KODAI

古代
Capítulo Dieciséis
Sennen千年«Mil años»
desliza para leer
I

Arriba

Subió solo.

Y subir aquella pasarela solo era otra cosa, porque cuando había subido con los tres el tronco era un sitio al que se llegaba, y subiéndolo solo el tronco era una pared que no se acababa.

Dio vueltas. Perdió la cuenta de las vueltas, que era una cosa que a él no le pasaba.

Y a media altura se paró, con las dos manos en el pasamanos, mirando hacia abajo.

Desde ahí Ashita era una cosa pequeña.

Se veían los once niveles metidos en la piedra, y los catorce puentes, y las cuerdas de farolillos cruzando de un lado a otro como costuras, y el lago allá abajo echando su luz azul hacia arriba, hacia él.

Y se veía la gente.

Minúscula. Cientos de puntos moviéndose por las calles, cada uno con su luz, entrando y saliendo de las puertas, subiendo escaleras, parándose a hablar.

Y a Raito se le puso el estómago mal, porque hacía nada todos aquellos puntos habían bajado la cabeza.

Y siguió subiendo.

Y a las cuatro o cinco vueltas siguientes le pasó una cosa tonta que se le quedó dentro.

Que la pasarela estaba bien hecha.

No bonita: bien hecha. Con los tirantes puestos donde hay que ponerlos, con los tablones cruzados en el sentido correcto, con un peldaño más ancho cada veinte para que uno pueda pararse a un lado sin cortarle el paso al que sube.

Y él se paró en uno de esos.

Y pensó, sin querer pensarlo: aquí alguien contó los pasos que aguanta una persona.

Arriba no había puerta.

Había un hueco, y una cortina de tela recogida a un lado con un cordel, y una luz amarilla que salía y se quedaba en el suelo del rellano.

Y Raito se quedó ahí de pie con la mano levantada, porque no había dónde llamar.

Y desde dentro dijeron:

—Pasa.

Dentro no había cambiado nada.

Las estanterías con cacharros. Las mesas. Las dos ventanas abiertas a la caverna. La lámpara colgada bajísima. Los montones de papeles y de cajas y de piezas por el suelo, sin ningún orden aparente y con un orden que Raito sospechó nada más entrar, porque él también ponía las cosas así: por sitios, no por clases.

Y el olor a madera cortada.

Y al fondo, en el mismo cajón, estaba el hombre de la cinta.

Con las manos ocupadas.

—Siéntate.

—…

—Ahí, en lo que quieras. Todo eso aguanta.

Raito se sentó en un cajón vuelto del revés.

Y se quedó ahí, con las manos en las rodillas, sin saber qué hacer con la cara.

Y estuvieron un rato largo sin decir nada.

Y el hombre no llenó el silencio, y eso a Raito le pareció lo más raro de todo, porque él llevaba toda la vida rodeado de gente que llenaba los silencios.

II

Lo que hay en las estanterías

Y antes de que empezaran a hablar, Raito miró la habitación.

No pudo evitarlo. Llevaba dieciocho años entrando en sitios y mirándolos, y el sitio de una persona dice más de esa persona que la persona.

Y aquel decía cosas raras.

Había herramientas.

Muchísimas, y de todas las clases, y bien puestas: colgadas de una tabla con el perfil pintado detrás, para saber cuál falta. Y eso lo hacía su abuelo.

Había una estantería entera de tarros con cosas dentro que no se distinguían.

Había papeles. Montañas de papeles, atados en fajos con cordel, y cada fajo con una palabra escrita en el canto.

Había una pared llena de trastos colgados de clavos, y ni uno de aquellos trastos servía para nada: un cascabel sin badajo, un zapato de crío, un trozo de red, media taza, una piedra plana con un agujero.

Y había mucha madera.

Tablas apoyadas, tacos, virutas por el suelo, un cepillo de carpintero, y en una repisa larga, en fila, una cantidad absurda de animales de madera.

Ciento y pico. Puede que doscientos.

Sin pintar. Todos mirando hacia el mismo lado.

Y ninguno se movía.

Raito se acercó a la repisa sin pedir permiso, porque llevaba media hora sin que nadie le dijera nada y porque no pudo evitarlo.

Y los miró de cerca.

Y estaban bien hechos. Todos. El pájaro tenía las plumas del ala marcadas una por una. El ratón tenía las manos. Un bicho de muchas patas las tenía todas, contadas, y las tenía distintas entre sí, que es la clase de tontería en la que solo se fija alguien que lleva mucho tiempo haciendo eso.

—Puedes tocarlos —dijo el hombre.

Y Raito no los tocó.

Y en un rincón, apoyado de canto, sujetando una estantería que se había vencido por un lado, había un palo.

Un palo de madera, cuadrado, de un brazo y medio de largo, con la punta de abajo comida y con una muesca a media altura.

Y Raito lo miró tres segundos.

Y se puso de pie.

Porque aquello no era un palo.

Era un poste de cerca. Un poste de cerca de madera de fresno, cortado a la medida corta —la que se usa cuando el terreno baja y hay que compensar—, con la muesca donde va el travesaño de arriba.

Y la muesca estaba hecha a formón, con dos cortes rectos y el fondo limpio, que era como los hacía su abuelo y como se los enseñó a hacer a él a los nueve años.

Se quedó de pie mirando aquel palo.

Y no dijo nada, porque no sabía qué se dice.

Y el hombre de la cinta tampoco. Siguió con lo suyo, con las manos, sin levantar la cara.

Y Raito se volvió a sentar.

III

El nombre

—Ya me lo has visto —dijo el hombre.

—…

—Lo del rincón. Llevas ahí de pie un rato.

—Ya.

—Sujeta bien.

—Ya lo veo.

Y se le quebró un poco al decirlo, y le dio una rabia horrible que se le quebrara.

Y entonces Raito lo dijo.

No lo pensó. No lo preparó. Llevaba noches preparándolo y cuando llegó el momento le salió de la peor manera posible: en voz baja, sin aire, y como quien pregunta una dirección.

—Itsumo.

Y pasó una cosa.

Duró medio segundo y Raito la vio entera, porque llevaba dieciocho años mirando cosas y aquella la habría visto aunque hubiera estado ciego.

Las manos se pararon.

No se movió la cara. No se movió la espalda. No se giró la cabeza. Solo se pararon las manos, a mitad de lo que estaban haciendo, y se quedaron así, con la pieza a medio girar.

Medio segundo.

Y volvieron a moverse.

—Sí.

Y ya está.

Eso fue todo lo que dijo.

Y Raito, que llevaba noches ensayando lo que iba a pasar después, se dio cuenta ahí mismo de que no había ensayado nada de esto.

Había ensayado un abrazo. Había ensayado un llanto. Había ensayado incluso una discusión, una buena, con un discurso preparado sobre lo que es dejar que tu hermano te entierre.

Y no había ensayado un sí.

Y Raito se quedó esperando lo demás, porque tenía que haber algo más.

Tenía que haber un hermano. Tenía que haber un cuánto tiempo. Tenía que haber un hombre levantándose de un cajón y cruzando una habitación, que era lo que Raito llevaba noches viendo dentro de la cabeza y lo que había decidido no permitirse esperar y lo que había estado esperando de todas formas.

Y no hubo nada.

Hubo un hombre sentado en un cajón, con las manos ocupadas, que había dicho .

—Estás pensando que debería levantarme —dijo.

Raito no contestó.

—Ya.

Y siguió tallando.

—Si me levanto ahora —dijo—, después hay que hablar. Y llevas media hora subiendo una pasarela y no has bebido agua. Bebe algo primero.

Y señaló con la barbilla una jarra que estaba en el suelo, a un metro, que Raito no había visto.

Y Raito bebió, porque no supo hacer otra cosa.

Y estaba fría, y le sentó bien, y eso le dio una rabia que no supo dónde poner.

Y Raito se quedó ahí, con la boca abierta, esperando.

Y el silencio duró tanto que llegó a pensar que aquello era todo lo que iba a haber.

—Llegaste el día que tenías que llegar —dijo el hombre.

—…

—Lo que no sabía era por dónde.

Y Raito abrió la boca y no le salió nada, porque acababa de oír a su hermano decir aquello con el mismo tono con el que se dice que llueve.

IV

Poco a poco

—Ven —dijo—. Siéntate más cerca, que desde ahí no se habla.

Raito arrastró el cajón.

—Más.

Lo arrastró más.

—Ya.

Y desde ahí, de cerca, Raito le vio las manos por primera vez.

Y eran las manos de su hermano. Del todo. Con el pulgar aquel, y con la manera de agarrar las cosas por debajo, y con la uña partida del índice que no se le arreglaba nunca porque se la volvía a partir.

Y a Raito se le fue el aire otra vez.

—Bueno —dijo Itsumo—. Hay mucho que contar.

—…

—Hay tanto que contar que si empiezo hoy y no paro, no acabo. Y no es una manera de hablar: es una cuenta. Hice la cuenta una vez, hace mucho, por curiosidad.

Se pasó el pulgar por el filo del cuchillo.

—Así que se va a hacer poco a poco.

—¿Por qué?

—¿Por qué?

—Por dos cosas.

—La primera es tonta y es verdad —dijo—. Que mil años no caben en una tarde. Ni en cien. Uno cree que sí, porque cuando mira hacia atrás lo ve todo junto y le parece poco, y después se pone a contarlo y resulta que hay ochocientos años de cosas aburridas en medio.

—…

—Y la segunda no es tonta.

Y ahí paró las manos otra vez. Un momento.

—La segunda es que hay cosas que si te las cuento hoy, te rompen —dijo—. Y no de figura. De verdad.

—Yo aguanto.

—No es una crítica.

—Que yo aguanto.

—Ya lo sé —dijo Itsumo—. Aguantas mucho. Se te nota en la manera de sentarte.

Y siguió con lo suyo.

—Y aun así.

—Yo he aguantado cosas.

—Sí.

—He aguantado más que la mayoría de la gente que hay ahí abajo, seguramente.

—Probablemente.

—Entonces—

—Aguantar no es lo mismo que sostener, Raito. —Cambió la pieza de mano—. Aguantar es lo que hace un poste hasta que revienta. Sostener es lo que hace una cerca entera.

Y Raito se quedó callado, porque acababa de reconocer de dónde salía esa frase y no era de aquel hombre.

Era del otro.

—Esa la decía el abuelo.

—Sí.

—…

—¿De dónde te la aprendiste?

—De donde tú. —Sopló la madera y la miró de lado—. De oírla ochocientas veces mientras hacía otra cosa.

Y a Raito se le puso una cosa en la garganta y se la tragó.

V

Las que sí y las que no

Y entonces Itsumo dijo una cosa que a Raito le cambió la tarde.

—Pregunta.

—¿Qué?

—Que preguntes. —Sacó una viruta larga y la dejó caer—. Has subido con veinte preguntas dentro. Suéltalas.

—…

—Y va a pasar esto: unas te las contesto y otras no. Y cuando no te la conteste, te vas a fastidiar y vas a preguntar por qué no, y a esa tampoco te la voy a contestar.

—Eso es una trampa.

—Sí.

Y siguió tallando.

—Pregunta igual.

Y Raito se lo pensó, y empezó por la más fácil, porque no se atrevió con otra.

—¿Cuántos años tienes?

—Muchos.

—Eso no es un número.

—No.

—¿Y por qué no?

—Porque el número no significa nada y la cara que se te va a poner sí. —Y se encogió de hombros—. Digamos que suficientes para que la palabra siglo me suene a semana.

—¿Por qué no te haces viejo?

—Esa sí.

Y Raito se enderezó en el cajón.

—Porque me hicieron una cosa —dijo Itsumo—. Hace mucho. No fue cosa mía y no la pedí. Y no se puede deshacer.

—¿Quién te la hizo?

—Esa no.

—¿Por qué no?

—Ya te he dicho que a esa tampoco.

Y Raito soltó el aire por la nariz, y siguió, porque en el fondo aquello le estaba gustando y le daba rabia que le gustara.

—¿Duele?

Y ahí Itsumo se paró.

—…

—¿Que si duele qué?

—Vivir tanto.

Y se hizo un silencio largo, y Raito pensó que aquella iba a ser de las que no.

—Sí —dijo Itsumo.

Y de eso no soltó una palabra más.

—¿Cuánta gente hay en Ashita?

—Once mil y pico. Sube y baja.

¿Once mil?

—Once mil y pico.

—¿Y de dónde salen?

—De arriba, casi todos. Y de aquí, cada vez más. —Se acercó la pieza a la cara sin necesitarlo—. Los que nacen aquí ya son más que los que llegan, y eso pasó hace poco, y es la mejor noticia que hemos tenido en doscientos años.

—¿Por qué?

—Porque una ciudad que solo recibe gente no es una ciudad. Es un campamento.

—¿Y el régimen sabe que existe esto?

—Sabe que existe algo.

—¿Y no lo busca?

—Lleva doscientos años buscándolo.

—…

—¿Y por qué no lo encuentra?

—Esa no.

Itsumo.

—Esa menos que ninguna —dijo—. Y ahí no insistas, porque esa es de las que le he contado a poca gente y de las que se me han muerto tres.

—¿Y los guardianes del vertedero?

Y ahí, por primera vez, Itsumo levantó la cara.

Poco. La levantó y la volvió a bajar.

—Esa te la contesto y no te va a gustar —dijo.

—Contéstamela.

—Son gente.

—…

—Lo que hay ahí abajo eran personas. Se corrompieron hace muchísimo y se quedaron ahí, y nadie ha conseguido matarlos, y a estas alturas nadie lo intenta.

Raito tenía la boca seca.

—¿Y por qué te obedecen?

—No me obedecen.

—Se apartan.

—Se apartan. —Volvió a lo suyo—. Que no es lo mismo.

—¿Y por qué se apartan?

Y Itsumo tardó.

—Porque fui el único que no intentó matarlos —dijo.

Y siguió tallando.

Raito se quedó mirando el suelo un rato.

Y después preguntó lo que llevaba queriendo preguntar desde la plaza, y le salió mal, y le salió pequeño.

—¿Por qué me hacen reverencias?

—Esa ya te la contesté.

—Me contestaste una tontería.

—Te contesté lo que hay hoy.

—…

—Pregunta otra.

Y Raito preguntó otra, y le salió del fondo, y en cuanto la dijo se dio cuenta de que era la única que importaba y de que se la había guardado sin querer para el final.

—¿Tú sabías que iba a caer?

Y las manos se pararon.

Y esta vez tardaron en volver a moverse.

—Sí.

—…

—¿Desde cuándo?

—Desde esa noche.

Y a Raito se le fue el suelo.

—¿Esa noche?

—Esa noche.

—Itsumo, esa noche yo me caí. Esa noche fue cuando pasó.

—Ya lo sé.

—Entonces cómo—

Y ahí Itsumo dejó de tallar, y se quedó un momento con la pieza en la mano, y contestó despacio.

—Esa noche pasaron dos cosas —dijo.

—…

—Una la viste tú.

—¿Y la otra?

Esa no.

Y Raito se levantó.

—No. Esa sí.

—Raito—

Esa sí, Itsumo. —Y le tembló todo—. Esa es la mía. Esa noche era mi casa y era mi abuelo y era mi hermano. ¿Qué pasó?

Y el hombre de la cinta esperó a que terminara.

Y después dijo lo único que dijo de aquello:

—Que alguien me contó una cosa.

—¿Quién?

—Esa no.

—¿Qué cosa?

—Esa tampoco.

—…

—Te voy a decir lo que sí. —Y volvió a lo suyo, muy despacio—. Que esa noche me quedé de pie delante de un agujero en el aire, con el abuelo muerto detrás y sin hermanos.

—…

—Y que me levanté de ahí sabiendo dos cosas que no sabía cuando llegué.

—…

—Que estabas vivo. Y que ibas a volver.

Y Raito se volvió a sentar porque no le aguantaban las piernas.

—¿Y cuándo? —dijo—. Si lo sabías. ¿Sabías cuándo?

—Sí.

—¿Aproximadamente?

El día.

Y Raito se lo quedó mirando con la boca abierta.

—El día.

—El día. —Sacó una viruta larga y la dejó caer—. Con eso he vivido mil años, Raito. Con un día. Un día muy lejos, al que le he ido quitando tiempo por delante todas las mañanas de mi vida.

—…

—Lo que no sabía era el sitio.

—¿Cómo que el sitio?

—Que ese mundo de ahí arriba es muy grande y tú podías aparecer en cualquier parte de él. —Volvió a lo suyo—. Y de nada me servía saber el día si te aparecías en mitad de la bruma, o dentro de una cúpula, o en un sitio donde te matan por llevar la cara descubierta.

—…

—Así que mandé gente. Mucha. A todas partes.

Y a Raito se le paró el corazón.

—Espera.

—…

—Espera, espera, espera. —Se levantó otra vez sin darse cuenta—. Samui.

—Samui.

—Samui estaba en el muelle nueve.

—Samui llevaba cuatro años en el muelle nueve —dijo Itsumo—. Y estaba deseando irse. Me lo dijo por escrito tres veces.

—…

—Y le contesté las tres veces lo mismo: que se quedara un poco más.

Y Raito se quedó de pie en el medio de aquella habitación con una cosa espantosa dentro.

Porque acababa de entender que el mejor golpe de suerte de toda su vida —el único, el que le salvó el pellejo en un muelle podrido cuando llevaba diez minutos en aquel mundo— no había sido suerte.

Y no supo si aquello era la cosa más bonita o la más fea que le habían hecho nunca.

—¿Y él lo sabía?

—Claro que lo sabía.

—…

—Samui sabía quién eras antes de verte la cara. —Siguió tallando—. Sabía el día, sabía que podías aparecer en cualquier parte y sabía que Kinō era de los sitios donde podía pasar. Por eso llevaba cuatro años pudriéndose en un muelle.

Y Raito se acordó.

Se acordó de golpe y entero, con esa claridad fea con que se acuerda uno de las cosas cuando ya es tarde: de un hombre partido en blanco y negro bajando por una rampa sin prisa, mirando a cuatro críos tirados en el suelo uno por uno, con cara de estar haciendo una cuenta.

Y de lo que dijo.

Hasta que los deje donde tengo que dejarlos.

—Él me dijo eso —dijo Raito, en voz alta—. Esa misma noche. Me dijo que hasta dejarnos donde tenía que dejarnos.

—Sí.

—Y yo pensé que era una manera de hablar.

—No lo era.

—¿Y por qué no me lo dijo?

—Porque se lo prohibí.

Y ahí Raito se volvió a sentar.

—Cuando avisó de que habías aparecido —dijo Itsumo—, le contesté tres cosas. Que te trajera. Que no te dejara solo. Y que no te dijera una palabra de mí.

—…

—Y esa tercera le costó. Me la discutió por escrito dos veces, que en él es como gritar.

—¿Y por qué?

Y ahí Itsumo paró las manos.

Y contestó una cosa que Raito no esperaba en absoluto.

—Porque esto quería decírtelo yo —dijo—. Aquí. En persona.

—…

—Y no que te lo contara otro en una nave, de camino, mientras vomitabas.

Y Raito se quedó mirándose las manos.

Porque de todo lo que había oído aquella tarde, aquello —justo aquello, que era lo más pequeño— fue lo primero que le sonó a hermano.

—¿Y Randa? —dijo, al rato.

—Randa iba a lo suyo.

—Ya, pero—

—Randa iba a lo suyo y de camino miraba. —Volvió a tallar—. Como otros cuantos. Ese continente era el más probable y no era el único, así que hay gente mirando en unos cuantos sitios más.

—¿Cuánta gente?

—Bastante.

—¿Y todos saben quién soy?

—No —dijo Itsumo—. Todos saben que hay que avisar.

—Y lo demás del tiempo lo he pasado construyendo un sitio donde pudieras aparecer sin que te mataran a la semana.

Y ahí Raito notó cómo se le iba el suelo por segunda vez en aquella tarde.

Porque acababa de entender lo que le estaban diciendo, y lo que le estaban diciendo era esto:

que aquella ciudad de once mil personas, con su árbol y su lago y sus once niveles metidos en la roca, estaba ahí porque un chico de veintitantos años se quedó una noche mirando un agujero en el aire y decidió que su hermano iba a volver.

—Itsumo.

—Dime.

—¿Y si me hubiera equivocado? ¿Y si hubiera aparecido en otro sitio? ¿Y si no hubiera aparecido nunca?

Y Itsumo se lo pensó.

—Pues habría un sitio bueno debajo de la tierra con once mil personas viviendo en él —dijo—. Y nadie sabría por qué se hizo.

Y siguió tallando.

—No es la peor manera de perder una apuesta.

VI

Lo que se puede hacer con esto

Y entonces hizo una cosa que a Raito lo desarmó del todo, porque no se la esperaba y porque era muy de él.

Cambió de tema.

—¿Tú qué sabes hacer? —dijo.

—…

—Con lo tuyo. ¿Qué sabes hacer?

—Yo… —Raito se movió en el cajón—. Yo voy rápido.

—Ajá.

—Y a veces vuelvo.

—Ajá.

—Y una vez… —Y ahí se paró, porque no sabía cómo se decía—. Una vez me salió mucho de golpe.

—Sí. Eso me lo contaron.

—Enséñame lo de ir rápido.

—¿Aquí?

—Aquí.

—Es que aquí no hay—

—Raito.

Y Raito se calló, y se concentró, y el mundo se le puso de miel medio segundo, y en ese medio segundo no pasó absolutamente nada porque no había nada que esquivar.

Y cuando volvió, Itsumo seguía tallando.

—Bien —dijo.

—No he hecho nada.

—Has hecho lo que hay que hacer. Lo que pasa es que lo estás haciendo de una manera muy cara.

Y entonces levantó una mano.

Y encima de la palma abierta, sin ningún gesto y sin ninguna preparación, se le puso una luz.

Del tamaño de una nuez, quieta, de un dorado muy oscuro, casi de bronce.

—Esto es akari —dijo—. El mismo que tiras tú a puñados.

Y la luz se estiró. Se hizo un hilo largo, del grosor de una cuerda de tender, y el hilo se le enrolló en dos dedos y se quedó ahí, apretado, sin desgastarse.

—Y esto es lo mismo también.

Y el hilo se hizo una lámina. Una lámina fina, del tamaño de una mano, que se quedó flotando de canto encima de la palma como un cristal.

—Y esto.

Y la lámina se puso dura. Se le notó. Cambió de manera de reflejar la luz de la lámpara.

—¿Y eso cómo se llama?

—No se llama.

—Todo se llama.

—Las cosas que hace mucha gente se llaman —dijo Itsumo—. Las que hace uno solo no hacen falta nombrarlas, porque no hay a quién decírselas.

Y a Raito le pareció la cosa más triste que le habían dicho en mucho tiempo y no supo por qué.

—Y esto.

Y la lámina se partió en cuatro trozos que se quedaron flotando cada uno por su lado, y los cuatro se movieron a la vez, y volvieron a juntarse, y ya no se veía por dónde se habían partido.

—Y esto.

Y de la lámina salieron hilos. Muchos, finos, largos, y se fueron por la habitación — uno se enrolló en el asa de una taza, otro se metió por debajo de una caja, otro subió y se quedó colgando de la lámpara.

Y todos seguían saliendo de la misma mano.

—Y esto.

Y la lámina desapareció.

Y a Raito se le levantó el pelo de los antebrazos, porque no se había apagado: se había ido a algún sitio.

—¿Cómo ha hecho eso?

—Con tiempo.

—No, digo cómo—

—Con tiempo, Raito. El akari no hace nada por sí solo. Lo que hace es lo que le enseñas a hacer.

—…

—Y eso se enseña despacio. —Y ahí le puso, por primera vez, una mano en la rodilla, y se la quitó enseguida—. No hay truco. Es una cosa muy simple hecha durante muchísimo rato. Como todo.

—…

—Tú tienes más de esto que nadie que haya pasado por aquí. Bastante más. Y eso no es un halago.

—¿Y qué es?

—Un problema de administración.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que tienes un almacén enorme y no tienes puerta. —Volvió a lo suyo—. Cuando te hace falta algo, tiras la pared abajo, sacas lo que necesitas y te quedas sin pared.

—…

—Y funciona. Se te nota que funciona: has llegado hasta aquí. Lo que pasa es que cada vez que lo haces te quedas sin pared, y las paredes tardan.

—¿Y qué hace falta para tener puerta?

—Años.

—¿Cuántos?

Y ahí Itsumo dijo una cosa que a Raito le sonó rarísima.

—Menos de los que crees —dijo—. Y más de los que quieres.

—Eso no es una respuesta.

—Es la mejor que hay. —Le buscó la veta con la uña—. Si te digo un número, te vas a pasar el número entero contándolo, y el día que llegues al número no vas a estar mejor, vas a estar igual y encima decepcionado. Lo he visto.

—…

—Y si no te digo nada, te pones a trabajar. —Se encogió de hombros—. Es sucio, pero funciona.

Y ahí Raito se rió.

Se le escapó, y le salió corta y rara, y en cuanto le salió se le quitó, porque llevaba diez minutos sentado delante de un desconocido y de pronto se acordaba de que aquel hombre le había enseñado a atarse los cordones.

Y a Itsumo se le movió algo en la cara.

Poco. Un dedo.

Y volvió a lo suyo.

—¿Y usted? —dijo Raito—. Digo… ¿tú? Perdón.

—Da igual.

—¿Tú qué sabes hacer?

Y Itsumo se quedó pensándolo un momento, como si fuera una pregunta difícil.

—Esperar —dijo.

Y no dijo nada más.

VII

El bicho

Y ahí, del rincón, salió el bicho.

Vino andando con aquel balanceo lateral absurdo, cruzó la habitación entera sin mirar a Raito, y se sentó encima del pie de Itsumo.

Kyūba —dijo.

—Sí.

—Kyūba.

—Que sí.

Y le rascó la cabeza con dos dedos, sin mirar, de la manera exacta en que se le rasca la cabeza a un animal al que se le lleva rascando la cabeza treinta años.

—¿Eso es suyo?

—Eso es de él.

—¿Cómo que de él?

—Que él es de él. —Itsumo siguió tallando—. Está aquí porque quiere. Un día se va a ir y no va a decir nada.

—…

—¿Tú tienes hambre?

—No.

—Kyūba. Algo para el chico.

Y el bicho abrió la boca.

Salió una cosa envuelta en una hoja verde.

Cayó al suelo, rodó, y se paró contra el pie de Raito, y Raito la recogió con dos dedos y la desenvolvió y era una especie de bola de masa con algo dentro.

Estaba caliente.

—…

—Cómetelo.

—Es que no sé de dónde—

—Nadie lo sabe. Cómetelo.

Y se lo comió.

Y estaba muy bueno.

Y a mitad se dio cuenta de que tenía muchísima hambre, y de que llevaba desde por la mañana sin comer, y de que se le había olvidado.

Y levantó la vista.

Y el hombre de la cinta seguía tallando, con el bicho encima del pie, sin decir nada.

—¿Y él de dónde salió?

—De unas manos.

—…

—De estas —dijo Itsumo, y levantó una un momento y la volvió a bajar—. Hace mucho. Había un problema y él fue la solución, y a la solución le salieron patas.

Y ahí se rió.

Se rió de verdad, corto, por la nariz, y a Raito se le puso la piel de gallina porque era la risa de su hermano y salía de la cara de un hombre de cuarenta años con una cinta en los ojos.

—No preguntes más de eso —dijo—. Que si te lo cuento, no te lo comes.

VIII

El abuelo

Y hubo una pregunta que Raito no había preparado y que le salió sola.

Le salió porque llevaba días con una cosa dándole vueltas y no se la había contado a nadie.

—En la puerta —dijo—. La mujer del libro.

—Kaede no. La otra. La del pasillo.

—Esa. —Raito tragó—. Cuando encendió, le salió una figura de seis lados.

—Sí.

—Y a mí se me puso la piel de gallina y no supe por qué.

Y ahí Itsumo dejó de tallar.

Y por primera vez en toda la tarde no volvió a empezar enseguida.

—Sí que lo sabías —dijo.

—…

—Lo sabías. Lo que pasa es que no lo habías visto nunca encendido.

—¿El qué?

La del abuelo.

Raito no dijo nada.

—Hexágono —dijo Itsumo—. Materia. Lo tuvo dormido toda la vida y no lo despertó nunca, y por eso tú no se lo viste. Pero era eso.

—…

—Y no era de una granja, Raito.

—¿Qué?

—Que el abuelo no era un hombre de una granja. —Siguió con el mismo corte—. La granja fue donde acabó. Es distinto.

—Él siempre—

—Él siempre te dijo que era de la montaña, ya lo sé. Y no te mintió: hay una montaña.

Y se quedó un momento con la pieza en la mano.

—Se llamaba Kanaya —dijo—. El valle del metal. Y ahí no había granjas.

Y Raito se quedó mirando el suelo.

Porque hay cosas que uno sabe antes de que se las digan, y él llevaba dieciocho años sabiendo aquella sin poder decirla: que un hombre que sabía tallar, y forjar, y remendar chapa, y clavar un poste en un terreno que baja, y además calcular una cerca para el año siguiente, no era un campesino que había aprendido cosas.

Era otra cosa que había terminado siendo campesino.

—¿Y qué le pasó a ese valle?

—Ya no está.

—¿Cómo que no está?

—Que no está, Raito. —Y lo dijo despacio—. Que no queda ni el sitio.

Y Raito notó lo que llevaba toda la tarde notando, que era el suelo yéndose.

—¿Y él lo sabía?

—Él salió de ahí.

—¿Y qué hizo?

Y ahí, por primera vez en toda la tarde, a Itsumo se le puso una cosa en la voz que no era ni calma ni cansancio.

Era respeto.

—Se puso a andar —dijo—. Un hombre solo, cruzando un mundo que se estaba cayendo, sin nada, y sin ser nadie importante. Y por el camino se fue encontrando críos en los sitios quemados.

—…

—Y en vez de seguir andando, los fue recogiendo.

—A ti el primero —dijo.

—…

—Después a mí. Después al pequeño.

Y volvió a tallar.

—Y con eso montó una granja en un sitio donde no había nada, y te enseñó a poner una cerca, y se pasó trece años sentándote en un porche a estarte quieto.

—…

—Ese hombre no era un abuelo, Raito. Ese hombre decidió ser un abuelo.

Y hubo un silencio muy largo.

—¿Y por qué me sentaba? —dijo Raito, al final.

—Ah.

—Que por qué. —Le tembló—. Trece años. Todos los días. ¿Por qué?

Y Itsumo se lo pensó mucho.

—Porque sabía lo que tenías dentro —dijo.

—¿Desde cuándo?

—Desde que te recogió.

—¿Y por qué no me lo dijo?

—Esa es de las que te rompen.

Itsumo.

—Esa es de las que te rompen —repitió, y no subió la voz—. Y te la voy a contar. Pero no hoy, y no aquí, y no después de la tarde que llevas.

Y Raito abrió la boca para pelearlo.

Y no lo peleó.

Porque por primera vez en toda la tarde le pareció que aquel hombre no estaba escondiéndole nada por gusto, y que se le notaba en la manera de agarrar la pieza.

IX

El que se quedó con el mundo

Y después se puso serio, y lo hizo de una manera que Raito no vio venir.

No cambió de tono. No dejó de tallar.

Simplemente empezó a hablar de otra cosa.

—El que fue a casa aquel día —dijo.

Y a Raito se le heló todo.

—…

—Ese se quedó con el mundo.

—¿Cómo que se quedó con el mundo?

—Que se lo quedó. —Apoyó la pieza en la rodilla—. No es una manera de hablar y no es una exageración. Lo que hay ahí arriba es suyo. Los continentes son suyos. Los que mandan en los continentes trabajan para él. La bruma es suya, o por lo menos es cosa suya. El techo es suyo.

—…

—Todo lo que has cruzado desde que te caíste es la casa de ese hombre.

—¿Y la bruma?

—La bruma es lo que quedó.

—¿De qué?

—De lo de antes. —Volvió a lo de las orejas—. Cuando una cosa muy grande se cae, hace polvo. Eso de ahí abajo es el polvo, y lleva mil años sin acabar de posarse.

—¿Y el techo?

—El techo es una decisión.

Y no explicó cuál.

—¿Y por qué no hay sol?

Y ahí Itsumo se paró un momento.

—Esa es de las buenas —dijo—. Esa te la voy a contestar otro día, y me va a costar dos tardes.

—¿Dos tardes?

—Como poco.

Raito estuvo un rato sin poder contestar.

—¿Y usted lo ha visto?

—Lo he visto.

—¿Cuántas veces?

—Cuatro.

Y lo dijo con una precisión que daba miedo, porque era la primera cifra exacta que salía de aquella boca en toda la tarde.

—¿En mil años, cuatro?

—En mil años, cuatro. —Siguió tallando—. Y las cuatro fui a buscarlo.

Y Raito tardó en entender lo que acababa de oír.

—¿Usted fue?

—Las cuatro veces.

—¿Sabiendo que iba a perder?

—Las tres últimas, sí.

—¿Y qué pasó?

—Las cuatro veces perdí.

—…

—Y las cuatro veces salí andando.

Y ahí paró las manos.

—Y eso es lo que hay que entender, Raito. Que no salí andando porque fuera bueno. Salí andando porque le dio igual.

—Las cuatro veces —dijo— llegué con lo mejor que tenía. La primera con menos, la última con mucho más de lo que puedes imaginarte. Y las cuatro veces se acabó de la misma manera: sin prisa, sin ruido, y con él haciendo otra cosa mientras.

—…

—La tercera vez ni siquiera se volvió.

—…

—La segunda estaba comiendo. —Y ahí, increíblemente, se rió—. Estaba comiendo, Raito. No paró.

Y Raito no supo qué cara poner, porque aquel hombre acababa de reírse contando la peor cosa que le habían contado en su vida.

—Perdona —dijo Itsumo—. Con el tiempo eso hace gracia.

—A mí no me hace gracia.

—Ya. —Volvió a lo suyo—. Dale mil años.

Y se quedó un momento con la pieza en la mano.

—Y después me dejó ir.

—¿Por qué?

—Ah.

Y ahí Itsumo dijo la única cosa de toda la tarde que no dijo con la voz de siempre.

Se le puso otra. Más baja, más lenta, y con la cara vuelta hacia una de las ventanas, hacia la caverna, hacia nada.

—No sé por qué me dejó vivir.

Y siguió.

—No sé dónde está ahora. Nadie lo sabe. Lleva siglos sin aparecer, y cuando digo siglos no estoy redondeando.

—…

—No sé si va a volver. No sé qué está esperando. —Se le movió un dedo—. No sé qué quiere de un sitio en el que ya no le queda nada que ganar.

—…

—Y sobre todo no sé por qué me dejó vivir. Cuatro veces. Cuatro veces me tuvo delante y cuatro veces decidió que no valía la pena.

—…

—Y esa —dijo— es la que me quita el sueño. Porque un hombre que te perdona una vez es un hombre que se distrajo. Un hombre que te perdona cuatro es un hombre que te está guardando para algo.

Y volvió a tallar.

—O que sabe una cosa de mí que no sé.

Y Raito dijo lo que llevaba un rato con la boca abierta para decir.

—A mí tampoco me mató.

Y las manos se pararon.

—…

—A mí me tuvo delante —dijo Raito—. Yo le fui encima. Le fui encima con todo lo que tenía y no llegué ni a tocarlo, y me quedé en el suelo con la pierna arrancada, mirándolo.

—…

—Y no me mató. Me tiró.

Y esperó.

—¿Por qué?

Y el hombre de la cinta tardó, y contestó una cosa que a Raito lo dejó peor que cualquier esa no.

—No lo sé.

—…

—Llevo mil años preguntándomelo con lo mío. Y ahora somos dos.

Y ahí se calló.

Y estuvo callado lo suficiente como para que Raito, sin querer, se moviera en el cajón.

Y Raito tenía la cara puesta de una manera que no sabía.

Se le había abierto la boca en algún momento. Tenía las dos manos agarradas al borde del asiento. Y por dentro se le había caído una cosa muy grande, porque llevaba desde que se cayó oyendo que el mundo estaba mal y acababa de entender que el mundo no estaba mal: el mundo era de alguien.

Y ese alguien había estado de pie en el patio de su casa.

—Estuvo en casa —dijo Raito, en voz alta, sin darse cuenta de que lo decía.

—Sí.

—…

—El dueño del mundo estuvo en nuestro patio.

—Sí.

—¿Por qué?

Y ahí Itsumo tardó lo justo para que Raito supiera que aquella era una de las que no.

—Otro día —dijo.

—Itsumo—

Otro día.

Y no lo dijo con dureza. Lo dijo como quien cierra una puerta que tiene que cerrar.

X

La trampa

Y entonces Itsumo volvió la cara hacia él.

Y aunque no tuviera los ojos a la vista, Raito supo perfectamente que lo estaba mirando.

—¿Ves? —dijo.

—…

—Mírate la cara.

Y el tono había vuelto a ser el de antes. Tranquilo. Casi amable.

—Eso que te acaba de pasar —dijo— es exactamente lo que quería no hacerte hoy. Y llevo un rato con cuidado y aun así te lo he hecho.

—Estoy bien.

—No estás bien.

Estoy bien.

—Raito. —Volvió a lo suyo—. Llevas media hora agarrado a ese cajón.

Y Raito se miró las manos, y se las soltó, y le quedaron las marcas.

—¿Y cuánto va a durar esto? —dijo Raito.

—El qué.

—Lo de otro día. Lo de poco a poco. Lo de esa no.

—Años.

—…

—Te lo digo ahora para que no te agarre por sorpresa —dijo Itsumo—. Años. Y en esos años vas a odiarme unas cuantas veces y las vas a tener todas ganadas.

—Es que no es justo —dijo.

—No.

—…

—No lo es —dijo Itsumo—. Lo sabes tú y lo sabe él, y no cambia nada.

—Entonces cuéntamelo todo y ya está. Yo decido si me rompe.

—Eso no lo decides tú.

¿Y por qué no?

—Porque el que se rompe nunca decide cuándo. —Se limpió el pulgar en el pantalón—. Si lo decidiera, no se rompería.

—…

—Y porque no tengo prisa. Y eso es lo que más te va a costar.

—El qué.

—Que aquí no hay prisa —dijo Itsumo—. Vas a estar años oyéndome decir otro día y te vas a subir por las paredes. Y va a ser lo mejor que te pase.

—Por eso se hace poco a poco —dijo Itsumo—. No porque no te lo merezcas. Porque no se puede.

—Yo he cruzado el mundo.

—Sí.

—He visto lo que hay. He estado en el vertedero. He visto lo que fabrican. He visto lo que tiran cuando les sale mal.

—Ya lo sé.

Entonces no me trate como si acabara de llegar.

Y ahí se hizo un silencio de esos que se notan en la piel.

XI

El círculo

Y Raito le contó lo otro porque ya no le quedaba nada que perder.

—Hay una cosa que me pasa.

—Dime.

—Cuando duermo. —Se miró las manos—. Hay un sitio. Estoy yo, y hay tierra, y hay un círculo de luz alrededor, y fuera del círculo está todo negro.

—Ajá.

—Y en la oscuridad hay una cosa. Una silueta. Sin cara. Con dos triángulos amarillos donde van los ojos.

Y ahí Itsumo dejó de tallar.

—Y me habla —dijo Raito.

—…

—Me dice cosas. Me pregunta cosas. Y me dice la verdad, y la verdad me sienta fatal, y aun así la dice.

—…

—Y el círculo se está haciendo más grande. Al principio era esto —y juntó las manos—. Y ahora ya no le veo el borde por un lado.

Y no hubo respuesta.

Raito esperó, y no hubo respuesta, y levantó la vista.

Y el hombre de la cinta estaba completamente quieto.

Con la pieza en una mano y el cuchillo en la otra, sin moverse, con la cara vuelta hacia él. Y Raito, que no le veía los ojos, habría jurado que en aquel momento lo estaba mirando de una manera que no había usado en toda la tarde.

—Repite lo de los triángulos —dijo.

—Dos. Amarillos. Donde van los ojos.

—Amarillos.

—Amarillos.

Y Itsumo bajó despacio las dos manos hasta las rodillas.

—¿Eso es malo? —dijo Raito.

—…

—Itsumo, ¿eso es malo?

—No.

—Estás raro.

—Estoy pensando.

Y estuvo pensando un rato muy largo. Tanto que Raito llegó a oír el ruido de la ciudad de abajo, que no se oía casi nunca desde ahí arriba.

—Esa cosa —dijo Itsumo, al final—. ¿Te ha pedido algo alguna vez?

—…

—No.

—¿Te ha dicho que hagas algo?

—Una vez me dijo que corriera.

—¿Y corriste?

—Sí.

—¿Y salió bien?

Y Raito se lo pensó, y contestó la verdad.

—Llegué tarde igual.

Y Itsumo asintió una vez.

Y volvió a tallar.

—Escúchala —dijo.

—¿Qué?

—Que la escuches. Que le hagas caso mientras te diga cosas que no te gustan.

—…

—Y el día que te diga una que te guste, ven a verme corriendo.

—¿Por qué?

—Esa no.

Itsumo.

—Esa no, Raito. —Y ahí, por una vez, se le puso una cosa muy parecida a la prisa—. Pero esa promesa sí la quiero. Dímela.

Y Raito, sin entender nada, se la dio.

—Está bien.

—Dilo entero.

—Que el día que me diga una cosa que me guste, vengo.

—Bien.

Y volvió a lo suyo, y no explicó ni una palabra más.

XII

El descargo

—Es que acabas de llegar —dijo Itsumo.

Y lo dijo sin ninguna maldad, y por eso fue peor.

Y a Raito se le rompió una cosa.

No fue de golpe. Fue como se rompe un poste al que le ha entrado el agua: se dobla, aguanta, se dobla más, y de pronto ya está partido y nadie sabe cuál fue el último kilo.

Se levantó.

—¿Y tú qué has hecho?

—…

—Que qué has hecho. —Le tembló, y siguió—. Mil años. Mil años y me dices que hiciste una cuenta por curiosidad. ¿Qué has hecho, Itsumo?

—Esto.

—¿Esto?

—Esto. —Y señaló con la barbilla, sin volverse, la ventana, la caverna, la ciudad entera—. Doscientos años de esto. Antes de esto, otra cosa que salió mal. Antes de esa, otra.

—…

—Y antes de todo eso, cuatro intentos de matar a un hombre.

—…

—Y entre medias, muchísimo tiempo sin hacer nada de provecho.

—No te creo.

—Pues es la parte más larga.

—…

—¿Tú sabes cuánto se tarda en aprender a hacer una cosa bien? —dijo—. Cualquier cosa. Una silla.

—No.

—Años. Y una silla es lo fácil. —Le dio dos cortes cortos—. Y después están las cosas que no se aprenden nunca, que son casi todas.

Y ahí Raito, sin querer, miró hacia la repisa de los animales.

Y contó.

Y ninguno de aquellos ciento y pico animales era un conejo.

—Hablas de él como si le debieras algo.

—No.

Suenas agradecido.

Y ahí Itsumo dejó de tallar.

Y esa fue la primera vez en toda la tarde que soltó la pieza del todo, y la dejó en la rodilla, y se quedó con las manos quietas.

—Suenas agradecido —repitió Raito, y ya le salía la voz rota y le daba igual—. «Me dejó vivir.» «Le di igual.» ¿Tú te oyes? Ese hombre entró en mi casa. Ese hombre le cortó la cabeza a—

Y se paró.

Y respiró.

Y siguió.

—Yo llegué aquí —dijo—. ¿Entiendes eso? Yo me caí de un sitio que ya no existe, en un mundo del que no sabía nada, con una pierna menos, sin conocer a nadie. Y llegué.

—Sí.

—Y llegué preguntando por Ashita porque era el nombre de mi casa, y resulta que era esto, y resulta que lo hiciste tú, y resulta que llevas mil años aquí abajo cargando con todo tú solo.

—…

—Y yo estoy aquí. —Se le fue la voz—. Estoy aquí, Itsumo. Y no confías en que pueda ayudarte a llevar nada.

—No es eso.

—Es exactamente eso.

—No es eso, Raito.

—¿Entonces qué es? ¿Que soy pequeño? ¿Que soy lento? Dilo.

—…

—Que lo digas.

¡Entonces qué es!

Y le salió a gritos.

Y fue la primera vez en toda su vida que Raito le levantaba la voz a alguien a quien quería, y le supo tan mal que se le saltaron las lágrimas de pura rabia consigo mismo.

Y Itsumo no subió la suya.

No la subió ni un dedo. Se quedó como estaba, con la pieza en las manos, y esperó a que Raito acabara de respirar.

Y cuando acabó, dijo:

—Siéntate.

—No.

—Siéntate, anda.

Y Raito se sentó, porque llevaba dieciocho años sentándose cuando ese hombre se lo decía.

Y estuvieron un rato callados.

Y en ese rato Raito hizo la pregunta.

No la pensó. Le salió de debajo de todo lo otro, pequeña, y en cuanto la dijo supo que era la única pregunta que había ido a hacer.

—¿Te acuerdas de la cara de Dekiro?

Y las manos se pararon.

Y esta vez no fue medio segundo.

Fue mucho más. Fue tanto que Raito llegó a pensar que no lo había oído, y abrió la boca para repetirlo, y no lo repitió porque en ese momento se dio cuenta de una cosa:

el hombre de la cinta no se estaba moviendo en absoluto.

Ni las manos, ni el pecho, ni nada.

Y después la pieza volvió a girar.

Y no contestó.

Y Raito esperó, y esperó, y entendió, y lo entendió al revés.

Entendió que no le importaba.

Entendió que a aquel hombre, después de mil años, un crío de trece que contaba piedras y robaba conejos de una ventana le quedaba tan lejos que ni se molestaba en contestar.

Y eso le pareció la cosa más fea que le habían hecho nunca.

XIII

Los otros nueve

Y hay que contar una cosa que pasó a mitad de todo aquello, porque si no, no se entiende lo de después.

Fue después de lo del hombre que se quedó con el mundo, y antes de que Raito se levantara.

Fue en uno de los silencios.

Y en ese silencio, sin que nadie se lo pidiera, Itsumo dijo:

—Se llamaba Sumire.

—¿Quién?

—Una. De las nueve.

Y siguió tallando.

—Llegó hace… —Y ahí se paró a calcular, y le costó, y a Raito le dio miedo que le costara—. Hace mucho. También la esperábamos. También estaba en el libro.

—…

—Y también le hicieron eso en una plaza.

Raito se incorporó en el cajón.

—¿Hay más?

—Hubo más.

—¿Como yo?

—Como tú no. —Se pasó el pulgar por el filo del cuchillo—. Con lo tuyo no ha habido ninguno. Pero esperados, sí. Cada cierto tiempo aparece uno.

—¿Y qué pasó con ellos?

Y ahí Itsumo tardó.

—De los nueve —dijo—, tres siguen vivos.

—…

—Uno está aquí abajo y no quiere hablar con nadie. Otro se fue y no ha vuelto. Y el tercero está arriba y ya no es de los nuestros.

—¿Y los otros seis?

—Los otros seis se murieron.

Y lo dijo sin ninguna intención, que fue lo peor.

—¿Cómo?

—De maneras distintas.

—Itsumo.

—Cuatro peleando —dijo—. Uno enfermo, que es de las pocas cosas buenas que le pasan a alguien aquí abajo.

—¿Y el sexto?

Y ahí hubo un silencio.

—El sexto no aguantó saberlo —dijo Itsumo.

—…

—Y se lo conté.

Y volvió a tallar.

Y Raito se quedó sentado en un cajón entendiendo, por primera vez en toda la tarde, que aquel hombre no le estaba escatimando cosas por gusto.

Y aun así le siguió doliendo igual.

—¿Y a Kairu? —dijo—. ¿Y a Asuru, y a Yoko? ¿A ellos también les vas a ir dando cucharaditas?

—A ellos no les hace falta.

—¿Por qué?

—Porque a ellos no los está esperando nadie.

Y lo dijo sin ninguna crueldad, como quien lee un dato, y por eso a Raito se le quedó dentro durante años.

Y eso es lo que no supo explicarse nunca: que entender una cosa no le quitó ni un gramo de peso.

XIV

Nacido ayer

—Raito.

—…

—Mírame.

Y Raito levantó la cara, y tenía la cara empapada, y no le importó.

—Voy a decirte una cosa y la voy a decir mal —dijo Itsumo—. Llevo un rato buscando la manera de decirla bien y no la hay.

—Pues dila.

—Va a doler.

Dila.

Y la dijo.

—Para mí es como si hubieras nacido ayer.

Raito no se movió.

—Y no es una manera de hablar —siguió Itsumo, con la misma voz de siempre, tranquila, sin subirla—. Es lo que hay. Tú te caíste en esa granja hace unas semanas. Para ti aquello fue el mes pasado. Todavía te huele la ropa.

—…

—Y para mí hace mil años.

—…

—He estado en sitios que ya no existen. He aprendido idiomas que se murieron con la última persona que los hablaba. He enterrado a gente que era importantísima y de la que ya no queda ni el nombre. He tenido esta conversación —esta, exactamente esta— con otras nueve personas.

Y ahí Raito abrió los ojos.

—¿Nueve?

—Nueve.

—¿Y a todos les dijiste esto?

—A todos.

—¿Y funcionó?

Y ahí Itsumo tardó lo justo.

—A dos —dijo.

—Y todo lo que tú sabes del mundo —dijo Itsumo— lo has aprendido en unas semanas, mirando por una escotilla.

—Yo he visto—

—Has visto la superficie de mi casa. —Y por primera vez en toda la tarde se le puso algo parecido al cansancio en la voz—. Y no lo digo para humillarte. Lo digo porque nada de lo que crees que sabes, ni de lo que has aprendido desde que apareciste en este tiempo, alcanza para aguantar de pie las cosas que hay debajo de esta realidad.

Y señaló la ventana.

—De nuestra realidad.

Y ahí se acabó.

Raito se quedó sentado en el cajón, en una habitación que olía a madera cortada, con un poste de su cerca sujetando una estantería a tres metros, delante de su hermano, y por dentro no le quedaba absolutamente nada.

Porque lo peor no era ninguna de las dos cosas.

Lo peor era que las dos eran verdad al mismo tiempo.

Que ahí abajo había una ciudad entera bajando la cabeza cuando decían su nombre.

Y que el único que lo conocía de verdad acababa de decirle que era un recién nacido.

Se levantó.

—Raito.

—…

—No he terminado.

—Yo sí.

Y fue hacia la cortina.

Y ya con la mano en la tela, sin volverse, dijo la única cosa que se le ocurrió, y se la dijo al hueco, no a él.

—Yo te enterré.

—…

—Cavé un agujero, Itsumo. Con las manos. Y no te pude meter dentro porque no había nada que meter, y me pasé una noche entera al lado de ese agujero pensando qué se le pone a un hermano que no está.

—…

—Y llevo desde entonces cargando con eso.

—…

—¿Sabes lo que es? —Y ya le salía a trompicones—. ¿Sabes lo que es acordarte todos los días de tres personas y que se te empiecen a borrar? Yo ya no me acuerdo de la voz del abuelo. Lo intento y me sale una voz, pero no sé si es la suya o si me la estoy inventando.

—…

—Llevo semanas con eso. Semanas.

Se le quebró.

—Y llego aquí y resulta que estabas vivo, y que estabas bien, y que tienes una ciudad, y un bicho, y una silla. Y ni siquiera te acuerdas de su cara.

—Espera.

Y Raito se paró.

Fue lo peor que hizo en toda la tarde y lo hizo sin poder evitarlo: se paró, con la mano en la tela, de espaldas, y esperó.

Y esperó.

Y detrás de él no vino nada.

Y entonces sí salió.

XV

La constelación

Bajó la pasarela sin ver nada.

Bajó rápido al principio, dando pisotones, con la cara caliente y las manos abiertas, y a la cuarta vuelta se le acabó la rabia de golpe, como se le acaba a uno el aire subiendo una cuesta.

Y entonces se paró.

Y se agarró al pasamanos con las dos manos, y miró hacia abajo, y se quedó ahí un rato largo respirando.

Y estaba mirando la ciudad.

Sin querer. Sin ganas. Del modo en que se mira una cosa cuando lo que uno necesita es mirar a cualquier sitio que no sea hacia dentro.

Y desde ahí, a media altura del tronco, con la caverna abierta a los dos lados, Ashita se veía entera.

Se veía el lago, abajo, encendido, echando su luz hacia arriba.

Se veían las raíces metidas en el agua y el tronco subiendo desde el medio.

Y se veían las ramas, arriba, abriéndose hacia todos lados, cada una llevando su corriente de luz hasta el final, y en el final de cada rama las construcciones, y en las construcciones las ventanas encendidas.

Un núcleo.

Y de él, hilos.

Y cada hilo terminado en un punto.

Y a Raito se le paró el corazón.

Porque él había visto esa forma.

La había visto una sola vez, en la penumbra de una casa que ya no existía, dentro del ojo de su hermano, la noche que Itsumo se despertó gritando.

Un núcleo. Y de él unos hilos. Y un punto en el final de cada hilo.

Y había durado lo que dura un relámpago.

Y estaba ahí.

Estaba ahí abajo, hecha de piedra, y de agua, y de once mil personas, y de doscientos años de gente abriendo galería a un metro por hora.

Alguien había construido una ciudad con la forma de lo que se le encendió en el ojo aquella noche.

Raito se sentó.

Se sentó ahí mismo, en mitad de la pasarela, con la espalda contra el tronco, y estuvo mucho rato sin poder hacer nada más que mirar.

Y no lloró. Eso hay que decirlo, porque después pensó muchas veces que debería haber llorado y no lo hizo.

Lo que hizo fue entender.

Entender que aquella noche no había empezado nada.

Que aquella noche había sido lo segundo que pasó en una cosa que ya estaba en marcha, y que él se había pasado dieciocho años dentro de una cerca de cuarenta y un postes creyendo que era el principio de todo.

Y que lo demás —el porche, y estarse quieto, y la cerca para el año que viene, y un viejo que no era un abuelo y decidió serlo, y un hermano que no decía te quiero y terminaba conejos, y un muelle podrido con un hombre partido en blanco y negro esperando cuatro años sin quejarse— todo eso había sido alguien preparando una casa.

Para él.

Y arriba, en la horcadura, en la única construcción de toda Ashita que no tenía la luz encendida, había un hombre sentado en un cajón.

Y Raito no vio lo que pasó ahí dentro, porque no se volvió, y porque no había manera de que se volviera.

No vio que el hombre de la cinta soltaba la pieza.

Ni que se quedaba mucho rato con las dos manos abiertas encima de las rodillas, que era la única postura en la que Raito no lo había visto en toda la tarde.

Ni que después, al cabo, alargaba una mano hacia la mesa y ponía encima de ella la cosa que llevaba toda la tarde tallando, y la dejaba ahí, en el borde, del lado por el que se entra.

Era un conejo.

Y estaba a medias.

Y ya se le veía que la cara le iba a salir mal.

Fin del Capítulo Dieciséis