Lo que había en el libro
—Cinco.
—Cinco.
—Seguidas. El mismo día. Con la letra del mismo hombre, y con hora distinta cada una, como si hubieran entrado sueltos.
El que escuchaba no dijo nada durante un momento.
—Enséñemelo.
Le pusieron la hoja delante. Cinco renglones, en el libro de un control de un pueblo del borde, copiados con cuidado en un papel doblado que había viajado un buen trecho.
—¿Y qué le dice esto a usted?
—Que entraron de uno en uno a propósito.
—Exacto. —El otro se apoyó en la mesa—. La gente que no tiene nada que esconder entra junta y habla, y el que apunta se aburre y apunta cualquier cosa. Estos se separaron.
—…
—Los que se esconden bien son los que se acaban notando. —Devolvió la hoja—. Porque el que se esconde bien deja un hueco con forma de persona.
Se hizo un silencio de despacho.
—Hay una cosa más.
—Diga.
—El del ojo kodai va cojo. —El que traía el papel se aclaró la garganta—. Eso lo apuntó el del control por su cuenta, en el margen, sin que se lo preguntáramos. Puso: «uno de ellos cojea».
—…
—Y debajo puso: «poca cosa».
Y ahí el otro sí levantó la cabeza.
—Poca cosa.
—Eso puso.
—Bien. —Volvió al papel—. Que lo siga pensando todo el mundo el mayor tiempo posible.
—¿Los alcanzamos?
—No hace falta alcanzarlos. —El otro ya estaba mirando otra cosa—. Hace falta saber adónde van. Y eso ya lo sabemos.
—…
—Se metieron en el ocho.
—Nadie se mete en el ocho.
—Ya. —Pasó una hoja—. Y sin embargo se metieron. ¿A usted eso qué le dice?
El de la carpeta se lo pensó.
—Que van a algo.
—Que van a algo. —Cerró la carpeta—. Y que ese algo lleva doscientos años ahí abajo y todavía no lo hemos encontrado. Así que por una vez vamos a hacerlo al revés.
—…
—No los busquen a ellos. Déjenlos llegar.
Donde ya no cabe la nave
La nave aguantó hasta que el techo se le echó encima.
Llevaban medio día bajando sin darse cuenta de que bajaban: la franja se iba estrechando, la bruma subía por un lado y la costra bajaba por el otro, y lo que al principio era un corredor por el que cabía una torre acabó siendo un pasillo por el que cabía una nave y poco más.
Samui la puso a la mínima. Después la posó.
—Hasta aquí.
—¿Cómo que hasta aquí?
—Que hasta aquí. —Ya se estaba levantando—. A partir de ahora se anda.
—¿Y la nave?
—Se queda.
Y ahí Kairu se levantó del cajón.
—¿Cómo que se queda? ¿La dejamos ahí? ¿Sola?
—Sí.
—¿Y si viene alguien?
—Que venga.
—Samui, que esa nave es su nave.
Y Samui se paró en la escalerilla, con una mano en el marco, y contestó sin volverse.
—Esa nave es un motor y un casco cosido —dijo—. Lo que hay abajo no.
Tardó más de lo que hacía falta en bajarse.
Eso lo vio Raito, y no lo comentó: que aquel hombre se quedó un momento de más con la mano en el marco de su propia nave, mirando hacia dentro, hacia la bodega vacía y las mantas dobladas y el cajón donde se sentaba Randa.
Y después bajó y no volvió a mirarla.
Salieron.
Y lo primero que Raito notó fue que no había que mirar hacia arriba para ver el techo. Estaba ahí. A veinte metros escasos, marrón y morado y con esos grumos colgando, y bajando en una pendiente larga hacia donde iban.
—Va a bajar más —dijo Samui.
—¿Cuánto más?
—Hasta que se toque.
Kairu miró hacia arriba, y después hacia adelante, y después otra vez hacia arriba.
—Odio esto —dijo.
—¿Y eso por qué? —dijo Asuru.
—Porque cuando algo se te viene encima despacio es peor que cuando se te viene encima rápido. —Se ajustó el gorro—. Lo rápido te mata. Lo despacio te lo hace pensar.
Y nadie tuvo nada que decir a eso, lo cual, tratándose de Kairu, era bastante notable.
Y lo segundo que Raito notó fue lo que había en el suelo.
Al principio pensó que era piedra rara.
Después pensó que era escombro.
Y después se agachó, y lo tocó, y era una plancha de chapa con remaches, del ancho de un carro, medio enterrada, con la pintura todavía puesta.
Y al lado había otra. Y detrás otra. Y a partir de ahí, hasta donde llegaba la vista, ya no había suelo.
—¿Y esto qué es?
—El vertedero —dijo Randa.
Y Raito se quedó agachado con la mano encima de aquella chapa, notando los remaches con las yemas.
Porque los remaches estaban bien puestos.
Estaban puestos a la misma distancia unos de otros, en línea, con la cabeza machacada por igual, por alguien que sabía hacerlo y que se había tomado su tiempo. Y esa persona los había puesto pensando en que aquello volara, o flotara, o aguantara.
Y ahora estaba medio enterrado en una llanura sin final.
El vertedero
No era un basurero.
Un basurero es un sitio. Aquello era una llanura, y no tenía final: cosas apiladas sobre cosas, hasta el horizonte, hasta debajo de la bruma que corría más baja que en ningún otro sitio, hasta donde ya no se veía nada.
Chapa. Vigas. Cascos de naves partidos por la mitad y puestos boca abajo como cuencos gigantes. Tubos. Cosas que habían sido máquinas y de las que solo quedaba la forma. Y por todas partes, entre medias, cosas pequeñas: piezas, cables, latas, trozos.
Y no hacía ruido.
Eso fue lo que a Raito le puso el estómago raro. Que un sitio con tanta cosa dentro no hiciera ruido.
En su casa, un montón de trastos hacía ruido. Se asentaba. Crujía cuando cambiaba el tiempo. Una vez se le vino encima un montón de leña mal apilado y lo primero que hizo el montón, antes de venirse, fue avisar.
Aquello no avisaba nada.
Anduvieron.
Se andaba mal: la chapa cedía, sonaba, se hundía un poco y volvía a subir. Yoko iba delante probando dónde pisar, porque le salía sola, y detrás iba Kairu diciendo cada dos por tres que a él eso le sonaba de algo.
—Es que yo he vivido en un sitio así.
—Este no es así —dijo Randa.
—¿Y qué tiene de distinto?
Y Randa tardó en contestar, y cuando contestó lo dijo mirando al frente.
—Que el tuyo era de gente. —Se subió el cuello de la chaqueta—. La gente tira cosas rotas. Esto no lo tiró la gente, corazón. Esto lo tiró el que fabrica.
—…
—Y el que fabrica no tira lo que se le rompe. Tira lo que le sale mal.
Y lo entendieron del todo esa misma tarde.
Fue Yoko la que lo vio, porque Yoko iba delante mirando dónde pisar y por eso miraba el suelo más que nadie.
—Parad.
—…
—Que se paren. Miren esto.
Era una caja.
Estaba medio hundida en la chapa, boca abajo, del tamaño de un baúl pequeño, hecha de un material gris que no era ni metal ni madera. Yoko le dio la vuelta con el pie.
Y la caja estaba vacía.
Y en la tapa, grabado con una máquina, había un número.
Raito se quedó mirando ese número mucho rato.
Y después levantó la cabeza, y miró alrededor, y por primera vez desde que habían entrado en aquella llanura vio lo que estaba viendo.
Porque no era una caja.
Eran cientos.
Estaban por todas partes, apiladas, sueltas, medio enterradas, boca arriba y boca abajo, mezcladas con la chapa y con los cascos y con los tubos — y todas eran iguales, y todas estaban abiertas, y todas tenían un número grabado en la tapa.
—Ay —dijo Asuru.
Y se llevó una mano a la boca.
—Eso es de los ojos —dijo Raito.
—Sí.
—¿Cómo que sí? —Le salió con un filo que no había usado nunca con esa mujer—. Diga que no.
—No te voy a decir que no, corazón.
Y Randa siguió andando, porque a ella andar le costaba menos que estarse quieta.
Kairu se agachó y levantó una.
La miró por dentro. La giró. Le pasó el pulgar por el borde de la tapa, por el número.
—Están vacías.
—Ya.
—Digo que están todas vacías, Raito.
—Ya lo sé.
—Entonces lo de dentro se lo llevaron.
Y se quedó ahí en cuclillas, con la caja en las manos, y a Raito le pareció que estaba haciendo una cuenta y que no le gustaba nada la cuenta.
—¿Y esto cuánto es? —dijo Kairu—. Digo. Si cada una fue de alguien.
Nadie le contestó.
Y él dejó la caja en el suelo con mucho cuidado, como se deja una cosa que a lo mejor todavía importa, y se levantó y siguió andando.
—Ya, pero parecido.
—Kairu. —Randa no se volvió—. Este no es así.
Y a media tarde entendieron por qué.
Fue Asuru la que se paró.
Se paró en seco, sin decir nada, y se quedó mirando hacia la izquierda, hacia el gris, con esa cara que Raito le había visto en un callejón jugando a las escondidas.
—Ahí hay algo.
—Dónde.
—Ahí. —No señaló—. Y ahí. Y allí.
Samui se paró.
—Cuántos.
Y Asuru tardó en contestar, y cuando contestó le salió muy bajito.
—Muchos.
Se quedaron los seis quietos en mitad de una llanura de chatarra.
Y entonces, cuando dejaron de andar y dejaron de hacer ruido ellos, se oyó.
Se movía.
No cerca. No encima. Pero se movía: un arrastrar largo, muy despacio, en dos o tres sitios a la vez, con el sonido que hace la chapa cuando algo pesado pasa por encima sin prisa ninguna.
—Eso no son mayoi —dijo Yoko.
—No.
—¿Entonces qué es?
Y Samui no contestó a eso, que fue la peor contestación posible.
—¿Y por qué no se lo quita nadie de encima? —dijo Kairu, muy bajito.
—Porque es de ellos.
—¿Cómo que es de ellos?
—Que esto es de ellos, Kairu. —Randa siguió andando—. Ellos lo hacen y ellos lo tiran aquí, que es el único sitio del mundo que no le interesa a nadie. Y de vez en cuando bajan y se llevan alguno para ver qué tal le salió.
Y Raito se acordó de una cosa colgada en una vía, quieta, con diecisiete ojos que no eran suyos.
Y no dijo nada.
—Se anda —dijo Randa—. Se anda y no se para, y no se mira.
—¿Y si—
—Y no se mira, corazón.
Y anduvieron, y no miraron, y a Raito le costó una barbaridad porque toda su vida había sido mirar.
Pero miró una vez.
Fue una sola, al final del día, cuando ya iban con el techo a diez metros y en el gris se veía más de lo que se veía en la bruma normal.
Miró a la derecha.
Y a lo lejos, a mucha distancia, encima de una montaña de casco partido, había una cosa quieta en el aire.
No se movía. No los seguía. Colgaba a media altura, con los brazos demasiado largos, y por la manera en que estaba puesta parecía que llevaba ahí muchísimo tiempo.
Raito volvió la cara hacia adelante y siguió andando.
Y no se lo dijo a nadie.
La noche que no se duerme
Pararon cuando ya no se veía dónde pisar.
Y pararon mal, porque en un sitio así no hay dónde parar bien: se metieron debajo de un casco partido puesto boca abajo, que era lo más parecido a un techo que había en cien pasos, y se sentaron en el suelo con la espalda contra la chapa.
—No se hace fuego —dijo Samui.
—Ya me imaginaba.
—Y no se habla alto.
—Ya me imaginaba también.
Comieron poco y frío.
Y a los diez minutos, con la boca llena, Kairu dijo lo que llevaba todo el día sin decir.
—Yo he vivido en un sitio así.
—Kairu—
—Que no, que ya sé que no es igual. —Se limpió con la manga—. Pero yo he dormido en un sitio así. Con chapa encima y sin fuego. Cuatro años.
—…
—Y lo peor no era el frío.
—¿Qué era? —dijo Asuru.
Y Kairu se lo pensó, y contestó algo que a Raito le pareció que llevaba dentro mucho tiempo.
—Que no sabías de qué era la chapa —dijo—. Todo era de algo. Todo había sido otra cosa antes. Y tú dormías encima.
Se quedaron callados un rato.
Y en ese rato se oyó, dos veces, lejos, aquel arrastrar largo.
Nadie dijo nada. Yoko se cambió de sitio y se puso donde le daba la boca del casco, mirando hacia fuera, y ahí se quedó.
—Yoko.
—Qué.
—Duerme algo.
—Estoy bien.
—Que duermas algo, que mañana hay que andar.
Y Yoko no se movió.
—Es que aquí no hay salidas —dijo—. Aquí es todo salida. Puedes irte por cualquier lado y da igual, porque a los cien pasos es lo mismo. —Se abrazó las rodillas—. Y eso es peor que no tener ninguna.
Y Raito, que llevaba mucho aprendiendo a leer a esa muchacha, entendió por fin lo que le pasaba en aquel sitio.
Que un sitio donde todo es igual no se puede aprender. Y ella sobrevivía aprendiéndose los sitios.
Y en algún momento de la noche, Raito se despertó porque alguien se movía.
Era Samui.
Estaba sentado en la boca del casco, con las piernas cruzadas y la espalda recta, mirando hacia fuera. No estaba vigilando: vigilando ya estaba Yoko, dormida a medias con la cabeza contra la chapa.
Estaba mirando.
Raito se arrastró hasta ponerse a su lado y no dijo nada durante un rato largo.
—¿Usted había estado aquí? —preguntó al final.
—Sí.
—¿Muchas veces?
—Las que hicieron falta.
—…
—La primera con dieciséis años. —Samui no se volvió—. Y me pasé todo el camino igual que tú hoy: mirando debajo de las cosas.
Raito se acomodó contra el mamparo.
—¿Y se quita?
—No.
—¿Y entonces qué se hace?
—Se anda —dijo Samui—. Y se llega. Y una vez que llegas, arriba de todo, hay una ciudad con gente. —Se le movió algo en la cara y se le fue enseguida—. Y eso también es verdad al mismo tiempo. Las dos cosas son verdad, y las dos están a un día de camino la una de la otra.
—…
—Y ese es el mundo, muchacho. No es que sea malo. Es que las dos cosas caben.
Y Raito se quedó ahí sentado con él hasta que se hizo lo que en ese sitio hacía de mañana, que era que el gris se volvía un poco menos gris.
Y en toda la noche no se dijeron nada más.
Lo que sale mal
Y después vieron uno.
Fue a la mañana siguiente, si es que aquello era una mañana, y no lo buscaron: estaba en el camino, y el camino era el único sitio por el que se podía andar.
Estaba en el fondo de una hondonada, entre dos cascos partidos, y desde arriba parecía un montón de ropa.
—No bajen —dijo Samui.
Y bajó él.
Los demás se quedaron en el borde, y desde ahí se veía lo justo.
Se veía que había sido una persona. Se veía que le habían hecho cosas: le salía metal de un sitio del que no sale metal, y tenía un brazo que no era suyo, y en el costado, donde no hay nada, tenía tres ojos apagados metidos en fila, como se ponen los remaches.
Y estaba quieto.
Llevaba mucho quieto. La chapa de alrededor ya se había asentado encima de él.
Samui estuvo abajo un rato.
Se agachó, miró, tocó algo con el dorso de la mano, y volvió a subir limpiándose en el pantalón.
—Está apagado.
—¿Muerto? —dijo Kairu.
—Apagado.
—¿Y eso qué diferencia tiene?
Y Samui se lo pensó, y contestó de una manera que a Kairu le quitó las ganas de seguir preguntando.
—Que a lo muerto se le acabó algo —dijo—. A esto no se le acabó. Es que no le funcionó.
Y ahí, por fin, Raito hizo la pregunta entera.
—¿Quién lo hace?
—…
—Que quién lo hace, Randa. No el que fabrica. Quién.
Y Randa se paró.
Se paró de verdad, se dio la vuelta, y por primera vez en todo el viaje le habló como se le habla a alguien que ya no es un crío.
—El régimen.
—…
—Aquí abajo tiran lo suyo, corazón. No la basura: lo suyo. Lo que hacen y no les sale. —Señaló con la barbilla la llanura entera, hasta el gris—. Todo esto es de ellos. Cada cacharro, cada casco, cada cajón. Lo bajan, lo sueltan y se van.
—¿Y por qué aquí?
—Porque este continente ya no le importa a nadie. —Se encogió de hombros—. Es el único sitio del mundo donde puedes tirar lo que sea y no le vas a estropear el paisaje a nadie que importe.
Raito miró la hondonada.
—Entonces esto no es un vertedero.
—Claro que lo es.
—No. —Y le costó decirlo—. Un vertedero es donde tiras lo que no sirve. Esto es donde tiras lo que no te salió.
Y Randa se lo quedó mirando un momento con una cara rara.
—Ándale —dijo—. Que se hace tarde.
Anduvieron toda la mañana sin hablar.
Y a partir de ahí Raito los vio en todas partes, porque una vez que sabes qué estás mirando ya no puedes dejar de mirarlo.
No estaban a la vista. Estaban debajo. Se les veía un pedazo entre dos planchas, o un brazo saliendo de un montón, o una forma que no era la forma de una máquina.
Y ninguno estaba entero.
Y todos, todos, tenían algo puesto que no era suyo.
—Oiga —dijo Kairu, mucho después.
—Dime.
—Los que se mueven. Los que oímos ayer.
—Qué pasa con ellos.
—Que son de estos. —Kairu tenía la voz muy plana—. Los que sí les funcionaron.
Y Randa no le dijo que no.
Y tampoco le dijo que sí, que fue lo que a Raito se le quedó dentro — porque aquella mujer no se callaba una cosa cuando la respuesta era simplemente fea.
Se callaba cuando la respuesta era complicada.
Los que no dejan pasar
Y a media tarde del último día, la colina se levantó.
Llevaban un rato bordeándola.
Era una colina como las otras cuarenta que habían bordeado: un montón largo de chatarra asentada, con la chapa oxidada y unida por el tiempo, con polvo encima y con esa costra gris que se le hace a todo lo que lleva mucho quieto.
Kairu iba por la mitad de la cuesta porque por abajo se hundía.
Y la colina se movió.
No se movió como se mueve una cosa que se despierta.
Se movió como se mueve una espalda.
Subió por el medio, despacio, con un ruido de chapa desprendiéndose que duró y duró, y toda la ladera por la que iba Kairu se inclinó de golpe hacia un lado.
Kairu se cayó.
Se cayó rodando y gritando y se llevó por delante media pendiente de chatarra suelta, y aterrizó abajo de espaldas, y ni siquiera pudo levantarse porque el suelo entero se estaba moviendo.
Asuru se cayó de rodillas.
Yoko no se cayó: Yoko hizo lo que hacía siempre, que fue agarrarse a lo primero sólido y quedarse quieta con la espalda contra ello — solo que lo primero sólido también se estaba moviendo.
Y Raito se quedó de pie porque la pierna se le trabó, y por eso lo vio entero.
Lo que se levantó no tenía forma de nada.
Era del tamaño de un edificio. Del tamaño de tres. Se alzó del vertedero como se alza un animal enorme del barro, arrastrando encima toneladas de chapa que llevaban tanto tiempo ahí que se le habían metido dentro: había vigas saliéndole del lomo, había un casco de nave incrustado en el costado como una placa, había cables colgándole que no eran suyos y que ya no se podían quitar.
Y por las juntas, por donde la chapa se le separaba de lo que fuera que tenía debajo, le salía akari.
Negra. Con hilos blancos retorciéndose por dentro. Con vetas rojas.
Y tenía ojos.
No diecisiete.
Muchísimos más.
Se le abrieron en fila por el lomo, en los costados, entre las vigas, en sitios donde no había nada — decenas, cientos, uno detrás de otro, encendiéndose por tandas como se encienden las ventanas de una calle.
Y todos, todos a la vez, se pusieron encima de ellos.
Kairu se puso a gritar de una manera que Raito no le había oído nunca.
Asuru no gritó: se quedó de rodillas con las dos manos en el suelo y la cara levantada, y le corrían las lágrimas, y no era llanto — era la cara que se le pone a uno cuando el cuerpo entiende algo antes que la cabeza.
—No se muevan —dijo Samui.
—¡SAMUI!
—Que no se muevan.
Y Samui hizo una cosa absurda.
Dio dos pasos hacia adelante, se puso delante de todos, y levantó una mano abierta.
No como quien se defiende.
Como quien saluda.
Y aquella cosa se quedó quieta.
Estuvo así lo que se les hizo eterno: doscientos ojos puestos encima de seis personas, y el zumbido bajo de algo enorme que respira sin pulmones, y la chapa asentándose por todas partes con un chasquido tras otro.
Y después se apartó.
Se movió de lado, despacio, arrastrando su montaña encima, y dejó libre el paso que llevaban.
Y volvió a bajar.
Y a los dos minutos ya no era más que una colina otra vez.
Nadie se movió durante un rato.
Kairu fue el primero en hablar, todavía en el suelo, con la voz de un crío.
—Qué. Era. Eso.
Y Samui bajó la mano.
—Un guardián.
—Un qué.
—Un guardián de la puerta. —Samui ya estaba andando otra vez—. Hay cuatro. Puede que cinco; nunca los he contado bien.
—¿Y por qué no nos ha matado?
—Porque no le hemos dado motivo.
—¡NOS HA MIRADO!
—Sí. —Samui siguió andando—. Eso es lo que hacen. Miran quién pasa.
Y Randa, que en todo aquello no había abierto la boca ni se había movido un dedo, lo dijo entero por fin, porque a ella no le costaba decir las cosas feas.
—Esto no es un vertedero, corazón. Esto es un filtro.
—…
—Todo el que quiere llegar abajo tiene que cruzar esto. Dos días de andar, sin nave, sin luz y sin poder correr. —Se sacudió el pantalón—. Y con cuatro de esos mirándote la cara.
—¿Y si no les gusta la cara?
—Pues no llegas.
Raito miró la colina.
Y después miró a Samui, que iba dos pasos por delante como si no hubiera pasado nada, y le hizo la única pregunta que le importaba.
—¿Y quién les dice a quién dejan pasar?
Y Samui tardó justo lo suficiente como para que Raito supiera que la respuesta existía.
—Alguien —dijo.
—Alguien quién.
—Alguien que lleva mucho aquí.
Y no dijo más, y a Raito le quedó una cosa dando vueltas todo el resto del camino.
Porque aquellas cosas eran corrompidos. Eso lo sabía cualquiera que hubiera visto lo de la vía. Eran lo mismo que el bicho que él había mandado a volar, pero cien veces más grande y cien veces más viejo.
Y alguien las tenía ahí.
Y no las había matado.
Y hubo un detalle que Raito vio de refilón cuando ya se alejaban, y que no entendió en absoluto.
En lo alto de aquella colina que era una espalda, encajado entre dos vigas, había un bulto pequeño.
Y era de madera.
Estaba tallado, tenía forma de pájaro, y llevaba ahí el tiempo suficiente como para que la chapa se le hubiera puesto alrededor.
Y cuando pasaron por debajo, el pájaro giró la cabeza y los siguió con la vista.
No hay puerta
Y en algún momento se acabó la chatarra.
Se acabó de golpe, en una línea recta que Raito vio venir desde lejos y que no entendió hasta que la pisó: donde terminaba el vertedero empezaba roca. Roca negra, pelada, subiendo en una pendiente larga hacia unos farallones.
Y el techo estaba a veinte metros, y ahí ya no bajaba más: se cerraba contra la roca.
—Ahí —dijo Samui.
Raito miró y no vio nada.
Vio piedra. Vio una grieta en la pared del farallón, de las de siempre, ancha para pasar de lado y con un montón de cascote al pie, exactamente igual que otras doscientas grietas que llevaban un buen rato pasando de largo.
—Dónde.
—Ahí.
—Eso es una grieta.
—Sí —dijo Samui.
—Samui, que eso es una grieta. Que yo he pasado por delante de doscientas hoy.
—Ya.
—Que no puede ser esa.
—Es esa.
Y Kairu abrió los brazos con las manos hacia arriba y se quedó así, que era su manera de decir que se rendía.
Lo que había dentro tampoco parecía nada.
Un pasillo de piedra, torcido, que se estrechaba y se ensanchaba sin criterio, con el suelo lleno de piedras sueltas. Anduvieron ochenta metros en la oscuridad, tropezando. Ni una marca. Ni una luz. Ni una puerta.
Y en un recodo, sentada en un cajón vuelto del revés, con una lámpara y un libro grande abierto sobre las rodillas, había una mujer.
Cuarenta y tantos. Ropa de trabajo. El pelo recogido con un cordel.
Levantó la vista con la cara de quien lleva ocho horas de turno y le quedan cuatro.
—Buenas —dijo—. ¿Cuántos vienen?
Y a Raito, después de todo aquello y de cosas arrastrándose en el gris, aquella frase le pareció la cosa más increíble que había oído en su vida.
Una señora con un libro. Preguntando cuántos.
—Seis —dijo Samui.
—Seis. —Miró el libro, pasó una hoja, sacó un lápiz de detrás de la oreja—. ¿Y usted es?
—Samui.
—Ah. —Ni sorpresa ni alegría; anotó—. Le tengo aquí una entrada diciendo que salió. Voy a poner que volvió, si no le importa.
Raito miraba a un lado y a otro.
—Perdone —dijo—. ¿Esto es…?
—Esto es un pasillo, cariño. —La mujer no levantó la cabeza—. Lo otro está más adentro.
—¿Y usted qué hace aquí?
—Anotar.
—¿Sola?
—Con la lámpara.
Y Kairu, que llevaba todo el camino sin poder decir nada gracioso y no aguantaba más, dijo:
—Menudo trabajo.
Y ella levantó la vista, y lo miró de arriba abajo, y contestó sin ninguna maldad:
—Hijo, aquí abajo el que tiene un cajón y una lámpara tiene una carrera.
—Es que no hay puerta.
Y entonces sí levantó la vista, y por primera vez pareció interesada en algo.
—Claro que no hay puerta. —Se lo dijo despacio, como quien le explica lo evidente a alguien que se lo ha ganado—. ¿Tú sabes cuánta gente lleva doscientos años buscando una puerta? Si hubiera una puerta, ya la habrían encontrado.
—…
—No hay puerta. Hay pared. Y de vez en cuando, para gente que trae papeles o suerte, hay un rato en que la pared es otra cosa.
Se le encendieron los ojos un segundo.
Sin ceremonia, para nada, como quien enciende una linterna para buscar algo en un cajón. En cada iris se abrió una figura de seis lados, tranquila, del color del metal recién sacado del fuego.
Y a Raito se le puso la piel de gallina, y tardó tres segundos en entender por qué.
Era la de su abuelo.
—Nombre —dijo la mujer.
Fueron diciéndolos. Ella los fue anotando con una letra pequeña y aburrida, sin comentar ninguno.
Ni siquiera el de Randa, que dijo el suyo con una sonrisa como si esperara algo y no obtuvo nada.
—¿Y yo estoy? —dijo Randa.
—Usted no.
—Qué alivio.
Y no era alivio.
—Y usted.
—Raito.
—Raito qué.
—Raito Jikan.
El lápiz se paró.
El libro de los pendientes
No hubo ceja levantada, ni silencio dramático, ni miradas cruzadas.
La mujer, simplemente, dejó de escribir en la hoja donde estaba escribiendo, cerró el libro grande, y se agachó a sacar otro que tenía debajo del cajón — uno más pequeño, más viejo, con las tapas comidas por la humedad.
Lo abrió casi por el final. Pasó tres hojas. Puso el dedo.
—Aquí está —dijo—. Bien.
—Qué es eso.
—Los pendientes.
Y le dio la vuelta al libro para que lo viera, con la naturalidad de quien enseña un albarán.
Raito miró.
Y en una hoja de papel seco, con la letra torcida de alguien que escribía apoyando mal, había una lista de renglones.
Y en uno de ellos estaba su nombre.
Y al lado, una fecha.
Tardó en entender lo que estaba viendo, porque hay cosas que uno entiende con el cuerpo antes que con la cabeza y se pasa un rato esperando a que la cabeza llegue.
—Esta fecha.
—Esa fecha.
—Esta fecha es cuando me caí.
—Aproximada —dijo la mujer—. Se falla por poco casi siempre.
Raito se apoyó en la pared de piedra, porque la pierna le pareció de pronto poco fiable.
—¿Cuándo se escribió esto?
—Pues cuando se escribió, criatura.
—No. —Se le puso una voz rara—. Que cuándo se escribió.
Y ella volvió hojas hacia atrás, muchas, y le enseñó el canto del libro: papel seco, con los bordes rizados por la humedad de años y años y años.
—Este libro tiene más años que yo —dijo—. Yo solo tacho.
—Eso no puede ser.
—Bueno.
—Que eso no puede ser, señora. —Y le salió más alto de lo que quería—. Que yo me caí de un sitio. Que yo no elegí caerme. Que no lo sabía ni yo.
Y la mujer lo miró con una paciencia enorme y sin ninguna simpatía.
—Cariño —dijo—. Yo pongo rayas.
Y entonces, delante de él, mojó el lápiz en la lengua y tachó su nombre.
Una raya. Limpia.
Y volvió a abrir el libro grande, y volvió a la hoja de antes, y siguió anotando lo suyo.
Y Raito se quedó mirando la raya.
Porque de todas las cosas que le habían pasado desde que se cayó, aquella era la primera que le daba miedo de una manera distinta. No miedo de morirse. Miedo de estar llegando tarde a algo que ya estaba puesto.
Está esperado, pensó.
Y se le revolvió una cosa muy vieja por dentro, porque él llevaba toda la vida llegando tarde a los sitios y por primera vez había llegado exactamente cuando alguien lo había apuntado.
—¿Quién lo escribió? —dijo Raito.
Y la mujer hizo una cosa rara: miró un momento hacia el fondo del pasillo, hacia dentro, hacia donde no había nada más que oscuridad, y volvió.
—Llevo nueve años en esta puerta —dijo—. Y en nueve años me habrán hecho esa pregunta ciento y pico veces. Todo el que llega y se ve en el libro pregunta lo mismo.
—¿Y qué les dice?
—Que lo escribió el que sabe.
—¿Y quién es el que sabe?
—El que sabe.
—Ya, pero quién.
Y ella se encogió de hombros con la naturalidad de quien no ha necesitado nunca hacerse esa pregunta.
—Yo qué sé, criatura. Yo llevo nueve años en un pasillo.
Y lo dijo sin ninguna solemnidad. Lo dijo como se dice el nombre de un cargo: el herrero, el de las cisternas, el que sabe.
Y después cerró los dos libros, se levantó del cajón, se estiró la espalda con las dos manos en los riñones y dijo lo más raro de toda la conversación.
—Bueno. Pasen.
—¿Por dónde? —dijo Kairu.
Y la mujer señaló la pared del fondo con la barbilla, sin mirarla.
—Por ahí.
La bajada
Después Raito contó muchas veces lo que pasó a continuación, y siempre lo contó mal, porque la parte importante duró dos segundos y él estaba mirando a otro lado.
Vio a la mujer poner la palma en la roca.
Vio que le brillaban los ojos, poco, como quien enciende una linterna para buscar algo en un cajón.
Y la pared dejó de ser pared.
No se abrió una puerta. No se movió un bloque. La piedra, en un trozo del ancho de un carro, se retiró de sí misma — se juntó hacia los lados, como se junta el agua cuando metes la mano, y donde había roca hubo un hueco.
Y del hueco salió aire caliente.
—Vayan pasando —dijo la mujer—. Que esto me cuesta.
Detrás había escalones.
Y ahí se acabó la sorpresa y empezó el trabajo, porque los escalones bajaban, y bajaban, y siguieron bajando durante una hora larga.
No era una escalera bonita.
Estaba tallada en la roca por gente que tenía prisa, con el escalón desigual, y giraba sobre sí misma en una espiral ancha con un pozo negro en el medio. Cada cierto trecho había una lámpara colgada de un gancho, y entre lámpara y lámpara había cuarenta pasos de casi nada.
Kairu contó las lámparas hasta la doce y lo dejó.
—¿Falta mucho?
—Sí.
—¿Cuánto es mucho?
—Mucho, Kairu.
Y Yoko, que iba pegada a la pared de fuera y no a la del pozo, dijo por lo bajo una cosa que le salió sin querer:
—Esto no lo sube nadie corriendo.
—No —dijo Samui.
—Digo que no lo sube nadie corriendo. —Se paró un escalón—. Ni bajando. Con esto puesto no llegas abajo con fuerza para nada.
—No.
—Entonces esto no es un camino.
—No.
—Es la puerta.
Y Samui no dijo que sí, y siguió bajando, y eso fue decir que sí.
Y bajaron.
Y bajaron. Y siguieron bajando, y al cuarto de hora la escalera dejó de ser una novedad y se convirtió en trabajo, que es lo que le pasa a todo.
Y Raito hizo lo que hacía él: se puso a mirar la obra.
Y vio que los escalones de arriba estaban tallados a golpes, desiguales, con marcas de herramienta todavía puestas. Y que los de más abajo estaban mejor. Y que los de mucho más abajo estaban gastados en el medio, hundidos por la mitad, con esa curva que le hacen a la piedra miles de pies durante muchísimo tiempo.
Y ahí entendió por dónde se había empezado a construir aquello.
De abajo hacia arriba.
Y le dio un vuelco, porque eso quería decir que la ciudad estaba antes que la escalera.
Y a los veinte minutos, Raito se dio cuenta de una cosa que no tenía sentido.
—Hace más calor.
—Sí.
—¿Bajando?
—Sí.
Y se paró en un escalón con la mano en la pared, porque aquello le rompía algo que él sabía de toda la vida.
Un pozo se enfría. Lo sabía porque había bajado a uno a los once años, a los treinta y siete pasos de la puerta de su casa, y a mitad de camino ya le sobraba la camisa.
Y aquello, cuanto más bajaba, más templado estaba.
—¿Por qué?
Y contestó Samui, dos escalones por delante, sin volverse.
—Porque la tierra está caliente hacia abajo.
—…
—Por eso arriba se muere la gente y aquí no.
Y Raito bajó unos escalones dándole vueltas a eso, con la mano en la pared, notando la piedra tibia debajo de la palma.
Y pensó una cosa que no le habría cabido en la cabeza al que se cayó en aquel mundo: que el mundo no se había acabado hacia arriba.
Que se había acabado hacia arriba y había seguido hacia abajo.
Y a la media hora empezó lo otro.
Fue poco a poco, y por eso tardó en notarlo: primero le pareció que estaba más cansado de lo normal, después que la mochila pesaba más de lo que había pesado arriba, y después, en un escalón cualquiera, la pierna no subió.
Se paró.
Levantó el brazo. Le costó.
—¿Qué me pasa?
—Bienvenido —dijo Randa.
—Es el sitio —dijo Samui—. Abajo pesa más.
—¿Cuánto más?
—El triple, más o menos.
—¿EL TRIPLE?
—Más o menos.
—¿Y la gente vive así?
—La gente vive así.
—¿Toda la vida?
—Los que nacen ahí, toda la vida. —Samui seguía bajando—. Y esos no saben lo que es andar arriba. A los de Ashita, cuando salen por primera vez, se les va la fuerza y se caen de boca. Hay que enseñarles.
—¿A andar?
—A andar flojo.
—¿Y ustedes? —dijo Asuru—. ¿Randa y usted?
—Nosotros vamos y venimos.
—¿Y no les cuesta?
Y Randa, tres escalones más abajo, contestó por los dos sin volverse.
—A mí me cuesta todo, corazón. Lo que pasa es que no lo enseño.
Y siguió bajando, y Raito se quedó en el escalón un momento con la boca abierta, y después bajó detrás porque no había otra cosa que hacer.
Los últimos veinte minutos fueron malos.
A Kairu se le fue una rodilla y tuvo que sentarse. Yoko bajaba de lado, agarrada a la pared, con la mandíbula apretada y sin decir ni una palabra. Asuru iba la última, despacio, mirándose los pies.
Y a Raito le fallaba la pierna cada cinco escalones, porque la pierna hacía exactamente lo que le habían dicho que hacía —beber— y ahora el trabajo era el triple.
—Ya está —dijo Samui, abajo—. Ya está.
—Ya está qué.
—Que ya llegaron.
Ashita
El corredor daba a una boca.
Y en la boca había una baranda de hierro, vieja, con la pintura saltada y con el pasamanos gastado de manos, y a Raito le pareció una cosa absurda de encontrar al final de una hora de escalera.
Después entendió para qué era la baranda.
Era para que la gente que llega no se caiga.
Salió.
Y se le doblaron las rodillas, y no fue por el peso.
Estaba en el borde de una caverna.
Y decir caverna no dice nada, porque una caverna es un agujero en una roca y aquello era un mundo con techo: una bóveda de piedra tan alta que arriba se perdía en una neblina propia, y tan ancha que el otro lado se veía azulado por la distancia, como se ve una montaña lejana en un día claro.
Y estaba llena.
Casas.
Casas encajadas unas sobre otras a seis, ocho, once alturas, metidas en la pared de piedra como un avispero, cada una con su tejado saliente y cada tejado sirviendo de patio a la de arriba. Escaleras cosiéndolas por fuera. Pasarelas de madera y de hierro cruzando de un edificio a otro a media altura, y por encima otras, y por encima otras, hasta que allá arriba se volvían hilos.
Farolillos. Miles. Colgados de cuerdas tendidas de un lado de la calle al otro, rojos y ámbar y algunos de un verde raro, encendidos todos, en fila, cruzando el aire por encima de la gente.
Letreros verticales colgando de las fachadas, de tela y de chapa, con símbolos que Raito no sabía leer; unos cuantos iluminados por dentro.
Ropa tendida. Ropa tendida por todas partes, de balcón a balcón, atravesando calles enteras — y a Raito eso, la ropa tendida, le hizo en el pecho algo que no le hizo ninguna otra cosa de las que estaba viendo.
Humo de cocina subiendo derecho en veinte sitios a la vez, porque ahí abajo no había viento que lo torciera.
Terrazas verdes en los salientes de roca, cultivadas, con gente agachada trabajándolas.
Y cables tendidos de una formación de piedra a otra, cruzando la caverna entera, con cosas colgando: luces, poleas, y una plataforma que se movía muy despacio de un lado al otro con gente encima.
Y por el suelo de las calles, muy abajo, corría agua. Canales estrechos, abiertos, sin tapar, con agua que venía del lago y que iba lamiendo la piedra y devolviendo la luz azul hacia arriba, hacia las caras de la gente que pasaba por encima de los puentecillos sin mirarla.
Nadie miraba nada. Todos iban a algún sitio.
Y había ruido.
Eso tardó en llegarle, porque venía de muy abajo y subía mezclado: un rumor grande, continuo, hecho de mil cosas — martillos, voces, una campana, algo que rodaba, alguien llamando a alguien por su nombre desde muy lejos.
El ruido que hace la gente cuando hay mucha y está haciendo cosas.
Y Raito llevaba desde que se cayó sin oírlo.
Y en el centro, subiendo desde el fondo del valle hasta tocar la bóveda y sostenerla, había un árbol.
Raito se olvidó de que no podía levantarse.
Era imposible.
Era más ancho en la base que la granja entera de su abuelo. El tronco subía y subía y se abría arriba en ramas del grosor de calles, y en las ramas había construcciones, y luces, y gente moviéndose, y de las ramas colgaban cosas que Raito no supo nombrar.
Y abajo, entre las raíces, había un lago.
El lago brillaba.
No reflejaba: brillaba, con una luz azul verdosa que le salía de dentro, viva, moviéndose despacio.
Y esa luz subía por las raíces.
Y subía por el tronco —se le veía subir, en corrientes finas bajo la corteza, como se le ve la savia a una hoja contra el sol— y llegaba a las ramas, y de las ramas caía sobre la ciudad.
Raito siguió una corriente con los ojos. Salía del lago, entraba en una raíz del grosor de una casa, subía por el tronco —tardaba, se la veía tardar—, y arriba, muy arriba, se metía por una rama y desaparecía entre las construcciones.
Y en esa rama, minúsculas, había ventanas encendidas.
Y arriba del todo, donde el tronco se abría por última vez y ya casi tocaba la bóveda, había una construcción sola.
Pequeña desde ahí. Sin luces. Puesta en la horcadura más alta, con la piedra de la bóveda encima como un techo, y con una sola cosa que se movía alrededor: una pasarela larguísima que subía dando vueltas.
Raito la miró un momento y no le dio importancia.
Bajó la vista al valle.
Y contó. No pudo evitarlo y tampoco quiso.
Contó los niveles de casas en la pared de enfrente —nueve, diez, once, y a partir de ahí se le juntaban—. Contó los puentes que cruzaban de un lado a otro —catorce que se vieran—.
Y se rindió cuando intentó contar las ventanas.
Miles. Había miles de personas ahí abajo.
Y todas estaban haciendo algo, y ninguna miraba hacia arriba, y a ninguna le parecía extraordinario nada de aquello.
Ashita no tenía sol.
Ashita tenía eso.
Y a Raito, de rodillas en el suelo de piedra, sin poder levantarse, con el peso triplicado tirándole de la nuca hacia abajo, le pasó una cosa que no le había pasado nunca:
se le llenaron los ojos de agua y no supo por qué.
No era pena. No era alivio.
Era otra cosa, más tonta y más grande: que llevaba semanas creyendo que el mundo se había acabado, que quedaban restos, que la gente sobrevivía en costras de chatarra y debajo de cúpulas que le compraban el alma —
— y ahí abajo, debajo de todo, había una ciudad viva, con ropa tendida y críos y humo de cocina.
Y llevaba siglos ahí.
Y nadie de arriba sabía que existía.
Los otros tampoco estaban mejor.
Kairu se había quedado a cuatro patas y no se levantaba, pero no era por el peso: tenía la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta, y se le movía la garganta sin que le saliera nada.
—Ay, madre —consiguió decir por fin—. Ay, madre. Ay, madre.
—Kairu.
—Que hay calles, Raito.
—Ya lo veo.
—Que no. Que hay calles. —Se le quebró—. Que yo pensaba que eso ya no se hacía.
Yoko no dijo nada. Estaba de rodillas con las manos apoyadas en el suelo, y no miraba el árbol ni el lago: miraba los puentes, uno por uno, siguiéndolos con los ojos de un extremo a otro.
Y a Raito le pareció que estaba haciendo lo que hacía siempre —contar salidas— y que por primera vez desde que la conocía no le salía la cuenta.
Asuru se había llevado las dos manos a la boca.
Y cuando la miró, Raito le vio la cara mojada, y ella se dio cuenta de que la estaba mirando y no se limpió.
—Hay gente —dijo Asuru.
Fue todo lo que dijo, y era exactamente lo que había.
Y por delante de ellos, por el corredor, pasó un crío corriendo.
Nueve años, quizá diez. Descalzo. Llevaba un cubo lleno hasta el borde agarrado con las dos manos por delante, y venía corriendo de verdad, saltando un escalón, con esa carrera fea y eficaz que tienen los niños que hacen recados.
Pasó por al lado de cuatro personas de rodillas en el suelo.
No derramó una gota.
Y no los miró.
Y Raito se quedó ahí, aplastado contra el suelo de un sitio que pesaba el triple, viendo alejarse a un crío descalzo con un cubo, y entendió una cosa sin que nadie se la dijera y sin que a nadie le hiciera falta decírsela.
Que ahí abajo él no era nadie.
Y que iba a tener que aprender a andar otra vez.
Randa se agachó a su lado. Ella estaba de pie, tranquila, con las manos en los bolsillos, como si el suelo no tirara de nada.
—¿Qué te parece, campesino?
Y Raito, que llevaba desde el puerto aprendiendo a contestar a esa mujer, no supo qué decir.
Así que dijo la verdad.
—Que hay ropa tendida.
Los que bajan
Los ayudaron a bajar, porque solos no podían.
Y eso también fue una cosa que Raito no supo dónde poner: que subieran dos personas por el corredor, con una parihuela y con cara de haberlo hecho cuatrocientas veces, y que lo primero que dijeran fuera:
—¿Alguno vomitó ya?
—No —dijo Samui.
—Pues van a vomitar.
Vomitaron los cuatro.
Kairu el primero, a los diez pasos, con mucha dignidad y mucho ruido. Yoko la última y de la manera más discreta que se puede hacer eso, apartándose dos metros y volviendo como si nada.
Y a nadie le llamó la atención.
Eso fue lo notable. Los dos hombres esperaron con la parihuela apoyada, hablando entre ellos de otra cosa —de un turno, de alguien que no había venido—, y cuando terminaron dijeron «¿ya?» y siguieron bajando.
—¿A ustedes también les pasó? —dijo Asuru, con la voz destrozada.
—A todo el mundo.
—¿Y se quita?
—Se quita.
—¿Cuándo?
Y el hombre se lo pensó de verdad, contando por dentro.
—Depende de lo flojo que vengas.
Y a partir de ahí bajaron por dentro de la ciudad.
Y ahí fue peor, o mejor, o las dos cosas: ahí dentro ya no se veía Ashita — se estaba dentro de ella.
Los farolillos quedaban a un palmo por encima de la cabeza. El canal iba a un paso, sonando, echando luz azul hacia arriba. Las fachadas se cerraban a los lados tan cerca que se podía tocar las dos abriendo los brazos.
Y en cada fachada había una puerta, y detrás de cada puerta había alguien haciendo algo.
Un taller de zapatos. Un sitio donde hervían algo enorme. Un cuarto lleno de estanterías con tarros. Una mujer sentada en el escalón de su casa despiojando a un crío que protestaba.
Y una puerta abierta de la que salía música — música, alguien tocando algo de cuerda, mal, y otro riéndose de él.
Raito iba en la parihuela mirando hacia arriba como un idiota.
Y vio, sin entenderlo, tres cosas que iba a tardar mucho en entender.
La primera fue que a todo el mundo le brillaban los ojos.
A todo el mundo. Al que barría. A la que cargaba. A los críos. Encendidos, apagándose, volviendo a encenderse, sin que nadie mirara a nadie, como se encienden las luces de una casa cuando alguien entra en una habitación.
Y no solo los ojos.
Había akari por todas partes. Saliéndole a la gente de las manos mientras hacía cosas, subiendo por un brazo, quedándose un momento en el aire encima de un puesto. Un rombo encendía un horno. Un rombo calentaba agua. Un rombo, en una ventana de un tercer piso, era simplemente la luz de una habitación en la que alguien estaba cosiendo.
Un hombre en un andamio le puso la palma a un bloque de piedra y el bloque cambió de forma y encajó en el hueco como si siempre hubiera sido de ese tamaño. Y el de al lado ni levantó la vista.
—Nadie se esconde —dijo Raito.
—¿Cómo?
—Que nadie se esconde.
Y Randa, andando a su lado con las manos en los bolsillos, tardó un poco en contestar.
—Aquí no —dijo.
Y no lo dijo con guasa.
La segunda fue el musgo.
Crecía entre las piedras del suelo, en las juntas, verde de verdad, vivo, alimentado por la luz que subía del canal.
Raito estiró la mano desde la parihuela y no llegó.
Y la tercera no la entendió en absoluto.
En un alféizar, a la altura de su cara, había un pájaro de madera.
Del tamaño de un puño. Tallado, con las vetas a la vista, con una pata apoyada en el borde y la otra recogida.
Y cuando la parihuela pasó por debajo, el pájaro giró la cabeza y lo miró.
Raito se incorporó de golpe y le costó la vida.
—¡Eh!
—Quieto —dijo uno de los que cargaban.
—Que ahí hay… —Se volvió—. Que eso se ha movido.
—El qué.
—El pájaro.
Y el hombre miró hacia donde señalaba, sin ningún interés, y volvió a lo suyo.
—Ah. Sí.
—¿Cómo que sí?
—Que sí, que hay. —Ajustó el peso—. Hay por todas partes. No los toque mucho, que se van.
Y siguieron bajando.
Y Raito, tumbado, con el peso del mundo triplicado encima del pecho, se pasó el resto del camino mirando los alféizares.
Y en la calle siguiente había un ratón de madera debajo de un puesto.
Y en la otra, en el borde de un tejado, había dos.
Lo que dijo
Los dejaron en un cuarto de piedra con cuatro jergones y una lámpara, y les dijeron que no se levantaran y que ya vendría alguien.
Y se fueron.
Y los cuatro se quedaron ahí tumbados, sin poder moverse, oyendo la ciudad al otro lado de la pared.
Y no era un cuarto malo. Tenía la piedra lisa, una manta doblada encima de cada jergón y un cubo de agua limpia en un rincón.
Lo que pasaba es que a ninguno de los cuatro le funcionaban los brazos.
—Yo no me lo creo —dijo Kairu, al techo.
—Ya.
—Que no me lo creo, Raito. Que yo mañana me despierto en la nave.
—…
—Y me va a dar una rabia horrible.
—…
—¿Ustedes se han fijado en que había una señora tendiendo? —dijo—. Digo, tendiendo ropa. Con pinzas.
—Kairu.
—Es que con pinzas, Yoko.
Y Yoko, desde su jergón, con la voz destrozada de bajar una hora, contestó lo único que se podía contestar a eso.
—Ya lo vi.
Y Asuru, que no había abierto la boca desde el corredor, dijo una cosa muy bajito.
—Yo quiero quedarme.
Y nadie le contestó, porque los tres estaban pensando lo mismo y ninguno se atrevía a decirlo en voz alta el primero.
Y en algún momento entró Randa, sola, sin llamar, y se quedó apoyada en el marco mirándolos a los cuatro tirados en el suelo como cuatro sacos.
—Bueno —dijo—. ¿Qué te parece, campesino?
Y Raito, que llevaba mucho aprendiendo a contestar a esa mujer, no supo qué decir.
Así que dijo la verdad.
—Que hay ropa tendida.
Y Randa se quedó un momento callada.
Y después se rió — se rió de verdad, con ganas, echando la cabeza atrás, que era una cosa que Raito no le había visto hacer nunca — y entró, y se agachó, y le puso la mano en la nuca y se la apretó una vez.
—Sí —dijo—. Hay ropa tendida.
Y se fue.