El que no bajó
Raito subió los escalones tallados con la pierna que todavía no tenía y las manos, que era como subía él desde el muelle nueve: agarrándose.
Doscientos cuatro. Los contó otra vez y otra vez le salieron doscientos cuatro, y decidió que la primera vez se había equivocado.
Arriba había viento.
Y el viejo estaba sentado en el borde, con las piernas colgando sobre la nada.
Exactamente donde lo había dejado.
Ni un palmo más allá. Con el mismo hombro apoyado en el mismo hierro y la misma mano abierta sobre la misma rodilla, y por la manera en que tenía la espalda —quieta de una quietud que no era descanso— Raito entendió, sin preguntar, que aquel hombre no se había acostado.
—Buenas —dijo.
—Hace un frío del carajo. Baja y come algo.
Raito no bajó.
Se sentó a su lado, en el sitio de la noche anterior, y estuvo un rato mirando la bruma.
Y la bruma tenía luces.
Puntos pálidos, del tamaño de una moneda vistos desde ahí arriba, repartidos por todo el gris de abajo. Quietos. Muchos. Raito no supo qué eran y no le gustaron, del modo en que a uno no le gusta un ruido en el establo aunque no sepa de qué animal es.
Contó una fila entera antes de darse cuenta de que estaba contando.
—¿Y eso?
—Eso lleva ahí desde antes de que naciera mi bisabuelo.
—No. Digo las luces.
Kō no contestó enseguida.
Raito se quedó mirándolas.
En su casa, cuando bajaban los lobos, no se veían los lobos: se veían las cabras. Las cabras se juntaban en una esquina del corral y se quedaban ahí quietas mirando todas para el mismo lado, y con eso bastaba. Uno no tenía que ver nada para saber que había algo.
Aquellas luces estaban quietas y miraban todas para el mismo lado.
—Están más cerca —dijo Raito.
—¿Más cerca que qué?
—Que anoche.
Y el viejo se volvió a mirarlo, por primera vez desde que había subido, y lo miró de una manera nueva: no como se mira a un crío que pregunta, sino como se mira a un crío que ha contado bien.
—Anda —dijo, y se levantó con todo el ruido que hacen los viejos al levantarse.
—Pero no me ha contestado.
—No.
—¿Y me va a contestar?
—Algún día. —Se sacudió el pantalón—. Baja, que tengo que hacerte una cosa.
Otra vez
Fue esa misma tarde.
Raito estaba ayudando a Kairu a subir un rollo de cable por la pasarela, y al apoyar mal el peso el muñón le dio un latigazo que le llegó hasta el diente, y se le cerraron los ojos, y pasó.
Pasó como pasaba siempre.
Un tirón hacia atrás, minúsculo, del tamaño de un parpadeo. El pie que no tenía volviendo a estar donde estaba antes de apoyarse mal. El mundo dando un salto de nada y colocándose otra vez, y él de pie, sin dolor, con el rollo de cable en las manos y el corazón un poco raro.
Cuando abrió los ojos, Kō estaba en la puerta de la cueva mirándolo.
No había dicho nada. No había hecho nada. Estaba ahí con un trapo en la mano y se le había olvidado el trapo.
—Otra vez —dijo.
—¿Qué?
—Que lo hagas otra vez.
—No es que yo lo haga. Es que...
—Hazlo otra vez, chico.
Raito lo intentó.
Apoyó el muñón a propósito. Aguantó las ganas de gritar. Se lo pidió a lo que fuera que lo hacía, por dentro, con todas sus fuerzas.
Y no pasó nada.
Lo intentó otra vez. Y otra. Y a la cuarta se sentó en el suelo con la cara empapada, y era la primera vez en su vida que se enojaba con algo que estaba dentro de él.
—No me sale —dijo—. Solo me sale cuando duele.
El viejo se acercó despacio.
Le agarró la cara con una mano —tenía la palma como una lija caliente— y se la giró hacia la luz de la puerta y le miró los ojos mucho rato, primero uno y luego el otro.
Después le soltó la cara y estuvo callado un rato bastante largo.
—¿Quién te enseñó eso? —dijo al fin.
—Nadie. Lo hice yo.
—Ya. —Kō se limpió las manos en el trapo—. ¿Y sabes lo que estás haciendo?
—Me devuelvo. Un poquito. Antes de que me duela.
—Antes de pagar —dijo el viejo.
—Sí.
—Ya. —Tiró el trapo encima de un banco—. Pues eso funciona hoy.
Y se metió para dentro.
Raito se quedó en la pasarela con el rollo de cable.
—¿Funciona hoy? —dijo, yendo detrás—. ¿Eso qué quiere decir?
—Quiere decir lo que he dicho.
—Es que si hay algo que...
—Chico. —Kō se paró en medio del cuarto de las estanterías y se volvió—. Te he dicho que funciona hoy y no te he dicho nada más porque no hay nada más que sepa. Lo que no me gusta no lo sé explicar. Lo que me pasa es que llevo cuarenta años pegando cosas rotas y me sé de memoria el ruido que hace una taza cuando la aprietas por donde ya está pegada.
—¿Y qué ruido hace?
—Ninguno. —El viejo se dio la vuelta y empezó a mover cosas en la estantería de arriba—. Ese es el problema.
Raito abrió la boca para seguir y el viejo levantó una mano sin volverse, y Raito se calló, porque estaba empezando a distinguir cuándo el silencio del viejo era pereza y cuándo era otra cosa.
El apaño
Kō sacó un bulto de la estantería más alta.
Estaba envuelto en tela encerada y atado con cordel, y por la manera en que lo bajó —con las dos manos, y despacio, y apartando primero lo que había delante— se veía que llevaba ahí mucho tiempo y que no lo habían movido en todo ese tiempo.
Y Samui se apartó de la estufa.
Un paso. Nada más, y con la cara igual que siempre. Pero se apartó, y se quedó de pie donde se veía la mesa, y no volvió a su sitio en toda la tarde.
Raito no lo vio. Raito estaba mirando el bulto.
Kō lo puso en la mesa larga.
Deshizo el cordel.
Y era una pierna.
Negra. De un negro que no era pintura, que era el color de la cosa. Del muslo al pie, con la forma exacta que tiene una pierna y sin parecerse a una pierna en nada, porque no tenía piel ni pretendía tenerla, y porque la recorrían de arriba abajo unas líneas anchas metidas en el material, de oro apagado, que se ramificaban y se volvían a juntar igual que las vetas de la montaña.
Nadie dijo nada.
Kairu se había quedado en la puerta con el cable todavía en el hombro. Asuru había entrado detrás y tenía las manos en la boca. Yoko estaba fuera y entró.
—Eso no lo has hecho tú —dijo Asuru.
—No.
—¿Y quién lo hizo?
Kō tardó.
—La pieza la hicieron con máquinas —dijo—. En un sitio con mesas y con luz, gente que sabía lo suyo y que tenía años y dinero para gastar en probar. —Pasó el pulgar por una de las vetas doradas, sin mirarla—. Pero lo que pega esto a un hombre vivo no lo hace ninguna máquina. Eso lo hizo alguien con lo nuestro.
Y entonces sí la miró.
—Alguien que llegó hasta el final.
Asuru no supo qué hacer con las manos.
—Yo no llegué —dijo Kō, y no lo dijo con pena: lo dijo como se dice el número de sacos que hay en un granero—. Llevo toda la vida en esto. Tengo las manos que tengo. Y no llegué ni cerca.
—…
—A lo mejor tú sí. —Volvió a lo suyo—. No lo digo por hacerte sentir bien. Lo digo porque eres joven, y porque yo a tu edad no sabía ni lo que era esto.
Asuru no volvió a abrir la boca. No la abrió en toda la tarde. Se quedó de pie al lado de la mesa mirando la pierna con una cara que Raito no le había visto nunca, ni cuando curaba ni cuando la regañaban; una cara de alguien a quien acaban de enseñarle el final de un camino que creía mucho más corto.
—¿De dónde la has sacado? —dijo Raito.
—De un sitio al que fui hace mucho.
—¿Qué sitio?
—Eso es largo —dijo Kō— y hoy ya has oído bastante.
Y ahí se acabó, y a Raito le quedó otra piedra más en el bolsillo, y ya iba teniendo unas cuantas.
—Siéntate.
Raito se sentó en el banco y se subió la pernera cortada, y el viejo le quitó el apaño de metal que llevaba puesto —el que le habían hecho en la nave, el que le estaba comiendo el muñón— y lo dejó caer al suelo sin ningún respeto.
Después le miró el muñón un buen rato.
—Esto te lo hizo alguien con prisa —dijo.
—Me lo hizo alguien que me salvó la vida.
—Las dos cosas son verdad. —Le giró el muñón con dos dedos, sin ninguna delicadeza—. Antes de que empiece, una cosa que tienes que saber, porque después ya no vas a poder decir que no.
—Dígame.
—Esto no se quita.
Raito lo miró.
—Cómo que no se quita.
—Que no se quita. —Kō levantó el bulto negro con las dos manos—. Esto no es una bota. Esto entra, y una vez que entra se agarra a lo que encuentre, y lo que encuentre eres tú. Se te va a meter por dentro y se te va a hacer sitio, y cuando termine no va a haber ninguna línea donde acabes tú y empiece ella.
—¿Y si un día no la quiero?
—Pues un día no la vas a querer y la vas a tener igual. —Lo dijo sin ninguna crueldad, que fue lo que lo hizo peor—. Piénsalo ahora. Después no.
Raito miró el apaño de la nave tirado en el suelo, que se le estaba comiendo el muñón, y miró la puerta de la cueva, y miró el bulto negro.
—Póngamela.
Trabajó despacio. Se quejó del pulso dos veces. Le dijo a Kairu que se apartara de la luz y a Kairu que volviera y le sujetara esto, y a Kairu que ahora no, que se apartara otra vez.
Y en mitad de todo, sin levantar la voz ni la vista, dijo:
—Ah. Una cosa.
—Qué.
—Que encima de esto no te vas a poder poner nada.
Raito lo miró.
—¿Cómo que nada?
—Nada. Tela no. —Kō ajustó algo por dentro y a Raito se le fue el aire—. Se la come. Despacio si está quieta, rápido si la aprietas, pero se la come.
—¿Y eso por qué?
—Porque el que hizo esto pensó en muchísimas cosas y no pensó en los pantalones.
—Es que...
—Chico, no es un misterio. Es que nadie llegó a la parte de los pantalones. —Apretó—. Estas cosas se hicieron para que las usara todo el mundo, y no las usó nadie, y las que quedan quedaron a medio pensar. Pues córtate el pantalón. No es el peor problema que tienes.
—¿Y a mí no me come?
—A ti no. Tú la estás alimentando. —Le dio un golpecito con dos dedos en la rodilla, en el muñón, encima de la carne—. Esto ahora es tuyo igual que la mano. Come akari. El tuyo.
Raito se quedó mirando la pierna.
—Akari.
—Akari. —Kō no levantó la vista—. Lo mismo que se te sale por los ojos cuando te asustas. Lo mismo que gastó la que te curó. Esto bebe de ahí.
—Cuándo.
—Siempre.
Raito levantó la cabeza.
—¿Siempre?
—Siempre, chico. Andando, comiendo, durmiendo y meando. —Kō se limpió los dedos—. Esto no se apaga. Mientras tú tengas akari, esto está bebiendo. Es como si llevaras una cosa encendida ahí abajo desde ahora hasta que te mueras, y como el que la enciende eres tú, no vas a notarlo hasta que te falte.
—¿Y por eso no me duele?
—Por eso no te duele. —El viejo apretó una pieza—. Cuando te duela, no va a ser por la carne. Va a ser porque no le estás dando el akari que pide, y entonces te va a ir a buscar donde lo haya.
—¿Y si un día no doy bastante?
Kō se rió por primera vez desde que lo conocían. Fue una risa fea y corta, de una sola sílaba.
—Chico —dijo—. Anoche encendiste el puente entero de una nave sentado en el suelo, y me lo contaron con la cara descompuesta. Tú das de sobra. Tú das tanto que se te sale por los bordes y se va al aire, y llevas toda la vida desperdiciándolo porque nadie te dijo nunca que se pudiera meter en algo.
Y se puso a apretar la última pieza.
—Por eso te la doy a ti —dijo—. Esto lleva colgado de esa estantería más años de los que tú tienes, sin servir para nada. Y no sirve porque le pidas poco. No sirve porque le pides mucho y no hay quien lo pague. —Apretó—. A cualquiera de los que están en esta cueva esto le duraría cuatro pasos y se le apagaría. A ti no.
—¿Y eso por qué a mí sí?
—Y yo qué sé —dijo Kō—. Pregúntale al que te enseñó a estarte quieto trece años seguidos en un porche escuchando.
Raito se quedó muy callado.
—Yo no le puedo preguntar nada.
—Ya lo sé —dijo el viejo—. Aprieta los dientes, que esto va a doler.
Y dolió.
Dolió de una manera que Raito no supo comparar con nada, porque no fue como un golpe ni como un corte: fue como si algo se metiera por donde antes había hueso y se pusiera a buscar sitio, y encontrara sitio, y se quedara.
Y luego se acabó.
Y no dolía.
No dolía de una manera nueva, que era peor que el dolor, porque llevaba mucho siendo un chico al que le dolía y ahora era otra cosa y no sabía qué.
—Anda —dijo Kō, echándose atrás—. Levanta.
Raito puso las dos manos en el banco.
—Sin manos.
Y las quitó.
Se levantó.
Se levantó él solo, sin muleta, sin la mano de Kairu, sin apoyar el hombro en un mamparo, sin nada, por primera vez desde que se había caído en este mundo, y notó el suelo debajo de los dos pies, los dos, uno de carne y otro que no, y notó el peso repartido y notó que no se caía.
Y entonces la pierna se encendió.
Empezó arriba, en el muslo, donde el negro se juntaba con él: un punto de oro que prendió despacio, sin ruido. Y de ese punto bajó.
Bajó por las líneas anchas ramificándose, buscando cada veta, cada brazo, cada esquina, llenándolas de arriba abajo como se llena un cauce seco cuando por fin sube el agua de la montaña, y cada tramo que se llenaba se quedaba encendido, y de él salía el siguiente, y el siguiente, hacia abajo, siempre hacia abajo, hasta el tobillo y hasta los dedos que no eran dedos.
La cueva entera se puso amarilla.
Kairu dijo algo y no le salió la voz. Asuru se había llevado las dos manos a la boca otra vez. Yoko, que no se impresionaba nunca, había dado un paso atrás.
Y en el rincón, Randa abrió los ojos.
Raito no vio nada de eso.
Raito estaba mirándose la pierna, de pie en medio de una cueva en un mundo que no era el suyo, con la luz subiéndole por la cara desde abajo.
Y la tela que le quedaba de la pernera, la que le llegaba hasta media pantorrilla, la que llevaba puesta desde la noche de la granja, se puso gris.
Se puso gris, y se puso fina, y se deshizo.
Cayó al suelo hecha ceniza y polvo, sin ruido ninguno, alrededor de un pie de metal negro que ardía en oro.
Andar
Nadie dijo nada durante bastante rato.
Después Kō se limpió las manos en el trapo, se sentó otra vez en la banqueta y dijo:
—Anda.
—Qué.
—Que andes.
Y Raito anduvo.
Cuatro pasos hasta la pared. Se paró. Se dio la vuelta. Cuatro pasos de vuelta.
Y al cuarto se le fue.
No se cayó: se le fue. La pierna llegó un poco antes de donde tenía que llegar, como llega un caballo que no es tuyo, y el hombro se le fue detrás y tuvo que agarrarse a la mesa con las dos manos.
—Ya —dijo Kō.
—Qué pasa.
—Que le estás dando el akari de golpes. —El viejo estiró las piernas y cruzó los brazos—. Tú le echas lo que le echarías a un cubo: mucho de una vez y después nada. Y ella hace exactamente lo que le pides: llega rápido y después no llega.
—Yo no le echo nada. Yo ando.
—Tú andas y ella bebe. —Se encogió de hombros—. Lo que tienes que aprender no es a mover la pierna, chico. Eso lo mueve ella sola. Lo que tienes que aprender es a darle igual todo el rato.
Raito se quedó mirándose la pierna.
—Y eso no lo he hecho en mi vida.
—Nadie lo ha hecho en su vida hasta que lo hace. —Kō señaló el suelo con la barbilla—. Anda.
—¿Cuánto?
—Y yo qué sé. Lo que tarde.
Raito se soltó de la mesa.
Volvió a andar. Cuatro pasos. Se le fue otra vez, y esta vez sí se cayó, de lado, con un ruido de mil demonios contra un cubo.
Asuru dio un paso hacia él.
Y se paró.
Se paró ella sola, a medio paso, con la mano ya levantada, y la bajó y se quedó donde estaba con la cara muy quieta.
Raito se levantó solo.
Anduvo. Se cayó. Anduvo. Se cayó.
Y en algún momento de aquello dejó de pensar en la pierna y se puso a pensar en una cosa que no venía a cuento y que resultó que sí venía: en el primer tramo de cerca que había clavado él solo, a los once años, con Taiyo sentado en el escalón sin decirle nada. Le había salido torcido. Se veía desde el pozo. Estuvo torcido nueve años y nunca lo arreglaron, y a él le había dado vergüenza cada vez que pasaba por delante, hasta que un día dejó de dármela, porque se acostumbró a que estuviera ahí.
Esto va a ser igual, pensó. Esto va a estar torcido y me voy a acostumbrar.
Y le vino un alivio raro con eso.
Y a la novena vez entendió lo que le había dicho el viejo, y lo entendió con el cuerpo y no con la cabeza, que era como entendía él las cosas.
Que las caídas no eran de la pierna.
Que cada vez que se distraía —cada vez que pensaba en Kairu contando, o en las luces de la bruma, o en su hermano— aquella cosa negra se quedaba sin nada durante medio paso, y en ese medio paso no era una pierna: era un tubo.
Y volvía a encenderse en cuanto él se acordaba.
Y encima se sentía culpable de eso, que era lo más idiota de todo, porque era como sentirse culpable de respirar mal.
A la sexta vez Kairu se puso a contar en voz alta, y a la novena Yoko le dijo que se callara, y a la duodécima Raito llegó desde la mesa hasta la puerta sin agarrarse a nada y se quedó allí de pie, respirando por la boca, con la cueva entera pintada de amarillo por debajo.
—Otra vez —dijo Kō.
Y Raito volvió a andar.
Y esa noche, tumbado en la manta, con la pierna fría pegada a la pierna caliente, oyó a Kairu decirle a Asuru en voz baja que doce eran muchas.
—Doce son muchas —dijo.
—Doce son doce —dijo Asuru.
—Ya, pero se ha caído doce veces.
—Y se ha levantado doce veces.
Y Kairu se quedó pensando en eso un rato y después dijo ah, como si acabara de entender algo, y se durmió.
Sigo sin entender por qué te fuiste
Lo empezó Kairu, como empezaban casi todas las cosas malas.
Estaban comiendo. El viejo servía, Samui estaba de pie junto a la puerta como llevaba estando desde que llegaron, y Kairu, que tenía la boca llena y ninguna clase de instinto de conservación, dijo:
—Oiga. ¿Y usted por qué vive aquí?
—Kairu —dijo Yoko.
—¡Que es una pregunta normal! —Tragó—. Hay una cueva, hay un faro, hay un hombre. Ya. Pero uno no se pone a vivir en lo alto de una montaña por gusto. Aquí no hay nada. Aquí no viene nadie.
—Aquí viene alguien cada cinco años —dijo Kō.
—¿Y le parece bien?
—Me parece cuatro.
Y ahí habría acabado, y Raito estaba seguro de que el viejo lo había dicho justamente para que acabara ahí.
Pero desde la puerta, sin volverse, Samui dijo:
—Cuéntaselo.
El viejo dejó el cazo.
—Samui.
—Cuéntaselo tú, que a mí me sale mal.
Y se hizo un silencio de los que se meten debajo de la mesa.
Kō se secó las manos con mucho cuidado, como si secarse las manos fuera un trabajo que exige atención, y se sentó en la banqueta.
—A ver cómo lo digo —dijo, y se lo pensó de verdad, no de mentira—. Yo llevo aquí arriba desde que este era más bajo que la mesa. Antes de eso vivía en otro sitio.
—¿Qué sitio?
—Yo era de Ashita.
Kairu se atragantó.
Asuru dejó el cuenco. Yoko, que llevaba media cena con la espalda contra la piedra, se enderezó despacio.
—¿Cómo que era de Ashita?
—Que era de Ashita. Que viví ahí. Que trabajé ahí. Que enterré gente ahí. —Se encogió de hombros—. Y que me fui.
—¿Se fue? —Kairu tenía la voz de un crío al que le acaban de decir que el río va para arriba—. ¿Alguien se va de Ashita?
—Uno.
Raito miró a Samui.
Samui no se había movido de la puerta, pero había cambiado algo en cómo estaba de pie: se le había ido el peso de un lado al otro, y las manos, que siempre tenía sueltas, ahora las tenía quietas.
—¿Y por qué? —dijo Asuru, muy bajo.
—Porque no estaba de acuerdo con el que manda.
—¿Con el Salvador?
Y el viejo dijo que sí con la cabeza, una vez, sin darle importancia, y a Raito le pareció que en aquella cueva acababa de pasar algo grande y que él era el único que no sabía qué.
—¿Y era… era importante ahí? —dijo Asuru, muy bajito—. ¿Usted?
Kō se rió por la nariz.
—Yo estaba donde hacía falta.
—Eso no es una respuesta.
—Mira qué lista.
Y Asuru se puso colorada y no volvió a abrir la boca.
—¿Y en qué no estaba de acuerdo? —dijo Kairu.
—Eso es largo.
—Es que siempre es largo con usted.
—Es que siempre es largo. —Kō juntó las manos—. Mira, muchacho. Te lo digo de la manera corta y te lo vas a tener que quedar así. Yo no digo que yo tenga razón. No digo que Ashita se equivoque. A lo mejor tienen razón ellos y el equivocado soy yo, y a lo mejor dentro de cien años se ve clarísimo y quedo yo de tonto.
Se quedó un momento buscando la palabra.
—Es que ya no pertenezco ahí. Y quedarse en un sitio al que uno ya no pertenece es lo peor que le puedes hacer a ese sitio y a ti.
Nadie contestó a eso.
Porque no había manera de contestar a eso, y Raito lo notó igual que había notado el peso de la pierna: que aquel hombre no había dicho una excusa, había dicho una cosa verdadera, y contra una cosa verdadera no se puede discutir.
Y entonces habló Samui.
—Sigo sin entender por qué te fuiste.
Lo dijo desde la puerta, sin volverse, y le salió de una manera que Raito no le había oído nunca: no plana. Le salió con un borde.
Kō no levantó la vista.
—Ya lo sé.
—Llevo desde entonces sin entenderlo.
—Ya lo sé.
—Explícamelo otra vez.
—Te lo he explicado tres veces.
—Pues explícamelo la cuarta —dijo Samui, y esta vez sí se volvió—, porque las tres anteriores no me valieron.
Y ahí Raito vio una cosa que no se le olvidó nunca: vio al hombre que había deshecho a dos personas encima de un muelle sin cambiar de cara cambiar de cara.
No mucho. Se le apretó algo alrededor de la boca.
—Ashita es lo único bueno que le queda a este mundo —dijo Samui—. Es lo único. Y tú estabas dentro. Y te fuiste.
—Sí.
—Y no me llevaste.
Kō cerró los ojos.
Y en ese momento, sin que nadie lo nombrara, entró en la cueva la cosa que llevaba toda la noche debajo de la mesa: que la mujer de uno era la madre del otro. Que el hijo de uno era el hermano del otro. Que los dos habían perdido a las mismas dos personas en el mismo sitio y en la misma hora, y que de ahí uno había sacado que había que quedarse y el otro que había que irse.
El mismo agujero. Dos caminos opuestos saliendo de él.
—Eras un crío —dijo Kō.
—Tenía la edad que tienen estos. —Samui señaló la mesa sin mirarla—. Cualquiera de estos cuatro. Y a cualquiera de estos cuatro te lo llevarías.
Kō no contestó.
—Dilo.
—No lo voy a decir.
—Dilo, aunque sea una vez.
Y el viejo levantó la cabeza, y Raito le vio la cara entera, y en aquella cara no había ni terquedad ni orgullo: había un hombre buscando en el suelo una cosa que se le había caído hacía mucho tiempo.
—Es que si te llevo —dijo Kō—, te llevo a esto.
Y abrió una mano hacia la cueva. Hacia la piedra, la estufa, las tazas pegadas, los cuencos rotos, el faro de arriba y la bruma de abajo.
—A un viejo y una luz. Y tú tenías dieciséis años y tenías un sitio donde te querían y donde había gente y donde alguien te iba a enseñar algo. —Bajó la mano—. Yo no me fui de Ashita para llevarme a nadie. Me fui porque ya no valía para estar ahí. Y llevarte conmigo habría sido decirte que tú tampoco.
Samui no dijo nada.
—Ya no lo eres —dijo Kō—. Un crío, digo. Ya no lo eres.
Y no dijo nada más, y Samui tampoco, y el resto de la cena la comieron cuatro personas que no sabían dónde poner los ojos.
Con oro y con dibujos
La cueva por la mañana tampoco era una casa.
Era una cueva a la que alguien le había puesto puertas, y estufa, y una mesa larga con marcas de quemaduras, y estanterías clavadas en la roca con cosas encima que Raito no sabía nombrar. Y al fondo, donde la piedra hacía una pared lisa como una pizarra, el viejo se plantó con un cuenco de oro líquido y un pincel.
—Siéntense —dijo—. Y el que se duerma, que se duerma callado.
Se sentaron los cuatro en el suelo, con la espalda contra la pared caliente. Samui estaba de pie junto a la estufa y no se movió de ahí en toda la mañana. Randa se había puesto en un rincón con una manta encima y los ojos cerrados, y no estaba dormida.
Kō metió el pincel en el cuenco.
—Ocho —dijo—. Ocho continentes, ocho familias, ocho figuras. Eso ya se lo dije anoche y se lo repito hoy porque anoche estaban con cara de sopa.
Y pintó la primera.
Un hexágono. Lo hizo de un trazo, torcido, y chasqueó la lengua y lo repasó.
—Esta es la que más se ve. Materia. La lleva medio puerto y la lleva medio ejército, y por eso la gente cree que es la mala, o la floja, o la de los tontos. —Se apartó para mirarla—. Es la más común. Común no quiere decir chica. Un río también es común.
Pintó la segunda al lado. Un disco lleno, macizo, el único que rellenó.
—Gravedad.
Kairu se enderezó tanto que se dio en la nuca con la roca.
—Ah —dijo Kō, sin volverse—. Buenas.
Pintó la tercera. Una espiral que le salió preciosa a la primera y que él miró con desconfianza, como si desconfiara de las cosas que le salían a la primera.
—Suerte.
Desde el rincón, sin abrir los ojos, Randa dijo:
—Está torcida.
—Está perfecta.
—Está torcida y lo sabes.
Kō siguió.
Pintó un rombo y estuvo un rato sin hablar, y cuando lo dijo lo dijo mirando el rombo y no a nadie.
—Energía. —Le añadió un trazo que no hacía falta—. Esta es la que la gente llama las manos buenas. Y la que más gente entierra joven, porque es la única que te pide que te gastes tú para que se arregle otro, y hay mucha gente incapaz de decir que no.
Asuru se miró las rodillas.
Pintó un pentágono, y dijo espacio, y Yoko no movió ni un músculo de la cara, que fue exactamente lo que la delató.
Pintó un nodo: un punto y de él líneas que salían y terminaban en puntos más pequeños, como una raíz mirada desde arriba.
—Mente.
—¿Y esa qué hace? —dijo Kairu.
—Esa hace lo que le da la gana. —Kō limpió el pincel en el trapo—. De esas quedan cuatro o cinco en el mundo entero. Y ninguna de las cuatro o cinco les va a decir jamás lo que hace.
Pintó la séptima y le tembló el pulso, y la figura le salió partida.
Y la dejó partida.
—Y esta —dijo— no la van a ver nunca.
Era una fractura. No un dibujo roto: una figura cuya forma era estar rota, como el hueso de un plato que se ha caído y que sigue teniendo forma de plato.
—Entropía —dijo Kō—. La octava casa. La que ya no está.
Nadie preguntó por qué no estaba, porque anoche ya lo había contado y porque dicho por segunda vez sonaba peor.
—¿Y cómo se llaman? —dijo Kairu—. Los continentes, digo.
—Uno —dijo Kō—. Dos. Tres. Cuatro.
—No, digo cómo se llaman de verdad.
—Así se llaman de verdad.
Kairu se rió, y dejó de reírse él solo cuando vio que el viejo no.
—Nadie le pone «el cuatro» a una tierra —dijo Raito.
—Ahora sí. —Kō limpió el pincel en el trapo—. Tú naciste en un sitio que tenía nombre, ¿verdad? Un nombre que le puso alguien hace mucho, y por algo. Por el agua que había. Por un hombre que se murió allí. Por lo que fuera.
—Sí.
—¿Y quién decidió ese nombre?
Raito se quedó pensando.
—Nadie —dijo—. Se llamaba así.
—Exacto. —El viejo se apartó de la pared—. Pues aquí eso se acabó. Cuando aquel hombre terminó de andar no quemó las ciudades, que eso da mucho trabajo y no hace falta. Lo que hizo fue mandar hojas. Y en las hojas cada tierra venía con un número.
Se limpió las manos.
—Y para cuando se murió la gente que los había dicho, ya no los decía nadie. No porque lo prohibieran: porque el que lo decía tenía que explicarse. Y explicarse cansa.
Se quedó mirando las ocho figuras de la pared, con el trapo colgando de la mano.
—Yo soy de los pocos que quedan que se los sabe —dijo—. Y no los digo. Los tengo aquí y me los quedo, que son míos.
Y en la cueva no se oyó nada durante un rato.
Y Raito, sin saber muy bien por qué, se puso a pensar en un pueblo de cuatro casas y un abrevadero al que en mil años nadie le había puesto un número.
Y entonces Kō metió el pincel otra vez en el oro y se quedó con él en el aire, y pintó la última.
Un triángulo.
Uno solo, limpio, sin nada dentro.
Y a Raito se le paró algo en el pecho, porque en la bodega de una nave se había visto los ojos en una plancha de metal sucia, y lo que tenía dentro de los ojos era eso.
Exactamente eso.
—Esa —dijo.
Kō no se volvió.
—Esa —dijo Raito otra vez—. Esa es la mía.
—Ya lo sé.
—¿Cómo se llama?
Y el viejo se quedó mirando la pared un rato largo, con el pincel goteando oro en el suelo, y cuando habló no había en su voz nada de lo de antes.
—No te lo voy a decir.
—¿Por qué?
—Porque el que te dice lo que llevas te está diciendo también lo que se puede hacer contigo. —Dejó el pincel en el borde del cuenco—. Y en cuanto tú sepas el nombre, lo vas a decir. Se lo vas a decir a alguien, en un puerto, para presumir o para pedir ayuda, y ese alguien se lo va a decir a otro. Y hay ocho nombres en este mundo, chico, y de esos ocho hay tres que la gente escribe en una hoja y manda a un sitio.
Se limpió las manos en el pantalón.
—Yo eso no lo hago. Nunca lo he hecho. Y no lo voy a empezar a hacer contigo.
—Pero algo me puede decir.
—Algo te puedo decir.
Kō señaló el triángulo con la barbilla.
—Tiempo.
Raito soltó el aire.
—Y no me lo agradezcas —dijo el viejo—, que eso lo sabías tú antes que yo. Llevas desde que te caíste viendo cómo se te pone el mundo espeso. Lo único que he hecho ha sido ponerle la palabra.
—¿Entonces yo puedo…?
—A ver. Para. —Kō levantó una mano—. Aquí es donde todo el mundo se equivoca, y como te equivoques tú te va a costar caro, así que escúchame bien.
Se apoyó en la mesa.
—La figura te dice de qué está hecha tu puerta. No te dice lo que hay detrás.
—No lo entiendo.
—Ya lo sé. —Movió la barbilla hacia la boca de la cueva, donde se oía a Kairu resoplando en la explanada—. Ese. ¿Tú qué dirías que hace un hombre que lleva la gravedad?
Raito se lo pensó.
—Pues… tirar cosas. Aplastar. Hacer que pesen.
—Eso es lo primero que se le ocurre a todo el mundo. Y es lo primero que se le ocurrió a él, y lleva días partiéndose la espalda para hacer justo lo contrario. —Se encogió de hombros—. Míralo cuando salgas. Está aprendiendo a quedarse quieto.
Raito abrió la boca y la volvió a cerrar.
—Tu variable es el tiempo, sí. Todo lo tuyo va a salir de ahí y de ningún otro sitio. —Kō recogió el trapo—. Pero que sea del tiempo no quiere decir que sea ir más rápido y más lento. Eso es lo primero que se te ha ocurrido a ti. Y lo primero que se le ocurre a uno casi nunca es lo suyo.
Raito se quedó con eso un rato largo.
Y después preguntó lo otro, que era lo que llevaba media hora esperando debajo.
—¿Y por qué es peligroso el nombre?
Kō volvió a la pared.
—De estas ocho —dijo, y pasó el pincel por delante sin tocar ninguna—, cinco las tiene mucha gente. Materia, gravedad, energía, espacio, suerte. Vas a un puerto grande y en una tarde te cruzas con cuatro. Están apuntados, están registrados, y al régimen le sirven para trabajar. Son mano de obra.
Dejó el pincel.
—Y hay tres que no.
—¿Tres?
—Tres. —Se volvió—. De esas tres no queda casi nadie. No se compran, no se venden y no se fabrican, porque no salen de cualquiera: salen de lo que quedó de las casas viejas. De los que sobrevivieron.
Y dijo la palabra sin darle ninguna importancia, que fue lo que hizo que se le quedara a Raito clavada.
—A esas tres se les llama ojos kodai.
Y a Raito se le fue la sangre de la cara.
Porque una mujer con una brasa fucsia en el ojo, en un local con quince personas debajo del techo, le había dicho a la cara solo quería conocer al niño kodai, y él había creído que era una manera de hablar.
—El mío —dijo, y le salió sin voz—. El mío es uno de esos.
—El tuyo es uno de esos.
—¿Y eso qué significa?
Kō se secó las manos con mucho cuidado, como hacía siempre antes de decir algo que no le gustaba decir.
—Que en este mundo, chico, tú no eres una persona. —Colgó el trapo—. Eres una cosa que hay que conseguir.
Raito se quedó mirando el triángulo.
Y Kairu, que era el único que decía en voz alta lo que los otros pensaban, dijo:
—Pero son ocho.
—Son ocho.
—Y anoche dijiste siete casas. Siete puertas, siete ojos.
—Eso dije.
—Entonces...
—Entonces se van a comer el desayuno —dijo Kō— y me van a dejar en paz un rato.
Y se fue a la estufa con el cuenco en la mano, y por el camino le puso a Samui una mano en el hombro y la quitó enseguida, como quien toca una plancha para ver si está caliente.
Samui no se movió.
¿Y ustedes qué?
Cuando terminó con la pared, dejó el pincel en el borde del cuenco, se sentó en la mesa larga, se puso una taza rota delante y empezó a trabajarla. Y sin levantar la vista dijo:
—A ver, ustedes tres.
Yoko, Kairu y Asuru levantaron la cabeza a la vez.
—Sí, ustedes. —Kō untó el borde de un pedazo con el pincel—. ¿Qué quieren hacer con eso que llevan encima?
Y se hizo un silencio distinto a los otros.
Porque desde que se cayó allí Raito había visto a mucha gente hacerle preguntas a él, y a mucha gente no contestarle, y no había visto ni una sola vez que alguien le preguntara nada a los tres.
Kairu contestó el primero, claro.
—Yo quiero ser útil —dijo.
—Eso no es una respuesta.
—Sí que lo es.
—Eso es lo que dice el que no ha pensado en la pregunta. —Kō juntó dos pedazos y los sostuvo—. Útil ya eres. Te vi cargar al chico media ciudad. ¿Qué quieres HACER?
Kairu abrió la boca. La cerró.
—Pues... aguantar —dijo—. Que cuando pase algo, yo esté delante y aguante.
—¿Y cómo lo haces ahora?
—Pues... —Kairu se puso colorado—. Empujando. Le quito el peso a las cosas y las mando lejos.
—Ya. —El viejo puso el pedazo en su sitio y esperó a que agarrara—. Yo a ti anoche no te vi empujar nada, muchacho. Yo te vi reventar una puerta y quedarte sin aire.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo. Reventar es que la cosa deje de existir. Empujar es que la cosa se mueva y tú sigas ahí. —Agarró otro pedazo—. Tú lo que quieres es ponerte delante. Pues ponerse delante no es reventar nada: es quedarse. Y tú no sabes quedarte. Tú lo que sabes es estallar y caerte.
Kairu se quedó mirándose las manos.
Desde el rincón, sin abrir los ojos, Randa habló.
—Muchacho.
Kairu se giró.
—Cuando te pones delante de algo —dijo ella—, ¿en qué estás pensando?
—En que no le den a nadie.
—No.
—Sí.
—No. —Se movió debajo de la manta para ponerse más cómoda—. Estás pensando en que te den a ti. Y no es lo mismo, y desde fuera se nota una barbaridad.
Kairu se puso rojo hasta las orejas y no contestó.
—Ya está —dijo Randa—. Sigan, sigan.
Y no volvió a hablar en toda la mañana.
—No te lo digo de malas —dijo Kō—. Te lo digo porque es tu casa y no la has barrido nunca.
—¿Y entonces qué hago?
—Eso lo tienes que sacar tú, que es tuyo. —Sopló el borde de la taza—. Yo no te voy a enseñar a hacer nada. Yo te he dicho dónde estás. Con eso ya tienes más que ayer.
Kairu se quedó pensando con una cara que Raito no le había visto nunca, que era la cara de alguien a quien le acaban de dar un trabajo.
Kō se volvió hacia Yoko.
Yoko se levantó.
—Yo paso —dijo, y se fue hacia la puerta.
Y el viejo no la llamó.
No dijo su nombre, no le pidió que volviera, no hizo ninguna de las cosas que Raito estaba esperando que hiciera. Siguió pegando la taza.
Yoko llegó a la puerta.
Se paró.
Se quedó ahí de espaldas un rato largo, con la mano en la madera, y al final volvió y se sentó donde estaba, más lejos que antes, con las rodillas subidas.
—No te he preguntado nada —dijo Kō, sin mirarla.
—Ya lo sé.
—Pues eso.
Y no le preguntó nada en toda la mañana. Y fue lo único que podría haberla hecho volver.
—Tú —dijo entonces, y señaló a Asuru con la barbilla.
—Curar —dijo Asuru.
Lo dijo rápido y lo dijo entero, sin pensarlo, como quien dice su propio nombre.
—Curar —repitió Kō.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque cuando alguien se cae te agachas.
El viejo dejó la taza.
Se giró en la banqueta y la miró de frente por primera vez en toda la mañana, y Raito vio a Asuru ponerse recta como si le fueran a echar la bronca.
—Tú no curas —dijo Kō.
—Sí que curo. Yo le cerré a él la...
—Tú no curas, niña. Tú pasas. —Se señaló el pecho con el pulgar y luego la señaló a ella—. Lo que tú tienes agarra lo que hay aquí dentro y lo pone allí. Eso es todo lo que hace. Y una de las cosas que se pueden hacer pasando algo a otro cuerpo es cerrarle una herida, sí. Es una. Hay más.
—A mí me sirve esa.
—Ya lo sé. —Volvió a la taza—. Y por eso llevas desde el muelle con la cara del color de la ceniza y un hombro que no te cierras delante de nadie.
Asuru no contestó.
—Yo no te estoy diciendo que dejes de curar —dijo el viejo—. Yo te estoy diciendo que curar es una puerta de una casa que tiene siete, y que llevas toda la vida entrando y saliendo por la misma y limpiando solo ese pasillo. Y un día te va a hacer falta otra habitación y no vas a saber ni dónde está.
Y se quedó callado un momento, y luego añadió, más bajo:
—Y hay una cosa que no sabes hacer y que es la más difícil de todas.
—¿Cuál?
—Dar la mitad.
Asuru se quedó mirándolo.
—Tú das todo lo que tienes cada vez —dijo Kō—. Cada vez. Como el que echa el saco entero de grano al primer pollo que ve. Y luego no hay grano.
Raito, sentado en el suelo, se pasó la mano por la pierna buena y se lo tragó, porque se acordó de la calle del puerto, y de una chica desconocida arrodillada en el agua sucia quemándose los brazos por un muchacho al que no había visto en su vida.
—¿Y yo? —dijo.
Kō levantó la vista.
—Tú ya contestaste anoche —dijo—. Dijiste que empiezas por la primera puerta.
—Sí.
—Pues esa es la fácil. —El viejo agarró otro pedazo de taza y lo miró a contraluz—. La difícil es la otra.
—¿Cuál otra?
—¿Para qué?
Y Raito abrió la boca.
Y no le salió nada.
Porque tenía una respuesta preparada desde el incendio, que era el nombre de un hombre y una casa quemada, y en el momento de decirla se dio cuenta de que esa respuesta contestaba a contra quién, y que el viejo le había preguntado otra cosa.
—Ya —dijo Kō—. Pues cuando la tengas, me la dices.
Y se puso a pegar la taza.
Muy bonito
Lo hicieron a la mañana siguiente, en la explanada de delante de la cueva, y lo hicieron sin decírselo a nadie.
Fue idea de Kairu, cómo no.
—A ver —dijo—. El viejo dice que pensemos qué queremos hacer con lo nuestro. Bueno. Yo ya lo pensé. Y lo que yo quiero hacer es que no le den a nadie.
—Eso ya lo dijiste —dijo Yoko.
—Ya, pero ahora sé cómo. —Los señaló a los tres, uno por uno, con el dedo—. Solo no puedo. Con ustedes sí.
Y lo montaron.
Y lo montaron bien, y esa fue la parte que Raito no olvidó: que les salió a la primera, y que la sensación de verlo funcionar fue la mejor de las que había tenido desde que se cayó en aquel mundo.
Yoko veía por dónde venía. Se ponía atrás, tocaba la roca, y sabía lo que había al otro lado antes de asomarse. Y decía un sitio.
Kairu plantaba el peso ahí. Se ponía delante y se clavaba, y lo que llegaba se hacía lento, y se caía, y no pasaba.
Y Asuru le prestaba a Kairu. Le ponía las manos en la espalda y le pasaba lo suyo, y Kairu aguantaba el doble de lo que aguantaba solo.
Lo probaron cuatro veces con una piedra que le tiraba Raito desde arriba —lo único que podía hacer él, y lo hizo sin quejarse— y las cuatro veces funcionó.
A la cuarta se echaron a reír los tres a la vez.
—¡¿Has visto?! —Kairu tenía los brazos temblando y una cara de felicidad que no le cabía—. ¡¿Has visto eso, campesino?! ¡Que no me he caído! ¡Que me han tirado una piedra y no me he caído!
—Lo he visto —dijo Raito, y era verdad, y se le había puesto una cosa buena en el pecho.
—Otra vez. Otra vez, otra vez, tírala otra vez—
—Muy bonito.
Estaba sentada en una piedra, un poco más arriba, con las piernas cruzadas y la manga todavía manchada de la nariz.
Nadie sabía cuánto llevaba ahí.
—¿Verdad que sí? —dijo Kairu.
—Muy bonito de verdad. —Randa ladeó la cabeza—. ¿Y cuando no estén?
Kairu abrió la boca.
—¿Cuando no esté quién?
—Ella. —Señaló a Asuru con la barbilla—. O ella. —A Yoko—. O las dos.
—Es que van a estar.
—Ah, bueno. —Se levantó y se sacudió el polvo del pantalón—. Entonces nada. Perdón por meterme.
Y empezó a bajar hacia la cueva.
—Espere. —Kairu había perdido la sonrisa a mitad de camino—. Dígalo bien.
Randa se paró.
—Lo estoy diciendo bien, muchacho. Lo que pasa es que no lo estoy diciendo bonito. —Se volvió—. Lo que acaban de hacer es un truco de tres. Y los trucos de tres funcionan hasta que son dos. Y a los dos les pasa lo mismo, y entonces son uno, y el uno es el que se queda mirando cómo se lo llevan todo.
—Eso no va a pasar.
—Eso pasa siempre.
Lo dijo sin crueldad ninguna. Lo dijo como se dice la hora.
Y desde la boca de la cueva, donde llevaba un rato sin que nadie lo viera, Samui habló.
—Tiene razón.
—Usted también no—
—En este mundo o ganas o huyes —dijo Samui—. Y las dos las tienes que poder hacer tú solo. Todo lo demás está bien y sirve, y el día que no esté nadie no vale nada.
Y detrás de él, apoyado en el marco, con un trapo en la mano, estaba el viejo.
—No lo tiren —dijo Kō—. Eso que acaban de hacer, no lo tiren. Guárdenlo. —Se echó el trapo al hombro—. Pero primero cada uno lo suyo. Cuando cada uno se aguante de pie solo, eso de ahí va a valer diez veces más de lo que vale hoy.
—¿Y hoy cuánto vale? —dijo Yoko.
Kō se lo pensó.
—Hoy vale que se tienen cariño —dijo—. Que no es poco. Pero no es una técnica.
Los días
Y entonces empezaron los días.
Raito no supo cuántos y dejó de intentar saberlo, porque en aquella montaña el tiempo se medía en otra cosa: se medía en cuántas veces se había caído, en cuántas piedras había subido, en cuánto tardaba en llegar del faro a la nave sin agarrarse a nada.
La primera vez tardó lo que tarda un hombre viejo.
Después menos.
Kairu se pasaba las mañanas plantado en el mismo sitio de la explanada, con los pies separados y las manos en los muslos, aprendiendo a no reventar nada. Y aquello, que parecía la cosa más fácil del mundo, resultó ser la más difícil que había hecho nunca, porque lo suyo era soltarlo todo hacia fuera y lo que le pedían era exactamente lo contrario: guardárselo dentro y quedarse.
Le salía mal de una manera muy concreta: se plantaba, apretaba los dientes, y en el instante exacto en que le llegaba el empujón lo soltaba todo hacia fuera. Y entonces la piedra salía disparada, y él también, en direcciones contrarias.
—Otra vez —decía.
—Otra vez —decía Yoko, y volvía a empujar.
Y otra vez lo mismo. Y otra. Y Raito, desde la pasarela, con las manos negras de trabajar el borde del casco, oía el ruido y sabía por el ruido si había salido bien o mal sin necesidad de levantar la vista. Bien sonaba a nada. Mal sonaba a Kairu.
Le salió mal muchas veces.
Y una tarde Raito lo vio desde la pasarela: Kairu de pie, y Yoko empujándolo con las dos manos y con todo su peso, y Kairu sin moverse.
Ni un dedo. Ni medio. Yoko empujando una cosa que ya no era un muchacho, sino un sitio.
Duró tres segundos y después Kairu se sentó en el suelo, blanco como el papel, y se rió.
—Omori —dijo Kō, que lo había visto desde la puerta.
—¿Qué?
—Eso. Lo que acabas de hacer. Se llama así.
—¿Y quién le ha puesto ese nombre?
—Se lo acabo de poner yo, que llevo aquí más que tú.
Kairu se miró las manos, que le seguían temblando.
—¿Y esto de aquí? —Las levantó—. Que no las puedo parar.
—Eso es que te has pasado del iki.
—Del qué.
—Del tuyo. —Kō se apoyó en el marco—. Hay un sitio hasta el que llegas y no te cuesta nada. Nada de nada: ni cansancio, ni sangre, ni temblor. Y pasado ese sitio lo empieza a pagar el cuerpo. —Se encogió de hombros—. A eso la gente le dice el iki.
—¿Y dónde está el mío?
—Y yo qué sé. Nadie sabe dónde está el suyo hasta que lo pisa. —Se metió para dentro—. Tú lo acabas de pisar. Y ahora aprende a hacerlo sin que se te vaya el color.
Asuru se sentaba aparte, en una piedra, con las manos abiertas encima de las rodillas.
Lo suyo era lo contrario de lo suyo. Toda su vida había hecho una cosa: abrir la mano y dejar que se fuera todo. Y lo que estaba intentando ahora era juntarlo en un sitio y no soltarlo.
Las primeras veces no le salió nada.
Después le salió algo, y ese algo era horrible: una cosa grumosa, torcida, del tamaño de un guisante, que se le deshacía entre los dedos antes de que pudiera enseñársela a nadie.
—No es una gota —dijo, casi llorando de rabia—. Es un moco.
—Es un moco —confirmó Kairu desde la explanada.
—¡Que te calles!
Y mientras la sostenía, el resto de ella se apagaba. Se le iba la luz de los ojos, se le iba de las manos, y se quedaba una chica gris con un punto de oro mal hecho en la palma.
—Está fea —dijo la primera vez que la aguantó tres segundos enteros.
—Está —dijo Kō.
Y ese fue todo el elogio que le hizo, y Asuru se pasó el resto del día sin poder quitarse la sonrisa.
—Shizuku.
—¿Eso también tiene nombre?
—Todo tiene nombre. Lo que pasa es que casi nadie se molesta en preguntarlo.
Y Yoko no entrenaba delante de nadie.
Se iba. Se subía a las rocas de atrás, donde no se veía desde la cueva, y volvía cuando ya estaba oscuro, y no contaba nada.
Una vez Raito la siguió un trecho, cojeando, y se paró antes de que ella lo viera, porque le dio la sensación clarísima de que aquello no era entrenamiento sino otra cosa.
Y por lo poco que alcanzó a ver, tenía razón.
Yoko no estaba probando nada. Estaba de pie delante de un hueco entre dos rocas, mirándolo, sin moverse. Como quien mira una puerta que sabe que se abre y no acaba de decidirse a cruzarla.
Estuvo así mucho rato.
Y Raito se dio la vuelta y bajó, y no se lo contó a nadie.
Hasta que una noche, en la cena, alguien le pasó el agua y ella no estaba en su sitio.
Estaba al otro lado de la mesa.
Nadie la había visto moverse. Ni Kairu, que estaba de cara. Ni Asuru, que estaba a su lado. Y el sitio donde había estado sentada todavía tenía la marca de su espalda en el polvo de la piedra.
—Ah —dijo Randa, desde el rincón, sin sorpresa ninguna—. Suki.
Yoko no contestó. Agarró el agua, bebió y siguió comiendo.
Y a Raito le pareció que estaba temblando un poco, y que no era de frío.
Y a Raito le pasó una cosa, en mitad de todo aquello, que no supo dónde meter.
Se alegró.
Se alegró de verdad, de la manera en que uno se alegra sin decidirlo, cuando a Kairu le salió el primero. Y otra vez cuando Asuru aguantó los tres segundos. Y otra vez con lo de Yoko en la mesa.
Y en el mismo sitio del pecho, debajo de la alegría y sin taparla, había otra cosa que no era bonita y que él conocía muy bien, porque la había tenido a los once años cada vez que Itsumo tocaba una vara.
A mí no me sale.
Se lo guardó. Como se guardaba ya casi todo.
Y abajo, mientras tanto, la nave.
El casco lo cerró él. Le costó lo suyo y dos manos abiertas de tanto trabajar el borde, y cuando terminó no era bonito pero era una costura, y él sabía dónde estaba cada punto.
Lo otro no.
Lo otro era una cosa metida en el vientre del barco, del tamaño de un ternero, partida por la mitad, con dentro un desorden que a Raito no le decía absolutamente nada. Ni siquiera sabía por dónde se abría. Se pasó una mañana entera dando vueltas alrededor buscándole las junturas, que era lo que hacía con todo desde que tenía manos, y no le encontró ni una.
Así que se sentaba en el borde de la escotilla y miraba.
Y ellos dos trabajaban.
Y Randa miraba a los otros tres.
Los primeros días se reía. Se reía de Kairu cuando se caía, se reía de Asuru cuando se le deshacía la bolita, y una vez, cuando a Yoko le salió mal y apareció medio metro más allá de donde quería y se dio contra un saliente, se rió tanto que tuvo que sentarse.
Y en algún momento dejó de reírse.
Raito no supo cuál fue el día. Solo supo que una tarde levantó la vista y la vio ahí arriba, en su piedra, mirándolos trabajar con una cara que no era burla.
Era peor.
Era la cara de alguien que sabe exactamente cuánto falta.
Y una de esas noches, Kairu dijo una cosa que nadie recogió.
Estaban acostándose. Y de pronto, desde su manta, medio dormido:
—Oye. ¿El viejo cuándo duerme?
Nadie contestó.
—Que lo digo en serio. Yo me acuesto el último y está levantado. Me levanto el primero y está levantado.
—Será que es viejo —dijo Yoko.
—Será.
Y se durmieron.
Raito no.
Raito estuvo un rato con los ojos abiertos, oyendo el viento, pensando en un hombre que no se acostaba y en una fila de luces quietas que miraban todas para el mismo lado.
Y no ató nada, porque no tenía con qué.
La juntura
Raito los miraba desde la escotilla, y aquello se convirtió en su sitio.
Se sentaba con la pierna colgando por fuera y estaba ahí lo que hiciera falta, y ninguno de los dos le dijo nunca que se fuera.
El primer día no se dijeron nada en cuatro horas y Raito pensó que aquello iba a ser insoportable.
Al tercero entendió que se estaba equivocando.
Trabajaban callados.
No callados de estar enojados: callados de trabajo. Cada uno con las manos dentro de la misma máquina, uno a cada lado, sacando cosas y volviéndolas a meter, y de vez en cuando uno decía una palabra que era el nombre de una pieza y el otro contestaba con otra palabra que era el nombre de otra pieza.
Y Raito, que no entendía ni una sola de aquellas palabras, entendió otra cosa.
Entendió que se conocían las manos.
Porque a la tercera hora Kō alargó el brazo sin mirar, con la palma abierta hacia atrás, y Samui le puso una herramienta en la mano.
Y no se la había pedido.
Kō no dijo gracias. No dijo absolutamente nada. La agarró, hizo lo que tenía que hacer con ella y se la devolvió por el mismo sitio, y Samui la agarró sin levantar la vista.
Y lo hicieron otra vez media hora después.
Y otra vez esa noche.
Raito se acordó de una cosa que no venía a cuento: de estar en el tejado con Taiyo, de crío, sujetando clavos en el puño, y de que en algún momento —no supo cuándo, no había un día— el viejo había dejado de pedírselos. Alargaba la mano y ya estaba.
Y se acordó de que eso había tardado años.
Y se acordó también de que la última vez que había alargado la mano en aquel tejado no había habido nadie para ponerle el clavo, porque ya no había tejado.
Se tragó eso y siguió mirando.
—Esto no lo he visto nunca —dijo Samui en algún momento, con medio cuerpo metido en la máquina.
—No. Este es viejo.
—¿Cuánto?
—Más que yo.
—Entonces no lo has visto tú tampoco.
—Yo he visto tres.
Y ahí Samui sacó la cabeza y lo miró, y Raito le vio la cara desde arriba, y en la cara de Samui había una pregunta que no llegó a salir.
Kō siguió a lo suyo.
—Pásame el fino.
Y Samui le pasó el fino.
Aquella noche, cuando ya estaban todos acostados, Raito se levantó a beber y los vio.
Seguían abajo. Los dos. Con una linterna colgada de un gancho y las cabezas metidas en el mismo agujero, discutiendo en voz baja por una cosa que llevaba un número en vez de nombre.
Y no supo por qué se quedó mirándolos desde la escotilla más rato del que hacía falta.
Sí lo supo, en realidad. Lo supo perfectamente. Pero lo llamó otra cosa y se fue a dormir.
Lo que no se abre
Una de aquellas noches se subió a la explanada y se sentó en el suelo frío, lejos de la cueva, donde no lo viera nadie.
Se sentó como se sentaba en el porche.
Las palmas hacia arriba encima de las rodillas. La espalda recta pero no tiesa. El aire bajando del todo antes de soltarlo, con la cadencia que un viejo le había metido en el pecho a base de sentarse a su lado sin decir nada.
Y contó.
Contó postes. Cuarenta y uno, uno por uno, con el sonido del mazo y el olor de la tierra abierta.
Uno.
Dos.
Tres.
Y no pasó nada.
Contó escalones. Doscientos cuatro. Contó las argollas de la bodega, que eran veintidós. Contó los pilares de un local que se había caído encima de quince personas.
Y no pasó nada.
No hubo blanco. No hubo granja. No hubo tarde tibia ni cerca sin terminar ni nadie sentado en el sitio de Taiyo.
Hubo una explanada de piedra en lo alto de una montaña, y un chico con una pierna de metal sentado en ella con las manos abiertas, y frío.
Lo intentó otra vez.
Y otra.
Y a la quinta se le llenaron los ojos de una cosa que no era pena, sino rabia, y se le puso en la garganta la pregunta que llevaba mucho sin hacerse en voz alta:
¿Por qué a ellos sí?
Porque los otros tres habían dejado de fallar. Kairu se plantaba y no lo movía nadie. Asuru sostenía una gota fea tres segundos. Yoko aparecía al otro lado de una mesa sin que nadie la viera moverse.
Y él llevaba no sabía cuánto sentado en el suelo pidiéndole permiso a una puerta.
Y lo peor no era eso.
Lo peor era que él había estado dentro. Dos veces. Se acordaba del olor del trigo y de la tabla del porche y de la línea marcada en el suelo alrededor de sus pies, y se acordaba de una voz que le contestaba una de cada tres.
Había estado dentro y no sabía cómo había entrado.
Estabas muriéndote, dijo una parte de él, muy bajito, la parte que sabía hacer cuentas.
Y Raito le dijo que se callara.
Se apretó las palmas contra los ojos.
Y lo intentó una última vez, y contó lo único que le quedaba por contar, que eran los días desde que se cayó en aquel mundo, y descubrió que no podía, porque aquí las noches no se acaban y él ya no sabía cuántas llevaba.
Se quedó un rato más con las palmas hacia arriba, porque en la granja las cosas se hacían hasta el final aunque no sirvieran, y porque en algún sitio de su cabeza seguía habiendo un viejo diciéndole escucha y él diciéndole qué escucho y el viejo contestándole que si se lo decía ya no lo escuchaba él.
Escuchó.
Se oyó el viento. Se oyó, muy abajo, el metal de la nave asentándose con el frío. Se oyó a Kairu roncando dentro de la cueva.
Nada más.
Se levantó.
Le costó, y no se cayó, que era lo único que había aprendido en todo aquel tiempo.
Y al bajar hacia la cueva miró hacia arriba sin querer, y vio la lámpara encendida barriendo la bruma, y al viejo sentado en el borde con las piernas colgando.
Contando luces.