KODAI

古代
Capítulo Trece
Yakusoku約束«La promesa»
desliza para leer
I

El interrogatorio

—Otra vez.

—Ya se lo he dicho tres veces.

—Pues cuatro.

Kō movió la cabeza hacia donde venía la voz, aunque no le sirvió de nada, porque de aquel lado de la sala no se veía nada. Había una luz encima de él y no había ninguna más, y todo lo que quedaba fuera de esa luz era una cosa negra sin forma de la que salía un hombre hablando.

—No sé dónde fueron —dijo.

—Ya.

—Y si lo supiera, tampoco se lo diría.

—Eso también me lo ha dicho tres veces.

Silencio.

Kō tenía las manos por delante, apoyadas en las rodillas, y le dolía respirar por el sitio donde le habían roto algo en su propia explanada. Se lo habían mirado. Se lo habían apretado con algo frío. Y después lo habían sentado ahí.

Y eso también le decía cosas.

Que lo hubieran curado. Que le hubieran dado agua dos veces. Que nadie le hubiera levantado la mano en todo el rato que llevaba ahí, que él calculaba largo y que no podía calcular, porque en aquella sala no había manera de saber si era de noche.

A la gente que estorba no se la cura.

—Le voy a explicar dónde estamos —dijo la voz—, porque me parece que usted cree que esto es un pulso.

Y era una voz normal. Ni joven ni vieja, ni de arriba ni de abajo, sin acento de ningún sitio — la clase de voz que se le pone a un hombre que lleva media vida hablando con gente que no quiere hablar con él.

—Yo no creo nada.

—Usted cree que si aguanta, ellos ganan tiempo.

—…

—No hace falta que me diga adónde fueron. —Un ruido de papel—. Ya lo sabemos.

Kō no dijo nada.

—Una nave deja rastro —siguió la voz, con esa paciencia de las personas que explican cosas todo el día—. No huella. Rastro. Lo que sale por debajo cuando se sostiene en el aire va quemando algo, y eso queda un rato encima de la bruma, sobre todo donde la bruma está quieta.

—…

—Y encima de la ruta la bruma está muy quieta. Por eso hay ruta.

—…

—Así que sabemos que salieron de su montaña, y sabemos hacia dónde. Y sabemos dónde tuvieron que parar, porque una nave remendada no cruza eso de un tirón y usted lo sabe mejor que yo.

Kō siguió sin decir nada, y por dentro se le fue una cosa que llevaba días sujetando.

—Entonces no me pregunte —dijo.

—Le pregunto otra cosa.

—Dígame cómo está compuesto el grupo.

—…

—Cuántos son. Cuántos tienen el ojo despierto. Cuáles. Qué figura lleva cada uno. —Una pausa—. Nada que no vayamos a ver nosotros mismos en dos días. Solo quiero llegar sabiéndolo.

—…

—Se lo voy a poner fácil. El del ojo kodai no me lo tiene ni que decir. Ese ya lo tengo. Le pregunto por los otros.

—¿Y eso para qué le sirve?

—Para que no haya que romper nada.

Y Kō se quedó un rato pensando en eso, de verdad, porque era la primera cosa razonable que le habían dicho en toda la conversación.

Se acordó de cuatro críos en una explanada aprendiendo a no morirse.

Se acordó de una chica que se quedaba a oscuras cada vez que juntaba algo, y de un grandote que no podía moverse y aguantar a la vez, y de una que aparecía tres pasos a la derecha y a la sexta ya no podía.

Y de que si él decía eso, el que llegara lo iba a saber antes de bajar de la nave.

Y ahí Kō se rió.

Se rió con la nariz, corto, y le dolió el costado, y se rió igual.

—Mire —dijo—. Yo le voy a contestar una sola cosa y después me callo.

—Adelante.

—Que ni muerto.

—Si me quieren matar, mátenme. Si me quieren los ojos, quítenmelos, que ya lo han hecho antes con gente mejor que yo. —Se enderezó lo que pudo en la silla—. Pero yo a ustedes no les voy a facilitar el trabajo. Ni con eso, ni con nada, ni hoy ni cuando me duela más.

—…

—Y no me lo tome a mal. No es contra usted. Es que llevo mucho tiempo esperando a que alguien me preguntara algo.

—…

—Y ahora que me lo han preguntado, resulta que la respuesta es que no. —Se movió en la silla y le dolió—. Fíjese qué cosa. Cuarenta años arriba y era eso.

Y se calló.

Y por dentro, muy bajito, se dijo la única cosa que sí era verdad de todo lo que había dicho: que él ya había hablado una vez, hacía mucho, cuando llegaron con un papel a leer unos nombres.

Y que aquella vez no le había servido de nada.

Y se quedó mirando la luz que tenía encima, con esa cara suya de hombre que acaba de dejar una taza pegada y espera a ver si aguanta.

—Le voy a decir una cosa más, ya que estamos.

—Dígala.

—Que ustedes se creen que la gente habla porque le duele. —Se movió en la silla—. Y la gente habla porque se cansa. Y a mí ya no me queda nada por lo que cansarme.

—Eso no es verdad.

—…

—Usted tiene un hijo —dijo la voz.

Y Kō no contestó a eso, y fue el único momento de toda la conversación en el que tardó de más.

Del otro lado no hubo enojo.

Eso fue lo peor, y Kō lo notó y se le quedó dentro: que no hubo enojo, ni golpe, ni amenaza, ni nada de lo que uno se prepara.

Hubo un ruido de papeles ordenándose. Sin prisa. Uno encima de otro, golpeados contra la mesa por el canto para que quedaran a ras.

Y a Kō, que llevaba media vida arreglando cosas con las manos, ese ruido le dio más miedo que todo lo anterior — porque era el ruido de alguien que ya ha terminado con una cosa y va hacia la siguiente.

Y después la voz dijo una sola cosa, con el mismo tono con el que había dicho todo lo demás.

—Su destino no va a ser placentero.

Y se apagó la luz.

II

Lo que hay al otro lado

—Nos vamos.

Lo dijo Samui a media mañana, de pie en la puerta, con el abrigo puesto, y a Raito se le cayó una cosa dentro del estómago.

—¿Hoy?

—Mañana.

Y siguió andando, porque para él la conversación se había acabado.

No se había acabado.

—Yo no quiero irme —dijo Kairu.

Y lo dijo así, sin adornos, con el gorro puesto y la boca llena, y por un momento nadie supo qué hacer con eso, porque en aquel grupo nadie decía nunca lo que quería. Se decía lo que convenía, lo que tocaba, lo que era razonable.

—Kairu—

—Que no. Que lo digo. —Dejó el cuenco—. Que aquí hay comida, hay techo, no nos mira nadie, y nadie ha intentado matarnos en… —Se lo pensó—. En un montón.

—Eso es exactamente el problema —dijo Yoko.

—¿Qué?

—Que los sitios buenos son los que peor terminan.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Tiene todo el sentido. —Dejó lo que estaba haciendo—. En un sitio malo estás listo. Duermes con la ropa puesta, sabes por dónde sales y no le tienes cariño a nada. Y aquí llevamos… —Movió la mano—. Aquí tú te has comprado un gorro, Kairu.

—¿Y qué tiene que ver el gorro?

—Todo.

—Es que el gorro no es el gorro —dijo Yoko—. El gorro es que te has puesto a querer algo.

—¿Y eso es malo?

—Aquí no.

—¿Entonces?

—Entonces mañana estás en una nave y el gorro se queda contigo, y el sitio no. —Se encogió de hombros—. Y eso duele. Y a mí lo que me duele me hace lenta.

Y Kairu se quedó con el gorro puesto y sin saber qué contestar, y a Raito le dio pena de una manera que no supo explicar.

Y Asuru no abrió la boca.

Eso era lo suyo: no votar en contra de Kairu nunca, aunque no estuviera de acuerdo, y no votar a favor si le parecía una tontería. Se quedó recogiendo cosas que ya estaban recogidas.

Y Raito tampoco votó.

Y él sí sabía por qué, y le daba vergüenza: porque si abría la boca iba a decir lo mismo que Kairu, y con peores razones.

—¿Y tú? —le dijo Yoko.

—Yo lo que digan.

—Ya.

Y lo miró un segundo de más, y a Raito le entraron unas ganas horribles de que le preguntara otra vez, para poder contestar de verdad.

Y no le preguntó otra vez.

Randa estaba en el rincón, con los pies encima de un cajón, comiéndose algo que había traído ella.

—Nos vamos —dijo, sin levantar la vista.

—Usted no manda —dijo Kairu.

—No.

—…

—Pero nos vamos igual.

—¿Y usted por qué? —dijo Kairu—. Si a usted le da igual todo.

Y Randa se paró a mitad de bocado.

—A mí no me da igual todo, corazón.

—Pues lo parece.

—Ya. —Volvió a masticar—. Es que a mí lo que me da igual es lo que le importa a los demás. No es lo mismo.

Y se metió otro trozo en la boca, y ahí se acabó la discusión, y ninguno de los cuatro entendió por qué se había acabado ahí.

III

Lo poco que sueltan

Raito lo alcanzó en la calle, porque llevaba días queriendo preguntarlo y ya no le quedaban días.

—¿Cómo es Ashita?

Samui siguió andando.

—Se lo he preguntado en serio.

—Ya lo sé.

—…

—Es que no sé contestarte.

—Inténtelo.

Y Samui anduvo media calle sin decir nada, y después dijo tres cosas y ninguna era la que Raito esperaba.

—Lo primero: no es un pueblo.

—¿Y qué es?

—Es un sitio donde vive gente que no puede vivir en otro sitio.

—Eso es un pueblo.

—No. —Se paró—. Un pueblo lo hace la gente que se queda. Ashita la hizo gente que no tenía adónde ir. No es lo mismo, y se nota nada más entrar.

—Lo segundo: no se llega andando.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que no está en un sitio al que se va. —Volvió a andar—. Que hay que ser llevado. Que si tú ahora te compras una nave y buscas Ashita durante veinte años, no la encuentras.

—¿Y si pregunto?

—Peor.

—…

—Al que pregunta por Ashita lo encuentran a él —dijo Samui—. Y las dos veces que eso ha pasado en mi vida no acabó bien.

—¿Y usted cómo llegó la primera vez?

—Yo nací allí.

Y lo dijo tan rápido y tan seco que Raito entendió que acababa de contestar sin querer una cosa que llevaba meses sin contestarle a nadie.

—¿Y lo tercero?

Y ahí Samui tardó, y a Raito le dio la sensación de que estaba decidiendo cuánto decía.

—Que allí a la gente se la entrena.

—¿Entrena para qué?

—Para lo que hace falta.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que hay. —Le miró la pierna, por costumbre—. Y no te pongas contento, que no es lo que estás pensando.

—Usted no sabe lo que estoy pensando.

—Estás pensando que allí te van a enseñar. —Samui se metió las manos en los bolsillos—. Y a lo mejor sí. Pero a la gente que entra ahí se le pregunta primero para qué lo quiere. Y a los que contestan mal, no se les enseña nada.

—¿Y qué es contestar mal?

—Ya lo verás.

—¿Y qué contestó usted?

Y Samui anduvo cuatro pasos antes de decidir que sí se lo iba a decir.

—Que quería que no le pasara a nadie más lo que le pasó a mi madre.

—…

—Y me dijeron que esa era una respuesta de niño. —Se encogió de hombros—. Y tenían razón. Y me dejaron empezar igual, porque tenía dieciséis años y era un niño.

Y siguió andando.

Raito se quedó parado en mitad de la calle con una pregunta vieja repitiéndosele dentro.

¿Para qué?

Se la había hecho un viejo en una cueva, con un pincel en la mano, y él no había sabido contestar entonces y seguía sin saber contestar ahora.

Y se dio cuenta, con un frío raro, de que llevaba desde el faro sin pensar en esa pregunta ni una vez.

IV

Lo que se rompe por donde se junta

El crío lo estaba esperando en el escalón.

Llevaba haciéndolo desde el canalón. Aparecía por la mañana, se sentaba enfrente, y esperaba, y cuando Raito salía no le decía buenos días: le decía qué iban a arreglar hoy.

—Buenas, chico misterioso.

—¿Qué arreglamos?

—Hoy nada.

—Ah.

Y se le puso una cara que Raito no supo aguantar tres segundos.

—Bueno. A ver. —Se sentó en el escalón a su lado—. Hoy te enseño una cosa.

—Esto que te voy a decir me lo dijo mi abuelo, y no se me ha olvidado nunca.

El crío se puso derecho.

—Cuando una cosa está rota, la gente mira dónde está el agujero. Y ahí no es.

—¿Y dónde es?

Mira dónde se junta. —Raito señaló el canalón, el que habían arreglado—. Esto no se rompió por el medio. Se rompió donde una pieza se pega a la otra. Y eso pasa casi siempre.

—¿Por qué?

—Porque el medio es una cosa sola y la juntura son dos. —Se encogió de hombros—. Y dos cosas nunca se llevan tan bien como una.

—¿Ni las que están bien pegadas?

—Ni esas. —Raito se quedó pensando—. Esas aguantan más. Pero cuando se van, se van por ahí igual.

Y el crío se levantó y se fue a mirar la calle.

Y volvió a los diez segundos.

—La puerta de esos.

—¿Qué le pasa?

—Que roza abajo.

—¿Y por dónde se rompió?

—Por donde se junta con la pared. —Lo dijo muy rápido, muy contento—. Porque se ha caído de ese lado y ya no está derecha.

Y Raito se quedó mirándolo.

—…Sí.

Y a partir de ahí fue un juego.

El crío salía corriendo por la calle, señalaba una cosa, y volvía a decirle dónde estaba la juntura. Un cajón. Un cable. Una cuerda de tender que se había venido abajo por un lado. La tapa de una tina.

Y acertó casi todas.

Y en las que acertaba se ponía tan contento que salía corriendo hacia la siguiente antes de que a Raito le diera tiempo a decirle que sí.

Y en la que falló —una pared con una grieta larga— se enojó consigo mismo de una manera desproporcionada, y le dio una patada a un cubo, y Raito tuvo que sentarse otra vez a explicarle que las paredes son otra cosa, que las paredes se rompen por donde el suelo se mueve.

—¿Y por qué se mueve el suelo?

—Porque debajo hay más cosas.

—¿Qué cosas?

—Pues… —Raito se paró—. Tierra. Y debajo de la tierra, más tierra. Y debajo de eso, no sé.

—¿Y tú no lo sabes?

—Yo no lo sé todo, chico misterioso.

—Ah. —Se lo pensó—. Yo pensaba que sí.

Y de ahí ya no salieron en media hora.

Y en algún momento de la tarde, Raito se oyó a sí mismo.

Estaba diciendo «no le des con fuerza, dale con la misma fuerza todo el rato», y lo estaba diciendo con la mano abierta, y con esa cadencia de decir las cosas dos veces.

Y se paró en seco.

Porque no era su voz.

Era la voz de un hombre en un porche, con un cuchillo pequeño y algo de madera, hablando sin levantar la vista.

Y Raito se sentó en el suelo, en mitad de la calle, y estuvo un rato sin decir nada.

—¿Qué te pasa? —dijo el crío.

—Nada.

—Estás raro.

—Que no me pasa nada, chico misterioso.

—Es que has puesto la cara de mi abuela.

—¿Y qué cara pone tu abuela?

—Esa.

Y después, porque en aquel pueblo las cosas se le ocurrían más fácil, pensó una cosa que no se le había ocurrido en trece años.

Que el viejo lo sentaba en el porche a estarse quieto desde que tenía cinco años.

Y que él siempre había pensado que aquello era una manía de viejo. Un castigo. Una costumbre.

Y que hacía poco, en una cueva, otro viejo le había dicho una cosa mientras le encajaba una pierna en el muñón: pregúntale al que te enseñó a estarte quieto trece años seguidos en un porche escuchando.

Y lo entendió ahí, sentado en el suelo de una calle, un mes tarde.

Que a él no le estaban enseñando a estarse quieto.

Le estaban enseñando a darle a una cosa lo mismo todo el rato sin cansarse.

Que era exactamente lo que necesitaba la pierna que todavía no existía.

—Ah —dijo, en voz alta.

—¿Ah qué?

—Nada.

Y se quedó con la boca abierta, mirando una pared.

—Oye —dijo el crío, mucho después—. ¿Tú tienes hermanos?

Y Raito tardó en contestar.

—No.

—¿Y por qué no?

—Pues porque no.

—Yo tengo dos y son insoportables.

—Ya.

—El grande me quita las cosas —siguió el crío—. Y el chiquito no me quita nada porque todavía no anda, pero llora, y cuando llora tengo que salir yo a la calle porque si no me duele la cabeza.

—Ya.

—¿Tú tenías eso?

—Yo tenía un hermano que no me quitaba nada.

Y lo dijo sin darse cuenta de que lo estaba diciendo, y el crío ni siquiera lo notó, porque los críos no escuchan las respuestas cuando ya están pensando en la siguiente pregunta.

Y siguió hablando de sus hermanos un rato largo.

Y Raito lo escuchó entero, y no dijo ni una palabra más en toda la tarde.

V

Los que no querían bajar

A Randa la encontró en la franja de los árboles, y eso fue lo último que esperaba.

Estaba de pie delante del cerezo, con las manos en los bolsillos, sin tocarlo y sin acercarse mucho, mirándolo hacia arriba con la cabeza un poco ladeada.

Y no lo oyó llegar, o hizo como que no.

—Te ves cómodo, niño.

—…

—Lo digo en serio. —No apartó la vista de las flores—. Llevas aquí con una cara que no te había visto. Andas distinto. Hasta comes distinto.

Raito se puso al lado, a dos pasos.

—Es que es bonito —dijo.

—¿El árbol?

—Todo. —Señaló con la barbilla la franja entera, las hileras torcidas, los tubos violeta, la tierra removida—. Que salga vida del suelo. Que alguien meta una cosa ahí abajo y salga otra cosa, y que crezca sola, y que no haya que fabricarla.

—Ajá.

—Yo eso lo tenía todos los días y no lo miraba nunca.

Randa estuvo un rato sin contestar.

Y después dijo una cosa que a Raito le sonó rarísima viniendo de ella.

—Yo esto no lo había visto de cerca.

—¿Nunca?

—Nunca. —Se encogió de hombros—. He estado en sitios donde había. Pasando. Nunca me paré.

—¿Y por qué no?

—Porque no se me ocurrió.

Y lo dijo sin darle ninguna importancia, y por eso a Raito le pareció triste.

—¿Y ahora?

—Ahora llevo dos tardes viniendo. —Se rió por la nariz, molesta consigo misma—. Dos. Como una idiota.

—Eso no es de idiota.

—Corazón, yo he entrado en sitios donde me querían matar y he salido bostezando. Y llevo dos tardes viniendo a mirar un palo con flores.

—Es un árbol.

—Es un palo con flores, mi vida. —Le dio un golpecito con el codo—. Lo que pasa es que es el único palo con flores que hay en cien mil pasos a la redonda, y eso, hasta a mí, me pone tonta.

Y se quedaron los dos ahí un rato, mirando aquello, sin hablar.

Y en algún momento cayó un pétalo entre los dos y Randa lo siguió con los ojos hasta el suelo y no lo comentó.

—Oiga.

—Dime.

—¿Usted por qué no se queda?

Y ahí sí se volvió a mirarlo.

Se lo quedó mirando un momento más largo de lo normal, con el ojo fucsia encendido y esa cara suya que no dejaba ver nada, y por primera vez desde que Raito la conocía le pareció que estaba decidiendo si contestar en serio.

—Porque me acostumbro —dijo.

—…

—Y a mí acostumbrarme no me sale bien.

Y se apartó del árbol y se fue, y no explicó ni una palabra más.

Y a Samui lo encontró por casualidad, que era la única manera de encontrarlo.

Estaba en el otro extremo de la franja, agachado delante de uno de los árboles enfermos, con el codo en la rodilla, mirándole el tronco de cerca.

Raito se paró a diez pasos porque no supo si molestaba.

—Ven —dijo Samui, sin volverse.

Se acuclilló al lado.

El árbol era de los peores: bajo, torcido, con la corteza levantada por un lado y cuatro hojas contadas.

—Está mal —dijo Raito.

—Está mal.

—Lo tienen muy junto al de al lado. Se están quitando la luz.

Y Samui se volvió a mirarlo.

—¿Eso lo sabes tú?

—Eso lo sabe cualquiera que haya plantado algo.

—Ya. —Volvió al árbol—. Pues yo llevo un rato aquí y no lo había visto.

Y estuvieron un rato callados, los dos agachados delante de un árbol enfermo, que es una cosa que a Raito le habría parecido imposible cuando lo conoció.

—Yo pensaba que a usted esto le daba igual —dijo.

—Por qué.

—No sé. —Se encogió de hombros—. Porque a usted todo le da igual.

Y Samui hizo un ruido con la nariz que en otra persona habría sido una risa.

—A mí no me da igual nada —dijo—. Lo que pasa es que no sirve de mucho decirlo.

Y después dijo otra cosa, y la dijo mirando el árbol y no a él.

—Mi padre tenía uno.

Raito se quedó muy quieto.

—¿Un árbol?

—Un árbol. En un tiesto. —Samui le pasó el pulgar a la corteza levantada, sin arrancarla—. Del tamaño de un brazo. Se lo trajo alguien de un sitio así y lo tuvo años.

—¿Y qué pasó?

—Que se le murió.

—…

—Y se pasó dos inviernos intentando arreglarlo. —Se levantó, y le crujió una rodilla—. Y no se puede. Eso no se pega.

Y se fue hacia la nave sin decir nada más, y Raito se quedó agachado delante de un árbol torcido, pensando en un viejo con un pincel y una taza rota.

VI

Las escondidas

Lo dijo esa noche, en la mesa, y lo dijo sin pensarlo.

—Es que ustedes nunca se divierten.

Se hizo un silencio de tres segundos.

—¿Perdona? —dijo Kairu, con la boca llena.

—Ustedes no. —Raito señaló con la cuchara al otro lado de la mesa—. Ellos.

Y al otro lado de la mesa estaban Samui, que estaba comiendo como come una máquina que ha decidido comer, y Randa, que estaba mirando el techo.

—Esas caras —dijo Raito—. Todo el rato. Llevo desde que me caí aquí viéndoles esa cara.

—Yo tengo una cara estupenda —dijo Randa.

—Usted tiene cara de estar calculando algo.

—Es que estoy calculando algo.

Siempre.

Y Samui ni levantó la vista.

—Yo me divierto —dijo.

—¿Cuándo?

—Cuando arreglo cosas.

—Eso no es divertirse. Eso es trabajar.

—Para ti.

Y a Raito le entró una cosa por dentro y siguió, y siguió mal, y después no supo por qué había seguido.

—Es que en serio —dijo—. Yo llevo aquí… llevo lo que llevo. Y no los he visto reírse ni una vez a ninguno de los dos. Ni una. Y estamos en el único sitio bueno que he visto en este mundo y ustedes están sentados aquí con la misma cara que tenían en la bruma.

Randa dejó de mirar el techo.

Bajó la barbilla despacio, lo miró con el ojo fucsia encendido, y sonrió con media boca de una manera que a Raito le dio miedo inmediatamente.

—Muy bien —dijo.

—…

—Escondidas.

—¿Qué?

—Las escondidas. —Se levantó y se estiró—. Yo llevo años sin jugar a nada. Vamos.

—¿Y puede jugar el chico misterioso? —dijo Raito.

—¿Ese quién es?

—Uno.

—Que juegue el que quiera —dijo Randa—. Cuantos más, más gracia.

Kairu se levantó tan rápido que tiró el cuenco.

SÍ.

—Kairu—

—¡QUE SÍ, YOKO!

—Es que no vamos a—

—Yoko. —Kairu se puso el gorro derecho, muy serio—. En mi vida he jugado a eso. Yo he visto jugar. Nunca me han dejado.

Y ahí Yoko cerró la boca, y no dijo ni una palabra más, y se levantó.

Las reglas las puso Randa y eran cuatro:

Uno, hasta la boca del pueblo y no más allá.

Dos, no se sale de la calle a las casas de la gente.

Tres, el que la queda cuenta hasta cincuenta con la cara contra una pared.

Y cuatro:

—Nada de trampas.

—¿Qué es una trampa? —dijo Kairu.

—Lo que tú vayas a hacer.

La primera vez la quedó Kairu, y fue un desastre.

Se puso contra la pared y contó a gritos, y contó mal, y a la mitad dijo «¿va el treinta después del veinte?» y nadie le contestó porque ya no había nadie.

Después estuvo veinte minutos buscando.

Encontró al crío el tercero, y solo porque el crío se aburrió y salió solo.

Y encontró a Raito el primero.

—Ya te tengo.

—¿Cómo me has encontrado?

—Es que estabas ahí.

Y Raito estaba detrás de un montón de cajones, agachado, bien agachado, en un rincón oscuro donde no llegaba nada de luz.

Y Kairu había ido directo.

—Ya, pero cómo me has encontrado.

—Pues porque estabas ahí, campesino.

Lo mismo la segunda vez.

Y la tercera.

A la tercera, Raito se metió dentro de un barril vacío, con la tapa puesta, en un callejón que no daba a ningún sitio. Y estuvo ahí lo que dura contar hasta cincuenta y cuarenta segundos más.

Y oyó unos pasos que venían despacio.

Y la tapa se levantó.

—Buenas —dijo Yoko.

¿PERO CÓMO?

Cuando salió, estaban todos en el callejón esperándolo y a Kairu le corrían las lágrimas.

—¿Pero por qué siempre soy yo el primero?

—…

En serio. —Salió del barril con una pierna dentro y otra fuera y casi se cae—. Llevo tres. Tres seguidas. Y no es que me hayan encontrado: es que han venido. Ninguno ha buscado. Han venido derechos.

Y Kairu no podía contestar porque no podía respirar.

Y contestó Samui, desde el fondo del callejón, apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos.

—Porque no lo regulas.

—¿Qué?

—Tu akari. —No se movió de la pared—. No lo regulas y no escondes tu presencia. Estás encendido todo el rato, a la misma altura, sin bajar ni una vez.

—¿Y eso se baja?

—Eso se baja.

—…

—Eso se baja y se sube y se aprieta y se reparte —dijo Samui—. Y el que sabe hacerlo puede ponerse a tres pasos de ti y tú no notarlo. Y el que no sabe hacerlo se ve desde muy lejos.

—¿Y por qué nadie me ha dicho eso nunca?

—Porque nadie ha tenido tiempo.

Raito miró a los otros tres.

—¿Y ustedes sí saben?

—Nosotros no lo hemos aprendido —dijo Yoko—. Lo hemos tenido que aprender. Es distinto.

—Es lo mismo.

—No. —Se apoyó en la pared de enfrente—. A nosotros no nos enseñó nadie. A nosotros nos pasó que en una ciudad con el ojo encendido no se dura. Y el que no aprende a apagarse, no llega a los quince.

—…

—Yo tardé dos años —dijo Yoko—. Y los dos primeros años dormía en sitios distintos.

Y Kairu, que ya se había recuperado, dijo por lo bajo:

—Yo aprendí en cuatro meses.

—Tú aprendiste porque te agarraron.

Por eso lo digo.

Y Samui se apartó de la pared.

—A nosotros dos sí nos entrenaron —dijo, y con nosotros dos señaló a Randa con la barbilla, y Randa no dijo ni que sí ni que no—. Eso es otra cosa. Eso lleva años y hay gente que lo enseña.

—¿Y a mí me lo pueden enseñar?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando llegues.

Y ahí Samui se quedó un momento mirándolo, y dijo la cosa que a Raito se le quedó grabada de toda aquella noche, y la dijo sin ninguna gracia, como se dice un dato de un mapa.

—Y te va a hacer falta. Porque tal como estás ahora, muchacho, tú no eres una linterna.

—…

Tú eres un faro.

Y se hizo un silencio de esos.

Porque los cuatro que estaban ahí habían pasado unos días en una montaña con un viejo, y sabían perfectamente lo que hace un faro, y para qué sirve, y desde cuántos pasos se ve.

—Ah —dijo Raito.

—Ajá.

—O sea que cuando aquella cosa me venía derecha en la vía…

—Te venía derecha porque eras la única cosa encendida en cien mil pasos —dijo Randa, desde atrás—. No te estaba buscando a ti, corazón. Estaba yendo a lo que se veía.

Raito se miró las manos.

Le brillaban. Poco, quieto, como le brillaban siempre. Como le brillaban desde el muelle nueve, todo el rato, dormido y despierto, sin que él tuviera que hacer absolutamente nada.

Y por primera vez desde que se cayó en aquel mundo, aquello no le pareció una cosa buena.

—¿Y se puede apagar del todo?

—No —dijo Samui.

—¿Nunca?

—Nunca. —Echó a andar calle abajo—. Lo único que se puede hacer es no ser el más brillante de la calle.

Y a partir de ahí el juego cambió, porque a partir de ahí Raito la quedó siempre.

Y también porque a Asuru le dio por hacer una cosa.

Ella la quedó a la cuarta, y contó hasta cincuenta con la cara contra la pared y las manos apoyadas.

Y cuando se dio la vuelta no salió corriendo.

Se quedó quieta en mitad de la calle.

Cerró los ojos.

Y estuvo así un momento largo, con la cara muy tranquila, y después abrió los ojos y señaló un tejado sin mirarlo.

—Kairu.

—…

—Kairu, que te veo.

Y de un tejado, a treinta pasos, salió una voz muy indignada:

—¡ESO ES TRAMPA!

Los sacó a los cuatro en menos de lo que había tardado Kairu en encontrar a uno.

A Randa la sacó de detrás de un puesto cerrado. A Yoko la sacó de un hueco entre dos paredes donde no cabía una persona. Y a Samui —que se había apuntado sin decir nada y que había desaparecido tan bien que nadie lo había visto irse— lo encontró la última, y lo encontró parado.

—Está debajo de la pasarela —dijo.

Y Samui salió de debajo de la pasarela.

—¿Y tú cómo haces eso? —dijo Kairu, que estaba destrozado.

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—Es que no sé. —Asuru se puso el pelo detrás de la oreja, incómoda—. Lo hago desde siempre. Cuando alguien está cerca yo… lo noto. Como cuando entras en una habitación a oscuras y sabes que hay alguien.

—Eso no lo sabe nadie.

—Yo lo sé.

Y Randa, que llevaba un rato callada, dijo una cosa que le cambió la cara a Samui.

—Eso no lo hace todo el mundo, corazón.

—…

—Eso lo hace la gente a la que le han enseñado. —Se sacudió el pantalón—. Y a ti no te ha enseñado nadie.

Y Asuru se quedó ahí de pie sin saber qué hacer con las manos, y dijo que a lo mejor era porque curaba, y que cuando uno cura tiene que buscar lo que está mal, y que a lo mejor era eso.

Y nadie la contradijo.

Y Samui la miró un momento más de lo necesario, y después dijo que se hacía tarde.

Y hay que decir una cosa, porque es de justicia.

El chico misterioso ganó.

Ganó las dos veces que jugó, y ganó sin trampas, y cuando le preguntaron dónde se había metido no lo quiso decir.

—Es que yo vivo aquí —fue lo único que dijo.

Y a Kairu aquello le pareció el argumento más injusto del mundo y estuvo protestando un rato largo.

Jugaron dos rondas más.

Y en la última, cuando ya se estaban apagando los tubos del borde, pasó una cosa que Raito recordaría muchísimo tiempo:

Que Samui se rió.

Fue una vez, y fue corto, y fue porque Kairu se cayó de un montón de cajones intentando bajar y aterrizó sentado en un charco y se quedó ahí con el gorro puesto y una cara de dignidad absoluta.

Y Samui se rió.

Con ruido y todo.

Y Raito, desde el otro lado de la calle, con la espalda contra una pared y sin aire de tanto correr, se dio cuenta de que era la primera vez desde que lo conocía.

Y cuando volvían, ya de noche, Randa se puso a su lado.

—Bueno, niño —dijo—. ¿Contento?

—Sí.

—Pues que te dure.

Y se metió las manos en los bolsillos y siguió andando dos pasos por delante, y Raito no supo si aquello había sido una broma o no lo había sido en absoluto.

VII

Los que no tenían a nadie

Y después de las escondidas, ya de noche, se quedaron fuera.

Había un sitio en la parte alta del Umbral donde la gente hacía fuego. No para calentarse, porque debajo de la barrera no hacía falta: para mirarlo. Cuatro piedras puestas en círculo, un montón de restos de madera de los que sobraban de la franja, y un banco corrido.

Estaba lleno todas las noches. Esa estaba medio vacío.

Se sentaron los cinco.

Y Randa se sentó en el otro extremo del banco, apartada, como se sentaba ella en todas partes.

Raito se quedó mirando el fuego como un idiota.

Porque llevaba desde que se cayó en aquel mundo viendo luces —de tubo, de chapa, de ojo— y ninguna hacía eso. Ninguna se movía sola. Ninguna calentaba de un lado y dejaba el otro frío. Ninguna olía.

Y Kairu, que llevaba media hora tranquilo y ya no aguantaba más, dijo lo que llevaba media hora aguantando.

—Oye.

—…

—¿Y cómo era tu familia?

Y Raito se bloqueó.

Fue corto, y fue feo, y le pasó por dentro entero: se le fue el aire, se le puso el estómago en un sitio raro y notó cómo la mano se le cerraba sola encima de la rodilla.

Y le pasó por delante lo de siempre, en el orden de siempre: una barrera dorada, una cabeza en una mano, un cráter donde había estado su casa, tres montones en una ladera y un agujero cavado que él no llegó a llenar.

—Kairu —dijo Yoko, muy bajo.

—¿Qué?

—Nada.

—No, ¿qué?

Kairu.

Y Raito levantó la mano.

—Déjalo —dijo—. Está bien.

—Si no hace falta que—

—Que está bien.

Y se lo dijo a Yoko, pero se quedó mirando el fuego, y estuvo callado un momento más, y después habló.

Y aquí hay que decir una cosa: que en el muelle nueve no habría podido.

—Éramos cuatro —dijo—. Mi abuelo, mis dos hermanos y yo.

—¿Y tus papás?

—No tenía.

—…

—Ni yo ni ellos. —Se pasó la mano por la boca—. Ninguno de los tres.

Y ahí Kairu abrió la boca y la cerró.

—Mi abuelo no era mi abuelo —dijo Raito.

—…

—O sea, era. Era mi abuelo. Pero no de sangre.

Y lo dijo así, en voz alta, y fue la primera vez en su vida que decía esa frase, y le sonó rarísima al salir.

—Nos recogió.

—¿A los tres?

—A los tres. En sitios distintos y en momentos distintos, y a mí el primero. —Se encogió de hombros—. Yo no me acuerdo de eso. Yo me acuerdo de estar ahí.

Asuru no contestó.

Estaba muy quieta, con las manos alrededor de las rodillas, mirándolo con una cara que Raito conocía perfectamente porque se la había visto una vez a él mismo en un pedazo de metal pulido.

—Yo tenía cinco años cuando llegó Dekiro —dijo—. De eso sí me acuerdo.

—¿Y era chiquito?

—Era muy chiquito. Y no lloraba bien. —Se rió sin ganas—. Se pasaba el día durmiendo y mi abuelo lo miraba mucho, y yo no entendía por qué lo miraba tanto. Y ahora sí.

Y no explicó por qué ahora sí.

—¿Y el otro? —dijo Kairu—. El grande.

—Itsumo.

—Itsumo. ¿Ese ya estaba?

—Ese ya estaba. —Raito se quedó pensando—. Ese siempre estaba. Yo no me acuerdo de un día en que no estuviera Itsumo.

—¿Y era buena gente?

Y ahí Raito tardó, y se le puso una cosa en la cara que ninguno de los cuatro supo leer.

—Era el mejor —dijo.

Y después habló un rato.

Habló de la cerca y de los cuarenta y un postes. De las cabras. Del pozo, que estaba a treinta y siete pasos de la puerta. De que su abuelo lo sentaba en el porche a estarse quieto y de que él lo odiaba. De que Dekiro le cargaba las piedras en el delantal cuando despedregaron la ladera del este. De que Itsumo tallaba conejos de madera y no sabía tallar, y le salían todos con la misma cara, y los terminaba igual.

Y lo contó bien. Sin adornarlo y sin pedir nada.

Y cuando terminó nadie dijo lo siento, que fue lo mejor que hicieron.

—Yo tampoco tenía —dijo Kairu, al rato.

—Ya lo sé.

—Ya, pero lo digo. —Le dio una patada a una brasa que se había salido y la volvió a meter—. Yo no me acuerdo de nadie. Ni de una cara. Y a veces me invento una y después se me olvida que me la inventé.

—…

—Y de eso no había hablado nunca.

Y se quedó ahí, con el gorro puesto, mirando el fuego.

Y Asuru dijo una cosa muy bajito, casi para ella.

—Yo sí me acuerdo —dijo—. Y a veces me gustaría no acordarme.

Y nadie le contestó a eso.

Y Yoko, que no había abierto la boca en toda la conversación, se levantó, se sentó otra vez un poco más cerca, y no dijo absolutamente nada.

Y en algún momento Randa, desde el otro extremo del banco, dijo lo único que dijo en toda la noche.

—Miren esto, hielo —dijo, sin volverse—. Cuatro huérfanos y un fuego.

—Randa.

—Es que es bonito, en su cosa.

Y se levantó y se fue a dormir.

Y Raito se quedó ahí hasta que el fuego se puso naranja y después rojo y después nada.

Y se dio cuenta de dos cosas.

La primera, que había contado lo de su casa entero, en voz alta, delante de gente, y que no se le había roto nada por dentro.

Y la segunda, más rara, que le costó más de entender:

Que le había hecho bien.

VIII

Los que preguntan

Y esa noche, mientras Raito dormía en un pueblo, dos cosas se movieron en direcciones distintas.

Llegaron por la mañana, y no llamaron la atención de nadie.

Dos personas. Una mujer y un hombre, con ropa normal, sin costura de luz en el hombro, bajando de una nave pequeña que amarró donde amarran todas.

Se pusieron en la cola del control como se pone cualquiera, y esperaron su turno detrás de una familia con cajas, y no adelantaron a nadie.

Eso también era del oficio.

—Buenas.

—Buenas. ¿Motivo?

—Buscamos gente.

El del control levantó la vista por primera vez.

—Aquí todo el mundo busca gente.

—Ya. —La mujer puso un papel encima de la mesa y no lo soltó—. Nosotros buscamos una nave. Reparada, mal, con una costura de chapa en el costado. Habría entrado hace poco.

—Aquí entran naves.

—Con cuatro jóvenes.

—Aquí entran jóvenes.

—Y un hombre con el pelo partido, blanco de un lado y negro del otro. Con los ojos disparejos.

Y ahí el del control tardó medio segundo de más en contestar, y no contestó, y ese medio segundo fue toda la respuesta que hacía falta.

—Mire —dijo, y se le puso la voz de la gente que no quiere problemas—. Yo aquí apunto lo que entra. No apunto los pelos.

—Ya.

—Y si viniera alguien así, yo no me acordaría.

—Ya.

—Y si me acordara, tampoco es asunto mío.

La mujer asintió despacio, como si estuviera completamente de acuerdo, y guardó el papel.

Y sacó otro.

—¿Y de una mujer de por aquí de cuarenta y tantos, que le suena a todo el mundo y que nadie sabe de dónde es?

—Aquí hay ocho así.

—Ya. —La mujer asintió—. Siempre hay ocho así.

Y sacó otro papel.

—¿Y de un chico que cojea?

Y el del control se quedó mirando la mesa.

Porque un pelo se olvida. Y una nave se olvida. Y cuatro jóvenes hay ochenta en aquel pueblo.

Pero un chico que cojea y que estuvo arreglándole el canalón a la Nera, y al que los críos siguen por la calle, ese no se olvida, y en un pueblo de ese tamaño lo conoce todo el mundo, y él lo sabía, y ellos sabían que él lo sabía.

—No sé —dijo.

—Bueno.

Y ella no insistió, que fue lo peor de todo.

Recogió sus papeles, le dio las gracias, y se fue con el otro hacia el pueblo, andando despacio, sin prisa ninguna.

Como anda el que ya ha encontrado lo que venía a buscar y solo está comprobándolo.

Y cuando llevaban veinte pasos, el del control hizo una cosa que llevaba once años sin hacer.

Se levantó de la mesa.

Se asomó a la calle, miró hacia donde se habían ido, y estuvo un momento ahí de pie sin decidirse.

Y después volvió a sentarse, y siguió apuntando lo que entraba.

Porque él tenía una familia, y porque no era asunto suyo, y porque de todas maneras aquella gente se iba a enterar igual.

Y porque no sabía dónde vivían los chicos.

IX

El nombre que no importa

Raito estaba comprando algo cuando lo oyó.

—¡DEKIRO!

Y se le paró el mundo.

Se dio la vuelta tan rápido que se le fue la pierna y tuvo que agarrarse a un poste, y se quedó ahí, con la mano en el poste y la respiración hecha un desastre, buscando en una calle llena de gente.

Y lo que había era un hombre de cuarenta años, gordo, con un delantal sucio, que salió por una puerta secándose las manos y le contestó a la mujer que lo había llamado.

—¡Que ya voy!

Raito se quedó agarrado al poste un rato largo.

—¿Estás bien? —dijo el crío.

—Sí.

—Te has puesto blanco.

—Que sí.

Y el crío miró al hombre del delantal, y miró a Raito, y ató lo único que se puede atar a esa edad.

—¿Lo conoces?

—No.

—¿Y entonces?

—Es que… —Raito se soltó del poste—. Es que ese nombre lo tenía alguien que yo conocía.

—Ah. —El crío se encogió de hombros—. Aquí hay tres o cuatro.

—¿Tres o cuatro?

—Es un nombre viejo. —Lo dijo con la naturalidad con la que se dicen las cosas que todo el mundo sabe—. Se lo ponen a los que nacen flojos.

—¿Cómo que a los que nacen flojos?

—A los chiquitos. A los que salen mal. —Señaló al hombre del delantal, que ya se estaba metiendo otra vez para dentro—. Ese nació de siete meses y no le daban dos días. Y mírale.

—…

—Se lo ponen a ver si agarran —dijo el crío—. Mi mamá dice que es una tontería, pero se lo ponen igual.

Y se fue a mirar otra cosa.

Y Raito se quedó en mitad de la calle con una cosa fea dentro.

Porque durante medio segundo —medio, no más— él había creído.

Y no se lo iba a decir a nadie nunca, y por eso se lo dijo a sí mismo ahí de pie, para acabar con ello: que llevaba desde el incendio buscándole un sentido a lo que le había pasado, y que el sentido no existía, y que el mundo estaba lleno de gente con el nombre de su hermano.

Y que eso no significaba nada.

Que nunca había significado nada.

Y lo peor no fue eso.

Lo peor fue lo que se le ocurrió después, andando ya de vuelta, con el crío tres pasos por delante señalando cosas rotas.

Que si a los que nacen flojos les ponen ese nombre a ver si agarran, entonces alguien, en algún sitio que él no había visto nunca, había mirado a un recién nacido chiquitín que no lloraba bien y había decidido lo mismo.

Y que ese alguien no había sido su abuelo.

Ese alguien había sido gente que él no conoció, en una casa que él no vio, y de la que Dekiro no habló nunca — porque Dekiro no se acordaba, o porque nadie le había contado nada, o porque las dos cosas.

Y que a él, en dieciocho años, nunca se le había ocurrido preguntar de dónde venía el nombre de su hermano.

Se lo había preguntado todo. Menos eso.

X

Mañana no

Se lo dijo esa tarde, y se lo dijo mal.

—Me voy.

—¿Adónde?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

Y Raito se dio cuenta, con esa cosa que se le pone a uno en la garganta, de que era verdad: que no lo sabía, y que llevaba meses sin saber adónde iba, y que se había acostumbrado.

—A un sitio.

—Ah.

El crío no lo entendió.

Eso fue lo que más le costó a Raito de todo aquel día: que el crío no puso cara de tristeza, ni de enojo, ni de nada de lo que él estaba preparado para aguantar.

Puso cara de estar organizando su semana.

Y Raito, que se había pasado la tarde entera preparando cómo decírselo, se quedó ahí de pie con todo el discurso dentro y sin sitio donde ponerlo.

—¿Y cuándo vuelves?

—…

—¿Mañana?

—Mañana no.

—¿Pasado?

—Pasado tampoco.

—Bueno, ¿pero cuándo?

Y ahí Raito hizo una cosa que después le iba a costar muchísimo.

Se agachó, para quedarse a su altura, y se lo dijo mirándolo a la cara, que es la peor manera de decir una mentira que uno todavía no sabe que es mentira.

—Cuando pueda.

—¿Y eso cuándo es?

—Pronto.

—¿Pronto es mucho?

—Pronto es pronto —dijo Raito—. Voy a volver.

Y el crío se quedó satisfecho con eso.

—Bueno.

—…

—¿Y me vas a enseñar lo de las paredes?

—Te voy a enseñar lo de las paredes.

—¿Y lo de por qué se mueve el suelo?

—También.

—Bueno.

Y se puso a darle patadas a una piedra, y ya estaba pensando en otra cosa, porque para él no había pasado nada.

Y después se metió la mano en el bolsillo.

—Toma.

Y le puso una cosa en la mano.

Era un trozo de alambre. Uno de los que habían sobrado del canalón, doblado en un círculo torpe, con las puntas mal juntadas y clavándose hacia fuera.

—¿Y esto?

—Para que te acuerdes.

—…

—Es que si no te lo doy, se te olvida. —Se limpió la nariz con la manga—. A la gente se le olvida.

Y Raito cerró la mano.

—No se me va a olvidar.

—Ya. Pero por si acaso.

Y después, mirando la calle:

—A mi papá se le olvidó.

Y no explicó cuál de las dos cosas, y Raito no le preguntó.

Y ahí, en un escalón de una calle de un pueblo colgado del borde del mundo, Raito hizo la única promesa que había hecho desde que se cayó en aquel mundo.

Y la hizo entera, y en voz alta, y sin ponerle condiciones.

Que era exactamente lo que llevaba sin poder hacer desde que se cayó en aquel mundo.

Y que era, palabra por palabra, la misma clase de promesa que le habían hecho a él una vez, sentado en una ladera, un poco antes de que se acabara el mundo.

¿Mañana todavía vamos al pueblo?

Claro.

Y esa no se le ocurrió.

XI

Los que se despiden

Y por la mañana pasó una cosa pequeña que nadie relacionó con nada.

Kairu bajó a comprar algo y volvió diciendo que había visto a dos que no eran del pueblo preguntando en la calle de abajo, y que uno le había mirado.

—Aquí todo el mundo mira —dijo Asuru.

—Ya. Pero este me miró la cara.

Y Yoko, que estaba atándose una cosa, levantó la vista.

—¿Y tú qué hiciste?

—Nada. Seguir andando.

—Bien.

Y no se habló más del asunto, porque en media hora se iban.

Kairu no se quería ir y lo dijo hasta el final.

Lo dijo en la puerta, lo dijo en la calle, lo dijo subiendo la pasarela y lo dijo dentro de la nave, y en algún momento Yoko le dijo que si tanto le gustaba se quedara, y Kairu se calló de golpe y se puso rojo y dijo que no, que él iba donde fueran ellos.

Y esa fue la cosa más grande que dijo Kairu en todo el tiempo que Raito lo conoció, y la dijo enojado y de espaldas, y nadie hizo ningún comentario.

Y se sentó en un cajón, y no se quitó el gorro en toda la travesía.

Asuru fue a despedirse de la mujer del canalón.

Volvió con un paquete envuelto en un trapo, que era comida para el camino, y con la cara de alguien que ha estado a punto de llorar y ha decidido que no.

—¿Qué te ha dicho?

—Que volvamos.

—…

—Y que la próxima vez le arreglen la tina —dijo Asuru—, que también está rota.

Y después, más bajo, para nadie:

—Me ha dado un abrazo.

—¿Y?

—Que hacía mucho que no me daba uno nadie que no fuera ustedes.

Y Yoko contó las salidas.

Raito la vio hacerlo desde la pasarela: de pie en mitad de la calle, girando despacio, con los ojos yendo a las esquinas y a los tejados y a los callejones, igual que el primer día.

Solo que esta vez no paró a la mitad.

Llegó hasta el final.

—¿Cuántas? —le dijo, cuando subió.

—Veintiséis.

—¿Y eso es bueno?

Y Yoko se quedó un momento mirando el pueblo desde el borde de la pasarela.

—Es un sitio del que se puede salir por veintiséis lados —dijo—. Eso quiere decir que también se puede entrar por veintiséis.

Y se metió para dentro.

Randa subió la última, y antes de subir se paró en la pasarela y se dio la vuelta y miró el pueblo entero, despacio, de un lado a otro, como se mira una habitación de la que uno sale sabiendo que no va a volver.

Y no dijo nada.

Y Raito, que estaba dos pasos por detrás, tampoco le preguntó.

XII

Lo que se queda atrás

La nave salió con el zumbido feo de siempre.

Se levantó, se corrigió sola, y el pueblo empezó a hacerse pequeño debajo, y los cuatro se fueron a la escotilla de atrás porque a los cuatro se les ocurrió lo mismo a la vez, y esta vez no hizo falta que ninguno lo dijera.

Desde arriba, el Umbral se veía entero.

Las casas puestas unas encima de otras, agarradas al borde. Las cuerdas de la ropa. La barrera remendada, con los parches que ya no se distinguían desde aquella altura. Los tubos violeta encendiéndose a su hora, todos a la vez, porque eso también lo había decidido alguien.

Y en la franja del fondo, muy chiquito, un punto rosa.

—Ahí está —dijo Kairu, y no dijo qué.

Y se quedó mirándolo hasta que se hizo tan pequeño que ya no se distinguía de la tierra.

Y en algún momento se metió la mano en el bolsillo y comprobó una cosa, y volvió a sacarla, y no enseñó qué era.

Y en una calle, cerca del centro, había una figura pequeña.

Estaba parada en mitad de la calle, con la cara hacia arriba.

Y levantó una mano.

No la movió. La levantó y la dejó ahí, quieta, hasta que la nave se metió en la franja y ya no se pudo ver nada.

Y Raito la levantó también, aunque ya no servía de nada, porque desde abajo la escotilla de una nave es un agujero negro y ahí dentro no se ve a nadie.

La levantó igual.

Y no se le ocurrió —y tardaría mucho en ocurrírsele, y cuando se le ocurriera iba a ser en el peor momento posible— que había visto a otra persona despedirse exactamente así, en el borde de otra cosa, hacía muy poco.

Se quedó en la escotilla cuando bajaron los otros.

Tenía en la mano un trozo de alambre doblado en un círculo torpe, con las puntas mal juntadas.

Lo miró un rato. Le dio la vuelta. Le apretó las puntas con los dedos para que no se clavaran, y le salió mal, y lo dejó como estaba.

Y se lo guardó en el bolsillo de dentro, contra el pecho.

Y estaba a punto de bajar cuando vio la otra nave.

Iba muy lejos, por debajo de ellos, en la ruta, y no era grande. Un punto de luz moviéndose sobre el hielo, en dirección contraria.

Raito la siguió con la vista hasta que se perdió, y no pensó nada.

Y arriba, en el puente, Samui la vio también.

Y tampoco contestó.

Pero volvió a mirar el instrumento que tenía a la izquierda dos veces más de las que hacía falta, y en la segunda dejó la mano encima un momento, y después la quitó.

—¿Qué pasa? —dijo Randa, que estaba detrás.

—Nada.

—Hielo.

—Que no pasa nada.

Y Randa se apoyó en el marco, se cruzó de brazos, y se quedó mirando el mismo sitio del cristal que estaba mirando él.

—Ya —dijo—. A mí tampoco.

Fin del Capítulo Trece