El brazo
Lo primero que hizo Raito por la mañana fue intentar levantar un brazo.
Y no pudo.
Lo intentó otra vez, con más ganas, y el brazo subió unos dedos y se le volvió a caer encima del pecho como si se lo hubieran soltado desde arriba.
—Ay —dijo.
—Buenas —dijo Kairu.
—…
—Buenas, Raito.
Y lo dijo desde algún sitio, con un tono que a Raito no le gustó nada, porque era el tono de alguien que se está guardando una cosa.
Giró la cabeza. Le costó.
Kairu estaba sentado.
Sentado en el borde del jergón, con la espalda recta, el gorro puesto y las manos en las rodillas, mirándolo con una cara de dignidad absoluta.
—¿Cómo has hecho eso?
—Con esfuerzo.
—¿Desde cuándo llevas así?
—Un rato.
—¿Cuánto rato?
—Un rato largo, Raito.
Y siguió ahí sentado sin moverse, porque probablemente no podía moverse, y desde luego no pensaba tumbarse otra vez delante de nadie.
Yoko lo consiguió a los diez minutos y no lo anunció.
Asuru lo consiguió antes que ninguno y tampoco lo dijo, y cuando Kairu se enteró le pareció una traición personal.
Y Raito fue el último.
Y ahí, sentados los cuatro en el suelo de un cuarto de piedra, sin poder casi con los brazos, pasó una cosa que ninguno de ellos habría sabido explicar.
Se pusieron a hablar de tonterías.
De que Kairu roncaba. De que Yoko dormía de lado y con una mano debajo de la cara, cosa que ella negó. De si el cuarto olía a algo o no olía. De que Asuru había dicho una palabra en sueños y no se acordaba de cuál.
Y estuvieron así media hora.
Y en toda esa media hora ninguno se acordó de dónde estaban.
En algún momento entró un hombre.
Tendría cincuenta años y llevaba un delantal de cuero, y no se presentó. Se quedó en la puerta, los miró a los cuatro y contó con la barbilla.
—Cuatro.
—…
—Hoy no hacen nada. —Dejó una jarra en el suelo—. Beban. Los va a marear todo el día y eso es normal. Si se caen, se levantan solos. Y si no se pueden levantar, se quedan.
—¿Y ya está? —dijo Kairu.
—Y ya está.
Y antes de irse hizo una cosa que a Raito le pareció rarísima y que se le olvidó a los dos minutos.
Se paró en la puerta.
Se volvió a medias, miró hacia donde estaba Raito, abrió la boca, y no dijo nada.
Y se fue.
La guía
Vino a buscarlos después.
Era una mujer de unos treinta, baja, con los brazos de alguien que carga cosas y el pelo cortado a la altura de la mandíbula. Entró, los miró y no sonrió.
—Kaede —dijo—. Vengo a llevarlos.
—Encantado —dijo Kairu.
—Ya.
—Yo soy Kairu.
—Ya.
—…
—Están en el libro —dijo ella—. Los cuatro. Con la hora y todo.
—¿Y usted lo ha leído?
—Yo lo he escrito.
Y siguió andando.
No era antipática. Eso fue lo que a Raito le costó explicarse después.
Estaba trabajando.
Los sacó al corredor, los puso en fila, comprobó que los cuatro se tenían de pie y empezó a soltar cosas mientras andaba, sin volverse a mirar si la seguían.
—Se come en el tercer nivel, en el sitio largo. Si llegan tarde, no hay. Si llegan muy tarde, tampoco hay mañana.
—…
—No se entra en las galerías. No se entra en el hospital si no están sangrando. Y no se acercan al agua.
—¿Por qué no? —dijo Asuru.
—Porque se caen.
—Ya, pero digo—
—Porque se caen, criatura. —Kaede siguió andando—. Aquí todo el mundo pesa el triple y el agua está a un paso de la calle, y a mí me toca sacar a dos al mes. Y no todos salen.
—¿Y no le ponen una baranda? —dijo Raito.
Y ahí Kaede se paró por primera vez, y se volvió, y lo miró de arriba abajo como si acabara de aparecer.
—¿Qué?
—Una baranda. —Se encogió de hombros—. O una cuerda. Una cuerda de lado a lado, a la altura de la rodilla, cada veinte pasos. No para el que se tira: para el que se resbala.
—…
—Es que si se caen por resbalar, eso se arregla.
Y Kaede se lo quedó mirando un momento más de lo normal.
—Aquí siempre ha sido así —dijo.
—Ya. Perdone.
Y volvió a andar, y ya no comentó nada, y a los cuatro pasos Raito la vio mirar el canal de otra manera.
Y a mitad del corredor dijo la cosa que a Raito se le quedó dentro todo el día.
—Y una cosa más, porque se lo van a preguntar y me ahorro tenerlo que decir cuatro veces.
Se paró. Se dio la vuelta.
—Ustedes no vienen a vivir aquí.
—…
—Ustedes vienen a formarse. Esto no es un pueblo que recoge gente: es un sitio que prepara a la gente para una cosa. —Se echó el pelo hacia atrás—. Si lo que buscaban era una casa, hay sitios peores para pasar un invierno. Pero la casa no es esto.
Y volvió a andar.
Y a Raito, por alguna razón, aquello le sentó mejor que si le hubieran dado la bienvenida.
La ciudad
Y entonces empezó el día más largo de su vida.
Bajaron, y bajar era una manera de decirlo, porque en Ashita no se bajaba: se iba de un nivel a otro por escaleras exteriores, por rampas de madera y por unas plataformas de cuerda que subían y bajaban con contrapeso, y Raito miró aquellas plataformas con muchísimo interés hasta que entendió cómo funcionaban y se quedó tranquilo.
Y a media mañana ya había visto más gente que en toda su vida junta.
Eso no es una manera de hablar. Raito hizo la cuenta, porque no pudo evitarlo, y le salió que en su pueblo entero —el de arriba, el de antes, el que estaba enterrado debajo de una ciudad— vivían unas ciento veinte personas.
Y en la primera calle de Ashita contó ochenta antes de rendirse.
Y lo que le pasó aquella mañana no fue asombro.
El asombro Raito ya lo conocía: lo había tenido en la escotilla de una nave viendo salir una montaña del hielo, y lo había tenido en el borde de una caverna sin poder levantarse del suelo, y las dos veces había sido lo mismo — una cosa grande que se le venía encima de golpe y le apretaba el pecho.
Esto era otra cosa, y le costó todo el día ponerle nombre.
Porque iba andando por una calle estrecha con la ropa tendida cruzando por encima de su cabeza y con el canal a un paso echando su luz hacia arriba, y veía a una mujer discutiendo un precio con las manos en las caderas, y a un hombre subiendo una escalera con un saco al hombro, y a dos críos peleándose por un sitio en un escalón, y a un viejo sentado en una puerta pelando algo, y a un perro —había un perro, tallado en madera, con una pata de menos, tumbado al sol que no existía—, y a una mujer llamando a alguien desde una ventana de un tercer piso por un nombre que él no conocía, y en todo eso, en todo aquello junto, no había ni una sola cosa extraordinaria.
Eran personas haciendo lo suyo.
Y eso era lo increíble.
Y a Raito, que llevaba dieciocho años sin salir de una cerca de cuarenta y un postes y después unas semanas viendo cómo se acaba un mundo, le pasó una cosa por dentro que no supo dónde poner.
Que él había creído, sin decírselo nunca en voz alta, que la vida normal era una cosa que se había terminado. Que existió en su casa, y que se quemó con su casa, y que lo que quedaba era gente sobreviviendo con más o menos suerte.
Y resulta que no.
Resulta que estaba ahí abajo, debajo de todo, tan tranquila, colgando ropa.
Porque Raito llevaba desde que se cayó en aquel mundo viendo gente aguantar.
Gente en un muelle amarrado con cuerdas. Gente pagando por entrar debajo de una cúpula. Gente en una posta esperando un depósito que no llegaba. Gente escondiéndose la cara para que no le vieran los ojos. Gente muerta debajo de una plancha de chapa en una llanura sin final.
Y ahí abajo, debajo de todo, había una mujer discutiendo un precio.
Y Raito se paró en mitad de la calle, y se apoyó en una pared, y estuvo un rato sin poder tragar.
—¿Qué te pasa? —dijo Asuru.
—Nada.
—Raito.
—Que no me pasa nada. —Se limpió la cara con la manga—. Es que hay una señora regateando.
—…
—Es que hay una señora regateando, Asuru.
Y Asuru no le preguntó nada más, porque lo entendió, y porque a ella se le había puesto la misma cara diez minutos antes por otra cosa.
El bicho
Y en el cuarto nivel, delante de una tienda de cuerdas, había un animal.
Raito lo vio de lejos y pensó que era un perro. Después pensó que era un perro gordísimo. Y después, cuando ya estaban a diez pasos, dejó de saber lo que era.
Era del tamaño de un perro grande. Todo él era pelo — pelo largo, castaño, de un tono que en aquella luz tiraba a dorado — y de todo aquel pelo lo único que se le distinguía eran dos ojos negros muy juntos y muy redondos, y una boca pequeña.
No tenía cuello.
Tenía cuatro patas cortas.
Y estaba sentado en mitad de la calle, sin hacer nada, mirando al frente.
—¿Y eso? —dijo Kairu.
—Es Kyūba —dijo Kaede, sin pararse.
—¿Y qué es un Kyūba?
—Eso.
Y siguió andando.
Kairu se paró delante del bicho y se agachó.
—Hola.
—Kyūba —dijo el bicho.
Kairu se levantó de golpe.
—ME HA HABLADO.
—No te ha hablado —dijo Yoko.
—¡ME HA DICHO ALGO!
—Te ha dicho kyūba.
—PUES ESO.
Y entonces pasó una cosa que a Raito se le quedó grabada.
Se acercó una mujer con un crío de la mano. La mujer no miró al bicho, ni se paró, ni le pareció raro nada; simplemente se agachó al pasar, le dijo al bicho una palabra que Raito no entendió, y siguió andando.
Y el bicho abrió la boca.
Y muchísimo más de lo que le cabía en la cara.
Y de dentro salió una pera.
Salió entera. Salió limpia. Salió seca. Cayó al suelo, rebotó una vez, y el crío la recogió sin decir nada y se la comió mientras se iban.
Los cuatro se quedaron ahí de pie.
—Kaede —dijo Asuru, con mucha educación—. ¿Qué acaba de pasar?
—Que ese bicho da fruta.
—…
—¿Y de dónde la saca? —dijo Raito.
—De dentro.
—¿Y quién la mete?
Y Kaede se paró por fin, y se lo pensó, y contestó una cosa que no explicaba absolutamente nada.
—Nadie la mete —dijo—. Está.
Y siguió andando.
Kairu tardó cuatro calles en recuperarse.
—Es que da fruta —decía—. Que da fruta, Raito.
—Ya lo he visto.
—Que es un bicho y da fruta.
—Kairu.
—Y no le hace falta comer, ¿eh? Yo lo he mirado. Ese bicho no tiene por dónde comer.
—Kairu, cállate.
—ES QUE DA FRUTA.
—Kairu, en serio.
—Es que tú no lo estás procesando bien, Raito. —Iba andando hacia atrás para poder mirarlos a los tres a la vez—. Yo he pasado hambre. ¿Vale? Yo he pasado hambre de verdad, de la de acostarse. Y aquí hay un bicho en la calle que le da fruta a la gente y a nadie le llama la atención.
—…
—Y no está atado. Ni tiene dueño. Ni nadie lo vigila.
Y se paró.
—Es que si en el vertedero hay un bicho que da fruta, ese bicho dura una hora —dijo—. Una. Y aquí lleva ahí sentado quién sabe cuánto.
Y siguió andando, y ya no dijo nada más de eso.
Y a Raito se le quedó dentro, porque le pareció que Kairu, sin darse cuenta, acababa de explicar aquella ciudad mejor que nadie.
Las cosas pequeñas
Y esa tarde empezó lo otro.
Empezó tan poco a poco que Raito tardó en darse cuenta, y cuando se dio cuenta ya llevaba un tiempo pasándole.
Fue así.
En el sitio largo del tercer nivel, comiendo, le pusieron más.
No mucho más. Un cazo y medio en vez de un cazo. Y a los de al lado un cazo.
Y Raito lo vio, y pensó que se habían equivocado, y se calló porque tenía hambre.
Después fue una mujer.
Iba por una calle del quinto, entre gente, y una mujer que venía en dirección contraria le tocó la manga al pasar.
No fue un roce. Fue que estiró la mano y le agarró la manga con dos dedos, un segundo, sin pararse.
Y siguió andando.
Y cuando Raito se volvió, ella ya iba de espaldas.
Después fue un crío.
Uno de nueve o diez años que se le puso delante, muy serio, con las manos a la espalda, y le preguntó una cosa rarísima:
—¿Tú te quedas?
—¿Qué?
—Que si te quedas.
—…
—Pues no lo sé.
Y el crío asintió como si aquello fuera una respuesta aceptable, y se volvió, y le dijo a alguien que estaba tres puertas más allá:
—Dice que no lo sabe.
Y se fueron los dos.
Después fue en el sitio largo, otra vez.
Un hombre se sentó enfrente, un hombre de mediana edad al que no había visto nunca, y comió sin decir nada, y a mitad de la comida levantó la vista y le preguntó:
—¿Estás bien aquí?
—Sí.
—¿Te tratan bien?
—Sí.
—Bueno. —Y volvió a su plato—. Si no, me lo dices.
Y Raito se quedó con la cuchara en el aire, porque aquel hombre no era nadie, no trabajaba en nada que tuviera que ver con él, y le acababa de ofrecer una cosa que no estaba en su mano dar.
Y después fue el viejo del carro.
Un hombre mayor que iba empujando un carro cargado, en una rampa, y Raito le echó una mano por costumbre, porque llevaba dieciocho años echándole una mano a la gente que sube cosas por una cuesta.
Y arriba, cuando el carro estuvo arriba, el hombre se volvió, le puso una mano en el hombro y le dijo:
—Gracias.
Y no lo dijo por el carro.
Eso Raito lo supo perfectamente, porque llevaba toda la vida oyendo cómo se dan las gracias por un carro, y aquello no era eso. Aquello era otro tipo de gracias, más largo, con un poco de temblor debajo.
Y el hombre se fue con su carro.
Y esa noche, tirado en el jergón, Raito le dio vueltas.
—Oye.
—Mmm.
—¿A ustedes les están dando más comida?
—No —dijo Kairu, medio dormido—. A mí me dan lo mismo que a todos y me parece poquísimo.
—…
—¿Por?
—Por nada.
Y se quedó mirando el techo.
El agua
Y al día siguiente fue al lago.
No fue a propósito. Le habían dicho que no se acercara al agua y él no pensaba acercarse al agua; lo que pasó es que bajó a buscar a Asuru, y para bajar al primer nivel hay que pasar por el borde, y en el borde el lago está ahí.
Y Raito nunca lo había visto de cerca.
Se paró.
De lejos, desde arriba, el lago era una mancha luminosa entre las raíces.
De cerca era otra cosa.
De cerca se veía que la luz no estaba encima del agua ni debajo del agua: estaba en el agua, repartida, moviéndose despacio en corrientes anchas que iban de un lado a otro sin ningún viento que las moviera, como se mueve la sangre debajo de una piel muy fina. Y donde el agua era más honda, la luz era más azul. Y donde lamía la piedra, era casi verde. Y de vez en cuando, muy abajo, pasaba una corriente más clara que las otras y tardaba en pasar, y mientras pasaba todo el borde del lago se ponía un poco más claro, y después volvía.
Y no hacía ruido.
Un lago de aquel tamaño tendría que haber hecho ruido, y no hacía ninguno, porque no tenía viento que lo rizara ni orilla que lo golpeara: solo estaba, enorme y quieto y encendido, con el árbol saliéndole del medio.
Raito se agachó en el borde.
Y se vio.
Y lo que vio no fue su cara.
Su cara estaba, en algún sitio, oscura contra la luz. Pero lo que se veía en aquella agua, lo que se veía de verdad, era lo que salía de él.
Le salía de las manos. Le salía del cuello. Le salía de la cara, de un ojo, de la pierna de metal, en hebras finas que subían un palmo y se apagaban en el aire.
Y desde arriba no se notaba.
Y ahí abajo, contra el agua, se veía entero.
Se quedó mirándose mucho rato.
Porque llevaba desde el muelle nueve oyéndoselo decir a la gente — se te ve, se te sale, eres un faro — y lo había creído siempre, y nunca lo había mirado.
Y era verdad.
Era muchísima.
Y le pasó una cosa que no esperaba, que fue que no le dio miedo.
Porque cada vez que alguien le había dicho aquello, se lo había dicho como una advertencia. Se te ve. No te escondes. Cualquiera te encuentra. Y él había aprendido a oír esa frase como se oye una amenaza.
Y ahí, agachado en el borde de un lago que era la única razón por la que aquella ciudad tenía luz, en un sitio donde todo el mundo llevaba el ojo encendido y nadie se tapaba la cara, aquello no era una amenaza.
Era simplemente lo que había.
Y le vino una cosa a la cabeza que no había pensado nunca y que lo dejó tonto un rato largo.
Que si aquel lago daba luz, y las raíces subían esa luz por el tronco, y el tronco la repartía por las ramas, y de las ramas caía sobre las casas — entonces aquella ciudad entera funcionaba exactamente igual que él.
Una cosa que tiene luz dentro y no puede evitar darla.
Y él llevaba desde el muelle nueve creyendo que eso era un defecto.
Y a su espalda, alguien dijo:
—Ahí es donde mejor se ve.
Era un hombre con dos cubos. Ni se paró.
—Aquí bajan todos —dijo, ya de lado—. Al principio. Todos se agachan a mirarse.
Y siguió andando.
La plaza
Randa apareció a media mañana.
Apareció como aparecía ella — sin avisar, sin que nadie la hubiera visto llegar, con las manos en los bolsillos y andando por en medio de la calle como si la calle fuera suya — y los encontró a los cuatro en la plaza del cuarto nivel, mirando hacia arriba con la boca abierta.
Estuvo un rato observándolos desde atrás.
Y después dijo:
—Cierren la boca, que entra polvo.
—¡Randa!
—Hola, corazón.
—¿Dónde se había metido?
—Por ahí.
Y se puso al lado de Raito, y miró hacia donde estaban mirando ellos, que era el árbol, y se le puso una cara de aburrimiento monumental.
—A ver —dijo—. Que me lo expliquen.
—¿El qué?
—Ustedes. —Los señaló a los cuatro con la barbilla—. Ustedes vienen de una ciudad de doscientos pisos con una cúpula encima. Han estado en un muelle colgado de unas cuerdas encima de la nada. Han cruzado un mar que se congeló en una noche y han rodeado una montaña que empuja el techo del mundo.
—…
—Y les tiene pasmados un árbol.
—Es que es muy grande —dijo Kairu.
—Es un árbol.
—Es muy grande, Randa.
—Es un árbol grande, mi vida. —Se encogió de hombros—. Lo grande lo han visto ya. Lo han visto más grande.
Y ahí Raito, sin apartar la vista de la calle, dijo lo suyo.
—No es el árbol.
—…
—A mí no me tiene pasmado el árbol. —Señaló con la barbilla la plaza entera, los puestos, la gente, una cuerda con ropa tendida cruzando por encima—. Es que hay una señora ahí colgando ropa.
Randa se volvió a mirarlo.
—Y hay críos —dijo Raito—. Y hay una vieja que le está gritando a otra por algo que pasó ayer. Y hay un tipo que se ha comprado algo y le ha parecido caro.
—…
—Todo lo que he visto desde que me caí era gente aguantando. Y aquí abajo la gente discute.
Y se quedó callado.
—Eso es lo grande —dijo—. Que aquí a la gente le da tiempo a discutir por tonterías.
Randa tardó un momento en contestar.
Y después dijo una cosa en un tono distinto, y a Raito se le encendió una alarma sin saber por qué.
—Todo esto es del líder —dijo.
—¿Cómo que del líder?
—Que todo esto es suyo. Que esto no estaba aquí y ahora está, y está porque él lo puso. —Miró hacia arriba, hacia la copa—. Cada piedra de esta caverna la abrió alguien porque él dijo dónde.
—…
—Y ese hombre —dijo Randa— te tiene a ti en muchísima estima.
Raito se volvió del todo.
—¿Qué?
—Lo que oyes.
—Yo no lo conozco.
—Ya.
—Randa, que yo no he hablado con ese hombre en mi vida. Que yo llegué hace nada. Que yo no—
—Mira —dijo ella—. Te lo enseño y te callas.
Y a Raito se le puso el estómago en un sitio raro, porque a Randa se le había ido la guasa de la cara.
—Randa.
—No te asustes.
—Randa.
Y ella dio dos pasos hacia el medio de la plaza.
Y habló alto. Sin gritar. Con esa voz que le salía cuando quería que la oyeran, que era la misma con la que había parado un garito lleno de gente hacía una eternidad.
—Buenas.
Se volvieron cuatro o cinco cabezas.
—Miren. —Y señaló hacia atrás con el pulgar, sin volverse, como quien señala un saco—. Este es Raito Jikan.
Y la plaza no se paró.
Eso fue lo peor.
No se hizo un silencio, ni se cayó nada al suelo, ni nadie soltó lo que llevaba en las manos. La mujer de la ropa siguió tendiendo. El de las cuerdas siguió midiendo. Los críos siguieron con lo suyo en el escalón.
Lo que hicieron fue bajar la cabeza.
Primero uno.
Un hombre que estaba a quince pasos, de espaldas, que se volvió al oír el nombre, y se quedó un momento quieto, y bajó la cabeza. Despacio. Hasta abajo. Y la volvió a subir y siguió con su carro.
Después una mujer, en un puesto, que dejó lo que estaba pesando, se limpió las manos en el delantal, bajó la cabeza y volvió a pesar.
Después dos de un balcón.
Después el viejo de la puerta, que tardó más porque tenía que soltar lo que estaba pelando.
Después la de la ropa tendida, con una pinza en la boca.
Y después la plaza entera, en desorden, cada uno cuando le llegó, unos hasta abajo y otros con un gesto pequeño y uno que solo cerró los ojos un momento.
Y ninguno paró lo que estaba haciendo.
Y hay que decir lo que Raito vio desde donde estaba, porque él no lo contó nunca y porque no hay otra manera de contarlo.
Vio bajar cientos de cabezas.
En la plaza, en las escaleras, en los balcones de los tres niveles que daban a la plaza, en las pasarelas que la cruzaban por encima, en las ventanas.
Y en cada una de esas cabezas había un ojo encendido.
De modo que lo que bajó no fueron cabezas.
Fueron cientos de luces.
Cientos. Bajando a la vez, en desorden, cada una a su altura y cada una de su color — un azul en un balcón, dos verdes en un puesto, un amarillo detrás de una cuerda de ropa, un morado muy pálido en una ventana del tercero — bajando todas, quedándose abajo un momento, y volviendo a subir.
Y Raito se quedó en el medio.
Quieto, con las manos abiertas, en el centro de un sitio donde de pronto había cientos de luces y todas se habían inclinado hacia él.
Fueron seis segundos.
Y después la plaza siguió exactamente igual que antes, con el mismo ruido, con la misma vieja gritándole a la otra, y con la misma señora colgando la misma ropa.
Como si no hubiera pasado nada.
Como si aquello fuera una cosa que se hace, igual que se saluda, y ya está.
Raito no se movió.
Tenía las dos manos abiertas a los lados y no sabía qué hacer con ellas. Se le había subido todo el calor a la cara. Y por dentro le funcionaba una sola cosa, muy fuerte y muy tonta, y era la de darse la vuelta y echar a andar.
—Randa —dijo, y le salió un hilo—. Randa, qué ha sido eso.
—Eso llevaban esperándolo.
—¿El qué?
—A ti.
—Yo no he hecho nada.
—Ya lo sé.
—Que yo no he hecho nada, Randa. —Y ahí le subió la voz, y dos personas se volvieron y volvieron a lo suyo—. Que yo me caí de un sitio. Que no elegí nada. Que llevo desde que llegué aquí sin poder levantar un brazo del suelo. Que yo no sé nada de este mundo.
—Ya lo sé, corazón.
—¿Entonces por qué?
Y Randa le contestó mirando la plaza, y no a él.
—Tú no has visto los mil años, niño —dijo—. Pero aquí llevan mucho tiempo esperándote.
Y ahí fue cuando Raito se volvió hacia los suyos.
Porque necesitaba que alguien le dijera que aquello era una broma, y los tres estaban ahí, y los tres lo estaban mirando.
Y lo estaban mirando de otra manera.
Kairu tenía la boca abierta y el gorro en la mano. Ni se había dado cuenta de que se lo había quitado.
Asuru se había puesto las dos manos delante y no decía nada.
Y Yoko —Yoko, que en tres años no había mirado a nadie más de dos segundos seguidos— lo estaba mirando fijo, sin parpadear, con una cara que Raito no le había visto nunca.
—Raito —dijo Kairu.
—…
—Raito, ¿quién eres?
Y él abrió la boca.
Y lo único que le salió fue la verdad.
—No lo sé.
Y en toda su vida, ni antes ni después, hubo una frase que le costara más decir.
Randa se metió las manos en los bolsillos.
—Bueno —dijo—. Pues ya sabes lo que toca.
—…
—Tienes que hablar con el líder.
Lo que se dice arriba
(Y esto Raito no lo vio, ni lo supo nunca.)
Subieron por la pasarela larga, la que da vueltas al tronco, y tardaron.
Randa iba delante, con las manos en los bolsillos. Samui iba detrás.
—¿Tú vas a decírselo? —dijo ella, sin volverse.
—No.
—Bueno.
Y siguieron subiendo.
—¿Y lo de tu padre?
—…
—Hielo.
—Tampoco.
Y ella no le discutió eso, que fue lo peor que pudo hacer.
Arriba no entraron.
Se quedaron en el rellano, delante de una puerta abierta, y desde dentro no se veía nada porque no había luz suficiente y porque no hacía falta.
Y desde dentro habló alguien.
—Cuatro.
—Cuatro.
—…
Y la voz esperó, y Randa empezó a soltarlo.
Lo soltó como se suelta un parte: sin adornos, en orden, y sin quitar nada.
Y Raito, si lo hubiera oído, no habría reconocido a la mujer que hablaba. Porque ahí arriba no había ni una guasa, ni un corazón, ni un mi vida. Había una voz plana informando de cosas.
El muelle nueve. El puerto. El faro. La montaña. Lo del corrompido en la vía, y lo que pasó ahí, y en qué estado quedó el chico después.
Y cuando llegó a esa parte, bajó un poco la voz.
—No lo estaba soltando —dijo—. Lo estaba poniendo en un sitio.
—…
—Y nadie se lo ha enseñado, que es lo que a mí no me deja dormir. —Se cruzó de brazos—. Ese niño hizo con lo que le sobra lo que a mí me costó nueve años aprender.
Y la voz de dentro no dijo nada.
Después habló Samui.
Y habló de los otros tres: de la muchacha que cuenta salidas y de lo que hace con eso, del grande, de la que cura.
Y de la que cura habló más rato del que hacía falta.
—Esa nota a la gente —dijo—. A distancia. Sin tocarla y sin verla.
—…
—Y no sabe que eso no lo hace nadie. Lo hace jugando, además. Los otros se pusieron a las escondidas en el pueblo del Umbral y ella los sacó a los cuatro sin abrir los ojos. Y se disculpó.
Y desde dentro no dijeron nada.
Y hubo un silencio largo.
Y entonces la voz de dentro preguntó una cosa.
Una sola.
Y no fue sobre el ojo.
—¿Come?
Randa se volvió a mirar a Samui.
Samui no se volvió.
—Sí —dijo.
—¿Bien?
—Come lo que le ponen.
—No es lo que he preguntado.
Y Samui tardó, y contestó despacio.
—Se le olvida —dijo—. Cuando está en una cosa, se le olvida comer. Hay que decírselo.
—Ya.
—…
—Está bien —dijo la voz—. Váyanse.
Bajaron sin hablar hasta la cuarta vuelta.
—Oye, hielo.
—Dime.
—De todo lo que le hemos contado. Del chico ese, y del akari, y de lo que hizo en la vía.
—Ya.
—Nos ha preguntado si come.
Y Samui no contestó, y siguió bajando, y Randa estuvo un buen rato con una cara que no era la suya.
Esperar
Y a partir de ahí Raito se pasó los días esperando.
A los otros tres los colocaron enseguida.
A Kairu con los de la carga, y volvió el primer día sin poder mover los brazos y contando una historia por cada dos palabras. Y una tarde Raito fue a verlo: estaban en una explanada del segundo nivel, con otros seis, delante de una fila de bloques puestos en el suelo, y lo que hacían era esto — uno ponía las manos en el bloque, el bloque perdía peso, y otro lo movía un palmo. Y lo devolvían. Y otra vez.
—¿Y esto para qué es? —dijo Raito desde el borde.
—Para nada —dijo Kairu, con la cara roja—. Es que si lo suelto de golpe, se parte.
—…
—Hay que darle igual todo el rato.
Y ninguno de los dos se dio cuenta en ese momento de dónde había salido esa frase.
A Asuru la mandaron al hospital del cuarto nivel, y volvió callada varios días seguidos.
Y a Yoko no la mandaron a ningún sitio.
—¿Y tú?
—Yo nada.
—¿Cómo que nada?
—Que no hay nada para mí. —Estaba sentada en el escalón de la puerta mirando la calle—. Lo mío aquí no sirve.
—Eso no es verdad.
—Raito. —Se volvió—. Lo mío es quitar la distancia. Y en un sitio donde todo está a cinco minutos, ¿qué distancia quito yo?
Y volvió a mirar la calle.
—Aquí no hace falta huir de nada —dijo—. Y resulta que yo solo sé eso.
Y hubo una noche en que Yoko no volvió a dormir.
Volvió por la mañana, temprano, con la ropa fría, y se metió en el jergón sin decir nada.
—Estaba mirando.
—¿El qué?
—El sitio.
Y días después, sin venir a cuento, soltó una cifra que le había estado dando vueltas.
—Cuarenta y dos.
—…
—Sitios por los que se sale. —Se encogió de hombros—. Y de esos, treinta y ocho van a la misma galería. Así que en realidad son cinco.
—¿Y eso es bueno?
—Eso es una ratonera con cinco puertas —dijo Yoko—. Y la gente de aquí ni siquiera lo sabe, porque llevan tanto tiempo dentro que ya no lo ven.
Y a Raito lo mandaron al puente cinco.
Con un hombre que se llamaba Bun, que tenía sesenta años y ninguna gana de hablar, a cambiar los tablones podridos de una pasarela.
Y eso Raito lo sabía hacer.
Lo sabía hacer muy bien, y a la segunda mañana Bun dejó de mirarle las manos, que en aquel hombre era el equivalente a un abrazo.
—¿Tú de dónde eres? —le dijo una mañana, sin levantar la vista.
—De una granja.
Y Bun asintió una vez, muy despacio, como quien confirma un cálculo.
—Se nota —dijo.
Y todas las tardes Raito preguntaba lo mismo.
—¿Hoy?
—Hoy no.
—¿Y mañana?
—Ya te dirán.
Y Kaede seguía andando.
Y una tarde le preguntó lo otro, porque ya no aguantaba.
—Kaede.
—Dime.
—¿Por qué me hacen eso?
Ella no se hizo la tonta. Eso hay que decirlo a su favor: no se hizo la tonta ni un segundo.
—¿Lo de bajar la cabeza?
—Lo de bajar la cabeza.
Y Kaede se paró.
—Porque en el libro hay una lista —dijo—. Y en esa lista hay nombres de gente que va a llegar. Y esa lista es más vieja que mi abuela.
—…
—Y de esa lista se tachan dos o tres al año. Y la gente se entera. Porque yo lo escribo por la noche y a la mañana siguiente lo sabe medio sexto nivel, que es como funcionan las cosas aquí.
—…
—Y hay nombres en esa lista que están desde el principio y no se han tachado nunca. Y esos son los que la gente se sabe de memoria.
Raito tragó saliva.
—¿Y el mío estaba desde el principio?
—Yo no leo las fechas, criatura. —Kaede volvió a andar—. Yo pongo la raya.
La que curaba mejor
Y una tarde Raito fue a buscar a Asuru al hospital.
No pensaba entrar. Iba a esperarla fuera, porque se lo habían dicho, y porque de los sitios donde curan gente él tenía una idea que no le gustaba.
Pero la puerta estaba abierta.
Y desde la puerta se veía.
Era una sala larga excavada en la roca, con doce camas a cada lado, con lámparas colgadas bajas y con el agua del canal metida por dentro: un reguero abierto que cruzaba la sala entera por el medio, echando su luz azul hacia arriba, hacia las caras de la gente.
Y olía a hierba mojada.
Asuru estaba a media sala, de espaldas, agachada al lado de una cama.
Y al lado de Asuru había una mujer de unos sesenta, sentada en un taburete, con las manos en el regazo, sin hacer absolutamente nada.
Y hablaba.
—Otra vez —dijo.
—Es que ya lo he cerrado.
—Lo has tapado. No es lo mismo. Otra vez.
Raito vio a Asuru poner las manos, y vio salir aquella luz dorada que le conocía desde el muelle nueve —fuerte, apretada, con esa manera suya de empujar— y vio al hombre de la cama arquear un poco la espalda.
—Ahí —dijo la mujer.
—Qué.
—Que ha saltado. ¿Lo has notado?
—…
—Le has hecho daño, criatura.
Y Asuru quitó las manos como si quemaran.
—Yo no quería—
—Ya sé que no querías. Nadie quiere. Pero se lo has hecho.
—…
—Tú vas ahí como el que empuja una puerta atascada. Y la carne no es una puerta. La carne ya sabe cerrarse: lleva sabiéndolo desde antes de que tú nacieras.
—Entonces para qué hago yo nada.
—Para acompañarla.
Y le puso una mano en el antebrazo, y no le puso ninguna luz: se la puso y ya.
—Tú no cierras la herida —dijo—. Tú le das a esa señora lo que le falta para cerrarla ella. Y después te apartas.
—Es que a mí me salió así —dijo Asuru, y le tembló—. Yo no aprendí de nadie. Yo tenía nueve años y una cosa en las manos y la usé como pude.
—Ya lo sé. Se te nota en todo. Se te nota en que empujas, y en que te quedas seca, y en que te pones delante de todo el mundo. Tú curas como el que apaga un fuego a manotazos.
Y Asuru se rió, muy poco, sin ninguna gracia.
—¿Y eso se arregla?
—Eso se enseña. —La mujer se levantó del taburete, y le costó—. Y lo tuyo es peor de arreglar que lo de una que no sepa nada.
—¿Por qué?
—Porque a ti hay que quitarte cosas primero.
Y Raito se apartó de la puerta antes de que ella lo viera.
Porque le pareció que aquello no era suyo.
Y porque acababa de oír, dicho a otra persona, una cosa que llevaba once años oyendo de otra manera.
Tú le das lo que le falta para hacerlo ella. Y después te apartas.
Y no era exactamente lo del porche.
Pero se le parecía tanto que le dio un vuelco.
El que estaba en el tejado
Y una tarde, volviendo del puente cinco, pasó una cosa rara.
Raito cortó por una calle que no conocía, y en un tramo donde la calzada se abría había un tejado bajo a la altura de la cintura.
Y encima del tejado había alguien tumbado.
Boca arriba, con las manos detrás de la nuca y las piernas cruzadas, mirando la bóveda. Un hombre joven — o eso pareció, porque tenía una de esas caras que igual tienen veinte años que treinta y cinco.
Y cuando Raito pasó por debajo, sin mirarlo, dijo:
—Se te va a caer.
Raito se paró.
—¿Qué?
—El tercero por la izquierda. —No se movió ni un dedo—. El que has puesto esta mañana. La madera está bien, pero el clavo de abajo lo has metido en la veta. Se te va a caer en tres semanas.
—…
—No mucho. Un palmo. Pero se cae.
—¿Usted estaba ahí esta mañana?
—No.
—¿Y entonces cómo lo sabe?
Y el hombre giró un poco la cabeza, lo justo para mirarlo con un ojo.
—Porque se va a caer.
Y volvió a mirar la bóveda.
—¿Y usted quién es?
—Yo estoy descansando.
—Ya, pero—
—Llevo un tiempo descansando. —Se estiró—. Y me queda otro poco.
—¿Y de qué descansa?
—De haber estado en un sitio.
—¿Qué sitio?
—Uno.
Y Raito, que llevaba semanas rodeado de gente que contestaba así, empezaba a tenerle tomado el punto.
—¿Y cómo se llama usted?
—Depende.
—¿De qué?
—De si vuelves a preguntármelo otro día.
Volvió por la noche al puente cinco con una lámpara.
Y sacó el clavo, y lo miró, y estaba metido en la veta.
Y lo cambió.
Y al día siguiente pasó otra vez por la misma calle, a propósito.
Y el tejado estaba vacío.
Y le preguntó a Kaede, por preguntar, si conocía a un hombre joven que se pasaba las tardes tumbado en los tejados.
Y Kaede, que contestaba a todo, no contestó a eso.
Contestó otra cosa.
—Hay gente aquí que está descansando —dijo—. Cuando estén descansando, se les deja.
El que estaba haciendo otra cosa
Y los llamaron.
Subieron los cuatro por la pasarela que da vueltas al tronco, y el tronco de cerca no parecía madera sino una pared, y a media altura Kairu dejó de hacer bromas, cosa que en él era el equivalente a un desmayo.
Y arriba, en la horcadura, había una construcción baja y ancha, de madera vieja, con el techo de la bóveda a pocos metros por encima.
Y no había guardias en la puerta.
Eso fue lo primero que a Yoko no le cuadró.
Dentro no había una sala.
Había un sitio con cosas: estanterías con cacharros, mesas, dos ventanas abiertas a la caverna, una lámpara colgada bajísima, y en el suelo, sin ningún orden, montones de papeles y de cajas y de piezas.
Y olía a madera cortada.
Y al fondo, sentado en un cajón, había un hombre.
Estaba haciendo algo con las manos y no levantó la cabeza.
Y los cuatro se pararon en seco.
No lo decidieron. Eso es lo que hay que decir y es difícil de contar: que ninguno de los cuatro decidió pararse. Kairu iba hablando y dejó de hablar a mitad de una palabra. Yoko, que entraba siempre la última y pegada a la pared, se quedó donde estaba. Asuru levantó las dos manos a la altura del pecho, muy despacio, como se levantan las manos delante de un animal grande.
Y Raito se paró porque le fallaron las piernas.
Y no había pasado nada.
Aquel hombre no se había levantado, ni había hablado, ni había mirado. Seguía sentado en un cajón con las manos ocupadas, con la cabeza baja, haciendo lo suyo.
Y llenaba la habitación entera.
Y Raito, de pie en la puerta, con la boca seca y sin poder mover un pie, reconoció aquello.
Lo reconoció con el cuerpo antes que con la cabeza, que es como se reconocen las cosas de verdad. Se le puso el estómago de una manera concreta y se le cerró la garganta de una manera concreta, y las dos maneras las había tenido antes.
Una sola vez.
En un patio. Con una barrera dorada delante. Delante de un hombre que estaba de espaldas y al que le daba igual todo.
Aquel día Raito había sentido que delante de él no había una persona: había un sitio muy hondo, y él estaba en el borde, y el borde no aguantaba.
Y ahí, en la puerta de una habitación que olía a madera cortada, delante de un hombre de cuarenta años que estaba tallando, lo volvió a sentir.
No igual. Menos.
Pero de la misma clase.
Y a Raito le dio un miedo distinto de todos los que había tenido, porque era un miedo que no venía de que fueran a hacerle nada.
Venía de estar cerca de una cosa demasiado grande.
Y estuvieron así un rato.
Nadie dijo nada. Nadie entró del todo. Y el hombre del cajón siguió trabajando, y no le hizo falta hacer absolutamente nada para que cuatro personas que habían cruzado el mundo se quedaran clavadas en un umbral sin saber por qué.
Tendría cuarenta años.
Eso fue lo primero que pensó Raito, y lo pensó sin pensarlo, porque era lo que ponía la cara: un hombre de cuarenta, de constitución normal, con las manos grandes y sin una cana.
Y llevaba una cinta de tela sobre los ojos. Ancha, gris, gastada de lavarla, atada por detrás sin ninguna elegancia.
Y al lado del cajón, tumbado y con los ojos cerrados, estaba el bicho de la fruta.
Y a Kairu se le fue el aire.
Raito lo oyó. Fue un sonido pequeño, a su izquierda, y después Kairu dio medio paso adelante, sin permiso, con las dos manos abiertas a los lados.
—Usted.
El hombre siguió con lo suyo.
—Usted es —dijo Kairu, y le tembló—. Usted es el que… en la cúpula. Cuando se cayó el techo. Yo tenía once años y usted pasó por en medio de los guardias.
—…
—Yo iba en la fila.
Y Asuru se llevó las dos manos a la boca.
—Se sentó conmigo —dijo, muy bajito—. Se sentó y no se fue.
Y a Yoko no se le movió un músculo de la cara.
Pero se quedó exactamente donde estaba, y no dio ni un paso, y no dijo una palabra en toda la conversación.
Y Raito, que no entendía nada, miró a Kairu.
—¿Este quién es?
Y Kairu tardó en contestar, porque estaba haciendo un ruido raro con la garganta.
—Nosotros le decíamos el Salvador —dijo.
—…
—No es que se llame así. Es que no sabíamos cómo se llamaba. —Se limpió la cara con el antebrazo—. Y cuando nos juntamos los tres y contamos lo nuestro, resulta que a los tres nos había pasado lo mismo con el mismo tipo. Y había que llamarlo de alguna manera.
—…
—Y llevamos desde entonces buscándolo, Raito. —Se rió sin ninguna gracia—. Nueve años. Y no sabíamos ni si era una persona o si nos lo habíamos inventado entre los tres.
Y volvió a mirar al frente.
—Y está ahí sentado.
—Ustedes cuatro —dijo el hombre.
Y contó con la barbilla, sin levantar la cara.
—Cuatro.
Y siguió con lo que estaba haciendo.
—¿Comieron?
Kairu se atragantó con su propia respiración.
—¿Qué?
—Que si comieron.
—…
—Que si han comido, muchacho. Es una pregunta corriente.
—Sí. Sí, sí. Hemos comido.
—Bien.
Y entonces habló un rato, y habló despacio, y no levantó la voz ni una vez.
—Esto no es un refugio. —Le dio la vuelta a lo que tenía en las manos y lo miró de otro lado—. Ustedes van a oír a mucha gente decir que Ashita es donde se esconde el que no cabe arriba. Eso es verdad y no sirve de nada.
—…
—Ashita es un sitio donde se prepara gente. Se prepara despacio, porque no hay prisa: llevamos aquí mucho más tiempo del que se creen y vamos a estar mucho más del que se creen. Y hay un plan. No se lo voy a contar hoy.
—¿Por qué no? —dijo Yoko.
Y fue lo único que dijo en toda la conversación.
—Porque no sirve de nada que lo sepan hoy —contestó él, sin volverse hacia ella—. Un plan que se cuenta antes de tiempo se convierte en una promesa. Y yo no hago promesas.
—…
—Hago cuentas.
—Lo que sí les voy a decir es lo único que tienen que hacer ustedes —dijo—. Y son cuatro cosas.
Dejó la pieza en la rodilla.
—Ponerse fuertes. Que aquí abajo eso pasa solo, con estarse.
—…
—Aprender. Que es distinto de ponerse fuertes y cuesta más.
—…
—Estarse quietos cuando hay que estarse quietos. Que es lo que peor se le da a todo el mundo.
Y ahí hizo una pausa un poco más larga que las otras.
—Y pasar lo suyo.
—¿Lo nuestro? —dijo Asuru.
—Su luto. —No se movió—. Ustedes cuatro traen a gente encima. Se les nota al andar. Y con eso encima se puede vivir, y se puede trabajar, y hasta se puede pelear un rato.
—…
—Pero no se puede pelear una guerra.
Y después dijo lo último, ya volviendo a lo suyo.
—Y en algún momento van a pasar por la academia.
—¿Por la qué? —dijo Kairu.
—Ya se lo dirán. Es donde se aprende. —Le dio la vuelta a la pieza—. Ustedes tres, para saber lo que llevan dentro, que no lo saben.
—…
—Y él —dijo, y no volvió la cara hacia Raito, y aun así los cuatro supieron perfectamente a quién se refería—, para entender el mundo.
Y ahí Raito habló por fin.
Y le salió con más filo del que quería, porque llevaba una semana con una plaza entera bajando la cabeza dentro de la cabeza.
—Yo he visto el mundo.
—Sí.
—Lo he cruzado entero. He estado en la bruma, en el hielo, en el vertedero, en—
—Ya lo sé.
Y no lo dijo con dureza. Lo dijo con una paciencia enorme, que fue peor.
—Lo has visto —dijo—. No lo entiendes.
Y siguió con lo suyo.
Y Raito se quedó ahí de pie, con las orejas ardiendo, y preguntó la única cosa que había ido a preguntar.
—¿Por qué me hace reverencias la gente?
Y por primera vez desde que habían entrado, el hombre paró las manos.
Un momento. Uno solo.
—Porque son buena gente —dijo—. Y llevan mucho tiempo necesitando que algo salga bien.
—Eso no es una respuesta.
—No.
—…
—Es la que hay hoy.
Y volvió a lo suyo.
Y Raito se quedó ahí de pie con las manos abiertas, y a punto estuvo de decir la otra cosa, la que llevaba dentro desde la plaza y que no se había atrevido a decirle a nadie.
Yo no soy nada de eso.
Y no la dijo.
Y salieron los cuatro.
Y al salir, ya en la puerta, Raito volvió la cabeza un momento.
Y el hombre había dejado de trabajar.
Estaba quieto, con la pieza en la mano, con la cara vuelta hacia la puerta por la que acababan de salir.
Y no se movió hasta que Raito dejó de mirar.
Lo que había en el alféizar
Bajaron cuando ya estaban bajando los tubos.
Y bajaron despacio, y en silencio, cada uno con lo suyo dentro.
Kairu no habló en todo el camino, que era la cosa más rara que Raito le había visto hacer nunca. Asuru iba mirándose las manos. Y Yoko iba la última, y en algún momento Raito se volvió y la vio parada tres pasos atrás, mirando hacia arriba, hacia la copa, con una cara que no supo leer.
—¿Vienes?
—Voy.
En el sexto nivel se separaron.
Ellos siguieron hacia el sitio donde dormían y Raito dijo que iba detrás, que quería andar un poco, y era verdad.
Y anduvo.
Anduvo por una calle estrecha con las casas encima, con el canal a un paso echando luz azul hacia arriba, con la ropa tendida cruzando por encima de su cabeza, con olor a comida saliendo de tres puertas distintas.
Y se sentía mal de una manera nueva.
Porque en aquella ciudad todo el mundo esperaba algo de él, y su hermano se había muerto en un cráter, y la única persona que podía haberle dicho quién era él llevaba mil años debajo de la tierra.
Y encima, aquella tarde, un hombre con una cinta en los ojos le acababa de decir que no entendía nada.
Y tenía razón.
Y en un alféizar, a la altura de su cara, había un animal de madera.
Era el número veinte o el número treinta de aquellos días. Ya ni los miraba.
Y Raito pasó de largo.
Y a los cuatro pasos se paró.
Se paró en seco en mitad de la calle, sin saber por qué, con esa sensación de haber pasado por delante de una cosa que no encaja y no haberla mirado bien.
Y se dio la vuelta. Y volvió.
Era un conejo.
Del tamaño de un puño. Con las orejas hacia atrás, sentado sobre las patas, tallado en una madera pálida que ya se había puesto gris de estar ahí.
Y estaba bien hecho. El cuerpo estaba bien hecho. Las orejas estaban bien hechas. Las patas de atrás estaban bien hechas.
Y la cara estaba mal.
Raito levantó la mano y le pasó el pulgar por la cara.
Y notó lo que sabía que iba a notar antes de notarlo, y se le fue el suelo.
Porque no estaba mal de cualquier manera.
Estaba mal de una manera concreta: los ojos demasiado juntos, un poco altos, y la boca resuelta con dos cortes rectos que se cruzaban donde no debían cruzarse. De modo que el bicho no ponía cara de conejo.
Ponía cara de estar preocupado por algo.
Y Raito sabía exactamente de cuántas maneras se le puede quedar mal la cara a un conejo de madera.
Sabía muchísimo de eso. Más que nadie vivo, probablemente.
Se había pasado la infancia entera al lado de un chico que hizo cientos, y a los cientos les salió la misma cara, y a ese chico se lo dijeron cientos de veces, y él dijo cientos de veces que la siguiente le iba a salir bien.
Y no le salía.
Le salía esta.
Y el conejo giró la cabeza.
Despacio. Como se gira una cosa que lleva mucho ahí quieta.
Y lo miró.
A solas
Raito no se movió.
No podía. Tenía la mano en el aire, a dos dedos de aquella cara, y por dentro no le funcionaba nada.
Y detrás de él, en la calle, sonó una voz.
—Raito.
Se dio la vuelta.
Y a diez pasos, en mitad de la calle, con las manos en los bolsillos y la cinta gris puesta sobre los ojos, estaba el hombre de arriba.
Solo.
Sin que nadie lo hubiera visto bajar.
Raito abrió la boca y no le salió nada.
Y el otro esperó. Esperó de verdad — no como quien deja hablar, sino como quien tiene todo el tiempo del mundo y no le importa gastarlo ahí, en una calle, de noche.
Y al final habló él.
—Mañana no —dijo—. Mañana estás cansado y no sirve.
—…
—Pasado.
—…
—Tú y yo tenemos que hablar a solas.
—¿Sabe quién soy? —dijo Raito.
Y le salió mal, y le salió pequeño, y en cuanto lo dijo le pareció la pregunta más idiota del mundo.
Y el otro tardó en contestar.
—Sé quién eras —dijo.
—Eso no es lo que le he preguntado.
—Ya.
Y ahí Raito hizo una cosa que no había hecho en toda su vida con nadie, y que después no supo de dónde le salió.
Dio dos pasos hacia él.
—Dígalo.
—…
—Que lo diga. Aquí. Ahora. Que no me hace falta nada más, y me da igual lo demás, y me da igual la ciudad y el plan y la gente bajando la cabeza. Dígalo y me callo.
Y el hombre de la cinta no se movió.
Estuvo quieto lo que dura contar hasta cuatro.
Y después dijo la única cosa que dijo en toda la noche que no fue una instrucción.
—Pasado —dijo.
Y le tembló.
Media palabra. Al final. Y se la tragó enseguida.
Y Raito lo oyó.
Y se dio la vuelta y se fue calle arriba, despacio, sin prisa ninguna.
Y Raito se quedó ahí de pie, en mitad de una calle de una ciudad que estaba debajo del mundo, con la mano todavía en el aire.
Y con un conejo de madera mirándolo desde un alféizar.