.

Eso fue lo que a Raito le llamó la atención: que se las pasaba en el orden correcto. El alambre antes que el alicate. La chapa con el doblez hacia arriba. El trapo cuando le hacía falta el trapo y no antes.

—¿Tú has hecho esto antes?

—No.

—¿Y cómo sabes lo que necesito?

Y el crío se encogió de hombros, y dijo la cosa más obvia del mundo:

—Porque te estoy mirando.

—¿Cómo te llamas? —dijo el crío, al rato.

—Raito.

—Raito. —Lo repitió una vez, para sí mismo, del modo en que se guarda una cosa—. Ese nombre no es de aquí.

—No es de aquí.

—¿Y de dónde es?

—De muy lejos.

Y el crío se quedó satisfecho con eso, que es una cosa que solo hacen los críos.

—¿Y tú? —dijo Raito.

Y el crío abrió la boca para contestar, y en ese momento la mujer lo llamó desde la puerta para que fuera a buscar otro cubo, y el crío salió corriendo.

Volvió a los dos minutos con el cubo y siguió pasándole cosas como si no hubiera pasado nada.

—Oye. No me has dicho cómo te llamas.

—Ah.

—Ah, ¿qué?

—Que se me olvidó. —Le pasó el alicate—. Ahora.

Y Raito se rió.

—Está bien. —Bajó del cajón—. Pues nada, chico misterioso. No me lo digas.

Y el crío se rió también, con esa risa que ponen cuando les haces caso, y se le quedó lo de chico misterioso, y a partir de ahí fue eso.

Y Raito, con una chapa doblada en la mano y un crío al lado que le pasaba las cosas en el orden correcto, se dio cuenta de que era la primera vez desde que se cayó en aquel mundo que alguien le preguntaba su nombre sin que hiciera falta para nada.

Cuando terminó ya se había juntado gente.

No mucha. Tres o cuatro, que es la gente que se junta cuando alguien arregla algo en una calle. Y uno de ellos, un hombre mayor, se acercó a mirar el collarín y lo tocó con dos dedos y dijo:

—Esto aguanta.

—Aguanta.

—¿Y esto dónde se aprende?

Y Raito abrió la boca para contestar y no le salió, porque la respuesta era en una granja que está enterrada debajo de una ciudad, hace mil años, y no había manera de decir eso.

—Me lo enseñó mi abuelo —dijo.

—Pues sabía.

—Sí. —Se limpió las manos en el pantalón—. Sabía.

La mujer le quiso pagar.

Le puso una moneda en la mano y Raito se quedó mirándola como si le hubieran puesto un bicho, y dijo que no, y ella dijo que sí, y estuvieron un rato con eso hasta que apareció Kairu por la esquina, vio la escena, entendió la situación en medio segundo y agarró la moneda.

—Muchas gracias, señora.

—¡Kairu!

—¿Qué? Uno de los dos tiene que ser práctico.

Y esa tarde, sentado en el escalón con la moneda de otro en el bolsillo, Raito estuvo pensando en una cosa.

Que en aquel mundo él había servido para muy poco. Había servido para caerse, para que lo cargaran, para que lo curaran y para gritar cosas que no oía nadie.

Y aquella mañana había arreglado un canalón.

Y no era gran cosa, y no le iba a servir de nada a nadie, y desde luego no iba a cambiar nada de lo que venía.

Pero mañana esa mujer iba a salir a la puerta y el escalón iba a estar seco.

Y eso, por alguna razón que él no supo explicarse, le pareció la cosa más importante que había hecho en su vida.

VI

Lo que había en el borde

Fue el olor.

Raito iba por una calle que no conocía, buscando a Yoko para nada en concreto, y de pronto se paró en seco en mitad del paso, con un pie en el aire, como se para un animal.

Porque olía a algo.

Y no supo a qué, y eso fue lo peor: que su cuerpo lo reconoció antes que él. Se le puso la piel de otra manera, se le abrió el pecho, y él se quedó ahí parado sin entender por qué se le habían llenado los ojos.

Y entonces le llegó el nombre.

Olía a verde.

Fue detrás del olor.

La calle bajaba, se hacía estrecha, se metía entre dos casas, y al final había un paso con una puerta abierta y un cartel que él no supo leer.

Y del otro lado había luz.

Una luz distinta a todas las que había visto en aquel mundo: violeta. No morada como la costra ni fucsia como Randa: violeta, honda, saliendo de unos tubos largos colgados en fila del armazón de la barrera, muy arriba, apuntando hacia abajo.

Y debajo de los tubos, en una franja de tierra de veinte pasos de ancho pegada al borde del pueblo, había árboles.

Raito se agarró al marco de la puerta.

No eran muchos. Treinta, cuarenta a lo sumo, puestos en hileras, cada uno con su cerca de alambre alrededor y con una placa clavada en el suelo. Eran bajos, torcidos, con la corteza pálida y las hojas de un verde que no era el verde de su casa: un verde apagado, casi gris, de cosa que crece con la luz que puede.

Estaban enfermos. Cualquiera de su pueblo lo habría dicho a la primera.

Y estaban vivos.

Y en el medio, en la hilera del fondo, había uno que no.

Uno que estaba bien.

Era más alto que los demás y tenía el tronco oscuro y limpio, y las ramas salían abiertas como salen las ramas de un árbol que ha tenido sitio, y no tenía hojas.

Tenía flores.

Cientos. Pequeñas, apretadas, de un rosa pálido que debajo de aquella luz violeta se ponía casi blanco, y se movían aunque no había viento porque alguien había puesto un ventilador al fondo de la franja.

Y en el suelo, alrededor del tronco, había pétalos caídos que nadie había barrido.

Raito se acercó a ese.

Y la placa clavada delante de aquel árbol no era como las otras: era más vieja, y estaba mejor hecha, y tenía dos palabras escritas a mano que él no supo leer.

Se acercó al primero y no lo tocó.

Estuvo un rato largo delante de él sin tocarlo, con las manos a los lados, mirándole el tronco, y las hojas, y la manera en que las ramas salían buscando la luz de arriba.

Y por debajo del olor a verde había otro olor, más fino, que también reconoció:

tierra mojada.

Raito se sentó en el suelo.

Se sentó ahí, en la tierra, con la espalda contra la cerca de alambre, y se quedó mirando aquello con la boca cerrada y la cara empapada, y no hizo ruido.

Estuvo así lo que estuvo.

Y en algún momento apareció un hombre con un cubo, uno de los que trabajaban ahí, y lo miró, y no le dijo nada. Se ve que no era el primero.

—¿De dónde eres tú? —le dijo, al rato.

—De una granja.

—Ya.

Y siguió a lo suyo.

Después salió corriendo.

Corrió mal, con la pierna respondiendo como podía, y cruzó medio pueblo preguntando, y encontró a Kairu sentado en un escalón con su gorro espantoso, discutiendo con Asuru sobre nada.

—Ven.

—¿Qué pasa?

Que vengas.

—Raito, ¿qué—

—Kairu. —Lo agarró del brazo—. Ven.

No le dijo nada por el camino.

Lo llevó por la calle que bajaba, y por el paso estrecho, y hasta la puerta abierta.

Y lo puso delante.

Y Kairu se quedó mirando aquello con la boca abierta y las manos colgando, y estuvo callado más tiempo del que había estado callado en toda su vida.

—¿Eso qué es?

—Eso es un árbol.

—…

—Eso son árboles, Kairu. —Le temblaba la voz y le dio igual—. Ahí. Eso. Los que te dije. De ahí sale la madera.

Y Kairu no se movió.

—¿Y por qué son así?

—Están enfermos.

—¿Y por qué están enfermos?

—Porque no hay sol —dijo Raito—. Eso de ahí arriba no es sol. Eso es lo que alguien puso para que se pareciera.

Kairu miró los tubos violeta. Miró la tierra. Miró las hileras de árboles torcidos.

Y entonces vio el del fondo.

Y no dijo nada. Echó a andar entre las hileras, despacio, sin pedir permiso, y Raito fue detrás.

Y se paró delante del cerezo.

Y se quedó ahí, con la cabeza hacia atrás, mirando aquello — cientos de flores pequeñas encendiéndose de rosa y de blanco debajo de la luz violeta, moviéndose todas a la vez por un ventilador que zumbaba al fondo de la franja.

Y por su lado, muy despacio, bajó un pétalo.

Kairu levantó la mano y lo agarró en el aire.

Se lo quedó mirando en la palma. Una cosa del tamaño de una uña, rosa, blanda, que no pesaba nada.

—¿Y esto sale del árbol?

—Eso sale del árbol.

—¿Y para qué sirve?

—Para nada —dijo Raito.

Y Kairu se rió por la nariz, sin apartar la vista de la mano.

—Como lo de Asuru.

—Como lo de Asuru.

Y entonces hizo una cosa que a Raito se le quedó para siempre.

Se quitó el gorro.

No sabía por qué. No sabía que se hace eso. Pero se lo quitó, se lo puso contra el pecho, y se acercó despacio, y estiró la otra mano, y tocó el tronco con las yemas de tres dedos.

Y se rió.

Se rió como se ríe uno cuando no sabe qué otra cosa hacer con la cara.

—Está áspero —dijo.

—Está áspero.

—Yo pensaba que era liso. —Volvió a tocarlo—. Toda mi vida pensando que era liso.

Y se quedó ahí, con el gorro en una mano y el pétalo en la otra, delante de la única cosa de todo aquel mundo que no servía absolutamente para nada.

Se quedaron un rato ahí.

Y Asuru y Yoko aparecieron después, porque Asuru había ido detrás de ellos sin decir nada, y las dos se quedaron en la puerta y no entraron.

—¿Tú los habías visto? —dijo Kairu.

—Una vez —dijo Yoko—. De lejos. En un sitio parecido.

—¿Y no dijiste nada?

—¿Y qué iba a decir?

Y Asuru no dijo si los había visto o no.

Volvieron cuando ya se apagaban los tubos, porque se apagaban a una hora y volvían a encenderse a otra, y eso también lo había decidido alguien.

Y por el camino, Raito cayó en la cuenta de una cosa y se paró en mitad de la calle.

El techo de su habitación.

Aquellas tablas viejas, con las vetas abiertas y el nudo grande, clavadas a mano por alguien subido en un cajón.

Alguien había plantado esos árboles. Alguien los había regado durante años debajo de unas luces falsas, sabiendo que iban a salir torcidos y enfermos y que iban a tardar el doble.

Para que hubiera madera.

Y a Raito, en mitad de una calle de un pueblo que no era el suyo, se le ocurrió que aquel sitio entero era una cosa muy vieja hecha a mano dentro de un mundo que ya no se hacía a mano — y que alguien lo había puesto ahí a propósito, y que ese alguien había tenido que quererlo mucho.

VII

Arriba

El viejo estaba sentado en el borde con las piernas colgando sobre la nada.

Tenía una taza en las manos. No la buena: la buena seguía a medio pegar encima de la mesa, con tres capas de oro puestas y la grieta abierta, esperando a que él se decidiera a hacerla bien.

Esta era la fea. Sin asa, con el borde saltado por un lado, y con una mancha por dentro que no se iba desde antes de que Samui naciera.

La que usaba.

Y estaba tomándose lo suyo despacio, mirando la bruma iluminada, contando.

Menos.

Cada vez menos.

Llevaba desde que se fueron viendo cómo bajaban los números, y ya casi no le quedaban luces que contar: la ladera del este estaba limpia, la del norte también, y en el fondo del gris quedaban tres o cuatro puntos pálidos muy lejos, en el sitio donde estaban antes de que llegara aquella nave con cuatro críos dentro.

Se estaba quedando como estaba antes.

Y eso, se dijo, era bueno.

Se lo dijo de esa manera, con esas palabras, en voz baja, mirando el gris.

Y después estuvo un rato callado y volvió a decírselo.

Estuvo así un rato largo.

Y en algún momento, sin motivo, se acordó del chico cojo levantando la pierna nueva y volviéndose a caer, y de las doce veces, y de la cara que puso a la duodécima.

—Ese va a dar guerra —dijo, en voz alta, a nadie.

Y le dio un sorbo a la taza.

Bajó cuando se le acabó.

Puso agua.

Y mientras esperaba a que hirviera hizo lo que hacía todas las noches, que era mirar la cueva y ver lo que había que arreglar. La estufa tiraba mal por un lado. Había una manta doblada en un rincón que no era suya y que llevaba ahí desde que se fueron, y él no la había tocado.

Se sentó a la mesa larga. Agarró el pincel, lo mojó, lo escurrió en el borde del cuenco y se quedó mirando la taza rota un rato largo sin tocarla.

—Ya, ya —le dijo—. Ya voy.

Y se puso.

Y trabajó un rato largo, con esa manera suya de trabajar, que era pararse cada dos por tres a mirar la pieza desde otro lado. Le puso la cuarta capa de oro por la grieta larga. La escurrió. La miró. La quitó entera y volvió a empezar.

—Es que no —dijo—. Es que si te la pongo así, se te va a ir por el mismo sitio.

Y a mitad de faena se levantó, sacó dos cuencos del estante y los puso en la mesa.

Dos.

Se quedó mirándolos.

Y estuvo así lo que dura darse cuenta de una cosa tonta.

Y después volvió a guardar uno, sin decir nada, y se sentó otra vez, y siguió con la taza.

Y entonces levantó la cabeza.

No hacia la puerta. Hacia ningún sitio.

Dejó el pincel apoyado en el borde del cuenco, con cuidado, como hacía siempre.

Y se quedó muy quieto.

Y contó.

Ocho.

—Vaya —dijo.

VIII

Los que suben

No fue como la otra vez.

Eso hay que decirlo, porque el viejo llevaba seis noches diciéndose que si volvían a subir sería como la otra vez: cinco tipos por libre, un montón de deudas y un hombre con un ojo en el cinturón.

No subieron por la ladera.

Eso fue lo primero que le dijo que aquello era otra cosa: que no venían andando desde abajo como vino el otro, cansados y a oscuras y contando piedras. Aquello bajó.

Una nave. Y no una nave de contrabandista con el casco cosido: una nave con las líneas rectas y el zumbido limpio, que se puso encima de la explanada, se quedó quieta en el aire y bajó como baja una cosa que no tiene ninguna prisa.

Y se abrió por el costado, y la luz que salió de dentro era blanca y era limpia y no parpadeaba, y a la explanada entera le cambió el color.

Y bajaron ocho.

Bajaron ordenados.

Eso fue lo peor. No corrió ninguno. No gritó ninguno. Bajaron por la rampa de dos en dos, se abrieron en la explanada sin decirse nada entre ellos, y cada uno se puso en un sitio, y los sitios estaban bien elegidos.

Llevaban lo del régimen puesto. Gris, con la costura de luz naranja en el hombro, y a Kō —que llevaba muchísimo sin ver esa costura de cerca— se le puso el estómago en un sitio que ya no recordaba que existiera.

Y uno de ellos, el que bajó el último, llevaba una carpeta.

Kō salió de la cueva secándose las manos en el delantal.

Y se quedó en la boca, sin bajar los escalones, mirándolos colocarse.

—Buenas —dijo.

—Buenas noches. —El de la carpeta se acercó tres pasos y se paró—. ¿Es usted el que enciende eso?

—Soy el que enciende eso.

—Bien.

Abrió la carpeta.

Y le leyó su nombre.

Se lo leyó entero, con el apellido, y con un número de sector detrás, y con una fecha de hace mucho, y a Kō se le movió una cosa en la cara y se le volvió a quedar quieta.

Y Kō lo oyó entero, y lo oyó de pie, y lo primero que le vino a la cabeza no fue el miedo.

Fue que hacía muchísimo tiempo que nadie decía su nombre en voz alta.

—Ese hombre ya no existe —dijo.

—Ese hombre está en un papel. —El de la carpeta pasó una hoja—. Y lo que hay en un papel existe hasta que alguien lo tacha.

—¿Y usted ha venido a tacharme?

—Yo he venido a preguntarle una cosa.

—Aquí arriba hubo un ojo kodai.

Y Kō no dijo nada.

—No le estoy preguntando si lo hubo. —El de la carpeta ni levantó la vista—. Sabemos que lo hubo. Le estoy preguntando dónde está.

—Se fue.

—¿Cuándo?

—Hace tiempo.

—¿Adónde?

Y ahí el viejo se apoyó en el marco de la puerta, se cruzó de brazos, y se tomó su tiempo para contestar, del modo en que se toma uno su tiempo cuando ya sabe cómo va a acabar la conversación.

—A ningún sitio.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que hay.

El de la carpeta cerró la carpeta y se la puso debajo del brazo, y por primera vez lo miró a la cara.

—Mire —dijo, y lo dijo casi con pena—. Yo he hecho esto ciento y pico veces. Y de esas ciento y pico, en más de la mitad la persona me contestó, y yo me fui, y no pasó nada. Se lo digo porque parece que usted cree que esto acaba de una sola manera.

—Yo no creo nada.

—Usted lo sabe dónde está.

—Yo sé que se fue.

IX

Lo que cuesta no apagarla

Hay que decir una cosa aquí, porque si no, no se entiende lo que pasó después.

Kō podía irse.

Aquella montaña la conocía él y no la conocía nadie más. Sabía dónde estaba cada cornisa, cada boca, cada sitio por el que se pasa de lado. Sabía cuáles aguantan a un hombre y cuáles no. Llevaba décadas subiendo y bajando aquello a oscuras, y podía haber salido por la parte de atrás de la cueva y haber estado a doscientos pasos antes de que ninguno de aquellos ocho supiera qué habían perdido.

Con una condición.

Que estuviera oscuro.

Y la palanca estaba a cuarenta escalones.

Cuarenta. Los tenía contados desde la primera noche, y los subía siempre parándose en el descansillo, y los podía subir con los ojos cerrados porque muchas noches los subía con los ojos cerrados.

Cuarenta escalones y un brazo, y aquella montaña se apagaba, y él desaparecía dentro de su propia casa, y por la mañana los ocho estarían bajando otra vez por la rampa con la carpeta cerrada y las manos vacías.

Kō miró la torre.

Y miró a los ocho.

Y volvió a mirar la torre, y en ese momento —esto no lo supo nadie nunca— pensó en cuatro chicos y en una nave remendada, y en que si aquella nave se hubiera roto por el camino y hubiera tenido que volver, lo que estarían buscando esta noche sería una luz.

Y se acordó de una cosa que él mismo había dicho hacía poco, en voz alta, delante de un muchacho cojo.

Un faro no se enciende para el que llega. Se enciende para el que va llegando.

Y a un hombre que se pasa la vida arreglando cosas rotas no se le pide que apague la única que le sale bien.

—Bueno —dijo—. Pasen, si quieren.

Y se metió para dentro.

—Pasen —repitió desde dentro—. Que hay sitio.

Entraron cuatro.

Los cuatro que entraron no salieron.

No hace falta contarlo entero, y además Raito nunca lo supo, y Samui tampoco, y por eso aquí se cuenta una vez y no se vuelve a contar.

Pero hay que decir que el viejo peleó.

Y que peleó como pelea un hombre que lleva media vida esperando a que alguien con esa costura naranja en el hombro suba por fin a su montaña.

Y que ninguno de los ocho lo vio venir, porque llevaban una hoja con un nombre viejo y una descripción que decía farero.

Porque hubo una mujer.

Y hubo un chico que a estas alturas sería un hombre.

Y hubo un día, hace mucho, en el que alguien con un papel llegó a un sitio y leyó unos nombres, y él no estaba ahí, y cuando llegó ya no había nada que hacer, y lo único que le dejaron fue el sitio vacío.

Y de eso no se cura nadie.

Y él no se curó.

Se fue de Ashita, que era el único sitio donde alguien podía haberle dicho que se quedara. Se subió a una montaña. Encendió una luz.

Y se puso a pegar tazas.

Y llevaba desde entonces pegando tazas con la paciencia de un hombre que sabe perfectamente que hay cosas que no se pegan.

Lo que hace Kō no es golpear.

Junta.

Eso es lo que hace ese hombre desde que era joven y es lo único que ha hecho en su vida: agarrar dos cosas que estaban separadas y dejarlas pegadas para siempre. Con oro, con paciencia y con una mano muy fina.

Y una mano muy fina que junta lo que quiere, con akari de sobra para pagarlo, es la cosa más fea que hay en una pelea.

Porque se puede juntar un arma con la mano que la agarra. Se puede juntar una bota con el suelo. Se puede juntar la boca de una cueva con la roca que hay al lado.

Y se puede juntar el aire con lo que hay dentro de un hombre, y dejárselo ahí, quieto, sin salir.

Al primero se le fue el arma y se quedó mirándose la mano.

Al segundo lo dejó pegado a la pared por la espalda, y se estuvo un rato ahí, gritando cosas, hasta que dejó de gritarlas.

Al tercero y al cuarto los dejó juntos.

Literalmente juntos.

Y no se cuenta más.

Y hay que decir, porque es verdad y porque el viejo se lo habría dicho a la cara a cualquiera que se lo preguntara, que no le tembló la mano ni una vez.

Salió a la explanada limpiándose las manos en el delantal.

Los cuatro que quedaban fuera se habían abierto y ya no tenían las armas donde las tenían antes.

—Bueno —dijo Kō, y respiraba mal—. ¿Quién más?

Y le contestó el de la carpeta, desde atrás, con la misma voz de antes.

—Ninguno más, si usted no quiere.

—Yo no quiero nada.

—Entonces bájese de ahí y vámonos.

—Es que ahí es donde está el problema. —Kō se limpió la boca con el dorso de la mano—. Que yo de aquí no me bajo.

Y ahí fue cuando perdió, y perdió por dos cosas suyas, y las dos las sabía.

La primera fue la pierna.

Porque a Kō le faltaba media, desde hacía muchísimo, y lo que llevaba puesto era una pieza buena de tecnología que nunca terminó de unir bien, porque para unir eso hace falta alguien de Energía que llegue más lejos de lo que llegó él. Y él lo sabía desde hacía décadas. Y se apañaba.

En una explanada, apañarse no basta.

Y la segunda fue peor, porque era una decisión.

No se movió de delante de la torre.

Pudo abrirse. Pudo llevárselos a la ladera, donde la piedra está suelta y él sabía dónde pisar y ellos no. Y no lo hizo, porque para eso tenía que dejar la torre sola, y detrás de la torre estaba la palanca, y detrás de la palanca estaba la lámpara.

Y peleó todo el rato con la espalda pegada a su casa, que es la manera más tonta que hay de pelear.

Era el mismo error de un muchacho grande al que había visto plantarse en una explanada sin moverse.

Y él lo sabía. Y lo cometió igual.

Lo tumbaron entre tres.

Y cuando ya estaba en el suelo, con la cara contra la chapa y una rodilla encima, uno de ellos —uno joven, que hablaba con acento del sur y que en toda la noche no había dicho nada— le hizo la pregunta sin ninguna mala intención, casi con curiosidad:

—Oiga. ¿Y por qué no la apagó?

Y Kō, con la boca llena de sangre y la mejilla contra el suelo, tardó en contestar.

—Porque a lo mejor viene alguien —dijo.

X

Se lo llevan

Y no lo mataron.

Y eso fue lo peor de todo, y Kō lo entendió en el suelo, antes de que se lo dijeran.

Porque a un hombre se lo mata cuando estorba. Y a un hombre se lo lleva uno cuando sirve para algo.

Lo levantaron. Le ataron las manos por delante, no por detrás, que era una cortesía y él la notó y no supo qué hacer con ella.

Le habían roto algo por dentro, en el costado, y respiraba de una manera fea. Uno de ellos le miró la pierna, la de metal, la que nunca terminó de unir bien, y dijo una cosa por lo bajo que Kō no oyó y que probablemente era técnica.

El de la carpeta escribió tres líneas y no le enseñó ninguna.

—¿Adónde? —dijo Kō.

—No se lo puedo decir.

—¿Y para qué?

—Eso tampoco.

—…

—Le puedo decir una cosa. —El de la carpeta cerró la carpeta—. Que si hubiera contestado a lo que le pregunté, ahora estaríamos bajando y usted se estaría quedando.

Kō se rió con la nariz, y le dolió.

—Ya —dijo.

Y después, porque era la única pregunta que le importaba de verdad y ya no tenía nada que perder haciéndola:

—¿Y ustedes lo van a buscar igual?

—Nosotros no. Nosotros hacemos esto.

—Y quién.

—Otro —dijo el de la carpeta—. Siempre hay otro.

Y mientras lo subían por la rampa, el de la carpeta se paró.

Se dio la vuelta y miró la torre.

La lámpara seguía girando. El haz salía ancho y limpio y barría la bruma de un lado a otro, como llevaba haciendo cada noche desde antes de que aquel hombre supiera que existía esta montaña.

—¿Esto lo apagamos? —dijo uno.

Y el de la carpeta se lo pensó un momento, y se encogió de hombros, y contestó la cosa más cruel que le dijeron a Kō en toda la noche, y la dijo sin ninguna intención de ser cruel.

—Déjalo. Da igual.

Y se fueron.

La nave subió, se enderezó, se metió en la franja y se hizo pequeña, y después no se vio más.

Y en la montaña quedó la explanada vacía, con las marcas de lo que había pasado y con cuatro cosas que ya no eran nadie.

Y la boca de la cueva abierta.

Y dentro, encima de la mesa larga, la taza a medio pegar, con tres capas de oro puestas y la grieta todavía abierta, y el pincel apoyado en el borde del cuenco, con cuidado, como lo dejaba siempre.

Y arriba, girando, la lámpara encendida.

Barriendo la bruma.

Buscando gente.

Y esa noche, por primera vez desde que aquel hombre subió a aquella montaña, nadie contó las luces.

Y las luces subieron.

Despacio, como suben ellas, apartándose de la lámpara sin apartarse del todo, buscando el sitio donde el haz no llegaba. Pasaron de la segunda cornisa. Pasaron de la primera.

Y se quedaron ahí, alrededor de una casa vacía con la puerta abierta, sin entrar, porque dentro no había nada que las llamara.

XI

Y en el Umbral

Raito se despertó bien.

Se estiró en la cama y le respondió el cuerpo entero, y se quedó un momento tumbado disfrutándolo, porque llevaba mucho sin poder hacer eso.

Se levantó. Se puso lo suyo.

Y le dio a la pierna todo el rato, parejo, sin pensar en ello, que era la primera vez que le salía sin pensar en ello — y ni siquiera se dio cuenta de que le había salido.

Bajó la escalera sin agarrarse.

Fuera había gente.

Y olía a comida, y alguien discutía un precio, y un crío pasó corriendo, y arriba zumbaba la barrera remendada.

Y el crío estaba sentado en el escalón de enfrente, esperando.

No dijo para qué. Se levantó cuando lo vio salir y se le puso al lado sin decir nada, como si aquello ya estuviera hablado.

—Buenas, chico misterioso.

—Buenas.

Kairu estaba dos casas más allá con su gorro espantoso, hablando con un hombre que no le hacía ningún caso, y contándole —Raito lo oyó al pasar— una versión de lo del control en la que Kairu tenía un papel bastante más importante del que había tenido.

Yoko estaba dos puestos más allá, de espaldas, mirando un tejado.

Asuru salió detrás de él con el pelo mal recogido y le puso una mano en el hombro al pasar, sin decir nada, y se fue a buscar algo.

Y a Raito, mirando aquello desde el escalón de la puerta, se le pasó por la cabeza una cosa que no se le había pasado ni una sola vez desde que se cayó en este mundo.

A lo mejor esto se puede aguantar.

Y entonces se acordó del viejo.

Sin motivo. Como se había acordado en mitad de la noche.

Se acordó de una taza rota y de un pincel apoyado en el borde de un cuenco. De un hombre sentado en el borde con las piernas colgando. De una mano abierta encima de su cabeza. De un pan que apareció en su plato sin que nadie dijera nada.

Y de una frase, dicha con la voz muy tranquila, mientras le apretaba los brazos por encima de los codos a su hijo:

Ojalá pueda verte pronto otra vez.

Y sonrió.

Y pensó que cuando volvieran a pasar por ahí, le iba a contar lo del pueblo. Lo del techo de madera. Lo del gorro de Kairu. Lo de que había veinte salidas y que a Yoko eso le daba miedo.

Y lo de los árboles. Sobre todo lo de los árboles: que había cuarenta, que estaban enfermos, que crecían torcidos debajo de unas luces violetas — y que en el fondo había uno con flores.

Y lo del crío, que le pasaba las cosas en el orden correcto y que no le había dicho cómo se llamaba.

Y que Kairu se había quitado el gorro sin saber por qué.

Y lo de que había dormido bien.

Que era la única de todas esas cosas que al viejo le habría importado de verdad.

Fin del Capítulo Doce