KODAI

古代
Capítulo Seis
Shōtō消灯«Apagar la luz»
desliza para leer
I

Los que vienen

El hangar del sector cuatro olía a aceite frío y a gente que no ha dormido.

—Firma aquí.

El que firmó no leyó. Llevaba doce años firmando lo mismo y sabía de memoria las cuatro líneas: destino, dotación, munición cargada, y la casilla de abajo, la que decía a quién había que devolverle el papel cuando aquello terminara.

Esa casilla estaba en blanco.

—¿Y esto?

—Lo rellenan arriba.

—Arriba dónde.

El que le pasaba los papeles no contestó. Tenía prisa y no era su prisa: era la de alguien que a su vez tenía prisa por otro.

Detrás de los dos, en la boca del hangar, dos cazas de línea corta terminaban de cargar. No eran de los que se usan para patrullar los arrabales. Tenían el morro más largo y el vientre lleno, y en los flancos, donde debería haber un número de compañía, no había nada.

El que firmaba se quedó un momento con la pluma encima del papel.

En doce años había visto de todo pasar por aquel hangar. Había visto salir gente a buscar contrabando, y a buscar desertores, y una vez a buscar a un chico de ocho años que se había metido en una tubería y del que nadie se acordaba ya. Y en las doce, en todas, la casilla de abajo tenía un nombre.

Un nombre quiere decir que hay alguien a quien reclamarle. Un nombre quiere decir que si aquello sale mal, la culpa tiene dónde ir a parar.

Aquella no tenía.

—¿Cuántos vamos?

—Dos aparatos. Seis.

—¿Y qué es?

—Un carguero robado. Salió del muelle nueve.

El que firmaba levantó la vista por primera vez.

—Eso fue hace mucho.

—Ya.

—Entonces ya está en cualquier parte.

—Va cargado y va lento, y solo hay una ruta que se pueda hacer cargado y lento sin que te coma la bruma. —El otro se encogió de hombros—. Y no es que lo queramos hoy. Es que hoy es el último en que sirve traerlo.

Y ahí el que firmaba entendió qué clase de encargo era, y dejó de hacer preguntas, y firmó donde le decían.

—Oye.

El otro ya se iba.

—¿Y si no lo encontramos hoy?

Se paró. Se lo pensó, y se lo pensó de verdad, que fue lo que le dio miedo al que firmaba.

—Pues mañana alguien va a tener que explicar por qué no —dijo—. Y no vamos a ser nosotros dos, pero va a ser alguien.

Los dos aparatos salieron por la boca del hangar con doce minutos de diferencia, sin luces, y se metieron en el gris.

II

Fuego

Randa subió a bordo con las manos en los bolsillos, se buscó un cajón en un rincón de la bodega y se sentó como quien se sienta en su propia casa.

Y a Kairu, que había pasado la noche entera debajo de un techo caído, le salió la pregunta antes de poder pensarla.

—Perdón, pero… ¿ella viene?

—Ella es a la que veníamos a buscar —dijo Samui.

Y siguió subiendo la pasarela, y ahí se acabó la conversación.

Raito se quedó mirando a Randa acomodarse en el cajón, y le vino a la cabeza aquello de voy por provisiones y por alguien, dicho de espaldas y sin más explicación, en aquella misma pasarela.

Alguien que hace falta más adelante.

Y ni Yoko —que le había exigido el nombre a Samui antes de dejarle llevárselos— dijo una palabra. Raito no entendió por qué, y tardó en entenderlo: que a una mujer que acaba de tirarle el techo encima a quince personas no se le pregunta si tiene billete.

Así que llevaban toda la travesía siendo cuatro críos, un hombre que no hablaba y una mujer en un rincón que ni siquiera parecía estar viajando.

Raito estaba dormido cuando empezó.

Lo despertó una cosa rara: que la nave, que llevaba todo el viaje haciendo el mismo ruido, hizo otro. No más fuerte. Distinto. Como cuando en la granja el molino cambiaba de son y Taiyo levantaba la cabeza sin decir nada.

Abrió los ojos.

Yoko ya estaba de pie.

—Arriba —dijo—. Todos.

—¿Qué pasa?

—Que se ha callado.

Lo que se había callado era Samui. Llevaba el viaje entero hablando poco, pero hablaba: soltaba el rumbo, decía cuánto quedaba, mandaba callar. Y llevaba un rato sin decir nada, y arriba, en el puente, se le oían las manos.

Subieron los cuatro por la escalerilla.

Randa no se movió del cajón. Raito la vio de refilón al pasar: seguía sentada, con las piernas cruzadas, mirando el techo de la bodega con la cara de alguien que está esperando a que termine una tormenta.

Y Raito vio el instrumental antes de ver nada por el cristal, y aunque no entendía ni una sola de aquellas luces, entendió una cosa que era la misma en todas partes: que había dos que no estaban antes.

—¿Eso qué es?

—Dos.

—¿Dos qué?

—Detrás. —Samui no se volvió—. Vayan abajo y agárrense a algo.

—¿Y si nos agarramos aquí? —dijo Kairu.

—Abajo.

No fueron abajo. No fue rebeldía: fue que ninguno de los cuatro pudo mover los pies.

Porque por el cristal, muy lejos todavía, en el gris, se había encendido una cosa.

No fue un fogonazo. Fue como cuando alguien enciende una cerilla al otro lado de una habitación grande: un punto pequeño y limpio, y alrededor de ese punto el aire se puso raro. Se onduló. Se torció, igual que se tuerce el paisaje encima de una chapa al sol —solo que ahí no había sol y nunca lo habría.

Raito lo miró venir con una calma que no era suya. Le pasó lo de siempre —el mundo se puso espeso, la cosa aquella se acercó despacio, y le dio tiempo a pensar tres cosas seguidas— y las tres fueron inútiles, porque no había nada que hacer con ellas.

Y después el punto vino hacia ellos.

No hizo ruido en el camino. El ruido lo hizo al llegar: un golpe seco contra el casco, un palmo largo por encima de la ventanilla, y el metal se puso blanco por dentro y se quedó así un momento antes de volver a ser metal.

Raito se agarró al mamparo con las dos manos.

—Eso no era una bala —dijo.

—No.

—¿Y qué era?

—Eso es lo que hay dentro de ti —dijo Samui, y viró—, embotellado y tirado rápido.

Vinieron más.

Vinieron de dos en dos, con una pausa exacta entre tanda y tanda que Raito contó sin querer y que resultó ser siempre la misma, y esa fue la única cosa buena de aquella media hora: que quien fuera que estaba disparando lo hacía con un ritmo, y un ritmo se aprende.

—Dos —dijo en voz alta, sin darse cuenta de que lo decía—. Y luego espera.

—¿Qué?

—Que vienen de dos en dos. Y entre dos y dos hay un hueco.

Yoko se volvió tan rápido que casi se cae.

—¿Cuánto de hueco?

—No sé cuánto. —Raito apretó los dientes, porque odiaba no saber decir las cosas—. Lo que se tarda en… en llenar un cubo pequeño. Siempre lo mismo. Ya van seis veces.

Y Samui, que no había vuelto la cara ni una sola vez en toda la persecución, la volvió medio dedo.

No dijo bien. No dijo nada.

Pero en la tanda siguiente esperó, y en el hueco viró, y la nave se movió un poco antes de lo que se había movido hasta entonces. Y las dos cosas de detrás pasaron por donde el barco había estado y no por donde estaba.

Kairu soltó un grito que no era de miedo.

—¡¿Has visto?! ¡Campesino! ¡Has visto lo que—!

—Cállate —dijo Yoko.

Pero se lo dijo mirando a Raito.

Samui voló.

No como se vuela en las historias. Voló como quien lleva un carro cargado por un camino malo: apretando los dientes, corrigiendo mucho y adelantando poco. La nave era lenta. La nave había sido lenta desde el muelle nueve y ahora, con dos cosas rápidas detrás, era lenta de una manera insultante.

Raito los vio una vez.

Fue en un viraje, cuando la nave se puso de lado y por un instante la ventanilla dio a donde no daba nunca. Y allí estaban: dos formas oscuras y flacas contra el gris, con el morro largo y sin una sola luz encendida, subiendo y bajando muy poco, como suben y bajan las cosas que van cómodas.

Eso fue lo que se le quedó. Que iban cómodas.

Ellos, dentro de aquel barco, estaban de pie a base de agarrarse, y Asuru se había mordido el labio hasta hacerse sangre sin enterarse, y Kairu tenía la mano cerrada en una barra con los nudillos blancos. Y los de fuera iban como va uno al trabajo.

—No nos están cazando —dijo Yoko, muy despacio, mirando lo mismo que él.

—¿Qué?

—Que nos están acompañando. —Se apartó del cristal—. Nos están gastando. Saben que no podemos más que ellos y saben que en algún momento se nos acaba algo. Solo están esperando a ver qué se nos acaba primero.

—No podemos correr más que ellos —dijo Yoko. No lo preguntaba.

—No.

—¿Entonces?

Samui no contestó. Estaba mirando abajo.

—Vamos a bajar —dijo Asuru, que era la que menos hablaba y la que antes entendía las cosas.

—¿Bajar adónde? —dijo Kairu—. Abajo no hay nada.

—Por eso.

Y Kairu se quedó con la boca abierta un momento, y después la cerró, y después dijo una palabra que Asuru fingió no oír.

Porque llevaban toda la travesía volando alto por una razón, y esa razón no era el paisaje.

Y fue en ese momento —justo en ese, con la cara del hombre vuelta hacia el suelo que no se veía— cuando entró el que importaba.

Entró por el costado, bajo, casi por debajo del casco, en un ángulo que Raito no habría creído posible. No sonó como los otros. Los otros habían sonado a golpe. Este sonó a algo abriéndose.

La nave dio un tirón entero, de proa a popa, como da un tirón un animal grande al que le clavan algo.

Asuru se fue al suelo. Kairu se fue encima de Asuru. Yoko se quedó de pie porque Yoko no se caía nunca, y Raito se quedó de pie porque tenía las dos manos cerradas en el mamparo y ni siquiera se le ocurrió soltarlas.

En la pared de detrás del puente se encendieron tres cosas que no habían estado encendidas en todo el viaje, y las tres eran del mismo color.

Y después pasó lo peor, y lo peor fue el silencio.

Porque debajo de aquel barco, todo el viaje, había habido un zumbido. Raito lo había oído dormido y despierto, tan continuo que había dejado de oírlo a la segunda comida. Y de pronto no estaba.

Se le fue el estómago hacia arriba.

—¿Qué ha sido eso? —dijo Asuru.

Nadie contestó. Nadie contestó porque los cuatro lo estaban notando a la vez, y notarlo era mucho más claro que explicarlo.

La nave pesaba.

Hasta ese momento aquella cosa flotaba, y flotar no se nota, igual que no se nota el suelo cuando uno está de pie encima. Ahora se notaba. Se notaba en las rodillas y se notaba en la boca del estómago, y el morro había empezado a bajar un poco, y Samui estaba tirando de algo hacia atrás con las dos manos y con toda la espalda.

—Abajo —dijo, y esta vez lo dijo de otra manera—. Abajo todos y agárrense fuerte.

Y esta vez sí bajaron.

III

Abajo

Bajar era la única forma de perderlos.

Raito lo entendió sin que nadie se lo explicara, porque era la misma cuenta que se hace en el monte cuando viene una tormenta y uno no puede correr más que la tormenta: no se corre. Se busca dónde meterse. Y lo que hay para meterse siempre es peor que quedarse fuera, solo que dura menos.

Raito lo entendió cuando la nave metió el morro y el gris de la ventanilla dejó de ser gris y se puso blanco sucio, espeso, moviéndose contra el cristal como se mueve el agua de fregar cuando alguien remueve el cubo.

La bruma.

Nadie dijo nada durante un rato largo. Los cuatro estaban agarrados a las argollas del suelo de la bodega —las mismas veintidós que él había contado el primer día por aburrimiento— y arriba se oía a Samui peleándose con una nave que ya no quería estar arriba.

Raito nunca había visto el interior de una nube y no supo qué esperaba, pero no era eso.

No era blanco. Era muchos blancos: uno sucio, uno amarillento, uno que casi era marrón, moviéndose unos dentro de otros a velocidades distintas. Y no estaba vacío. Se veían cosas dentro. Vetas más oscuras, largas, que pasaban y no volvían.

Y olía. Eso fue lo que menos se esperaba: que entrara olor por las junturas del casco. Un olor dulce y quieto, como el de una fruta que lleva demasiado en el cajón.

Asuru se puso la manga en la nariz.

—No respiren mucho —dijo.

—¿Por qué?

—Porque no.

Y entonces algo rozó el casco.

No fue un impacto. Fue un roce. Largo, de proa a popa, como cuando una rama araña la pared de una casa en una noche de viento.

Kairu abrió la boca.

—No —dijo Yoko.

Y la cerró.

Y volvió a rozar, más adelante, en otro sitio, y después una tercera vez, y las tres veces los cuatro se quedaron muy quietos mirando el techo de la bodega como si el techo fuera a decirles algo.

Raito pensó en la lámina blanca contra la ventanilla del comedor. En lo que se apretaba contra el vidrio desde el otro lado. Y no lo dijo, porque estaba bastante seguro de que los otros tres estaban pensando exactamente en lo mismo y de que decirlo no iba a mejorarle la noche a nadie.

—Oye —dijo Kairu, con una voz que quería sonar normal—. ¿Ustedes saben cuánto se tarda en cruzar esto por abajo?

—No se cruza por abajo —dijo Yoko.

—Ya, pero si se cruzara.

—Que no se cruza, Kairu.

—Ya. Ya. —Se rascó la nuca con la mano que le quedaba libre—. Solo era por hablar.

Y nadie habló durante un rato bastante largo, y el rato en que nadie habló fue peor que el roce.

Arriba, algo se rompió y Samui soltó una palabra corta.

—Está bajando sola —dijo Asuru, muy bajo.

Y era verdad. Cada vez que la nave subía, subía menos que la vez anterior. Se notaba en el peso de los pies contra el suelo, que iba y venía y cada vez volvía más pesado. Como un hombre que carga un saco cuesta arriba y todavía anda, y anda, y anda, y en algún momento va a dejar de andar y nadie sabe en cuál.

—Se está poniendo peor —dijo Kairu.

—No.

—Que sí, Yoko. Antes las vueltas eran así —y movió la mano en horizontal— y ahora son así. —Y la inclinó.

—Ya lo sé.

—¿Entonces por qué dices que no?

—Porque Asuru te está oyendo —dijo Yoko, sin levantar la voz—, y a Asuru le queda medio hombro y no le hace falta oír eso.

Kairu miró a Asuru. Asuru estaba con los ojos cerrados y la manga en la nariz y no dijo nada, y Kairu se calló y le puso una mano en el brazo, y así se quedaron los dos.

Raito se soltó de la argolla y subió.

—Baja —dijo Samui sin mirarlo.

—¿Cuánto aguanta?

—Baja.

—Es que si te lo pregunto es porque abajo no se ve nada y aquí sí.

Y Samui no contestó a eso, que en él era casi una concesión, así que Raito se quedó de pie detrás de él, agarrado al respaldo, mirando el mismo blanco sucio que miraba el otro.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo Raito.

—No.

—¿Esto lo has hecho antes?

Samui movió una palanca dos dedos y la nave se quejó entera.

—Sí.

—¿Y salió bien?

—Una vez.

Raito decidió no preguntar cuántas habían sido en total.

Estuvieron así un buen rato.

Y en ese rato, en un momento en que la bruma se abrió un poco —no del todo, solo lo justo—, muy lejos y muy arriba, apareció una luz.

Barría.

Iba de un lado a otro, despacio, con una calma que no tenía nada que ver con lo que estaba pasando dentro de aquella nave. Se metía en la bruma y la bruma se ponía amarilla por donde pasaba, y después se iba, y volvía.

Raito no supo lo que era. En su casa no había nada que hiciera eso.

Pero Samui sí lo supo.

Raito le vio la cara de refilón en el cristal —esa cara que no cambiaba ni cuando deshacía a dos personas encima de un muelle— y le vio cambiar algo. Poco. Un músculo del borde del ojo.

—¿Qué es eso? —dijo Raito.

Samui viró hacia la luz.

—Un sitio —dijo.

—¿Qué clase de sitio?

—Uno que sigue ahí.

Y viró tanto que a Raito se le fueron los pies, y no volvió a hablar en un buen rato.

IV

La luz que se apaga

Arriba, en lo alto de la montaña, había un viejo pegando una taza.

La tenía en tres pedazos encima de la mesa y llevaba con el segundo desde que se había levantado, porque el segundo era el que tenía el borde comido y no había manera de que las dos caras se encontraran del todo. Le había puesto oro y el oro se le había ido por la grieta como se va el agua por una junta mala. Le puso más. Sopló.

Tenía las manos manchadas hasta la muñeca, y no de hoy.

Y en mitad de eso, levantó la cabeza.

No la levantó hacia la puerta, ni hacia la ventana. La levantó hacia ningún sitio, del modo en que uno levanta la cabeza cuando lo que ha notado no ha entrado por las orejas.

Se quedó así un momento, con el pincel en el aire.

Después dejó el pincel apoyado en el borde del cuenco —con cuidado, para que no se le cayera dentro— y salió.

Fuera hacía el frío de siempre. La luz giraba encima de él, grande y lenta, y le pasaba la sombra por encima cada tantos pasos.

El viejo miró la bruma.

Venía algo grande. Grande de una manera que no había venido nada por ahí en mucho tiempo, y venía rápido, y venía bajo, y le costaba: se le notaba en cómo llegaba, a tirones, como llega un hombre que ha corrido más de lo que puede.

Y detrás venía otra cosa.

Dos, en realidad. Más pequeñas. Más rápidas. Y esas no venían a tirones: esas venían enteras.

El viejo se quedó ahí bastante rato.

Después subió los escalones hasta la sala de la lámpara, y se puso al lado de la palanca, y puso la mano encima.

Y no la bajó.

La tuvo ahí, con la palma apoyada en el hierro frío, mirando la bruma iluminada, mucho más rato del que hace falta para bajar una palanca.

—Ya —dijo, para nadie.

Y la bajó.

Y la montaña, el faro, el haz que barría, la única cosa encendida en aquel trozo del mundo, se apagó de golpe.

V

Shimai

Desde la nave se vio así: la luz estaba, y después no estaba.

—¿Y ahora? —dijo Kairu, que había vuelto a subir porque a Kairu no había manera de tenerlo abajo.

Samui no contestó. Miraba hacia atrás.

Y detrás, en la bruma, las dos cosas que los venían siguiendo desde hacía media hora hicieron una cosa muy simple y muy fea de ver: se separaron.

Primero una, después la otra. Se abrieron en abanico, buscando, como buscan dos perros que han perdido el rastro en un río. Una pasó por encima y siguió. La otra dio una vuelta larga, muy despacio, cada vez más lejos.

Y al cabo de un rato no había nada detrás.

Kairu soltó el aire.

—Los perdimos.

—Sí —dijo Samui.

—¿Por la luz?

—Por la luz. —Movió una palanca sin mirarla—. Con el haz barriendo, la bruma se pone amarilla y todo lo que hay dentro de la bruma se ve por fuera. Nosotros éramos una mancha negra sobre un fondo iluminado. —Y ahí paró un momento—. Alguien la ha apagado.

—¿Y por qué lo dices así?

Y Samui, por toda respuesta, señaló con la barbilla el instrumental, donde una aguja llevaba un rato bajando y ya casi no le quedaba sitio por donde bajar.

—Porque nosotros también nos hemos perdido.

La nave metió el morro.

No fue un picado. Fue peor: fue que dejó de sostenerse. Como cuando uno lleva un saco de grano en la espalda y en algún momento el saco deja de estar en la espalda y pasa a estar cayendo, y lo único que uno puede decidir es hacia dónde.

—¡Abajo! —gritó Samui—. ¡Todos abajo y sujétense a las argollas!

Y Kairu no bajó.

Se quedó donde estaba, y Raito le vio la cara, y en la cara de Kairu había una cosa que no le había visto nunca: no había miedo. Había una especie de alivio, el alivio del que por fin sabe qué le toca hacer.

Kairu se puso las dos manos en los muslos como quien va a levantar algo que pesa, y empujó.

Raito lo vio desde la escalerilla.

Le vio el círculo encenderse en los ojos, y le vio el aire torcerse alrededor de los brazos y subirle hasta los codos, y le vio ponerse rojo el cuello. Y notó, en las plantas de los pies, que la caída se hacía un poco más lenta.

Un poco.

Porque lo que se había roto ahí abajo era una máquina que llevaba mil años sabiendo hacer eso, y lo que estaba en su sitio era un muchacho de las afueras con los brazos temblando, y las dos cosas hacían lo mismo pero no eran la misma cosa.

—¡Kairu, bájate de ahí!

—¡La tengo!

—¡QUE TE BAJES!

—¡QUE LA TENGO!

No la tenía. La estaba frenando, que es otra cosa, y a Raito le bastó una mirada para saber cuánto le quedaba: lo que le quedaba era el tiempo que aguantase de pie, y de pie ya no aguantaba mucho.

Y entonces Raito hizo la única cosa que sabía hacer.

Miró el suelo.

Porque él había cosido ese casco. Se había pasado media travesía con las manos ahí abajo, y sabía dónde estaba su costura, y sabía lo que sabe cualquiera que haya remendado un tejado: que un remiendo aguanta o cede, pero nunca aguanta a medias. Cuando cede, cede entero y se lleva por delante todo lo que tenga encima.

Y sabía exactamente dónde estaba.

—¡AQUÍ NO! —gritó, y no reconoció su propia voz—. ¡A proa! ¡Todos a proa, contra el mamparo, LEJOS DE MI COSTURA!

No le preguntó nadie por qué.

Eso fue lo que le quedó después, cuando pudo pensar: que en el muelle nadie lo había escuchado, y que en un local con un techo encima nadie lo había escuchado, y que aquí, con la nave cayendo, no hubo ni medio segundo de duda. Asuru se movió antes de que él terminara la frase. Yoko agarró a Kairu por el cuello de la chaqueta y tiró de él como se tira de un saco. Samui soltó los mandos, que ya no servían para nada, y fue detrás.

Y así los cinco acabaron en el mismo sitio.

Amontonados contra el mamparo de proa, agarrados unos a otros y a lo que había, en dos metros de nada.

Y en los dos o tres segundos que quedaban, Raito hizo lo único que le quedaba por hacer, que era mirar.

Miró a Kairu, que había dejado de empujar porque ya no le quedaba con qué y estaba doblado sobre sí mismo. Miró a Asuru con la mano abierta encima del hombro de Kairu, dando lo que le quedaba, que no era nada. Miró a Yoko con los ojos encendidos barriendo la bodega —contando salidas hasta el último segundo, porque era lo que sabía hacer—, y vio en su cara el momento exacto en que dejó de encontrarlas.

Y pensó, con una claridad rarísima: otra vez no.

Y ahí Randa levantó la cabeza.

Había estado callada toda la persecución. Sentada en un cajón, con las piernas cruzadas, sin agarrarse a nada, como si aquello fuera un viaje incómodo y no otra cosa. Y ahora los miró.

Los miró uno por uno. Despacio. Contándolos.

—Ah —dijo—. Bueno. Así sí.

—¿Así sí qué? —dijo Kairu.

Randa no contestó.

Levantó la mano izquierda a la altura de la cara, con la palma hacia dentro y los dedos un poco separados, como quien mira una cosa muy pequeña a contraluz. Y cerró un ojo.

Y por un momento —un momento que Raito no le contó nunca a nadie— a Raito le pareció que no estaba mirándolos a ellos, sino a través de ellos, a alguna otra cosa que estaba en el mismo sitio y no era ellos.

—Shimai —dijo.

Y cerró la mano.

Y aparecieron las partículas.

Salieron de la nada, en el aire, alrededor de los cinco: un polvo fucsia, fino, encendido, de un color que no se parecía a ninguna de las luces que Raito había visto en aquel mundo. No caían. No subían. Se quedaron donde salieron, quietas, rodeándolos a los cinco y a nada más, y a Raito le tocó la cara una y no le quemó ni le enfrió: no le hizo nada. Como si aquel palmo de aire hubiera dejado de tener opinión.

Después, todo lo demás.

Después la nave tocó tierra, y lo que vino no se puede contar por orden porque no pasó por orden. Hubo un ruido que no era un ruido sino un golpe dentro de la cabeza. Hubo metal doblándose muy despacio y muy rápido a la vez. Hubo un trozo de casco que entró por donde no había puerta. Hubo tierra, y después piedra, y después más tierra, y la bodega dio dos vueltas enteras con los cinco dentro.

Raito vio pasar por delante de su cara una argolla de acero arrancada de cuajo, del tamaño de su cabeza, girando.

Y no le tocó.

No le rozó siquiera. Pasó a un palmo, giró, y se fue a estrellar contra el mamparo de al lado.

Y así todo. Todo lo que tenía que haberlos matado pasó al lado.

Cuando la nave se detuvo, ninguno de los cinco se movió durante un rato.

Fuera se oía caer cosas todavía. Piedra pequeña, metal, algo que rodó mucho tiempo antes de pararse. Dentro, un goteo.

Después Kairu tosió.

Después Asuru dijo un nombre, y después otro, y después los cuatro nombres, y los cuatro contestaron.

Raito se sentó en el suelo que ahora era una pared y se miró las manos, y las manos estaban enteras, y la pierna estaba entera, y no le dolía nada nuevo. Nada. Ni un rasguño.

Las partículas se estaban apagando despacio a su alrededor, como se apagan las brasas de una lumbre a la que ya nadie echa nada.

Y en mitad de todo aquello, sentada en el mismo cajón —el cajón se había venido con ella, o ella con el cajón—, Randa se apretaba la nariz con la manga.

Se la apartó, la miró, y la manga estaba roja.

—Uy —dijo—. Esta me ha costado.

—¿Le duele algo? —dijo Asuru.

—A mí no me duele nunca nada, corazón. —Se miró la manga otra vez—. Es akari. Se acaba y se vuelve a llenar. Lo que pasa es que hoy he echado más de la cuenta.

VI

Lo que queda

Salieron por el agujero.

Y desde fuera, en la ladera, con la bruma baja moviéndose entre las piedras y el frío entrando por todas partes, se vio lo que era aquello.

Ya no era una nave.

Era una cosa larga, torcida, medio metida en la tierra, con el morro hundido y una raja en el costado por la que se le veía todo lo de dentro. Un trozo del ala —o de lo que fuera aquello— estaba treinta pasos más arriba, clavado en el suelo como una lápida.

Nadie habló durante un rato.

Kairu se sentó en una piedra y estuvo un rato con la cabeza entre las manos. Tenía los dos brazos temblándole de una manera que no paraba, y cada vez que intentaba cerrar el puño el puño se le abría solo.

Asuru se agachó a su lado y le puso las manos encima de los antebrazos, y no salió luz ninguna.

—Se me ha acabado —dijo ella.

—Ya. —Kairu se rió, y la risa le salió rara—. A mí también.

Y Randa salió la última, sacudiéndose el polvo de la chaqueta, y se sentó en una piedra un poco apartada.

Nadie se acercó a ella.

Fue lo que más le extrañó a Raito de toda aquella noche, y le extrañó después, cuando pudo pensar: que acababa de salvarles la vida a los cinco delante de sus narices y que ninguno de los tres se le acercó a decírselo.

Kairu la miraba de reojo cada tanto. Yoko no la miraba en absoluto, que era otra manera de mirarla.

Y al final fue Asuru la que se levantó, cruzó los seis pasos y se quedó de pie delante de ella sin saber qué hacer con las manos.

—Gracias.

Randa levantó la vista.

—De nada, corazón.

—Es que… nos ha—

—Ya lo sé. —Y le sonrió, y en la sonrisa había algo que a Raito le pareció cansancio y que no era exactamente eso—. No te acostumbres.

Asuru volvió a su piedra.

Y eso fue todo, y a Raito le pareció poco, y no se le ocurrió qué añadir.

Raito se acercó cojeando. Rodeó lo que pudo rodear, se agachó donde pudo agacharse, y metió el brazo hasta el hombro por una abertura que humeaba.

—Raito —dijo Asuru.

—Ya voy.

Sacó el brazo, negro hasta el codo. Volvió a mirar la raja del costado. Después miró abajo, a la parte que se había hundido en la tierra, y se quedó ahí más rato del que se había quedado en ningún otro sitio.

—La costura aguantó —dijo al fin.

—¿Qué?

—Lo que cosí. —Se limpió el brazo en el pantalón, que ya no servía de nada—. Aguantó. Se abrió por otro lado.

Kairu soltó una risa que se le quedó a medias.

—¿Y lo dices como si fuera bueno?

—Es que es lo único bueno.

Se enderezó. Le costó.

Y ahí Raito hizo una cosa que no se le habría ocurrido hacer una semana antes: se puso a hablar sin que se lo pidieran, delante de cuatro personas, de la única cosa del mundo de la que sabía algo.

—El casco lo puedo cerrar —dijo—. No bien. Lo puedo cerrar de manera que aguante, si tengo con qué. Chapa, algo que sirva de remache, fuego para doblar. Eso yo lo sé hacer. —Señaló abajo con la barbilla, hacia el vientre hundido—. Lo otro no.

—¿Lo otro qué?

—Lo que hacía que esto no pesara. —Y le salió una cosa rara al decirlo, porque cayó, mientras lo decía, en que llevaba días montado encima de una cosa que volaba y que no sabía ni cómo se llamaba lo que la hacía volar—. Eso está roto. Y yo eso no sé ni por dónde se abre.

Se hizo un silencio en el que nadie lo contradijo, y a Raito eso le duró en el pecho más que la caída.

Samui llevaba un rato de pie, un poco aparte, mirando el mismo sitio.

—Está partido —dijo.

—¿Se puede arreglar?

—Se puede arreglar. —Se limpió una mano en el pantalón—. No aquí, no con esto, y no en un rato. Hace falta herramienta, hace falta metal y hace falta alguien que haya abierto uno antes.

—¿Y cuánto es «no en un rato»? —dijo Yoko.

—Días.

La palabra se les quedó a los cuatro encima.

Días. En una ladera, en mitad de nada, con la bruma abajo y sin nada alrededor más que piedra y frío, y con dos aparatos dando vueltas por ahí buscándolos.

—Días —repitió Yoko—. ¿Y qué comemos en días?

Samui no contestó.

—¿Y qué bebemos?

—Yoko —dijo Asuru.

—No, es una pregunta buena. Es la única pregunta que hay. —Se cruzó de brazos y miró a Samui, que seguía mirando el vientre partido de la nave—. Nos has metido en una ladera pelada en mitad de nada, a media hora de una cosa que ni tú quieres nombrar, y nos dices días. Pues yo pregunto qué comemos.

—Pues estamos jodidos —dijo Kairu, con una alegría que no engañó a nadie.

Y entonces Samui se dio la vuelta y empezó a caminar.

No hacia la nave. Hacia arriba.

Los cuatro se quedaron mirándolo subir.

—Oye —dijo Kairu—. ¡Oye! ¿Para dónde va?

Samui no se paró.

—Yo conozco esta zona —dijo.

Y siguió subiendo.

Y ninguno de los cuatro preguntó de qué la conocía. Ni entonces ni después. Yoko abrió la boca —Raito la vio abrirla— y la volvió a cerrar, y eso fue lo más cerca que estuvo nadie de preguntarlo.

VII

Hola, papá

Subieron.

Fue una subida mala. La piedra estaba mojada, la pierna de Raito no era una pierna para piedra mojada, y a la tercera vez que se fue al suelo Kairu se puso a su lado sin decir nada y le pasó el brazo por debajo, y Raito lo dejó, que le costó más que la subida.

Randa iba la última, tomándoselo con calma, con la manga todavía manchada. En un momento en que Raito se paró a respirar la alcanzó y ella le sonrió sin ganas.

—¿Qué tal la pierna, campesino?

—Bien.

—Mentira.

—Bien —repitió, y siguió subiendo, y a su espalda la oyó reírse por la nariz.

Y Samui iba delante y no miraba atrás.

Iba rápido. Iba más rápido de lo que había ido nunca desde que lo conocían — y eso Kairu lo dijo en voz alta, resoplando, y nadie le contestó porque todos lo habían notado.

—Oye —dijo Kairu, resoplando por el esfuerzo de llevar medio Raito—. ¿A ti no te parece raro?

—Todo es raro.

—No, digo esto. —Levantó la barbilla hacia la espalda de Samui, veinte pasos por delante—. Nosotros bajamos de una nave partida en dos en mitad de la nada y el hombre tira para arriba como el que va a comprar pan. Sin mirar un mapa. Sin dudar en un cruce.

Raito lo pensó, y le vino una cosa de golpe que casi le hace parar.

Le vino su abuelo llevándolos de noche al templo, sin dudar en ningún cruce, por un camino que ninguno de los tres había andado nunca.

—A lo mejor lleva mucho tiempo sin venir —dijo.

—¿Y eso qué cambia?

—Que si llevas mucho tiempo sin ir a un sitio y aun así no dudas —dijo Raito—, es porque has ido mucho.

Después de un rato largo la ladera se enderezó, y arriba, contra la nada, se recortó una forma.

Una torre. Vieja, gorda, de piedra encajada y metal remendado, con la parte de arriba redonda y ciega.

Y en la falda de la torre, metida en la roca, había una boca de cueva. Con una puerta puesta. Con luz dentro.

Se pararon los cuatro.

Porque una torre en mitad de nada es una cosa, y una torre con luz dentro es otra muy distinta.

—Espera —dijo Yoko—. Espera, espera. ¿Ahí vive alguien?

Samui siguió andando.

Y de la boca de la cueva salió un hombre.

Salió con una lámpara en la mano y sin prisa ninguna, y se quedó en el vano mirando hacia abajo. Era viejo. Era ancho. Tenía barba blanca y sucia y un delantal de trabajo, y las manos, incluso desde donde estaban, se le veían raras: manchadas de algo que la lámpara devolvía en amarillo.

A Raito se le puso el estómago del revés antes de que se le ocurriera por qué.

Y cuando se le ocurrió, fue esto: que aquel hombre no había salido a ver qué pasaba.

Había salido a esperar. Estaba en el vano con la lámpara ya encendida, sin abrigo, sin prisa y sin sorpresa, como quien lleva un rato ahí de pie.

—¿Quién es ese? —dijo, muy bajo.

Nadie contestó.

Kairu se había puesto medio delante de Asuru sin darse cuenta. Yoko había echado la mano atrás, hacia donde llevaba lo suyo. Y Raito, mirando a aquel hombre, se acordó de golpe de la luz que barría la bruma, y de que se había apagado justo cuando les hacía falta, y no supo qué hacer con eso.

El viejo tampoco se movía.

Estaba mirando a Samui subir, y no era la cara de alguien que reconoce a alguien. Era la cara de alguien que esperaba una cosa y le está llegando otra.

Levantó un poco la lámpara. Bajó la vista a los cuatro que venían detrás, uno por uno, y se detuvo un momento en cada uno, y en ninguno más rato que en los demás.

Y después volvió a Samui.

Y ahí sí le cambió la cara.

No mucho. No de golpe. Fue algo que se le fue soltando por partes, como se suelta un nudo cuando ya lo has aflojado tres veces: primero la boca, después una mano, después el peso.

Y no dijo nada.

Y Samui llegó arriba.

Se paró a tres pasos de él.

Y por primera vez desde que lo conocían, Samui hizo una cosa completamente normal: se quitó el agua de la cara con el dorso de la mano, del modo en que se la quita cualquiera al llegar a una casa.

—Hola, papá —dijo.

VIII

La cueva

Nadie dijo nada durante los cuatro segundos siguientes, y Raito se pasaría bastante tiempo acordándose de esos cuatro segundos.

El viejo bajó la lámpara.

—Pasad —dijo—. Que fuera no se está.

Y se metió para dentro.

Eso fue todo. Ni un abrazo, ni una pregunta, ni una cara. Se dio la vuelta y entró, y a los cinco no les quedó más remedio que ir detrás, y Raito entró el último porque iba el que peor andaba, y por eso fue el que mejor vio la cueva entera de golpe.

Y la cueva era de oro.

No de oro: con oro. Estaba todo roto y todo pegado. La mesa larga tenía una grieta que la cruzaba entera y la grieta estaba rellena con una línea gruesa y brillante que se veía desde la puerta. Los cuencos de la estantería estaban pegados. La jarra estaba pegada. Un banco tenía una pata que había sido de otra cosa y la juntura estaba cosida de amarillo. Hasta la pared, en un sitio donde la roca se había abierto, tenía la grieta rellena de arriba abajo, como una cicatriz de una casa.

No estaba disimulado. Estaba lo contrario de disimulado.

Alguien se había pasado años arreglando cosas y dejando bien a la vista por dónde se habían roto.

—Siéntense donde puedan —dijo el viejo.

Y se puso a mover un cazo.

Raito se quedó de pie más rato de la cuenta, mirando la mesa.

En su casa había una pata torcida. Taiyo la había clavado mal hacía años y ahí se había quedado, y cada vez que alguien apoyaba el codo la mesa se movía, y todos habían aprendido a apoyar el codo en otro sitio. Aquello era lo que hacía la gente con las cosas rotas: dejarlas rotas y andar alrededor.

Esta mesa no. Esta mesa la habían abierto por la mitad y la habían vuelto a cerrar, y la costura era lo primero que se veía al entrar.

Se sentó. Pasó el dedo por la línea de oro sin darse cuenta de que lo hacía.

Estaba fría, y no era pintura: sobresalía un poco, como sobresale una cicatriz.

Kairu, que era incapaz de estar callado más de un minuto en su vida, abrió la boca.

—Oiga, señor, nosotros—

—¿Han comido?

Kairu se quedó parado.

—¿Qué?

—Que si han comido. —El viejo no se volvió—. No les he preguntado quiénes son. Eso lo voy a saber igual dentro de un rato y no tengo prisa. Les he preguntado si han comido.

—Pues… no.

—Ya.

Y siguió con el cazo.

Se sentaron. Se sentaron como se sienta la gente que lleva media noche cayéndose: mal, y donde cayeron.

Y Raito, que estaba hecho polvo y que tenía frío y que no entendía nada de lo que estaba pasando, se dio cuenta de una cosa: que el viejo, mientras removía aquello, los estaba mirando.

No de frente. De refilón, mientras hacía otra cosa, en el trozo de segundo que se tarda en girar la muñeca.

Miró a Kairu, que se había sentado en el sitio más cerca del fuego y ya estaba contando cómo había frenado una nave entera con las manos, adornándolo poco pero adornándolo.

—Yo no digo que la parara —decía—. Yo digo que si yo no llego a estar ahí, esto no lo cuenta nadie. Que es distinto.

—Es que es verdad —dijo Asuru.

—¡Gracias!

—No te emociones —dijo Yoko.

Miró a Yoko, que se había sentado de cara a la puerta. No cerca del fuego: de cara a la puerta. Con la espalda contra la piedra y las dos salidas a la vista.

Y a Yoko, que llevaba nueve años notando cuándo la miraban, no se le escapó.

—¿Pasa algo?

—Nada. —El viejo siguió removiendo—. Que te has sentado bien.

—¿Bien?

—Como se sienta el que ha dormido a la intemperie. —Golpeó el cazo contra el borde—. No es un reproche, niña. Yo también me siento así y llevo aquí arriba desde antes de que tú nacieras.

Yoko no contestó, pero no se cambió de sitio, y en ella eso quería decir algo.

Miró a Asuru, que se había sentado la última, después de asegurarse de que los otros tenían dónde, y que llevaba las mangas subidas porque las tenía empapadas.

Y ahí el viejo paró de mover el cazo.

Fue un momento. Se quedó mirándole los antebrazos a la chica —quemados hasta el codo, de un quemado viejo que no era de fuego— y algo le pasó por la cara que no fue lástima.

Después volvió al cazo.

Y a Raito lo miró el último y lo miró más rato.

Se detuvo en la pierna. Después subió a las manos —las tenía negras hasta el codo, del brazo que había metido en el vientre humeante de la nave— y se detuvo ahí también. Y por último le miró la cara, y a Raito le dio la sensación clarísima de que aquel hombre le estaba mirando los ojos y de que le daba exactamente igual lo que hubiera dentro.

Y no dijo nada.

—Bueno —dijo Kairu, al que la sopa había puesto valiente—. ¿Y usted quién es?

—El que vive aquí.

—Ya, pero—

—Kairu —dijo Yoko.

—¡Que es una pregunta normal!

Y el viejo se rió. Fue una risa corta y fea, de una sola sílaba, la primera cosa suya que sonó a persona.

—Es una pregunta normal —dijo—. Y te la voy a contestar mañana, que hoy tienen todos cara de sopa y de la sopa no se van a acordar.

Randa, que se había sentado en el rincón más oscuro y llevaba un rato sin decir nada, habló entonces por primera vez desde que entraron.

—Bonita casa.

El viejo la miró.

Fue la única vez en toda la noche en que miró a alguien de frente y de golpe, y a Raito le pareció que se estaban diciendo algo por encima de la mesa que nadie más entendía.

—¿Nos conocemos? —dijo Randa, con toda la inocencia del mundo.

—No.

—Ah. —Sonrió—. Qué raro. A mí me suena todo el mundo.

Y el viejo volvió al cazo, y no le contestó, y Randa se quedó mirándole la espalda con la sonrisa puesta y los ojos no.

Sirvió cinco cuencos.

Cinco. Los puso en la mesa larga, en fila, sobre la grieta de oro.

Y desde el rincón oscuro se oyó una risa muy corta.

—A mí no me ha puesto.

El viejo siguió a lo suyo.

—No —dijo.

—Ya. —Randa se acomodó contra la piedra, tan cómoda como si le hubieran puesto dos—. Está bien. Yo ya he cenado.

Nadie preguntó cuándo. Kairu abrió la boca y Yoko le puso una mano en el brazo sin mirarlo, y Kairu la cerró, y eso fue lo más cerca que estuvo nadie de tocar el asunto.

Y cuatro se los llevaron cuatro.

El quinto se quedó donde estaba.

Porque Samui no se había sentado.

Llevaba desde que entró de pie junto a la puerta, con el hombro apoyado en la piedra, y no se había movido, y no se había quitado el agua, y no había mirado ni una vez hacia la mesa. Miraba fuera. Fuera no había nada.

El viejo no abrió la boca.

No le dijo siéntate, ni come, ni cuánto tiempo. Puso el cuenco, lo dejó ahí, y se fue a lo suyo.

En algún momento, muy tarde, Raito levantó la cabeza y vio que el cuenco seguía ahí.

Y vio también que el viejo, cada vez que pasaba cerca de la mesa por algo, lo empujaba dos dedos. Nada más. Dos dedos hacia el borde donde estaba Samui, y seguía a lo suyo.

Lo hizo cuatro veces. Raito las contó.

A la cuarta, el cuenco estaba en el filo de la mesa y ya no se podía empujar más sin que se cayera, y el viejo se paró delante de él, lo miró, y lo dejó ahí.

Y así pasó el resto de la noche: cuatro críos comiendo alrededor de una mesa pegada con oro, un viejo trasteando en el fondo, y un hombre de pie en la puerta con un cuenco enfriándose a seis pasos.

Y a Raito, que llevaba desde el incendio aprendiendo a leer los silencios de la gente, ese le pareció el más largo que había visto en su vida.

IX

Lo que costó

Cuando ya no se oía a nadie, el viejo subió.

Subió los escalones tallados de la torre uno a uno, parándose en el descansillo como se para el que lleva años parándose ahí, y salió arriba, al borde, donde el viento.

Y antes de tocar la palanca, miró.

La bruma estaba llena de luces.

No eran muchas: eran muchísimas. Puntos pálidos, del tamaño de una moneda desde allí arriba, repartidos por todo el mar de gris que había debajo de la montaña. Quietos. Ninguno se movía rápido. Algunos estaban tan juntos que hacían manchas.

El viejo se quedó mirándolos.

No con sorpresa. Con la cara de un hombre que mira el nivel de un río.

Y los contó.

Los fue contando de izquierda a derecha, moviendo apenas la barbilla, y cuando llegó a la mitad de la ladera del este dejó de contar, porque a partir de ahí ya no valía la pena.

Estaban más cerca que la última vez.

Mucho más cerca. Estaban a la altura de la primera cornisa, algunos, y esa cornisa él la conocía bien, porque en muchos años no había visto nunca una luz ahí.

Se acordó, sin querer acordarse, de la primera vez que había visto una en aquella cornisa. De eso hacía tanto que ya no le servía para medir nada.

Habían tenido toda la noche.

Toda la noche desde que él bajó aquella palanca, con la mano apoyada un rato largo en el hierro frío, para que dos cosas rápidas perdieran a una lenta.

—Ya —dijo otra vez, para nadie.

Y encendió.

La lámpara tardó lo que tardaba siempre: el zumbido primero, después el temblor, después el chasquido del cristal al calentarse por dentro.

El haz salió como sale siempre, ancho y limpio, y barrió la bruma de un lado a otro, y la bruma se puso amarilla por donde pasaba.

Y las luces retrocedieron.

No huyeron. No se apagaron. Se apartaron — despacio, con una lentitud que era peor que la prisa, como se aparta el ganado cuando alguien entra en el corral con un farol: sin miedo de verdad, solo quitándose. Bajaron de la cornisa. Se soltaron de las manchas. Y se quedaron a la distancia de siempre, ahí abajo, esperando.

Esperando a que se apagara.

El viejo se quedó con la mano en la palanca, y el hierro ya no estaba frío.

Lo había calentado él en un rato.

Porque esa era la cuenta, y llevaba media vida haciéndola: con la luz encendida, aquello no subía. Con la luz encendida, cualquiera que pasara por esa parte del mundo veía exactamente dónde estaba esta montaña.

Y abajo, en la ladera, había una nave partida por la mitad que iba a tardar días.

Días.

Días de luz encendida. Días de una montaña señalada en mitad de la nada, con un haz que se veía desde cualquier parte de aquel trozo de mundo, girando y girando y diciéndole a todo el que pasara aquí, aquí, aquí.

O días de luz apagada.

El viejo miró abajo otra vez, a los puntos pálidos esperando en el gris.

Y después miró hacia atrás, hacia el hueco de la escalera por donde se bajaba a la cueva, donde había cuatro críos dormidos alrededor de una mesa pegada con oro y un hombre que no se había sentado.

Soltó la palanca.

Y no bajó a dormir. Se sentó en el borde, con las piernas colgando sobre la nada, de cara a la bruma iluminada, y se quedó ahí como se queda el que vigila una cerca de la que no se fía.

Fin del Capítulo Seis