Los que suben
El sobre estaba abierto desde hacía mucho y ya se le había puesto blando por los dobleces.
El hombre lo llevaba en el bolsillo de dentro, contra el pecho, y lo sacaba cada tanto sin necesidad ninguna, porque se lo sabía de memoria. Cuatro líneas. Una descripción que no describía nada —chico, delgado, cojo— y dos palabras que sí describían.
Esas dos palabras eran las que valían el viaje.
Le había costado un camino muy largo y todo lo que tenía, y había tenido que comprar información dos veces al mismo hombre porque la primera vez el hombre le había mentido y la segunda le había mentido menos. Y aun así habría subido esa montaña gateando.
Porque de las ocho figuras que hay, hay cinco con las que un hombre se gana la vida.
Y hay tres con las que un hombre deja de tener que ganársela.
Se lo volvió a guardar y miró la montaña.
Estaba oscuro, como estaba siempre, pero arriba había una luz que giraba, y esa luz se veía desde muy lejos, y eso era lo bueno de la gente que se esconde en sitios altos: que para no morirse tienen que encender algo.
—Arriba —dijo.
Detrás de él, los cuatro se pusieron en marcha.
Le habían costado poco. Eso era lo bueno de los de nivel uno: en cualquier arrabal grande hay quien te los guarda en un sótano y te los vende por lo que valen tres sacos de ración, y el que te los vende ni siquiera te mira a la cara, porque nadie que hace ese trabajo quiere acordarse de a quién se lo hizo.
Y funcionaban. Con la mano no, con la voz sí, y con lo que llevaba en el cinturón, siempre.
No contestaron. No contestaban nunca. Andaban con la cabeza un poco baja y los brazos sueltos, y cuando la piedra se ponía mala no se agarraban a nada: se caían, se levantaban y seguían andando, y les daba igual haberse abierto una rodilla porque la rodilla ya no era del todo suya.
El hombre subía detrás. A distancia.
Nunca iba delante. Eso lo había aprendido pronto, y lo había aprendido de la manera cara, cuando todavía tenía dos ojos y creía que ser el que manda era ser el que va primero.
Uno de los cuatro se paró en un saliente y se quedó mirando la luz del faro con la boca entreabierta.
—Tú —dijo el hombre.
El otro no se movió.
—Tú.
Y esta vez sí, porque el hombre había levantado una mano y en esa mano había algo, y aunque aquellas cosas ya casi no tuvieran cabeza, algo les quedaba dentro que reconocía lo que llevaba en la mano.
Se puso otra vez en marcha.
El hombre esperó a que pasaran los cuatro y después siguió.
Y mientras subía pensó una cosa que se le había ocurrido muchas veces y que nunca había terminado de pensar del todo: que en algún momento de su vida había dejado de ser un hombre que quería una cosa y se había convertido en un hombre que hacía un trabajo.
No supo cuándo. Nunca sabía cuándo.
Le pasaba lo mismo con casi todo.
Le colgaba del cinturón una cápsula del tamaño de un puño, de metal y cristal grueso, sujeta con dos correas y protegida con una funda de cuero que él llevaba abierta desde que salieron del último puerto. Dentro había algo que daba luz.
No mucha. Una luz cansada, del color del vino aguado, que subía y bajaba muy despacio.
Se la tapó con la mano al pasar por una zona sin viento, por costumbre, y siguió subiendo hacia la única cosa encendida en aquel trozo del mundo.
Los cuenta
Kō estaba pegando una taza.
Llevaba con ella lo que llevaba —le había puesto tres capas de oro al segundo pedazo y las tres se le habían ido por la misma grieta— y estaba a punto de decirle algo feo a un cacharro de barro cuando levantó la cabeza.
No hacia la puerta. Hacia ningún sitio.
Samui, que estaba en el otro extremo de la mesa con las manos negras de la máquina, dejó lo que tenía.
—Qué.
—Espera.
El viejo se quedó así un rato, con el pincel en el aire y los ojos en nada.
Después dejó el pincel apoyado en el borde del cuenco, con cuidado, como hacía siempre.
—Cinco —dijo.
Y no lo dijo como se dice un número. Lo dijo como se dice la hora en un sitio donde la hora importa.
Samui ya estaba de pie.
—Dónde.
—Subiendo. La ladera del este. —Kō se limpió las manos en el delantal—. Vienen despacio, así que no son de los que corren.
Samui fue hacia la puerta.
Y Kō le puso una mano en el pecho.
No fue un empujón. Fue una mano abierta apoyada, del modo en que se apoya una mano en un animal grande para que sepa que estás ahí.
—No.
—Papá.
—He dicho que no.
—Son cinco.
—Ya sé cuántos son. Los he contado yo. —El viejo no quitó la mano—. Cuatro de ellos ya no son gente. Eso lo noto desde aquí y no hace falta que me lo explique nadie: no tienen nada dentro que se mueva. Es como poner la mano en el agua de un pozo. Está, pero no hace nada.
—¿Y el otro?
—El otro sí es una persona. —Kō ladeó la cabeza, como quien afina el oído—. Y no tiene ojo.
Samui lo miró.
—Cómo que no tiene ojo.
—Que no tiene. Que ahí abajo hay un hombre que no lleva nada encendido y que sube igual, y eso solo lo hace alguien que trae otra cosa. —Se encogió de hombros—. Y el que va detrás tiene menos que tú y que yo juntos, y lo sé porque lo estoy notando desde hace un buen rato y no me ha puesto ni nervioso.
—Entonces bajo y se acabó.
—Entonces bajas y se acabó hoy.
Y ahí Samui se paró.
Kō quitó la mano. Fue hasta la boca de la cueva, se asomó, y se quedó mirando la ladera con las manos en los riñones.
—Baja tú y en veinte minutos no queda nada —dijo—. Y esos cuatro chicos siguen siendo exactamente lo que eran esta mañana. Y la próxima vez que suba alguien, que va a subir, tú a lo mejor no estás.
—Estoy siempre.
—No estás siempre. —Se volvió—. Nadie está siempre. Tu abuelo estaba siempre. Yo estaba siempre.
Samui no contestó a eso.
—En algún momento va a venir alguien a quien yo no pueda parar —dijo Kō—. Y prefiero que la primera vez que se vean con algo delante sea esta, con dos viejos mirando desde arriba, y no la otra.
Salieron los dos a la cornisa de la lámpara.
Desde allí se veía la explanada entera, y en la explanada estaban los cuatro: Kairu plantado en el mismo sitio de siempre, Asuru sentada en su piedra con las manos abiertas, Yoko en las rocas de atrás donde creía que no la veía nadie, y Raito dando vueltas alrededor de la nave con el brazo metido en un agujero.
—No les vas a avisar —dijo Samui.
—Les voy a avisar. —Kō se cruzó de brazos—. Lo que no voy a hacer es bajar.
Samui se quedó callado un rato largo.
—Si le pasa algo a uno de esos cuatro —dijo—, no te lo voy a perdonar.
—Ya lo sé.
—Digo que no te lo voy a perdonar nunca.
—Ya lo sé —repitió el viejo, y no había en su voz ni una gota de discusión—. Ya me has dejado de perdonar cosas otras veces. Se sobrevive.
—¿Y cómo les aviso? —dijo Samui, y le salió con un filo que no era para su padre—. ¿Bajo y les digo que vienen cinco a matarlos, y que nosotros dos vamos a estar aquí arriba mirando?
—Sí.
—Así, tal cual.
—Así, tal cual. —Kō no se volvió—. Porque si se lo dices de otra manera van a pelear pensando que los vamos a salvar. Y esa es la única forma de que esto salga mal.
Samui bajó.
Estuvo abajo poco rato. Raito lo vio llegar, lo vio decir cuatro frases y lo vio darse la vuelta y volver a subir sin contestar a ninguna de las preguntas que le hicieron los cuatro a la vez.
Y se quedaron los dos ahí, de pie, con el viento dándoles de lado, mirando cómo cuatro críos se enteraban de que subía gente y de que nadie iba a bajar.
Los primeros
Salieron por el borde de la explanada, los cuatro juntos, sin ordenarse ni nada.
Y eso fue lo primero que Raito notó y lo que le dio más miedo: que no venían en fila, ni abiertos, ni buscando el terreno. Venían como viene el agua.
—Esos no están bien —dijo Kairu.
—No.
—Digo que no están bien de verdad. Míralos.
Raito los estaba mirando. Y a treinta pasos ya se les veía lo que tenían: la cara sin nada dentro, los brazos colgando, y una cosa en la piel —una veta oscura por debajo, como una raíz— que empezaba en el cuello y se metía por dentro de la ropa.
Y detrás, muy atrás, un quinto que ni siquiera había salido del camino.
Asuru fue la que dijo la palabra.
—Corrompidos.
—¿Qué?
—Eso. Lo que son. —Tenía la voz más baja de lo normal—. Estos todavía se parecen a una persona. Los que están peor ya no.
—¿Y eso lo sabes por qué? —dijo Kairu.
—Porque mi tía me lo contó una vez.
Y no dijo más, y nadie le preguntó más, y aquello se quedó ahí colgado en mitad de la noche como se quedan colgadas las cosas que uno cuenta cuando no hay tiempo de contarlas.
—Ese es el que manda —dijo Yoko.
—¿Y por qué no viene?
—Por eso.
Kairu se rió sin ganas.
—Explícate, mujer.
—Que el que manda no viene porque no le hace falta. —Yoko no le quitaba el ojo de encima—. El que manda manda a los otros y mira. Y si los otros pierden, el que manda tiene tiempo de irse.
—¿Y si ganan?
—Si ganan baja a recoger.
—Bueno —dijo Yoko, y se le puso una voz que Raito no le conocía: la de alguien que ha dejado de discutir consigo mismo—. Escúchenme. Son cuatro y somos cuatro, pero eso no significa nada, así que nadie se ponga a hacer cuentas. —Señaló el suelo—. La piedra de ahí está suelta. La de allá también. Y detrás de nosotros está la nave, y a la nave no la pueden rodear.
—¿Y eso qué—
—Que si nos ponemos delante de la nave, no nos pueden agarrar por detrás.
—Ah.
—Ah —repitió ella.
Y Kairu se movió antes de que nadie decidiera nada.
Se puso delante —no era una decisión, era él— y se plantó en mitad del paso con los pies separados y las manos en los muslos, y por primera vez desde que aquello había empezado lo hizo con alguien enfrente que quería hacerle daño.
—Kairu—
—Ya sé.
El primero le llegó de frente y sin ninguna clase de idea, y Raito vio venir el golpe, y vio a Kairu recibirlo, y no pasó nada.
Nada.
El puño llegó a Kairu y se paró contra él como se para un saco de grano contra una pared, y el que había pegado se fue hacia atrás por su propia fuerza, y Kairu no se movió ni medio dedo.
—Omori —dijo, entre dientes, y a Raito le dio la sensación de que se lo decía a sí mismo para creérselo.
Y le duró.
Le duró el primer golpe y le duró el segundo, y al tercero se le vio en la cara la cosa que llevaba días buscando en la explanada y que allí no había manera de encontrar, porque en la explanada lo empujaba Yoko y Yoko no quería hacerle daño.
Aquí sí querían.
Y aguantó.
Y ahí se abrió todo, y lo que vino después Raito no lo recordaría en orden nunca, sino a trozos, como se recuerdan los incendios.
Yoko desapareció.
No corrió: dejó de estar. Hubo un sitio donde había una chica y al instante siguiente ese sitio estaba vacío y el aire se cerraba encima con un ruido pequeño, como el que hace el agua cuando se saca una mano.
Y apareció tres pasos a la derecha, detrás del segundo, y le dio en la corva con toda la pierna, y el segundo se dobló.
Y no se quedó doblado. Se levantó con la rodilla puesta del revés y siguió.
Yoko se quedó mirándolo medio segundo de más.
Porque en nueve años en las afueras había visto a mucha gente seguir andando con cosas que no dejan andar a nadie, pero todos aquellos habían hecho una cosa antes de seguir: habían decidido seguir. Se les veía en la cara el momento en que decidían.
Este no decidió nada.
—No les hagan daño en las piernas —dijo—. No sirve.
—¡No se caen! —gritó Asuru.
—¡Que ya lo veo!
Asuru estaba en el borde con las manos juntas y la cara apretada, juntando lo suyo, y a Raito le llegó desde donde estaba el calor de lo que estaba haciendo. Se le encendieron las manos. Se le apagó todo lo demás: los ojos, la cara, el aire alrededor, como si alguien le hubiera bajado la mecha a una lámpara para subirle otra.
Kairu se comió dos golpes seguidos por quedarse quieto en el sitio donde ella lo iba a necesitar. No dijo nada. Se limpió la boca con el antebrazo y siguió plantado.
Y cuando por fin tuvo la gota, mal hecha y torcida y del tamaño de una uña, el tercero ya le había pasado por delante.
—¡Asuru!
Ella cerró la mano. La gota se le deshizo dentro del puño sin llegar a nada, y se quedó a oscuras y jadeando y sin haber hecho absolutamente nada.
Y Raito.
Raito lo vio todo.
Vio que el que iba hacia Asuru pisaba mal en la piedra suelta. Vio que Kairu estaba aguantando a dos y que el segundo le venía por el lado ciego. Vio que Yoko aparecía siempre en el mismo tipo de sitio, detrás y a la derecha, y que uno de aquellos cuatro ya había empezado a mirar hacia atrás y a la derecha antes de que ella llegara.
Lo vio entero. Como había visto el montón, y las cadenas, y la costura.
Y gritó lo que había que gritar, y lo gritó a tiempo, y no le sirvió de nada, porque lo único que puede hacer un hombre que ve la solución y no llega es decirla.
—¡Kairu, por la izquierda! ¡Yoko, cambia de lado, ese te está esperando!
Le hicieron caso.
Y eso fue lo raro, y lo bueno, y lo que a él se le quedó de toda aquella noche: que le hicieron caso a la primera y sin girarse a comprobar quién lo decía. Yoko cambió de lado en mitad de un paso. Kairu se abrió a la izquierda con dos cosas encima.
Un mes antes, en un muelle, había gritado lo mismo y no lo había oído nadie.
Y aun así iban perdiendo.
Los que no se cansan
Fue Kairu el primero en darse cuenta, y lo dijo con una voz rara.
—No respiran.
—¿Qué?
—Que no respiran, Yoko. Llevo tres encima desde hace un rato y ninguno resopla. Ninguno.
Y era verdad, y era lo peor de todo.
Porque una pelea, cualquier pelea, es una cuenta. Eso lo sabía Raito desde los once años, desde una vara de fresno y un hermano que no le devolvía los golpes: uno tiene tanto, el otro tiene tanto, y gana el que aguante hasta que al otro se le acabe.
Aquí uno de los dos lados no gastaba nada.
Porque los cuatro chicos sí. Kairu tenía la camisa pegada a la espalda y le temblaban los brazos de aguantar; Yoko había aparecido y desaparecido seis veces y a la sexta le había costado, y se había quedado un momento con la mano en una roca y los ojos cerrados; Asuru estaba sentada en el suelo sin poder juntar nada; y Raito, que era el que menos hacía, tenía el muñón ardiendo de estar de pie.
Y los otros cuatro estaban exactamente igual que cuando salieron del camino.
—No hay que tumbarlos —dijo Raito—. Hay que pararlos.
—¿Y cómo se para eso?
No lo sabía.
Miró el terreno como miraba los tejados, buscándole las junturas, y el terreno no tenía ninguna: piedra pelada, la nave detrás, la ladera abierta a los dos lados y cuatro cosas que no se cansaban repartidas por delante.
Y en el camino, quieto, el quinto.
Le entró una cosa fea al mirarlo. Porque aquel hombre llevaba media hora ahí de pie sin hacer absolutamente nada, y no era pereza, y no era miedo.
Está esperando a ver cómo somos, pensó Raito.
Y le entró todavía peor cuando entendió que arriba, en la cornisa, había otros dos haciendo exactamente lo mismo.
Kairu aguantó una carga más y le salió mal: aguantó, pero no pudo moverse después, y mientras estaba plantado le llegó otro por el costado y se lo llevó por delante.
Se levantó. Escupió. Volvió a plantarse.
—¿Estás bien? —le gritó Asuru.
—¡De lujo!
No estaba de lujo. Tenía media cara abierta y le sangraba una ceja, y cuando volvió a ponerse en posición le costó encontrar el sitio con los pies.
Y a la siguiente pasó lo mismo, y a la siguiente también, y Raito, que llevaba media noche mirándolo, entendió la trampa entera de un golpe: que Omori no era una defensa. Era un sitio. Y un sitio solo sirve si el otro tiene que pasar por ahí.
Aquellos cuatro no tenían que pasar por ningún sitio. Podían dar la vuelta todas las veces que hiciera falta, porque el rodeo no les costaba nada.
—No puedo hacer las dos cosas —dijo, y le salió con rabia—. O me quedo o me muevo. No puedo hacer las dos cosas.
—¿Cuánto akari te queda?
—Ninguno. —Se limpió la boca—. Me pasé del iki hace un rato.
Y a Asuru le llegó uno de frente.
Lo vio venir y no le dio tiempo a nada, y lo único que se le ocurrió fue lo que se le ocurre a cualquiera que no ha peleado nunca: se tapó la cara con los brazos.
Y Kairu apareció en medio.
No se movió rápido: se movió tarde, y llegó igual, y se comió el golpe entero con el costado. Y se quedó ahí, delante de ella, respirando mal.
—Estoy bien —dijo Asuru.
—Ya lo sé.
Yoko intentó aparecer detrás del que tenía más cerca y no le salió. Se quedó donde estaba, con los ojos encendidos y la cara blanca, y tuvo que apartarse corriendo como una persona normal.
—Otra vez no —dijo—. Necesito… no sé. Un rato.
Y ella también estaba pasada, y lo sabía, y por eso no dijo la palabra.
Y Asuru abrió las manos y no salió nada.
Nada de nada. Un parpadeo y se apagó.
—Lo estoy haciendo mal —dijo, y le tembló la voz—. Lo estoy haciendo mal, lo estoy haciendo mal—
—No lo estás haciendo mal.
—¡Es que no me sale! —Se apretó las manos contra las rodillas—. Es que si lo junto no puedo hacer nada más, y si hago algo más se me deshace, y mientras lo junto no veo, no oigo, no… ¡no sirvo para nada mientras lo junto!
Y se quedó ahí, sentada en el suelo, con las manos abiertas y apagadas.
Y Raito la miró y pensó, con una claridad que le pareció horrible, que ninguno de los tres estaba fallando.
Los tres estaban haciendo exactamente lo que habían aprendido.
Lo que pasaba era que lo que habían aprendido no bastaba solo.
Arriba, en la cornisa, Samui dio medio paso.
Kō no.
Kō estaba con los brazos cruzados y no había movido ni la cara, y cuando Samui lo miró, el viejo dijo, sin volverse:
—Espera.
—Papá.
—Espera.
Lo que les mandaron guardar
Fue Kairu, cómo no.
Estaba en el suelo, con las manos en la piedra y la respiración hecha un desastre, y de pronto levantó la cabeza y dijo una cosa que ninguno de los tres esperaba.
—Como en la explanada.
—¿Qué?
—Como en la explanada —repitió, y ya se estaba levantando—. Yoko. Ponme dónde.
Y a Yoko le cambió la cara.
—Nos dijeron que primero cada uno lo suyo.
—Nos dijeron un montón de cosas.
—Nos dijeron eso.
—Nos dijeron que primero. Ya hicimos lo primero. —Escupió otra vez—. Ponme dónde.
Y Yoko no discutió, que en ella era lo más parecido a decir que sí.
Pero antes de moverse dijo una cosa, muy rápido, mirando al suelo.
—Si sale mal es culpa mía.
—Yoko—
—Que si sale mal es culpa mía, porque el sitio lo escojo yo. —Levantó la cara—. Solo quería decirlo antes.
Y nadie supo qué contestar a eso, y no hubo tiempo.
Cerró los ojos medio segundo, y cuando los abrió estaba mirando un sitio de la explanada donde no había nada.
—Ahí. A cuatro pasos de la piedra grande. Van a pasar los tres por ahí porque es lo único que no está roto.
—¿Seguro?
—No. —Se le puso una cara rara—. Pero es lo que yo haría.
Kairu fue.
Se plantó en ese sitio exacto —no cerca, en ese— y se clavó, y esta vez no tuvo que decidir si moverse o quedarse, porque no tenía que ir a ningún sitio: lo iban a traer a él.
—Asuru.
Ella ya estaba detrás.
Le puso las dos manos en la espalda, entre los omóplatos, y no intentó hacer una gota ni juntar nada ni fabricar nada. Solo abrió, que era lo que llevaba haciendo toda la vida y lo único que le salía sin pensar.
Y ahí, en mitad de todo, con dos cosas viniéndoles encima, a Asuru se le escapó media sonrisa — porque llevaba días partiéndose para aprender a guardar, y resultaba que lo que hacía falta esta noche era justo lo contrario.
Y le pasó lo suyo.
Kairu soltó el aire de golpe.
—Ah —dijo—. Ah, coño.
—¿Bien?
—Bien. Bien, bien, bien, no pares.
Y llegaron los tres.
Llegaron como llegaba todo aquella noche: sin mirar, sin abrirse, sin nada. Los tres a la vez y por el mismo sitio, porque era el único sitio que quedaba entero, y porque Yoko lo había sabido antes de que ellos lo supieran.
Y no pasaron.
Se estrellaron contra un sitio del suelo que había dejado de ser un sitio del suelo, y el primero rebotó, y el segundo se le vino encima al primero, y el tercero llegó tarde y se enredó con los dos, y por primera vez en toda la noche aquellas cuatro cosas hicieron un montón.
Y Raito, que llevaba media hora gritando cosas que no servían, gritó una que sí.
—¡YOKO, EL DE ATRÁS!
Yoko apareció detrás del cuarto y le puso el pie en el tobillo, y el cuarto se fue de cabeza contra los otros tres.
Y ahí estaban.
Cuatro cosas que no se cansaban, amontonadas, tardando en levantarse porque para levantarse hace falta saber dónde está arriba y ellos ya casi no lo sabían.
—Otra vez —dijo Yoko—. A tres pasos de donde estás. Vienen dos.
—Dime cuándo.
—Ahora.
Y otra vez.
Y otra.
Y a la cuarta ya no hacía falta que se lo dijeran: Yoko señalaba con la barbilla y Kairu ya estaba yendo, y Asuru ya tenía las manos puestas antes de que él llegara, y Raito, desde el borde, iba cantando lo que veía como quien canta la faena en una era.
—¡El de la izquierda va cojo, no lo cuenten!
—¡Ese se está levantando, Yoko!
—¡Kairu, aguanta dos más y ya!
Kairu se rió.
Se rió con la cara empapada y los brazos temblando y una chica pegada a su espalda dándole lo que le quedaba, y no era una risa de burla: era una risa de alivio, la de un muchacho que lleva media vida poniéndose delante de la gente y por fin ha aguantado.
—¿Has visto? —dijo, para nadie—. ¿Has visto eso?
Arriba, en la cornisa, Kō descruzó los brazos.
—Ahí está —dijo.
Samui no contestó enseguida.
Estaba mirando a la chica que tenía las manos en la espalda del grandote, y a la otra que iba diciendo dónde, y al de la pierna de metal que iba cantando lo que veía desde el borde.
—No es una técnica —dijo por fin.
—No.
—Es que se conocen.
—Es que se conocen —dijo Kō—. Que es lo que hace falta para que una técnica sirva de algo. —Volvió a cruzarse de brazos—. Lo otro se enseña. Esto no.
No vale la pena llevarlos vivos
El quinto llevaba todo aquel rato en el camino, quieto.
Raito lo había mirado tres o cuatro veces y las tres o cuatro veces lo había visto igual: de pie, con las manos cruzadas por delante, viendo cómo cuatro cosas que ya no eran gente se dejaban la carne contra cuatro críos.
Y ahora se movía.
Bajó los cuatro escalones de piedra sin prisa, se sacudió el pantalón y miró el montón del suelo con la cara que se le pone a uno cuando cuenta lo que ha perdido.
Se paró a diez pasos.
—Bueno —dijo.
Tenía una voz normal. Eso fue lo que le dio a Raito más miedo de todo: que tenía una voz de hombre que pide la cuenta en un sitio.
Miró a los cuatro chicos con una especie de interés cansado, como se mira un trabajo que ha salido más largo de lo que decía el presupuesto.
—Lo hacen bien —dijo—. De verdad. Mejor de lo que pensaba, y llevo mucho en esto.
—Pues no vale la pena llevarlos vivos.
Y se llevó la mano al cinturón.
Lo que sacó no era una pistola de las que Raito había visto en los muelles. Era más corta, más gorda por delante, y por debajo tenía un hueco con algo dentro: una cápsula de metal y cristal grueso, del tamaño de un puño, encajada en el arma como se encaja un cartucho.
Y dentro de la cápsula había una luz.
Una luz cansada, del color del vino aguado, que subía y bajaba muy despacio.
Y Raito supo lo que era antes de saber lo que era.
Lo supo por cómo se le puso el estómago. Lo supo porque llevaba desde el muelle nueve aprendiendo a mirar a la gente a los ojos, y porque en aquel hombre había una cuenca cerrada donde tenía que haber uno.
—¿Eso es…? —empezó Asuru.
Y el hombre levantó el arma.
No apuntó a Kairu, que era el que estaba delante. No apuntó a Yoko, que era la que se movía.
Apuntó a la chica que tenía las manos en la espalda de Kairu y que no podía soltarlo.
Y pasaron dos cosas a la vez, y Raito solo pudo hacer una.
Kairu vio el arma y quiso girarse, y no pudo, porque estaba plantado y porque tenía dos cosas encima y porque Omori es un sitio y no una persona.
Y Asuru vio el arma y no soltó.
Eso fue lo que a Raito se le quedó grabado para siempre, más que el disparo y más que lo otro: que Asuru vio el arma apuntándole a la cara y no le quitó las manos de la espalda a Kairu.
Y Raito ya estaba corriendo.
No fue una decisión. Después, mucho después, intentaría acordarse de si lo había decidido y no encontraría el momento; encontraría solo un vacío y a él ya en mitad del vacío, con la pierna de metal mordiéndole el muñón y el mundo entero yéndose para atrás.
No llego, pensó.
No llego, no llego, no llego—
Llegó.
Llegó lo justo para ponerse entre el arma y ella, y le dio tiempo a girarse y a abrir los brazos, que fue lo único que se le ocurrió, porque era lo que hacía Taiyo en el patio cuando venía la lluvia.
El disparo no hizo ruido de disparo.
Hizo un ruido de cosa que se abre.
Y aquello le entró por debajo del hombro izquierdo, en el sitio donde a un hombre no le entra nada dos veces.
El mundo se puso lento.
No como se ponía siempre. Peor. Se puso lento de una manera fea, sin oro, sin nada dorado alrededor.
Y dentro de esa lentitud, con una cosa de fuego metida en el pecho, a Raito le pasó por dentro algo que no le contaría a nadie nunca.
No fue miedo.
Fue alivio.
Muy corto y muy sucio, del tamaño de un parpadeo, y lo reconoció enseguida porque lo había sentido antes en otro sitio: era el alivio del que ve llegar por fin una cuenta que llevaba mucho tiempo esperando.
Ya está.
Ya está pagado.
Y con eso encima vio, desde muy adentro y muy despacio, cómo a Kairu se le caía la cara — literalmente, cómo se le venía abajo la cara entera, la boca, los ojos, todo —, y cómo Yoko aparecía a dos pasos con las manos ya extendidas y demasiado tarde, y cómo Asuru abría la boca y no le salía nada.
Y arriba, muy arriba, en el borde de la cornisa, dos hombres que llevaban toda la noche sin moverse echaron a correr.
Los dos.
Y esa fue la última cosa que Raito vio, y le pareció, de una manera absurda, que era la más rara de todas.
Entonces sí bajaban, pensó.
Entonces sí iban a bajar.
Cerró los ojos.
Y se puso todo negro.
Negro de verdad. Sin ruido, sin frío, sin la piedra debajo. Sin las caras de aquellos cuatro. Sin nada.
Y en aquel negro, el alivio duró exactamente lo que tarda uno en darse cuenta de lo que acaba de sentir.
Y después se le vino encima lo otro.
Que Asuru estaba detrás de él.
Que aquel hombre iba a seguir disparando.
Que su abuelo había levantado una mano abierta delante de tres críos y no le había servido de nada, y que él acababa de hacer exactamente lo mismo, y que iba a servir exactamente igual.
Que nadie había pagado nada.
No.
Esto no puede terminar aquí.
Esto no puede terminar aquí.
Esto no puede—
Y había sol.
Sol de verdad, de ese que calienta el suelo y hace que la madera huela, y Raito estaba sentado en el escalón del porche con los pies colgando, y los pies no le llegaban al suelo porque tenía siete años.
A su lado, en la silla, Taiyo pelaba algo con un cuchillo pequeño.
No pasaba nada. Ni un ruido. Se oían las cabras a lo lejos y se oía el cuchillo, y de la cocina venía olor a agua puesta a hervir.
—Abuelo.
—Dime.
Raito se miró las manos. Eran manos de crío, sin callos, con tierra debajo de las uñas.
—¿Tú no has sentido alguna vez que las cosas se repiten?
Taiyo no levantó la vista.
—Cómo que se repiten.
—Que ya pasaron. —Se encogió de hombros, del modo en que se encoge de hombros un niño que sabe que va a explicarse mal—. Que estás en un sitio y de pronto sabes que ya estuviste ahí, y que ya dijiste eso, y que la persona va a decir lo que va a decir. Y no es que lo adivines. Es que ya lo viviste.
El viejo siguió pelando.
—Sí —dijo—. A veces pasa.
—¿A ti también?
—A todo el mundo. —Sopló la mondadura y la tiró al suelo—. A eso se le llama déjà vu. Es cuando sientes que ya viviste algo, o que sabes cómo van a pasar las cosas.
—¿Y por qué pasa?
—Y yo qué sé, muchacho. —Le dio la vuelta a la cosa que estaba pelando—. Hay preguntas que se hacen para que las contesten y hay preguntas que se hacen para saber que uno no es el único.
—¿Y esta cuál es?
—Esta es de las segundas.
Raito se quedó pensando, con los pies colgando.
—A mí me pasa mucho.
Y Taiyo dejó de pelar.
Fue un momento. Un momento nada más, y el crío no lo vio porque estaba mirándose los pies. El viejo se quedó con el cuchillo parado y los ojos en el patio, y después volvió a lo suyo y no dijo absolutamente nada.
Y en el negro, con el pecho abierto y la cuenta sin pagar, Raito se oyó la voz de crío diciendo a mí me pasa mucho, y se oyó a su abuelo poniéndole nombre a una cosa que nunca fue una sensación.
—Déjà vu.
Lo dijo en voz alta, con su voz de ahora, y el mundo se lo llevó por delante.
Estaba corriendo otra vez.
Con la pierna de metal mordiéndole el muñón y el mundo yéndose para atrás y el hombre del ojo levantando el arma, en el mismo sitio, en el mismo instante, con la misma cara.
Otra vez.
Y esta vez ya lo he visto.
Sabía dónde iba a pisar. Sabía que la piedra suelta estaba en el cuarto paso y esta vez la esquivó. Sabía que el hombre iba a apuntar a Asuru y no a Kairu.
Y sabía —esto era lo que no le cabía en la cabeza, lo que le iba a doler después— el orden exacto en el que iba a apretar.
Uno.
Se tiró antes. Le dio a Asuru en el hombro con las dos manos y la sacó de donde estaba antes de que el primero saliera, y el primero pasó por el sitio donde ella había estado y abrió un boquete en la roca de atrás.
Dos.
Se tiró él, hacia el otro lado, doblándose, y sintió el calor pasarle por encima de la espalda.
Tres.
Y el tercero era el que iba a darle, y lo sabía, y no podía esquivarlo porque estaba en el suelo.
Así que no lo esquivó.
Dejó el hueco.
Se apartó rodando hacia donde no servía de nada apartarse, hacia el lado malo, hacia el lado abierto —y con eso dejó al hombre del ojo con la línea despejada, con el arma extendida y con nadie delante—
—¡AHORA!
Y por el hueco entró Yoko.
Apareció detrás de él. Sin ruido, sin aire, sin nada: estaba y no había estado. Y le puso el codo en la nuca con todo el peso y toda la carrera que no había hecho.
El hombre del ojo se cayó de rodillas.
Y después de cara.
Y el tercer disparo salió contra el suelo y abrió un agujero en la piedra que no le hizo daño a nadie.
Te moviste antes
Lo primero fue el silencio.
Duró poco —tres segundos, cuatro— y en esos tres o cuatro segundos no se movió nadie, ni los de arriba, ni los de abajo, ni las cuatro cosas del montón, que se habían quedado quietas cuando el que las traía se cayó.
Y después a Raito le empezó a salir sangre por la nariz.
No un hilo. Le salió de golpe, las dos fosas a la vez, y le llegó a la boca antes de que le diera tiempo a levantarse la mano.
—Uy —dijo.
Y se cayó de lado.
No se desmayó. Eso fue lo peor, y se lo diría a alguien mucho después: que no se desmayó. Que se quedó ahí tirado, con la cara en la piedra fría y la nariz abierta, entendiéndolo todo, mientras el cuerpo se le desconectaba por partes.
El brazo derecho le respondió. El izquierdo no. La pierna de carne le respondió tarde, como si la orden hubiera dado un rodeo. Y la de metal se quedó donde estaba, apagada, sin una sola veta encendida, muerta como un tubo.
Y ahí entendió, tirado en la piedra, la conversación que había tenido en una cueva unos días antes.
¿Y si un día no doy bastante?
Pues esto. Esto era. No se le había roto nada y no le dolía nada: se le había acabado el akari, y la cosa que llevaba pegada a la carne se había quedado esperando, muy educada, a que él volviera a tener.
—¡Raito!
Asuru llegó primero. Le puso las manos encima y no salió nada, y ella se echó a llorar de rabia, y aun así siguió con las manos puestas.
—No tengo akari. No me queda, no me queda—
—Estoy bien.
—¡Estás sangrando!
—Ya lo sé. —Se lo dijo a la piedra, porque no podía girar la cabeza—. Es que estoy bien igual.
Y era verdad, y era lo que no había manera de explicarle a nadie.
Porque por dentro no le dolía nada. Le habían dado en el pecho hacía menos de un minuto —le habían dado, se acordaba del ruido de cosa que se abre, se acordaba del frío— y ahora no tenía ni un rasguño ahí, y el sitio donde se acordaba de la herida estaba entero y no le pasaba nada.
Y eso era muchísimo peor que si le hubiera dolido.
Kairu llegó el segundo y se quedó de pie, mirándolo, sin agacharse.
Y no se agachó en toda la conversación, y Raito, mucho después, entendería por qué: porque si se agachaba tenía que tocarlo, y si lo tocaba se iba a romper delante de todo el mundo.
Y Kairu, que era el que hablaba, no dijo nada durante mucho rato.
—Nadie te tocó —dijo por fin.
—Ya.
—Nadie te tocó, campesino. —Le temblaba la voz de una manera que Raito no le había oído nunca—. Yo te vi. Te tiraste al hueco, donde no había nada, con tres tiros en el aire, y ninguno de los tres te rozó. Ninguno. Y después te caíste solo.
—Ya.
—Te caíste como si te hubieran dado. —Y se le quebró—. Y yo te vi caer así y pensé una cosa. Pensé una cosa fea y muy rápida y no me la voy a quitar de encima en la vida.
—Qué pensaste.
Kairu apretó la mandíbula.
—Que yo estaba plantado —dijo—. Que yo era el que estaba plantado ahí para que no le dieran a nadie, y que el que se puso delante fuiste tú.
Y entonces habló Yoko, que llevaba callada desde que se cayó el hombre y que se había quedado atrás, de pie, con los brazos colgando.
—Te moviste antes.
Raito cerró los ojos.
—Sí.
—Antes de que disparara. —Se acercó dos pasos—. Los tres. Te moviste antes de los tres. Yo estaba mirándote y te moviste antes.
—Sí.
—Explícalo.
—Yoko —dijo Asuru—. Está sangrando.
—Ya lo veo. —No se movió—. Y por eso lo pregunto ahora, porque si se desmaya no me lo cuenta nadie.
Se agachó por fin, y ahí se le rompió un poco la voz.
—Lo que ha dicho él. Ni un roce. —Le señaló la cara con la barbilla, la sangre, la pierna apagada—. Y estás medio muerto en el suelo.
—Yoko—
—Eso, y lo de moverte antes. —Tragó—. Necesito saber qué pasó.
Y Raito lo intentó.
Lo intentó tirado en el suelo, con la boca llena de sangre y sin la mitad del cuerpo, y le salió mal, porque no tenía palabras para aquello y porque las únicas que tenía se las había dado un viejo en un porche.
—Es que… ya había pasado —dijo—. Todo esto. Ya había pasado una vez. Y me… me devolví.
—Que te devolviste.
—A antes. —Tragó—. Poquito. Dos segundos, o tres. Y todo volvió a pasar exactamente igual, igual, con las mismas caras y todo, solo que yo ya lo había visto.
Se quedó callado.
—Por eso sabía dónde iban los tiros. No es que los viera venir. Es que ya me habían dado.
Nadie dijo nada.
—¿Y cómo se llama eso? —dijo Asuru, muy bajito.
Y Raito se acordó del sol, y del cuchillo pequeño, y del olor del agua puesta a hervir.
—Déjà vu —dijo.
—¿Qué?
—Se llama así. —Le salió una cosa rara en la garganta—. Me lo dijo mi abuelo. Cuando yo tenía siete años. Le pregunté por qué a veces sentía que las cosas ya habían pasado y me dijo que se llamaba así y que le pasaba a todo el mundo.
Y ahí, arriba, alguien dijo:
—No es un nombre de técnica.
Kō estaba a diez pasos. No se le había oído llegar y no parecía tener prisa ninguna, y Samui venía detrás con la cara de siempre y los puños todavía cerrados.
—Es el nombre de un sentimiento —dijo el viejo—. Y te lo puso alguien que quería que no te asustaras.
Se agachó al lado de Raito, con mucho trabajo.
—Pero sirve. De momento sirve. —Le miró la nariz, la pierna apagada, el brazo que no respondía—. Y ya sabes lo que hay detrás de tu puerta, muchacho.
Raito lo miró desde el suelo.
—No es ir más rápido.
—No.
—Es volver.
—Es volver —dijo Kō—. Y por lo que veo, se paga.
—¿Cuánto se paga?
—Eso lo estás mirando tú. —Le señaló la pierna apagada con la barbilla—. Yo lo único que sé es que has hecho una cosa que no sabes hacer, con un cuerpo que no está preparado para hacerla, y que has tenido suerte de que fueran dos segundos.
—¿Y si hubieran sido más?
Kō se levantó, con mucho trabajo, apoyándose en la rodilla.
—Pues no estaríamos hablando —dijo.
Y se fue a mirar al hombre de la roca.
El ojo
Lo sentaron contra una roca. No lo ataron, porque no hacía falta: el hombre del ojo tenía la nuca hecha un desastre y le costaba mantener la cabeza derecha.
Los cuatro corrompidos se habían quedado quietos donde estaban. No se levantaron. No hicieron nada. Se quedaron ahí sentados en el suelo con la cabeza baja, y aquello, por alguna razón, era peor que si hubieran seguido peleando.
Samui recogió el arma.
La miró un momento, le sacó la cápsula con un movimiento seco y le dio la vuelta al arma en la mano, y después se la pasó a su padre sin decir nada. Kō la agarró, se la acercó a la cara, y se quedó con ella mucho más rato del que hacía falta para ver que no servía.
—Esto no lo hizo un armero —dijo.
Nadie le contestó.
Raito, que se había podido sentar hacía un rato y que todavía tenía la mitad del cuerpo lenta, miró la cápsula que Samui tenía en la mano.
Dentro seguía la luz. Más baja que antes. Del color del vino aguado.
Y dentro de la luz, muy pequeño y muy claro, había un dibujo.
Seis lados.
Raito lo reconoció porque lo había visto pintado con oro en una pared, hacía nada, y porque lo había visto antes de eso en la cara de un viejo que se puso delante de una casa.
—Eso es un ojo.
—Eso es un ojo —dijo Samui.
—De quién.
Y contestó el hombre de la roca, con la voz espesa y sin levantar la cabeza.
—Mío.
Se hizo un silencio de los feos.
—Lo di yo —dijo—. Tenía diecinueve años y una hermana con los pulmones malos, y debajo de la cúpula no llueve. Así que lo di.
Se rió, y la risa le hizo daño en algún sitio.
—Y estuve dentro. Once años. Papeles, ración de la buena, una puerta que se abría. —Escupió algo—. Y un día salí a la calle y me di cuenta de que llevaba once años sin ver nada que no hubiera puesto ahí alguien. Y me fui.
—¿Y cómo lo recuperó? —dijo Asuru.
—Comprándolo. —Levantó la cabeza por fin, y les enseñó la cuenca cerrada—. Nueve años.
—¿Nueve años? —dijo Kairu—. ¿Tan caro es?
Y el hombre se rió otra vez, y esta vez la risa le salió de un sitio muy feo.
—Es materia, muchacho. Es la más común que hay. —Movió la cápsula en la mano—. Lo mío no valía nada. Por uno de estos te dan lo que vale una manta buena.
—¿Entonces?
—Entonces lo difícil no era pagarlo. Lo difícil era saber cuál era.
Se quedó mirando la luz.
—Están todos juntos. En cajones. Con un número escrito en la tapa y nada más, porque para qué van a escribir otra cosa. Y yo tuve que ir preguntando, y comprando papeles, y pagándole a gente que se acordara de un chico de diecinueve años con una hermana mala. —Se encogió de hombros—. Nueve años para encontrar el mío entre los de todo el mundo.
Nadie dijo nada.
—Y cuando por fin lo tuve en la mano, resulta que ya no era mío. Por dentro ya no era mío. No se vuelve a poner.
Se quedó mirando la cápsula que Samui tenía en la mano.
—Así que lo uso para lo único que servía.
—¿Y cuánto le queda? —dijo Kō, desde donde estaba.
El hombre tardó en contestar.
—Poco.
—¿Cuánto es poco?
—Lo que ha gastado esta noche, más o menos, tres veces. —Se pasó la lengua por los dientes—. Después es un vidrio con una cosa muerta dentro.
Y Raito miró la cápsula, y miró aquella luz color de vino aguado subiendo y bajando muy despacio, y entendió, con el estómago, que lo que estaba viendo era un hombre quemándose a sí mismo por partes.
Y Raito se levantó.
Le costó, y nadie lo ayudó porque nadie entendió lo que iba a hacer, y cojeó hasta Samui y le puso la mano abierta.
—Dámela.
—Raito.
—Que me la des.
Samui se la dio.
Y Raito cruzó los cuatro pasos que le quedaban, se puso en cuclillas delante del hombre de la roca con muchísimo trabajo, y le puso la cápsula en la mano.
Y le cerró los dedos encima.
—Váyase.
Fue Yoko la que estalló, y estalló como estallaba ella: sin gritar.
—No.
—Yoko—
—No. —Se puso delante de él—. Ese hombre sabe dónde estamos. Ese hombre ha estado media noche aquí arriba viéndonos pelear y sabe cuántos somos y sabe lo que sabe hacer cada uno. —Le señaló la cara—. Y ha oído lo que dijo el viejo. Ha oído las palabras. Sabe que aquí arriba hay un ojo kodai.
—Ya lo sé.
—¡Entonces no lo sueltes!
—No lo voy a matar.
—¡Nadie ha dicho que lo mates! —Y ahí sí se le fue la voz—. ¡Átalo! ¡Déjalo en un agujero! ¡Haz cualquier cosa menos abrirle la mano y decirle que se vaya con lo único que le importa!
Y Raito no supo qué contestar.
Eso fue lo peor. Que no supo. Que se quedó ahí de rodillas delante de un hombre que había intentado matar a Asuru, con las manos vacías y la nariz todavía sucia de sangre, y que lo único que se le ocurrió fue una cosa que no era un argumento.
—A mí también me quitaron lo mío —dijo.
—Eso no es lo mismo.
—No. —Se levantó—. No es lo mismo.
Y se quedó ahí, buscando la manera de decir la otra cosa, la que sí era, y no la encontró entonces y tardaría mucho en encontrarla.
Que lo que le habían hecho a él se lo había hecho alguien que podía elegir.
Y que si él ahora ataba a un hombre en un agujero y le quitaba lo único que le quedaba, iba a poder decir muchas cosas de sí mismo, pero ya no iba a poder decir esa.
Y se quedó ahí.
Kairu miraba al suelo. Asuru se abrazaba los codos y no decía nada, y Samui, que había recogido el arma inservible, la estaba mirando como se mira una cuenta que no cuadra.
Y Kō no dijo ni una palabra.
No lo defendió. No lo apoyó. No le puso una mano en el hombro ni le dijo a Yoko que se callara.
Se quedó donde estaba, con los brazos cruzados, mirando al hombre de la roca levantarse y bajar cojeando por el camino con una cápsula apretada contra el pecho.
Bajaron a la cueva cuando ya no quedaba nada que mirar.
Nadie habló en el camino. Kairu iba delante, muy rápido, con la espalda tiesa. Yoko iba la última. Asuru llevaba a Raito por debajo del brazo y no le dijo ni una palabra en toda la subida, y él tampoco, y los dos supieron que eso era lo mejor que podían hacer el uno por el otro esa noche.
Y en la cueva, cuando el viejo sirvió los cuencos, le puso el suyo a Raito delante sin decir nada, y le puso también el pan, que era del viejo y que nadie le había visto compartir nunca.
Nadie se dio cuenta.
Raito tampoco.
Lo que queda encendido
Kō subió cuando ya no se oía a nadie.
Subió los escalones tallados uno a uno, parándose en el descansillo, y salió arriba, al borde, donde el viento.
Encendió.
El haz salió como salía siempre, ancho y limpio, y barrió la bruma de un lado a otro.
Y contó.
Contaba siempre igual, de izquierda a derecha y sin volver atrás, porque volver atrás es como se cuenta mal.
Y había menos.
Menos que ayer y bastantes menos que la otra noche. Se habían apartado de la primera cornisa y de la segunda, y en toda la ladera del este no quedaban más que cuatro o cinco puntos pálidos, muy abajo, casi en el fondo del gris.
El viejo se quedó mirándolos un rato.
Se sacó del bolsillo el pincel, que llevaba ahí desde antes de todo aquello, y le dio vueltas entre los dedos sin darse cuenta de que lo estaba haciendo.
Porque los mayoi se apartan de la luz. De eso llevaba media vida estando seguro, y por eso estaba aquella lámpara ahí arriba y por eso él dormía poco.
Se apartan de la luz.
Un hombre bajando la montaña, no.
Y allá abajo, muy pequeño, moviéndose despacio por el camino de la ladera del este, se veía algo que no era un mayoi.
Kō se quedó con la mano en la palanca.
Podía apagarla. Con la luz apagada, aquel hombre no vería el camino, y el camino de la ladera del este no lo baja nadie a oscuras. Se quedaría ahí toda la noche, en una cornisa, y por la mañana estaría donde lo dejaran los mayoi.
No haría falta que lo hiciera nadie. No habría que decidir nada. Solo tendría que no hacer una cosa.
El viejo se quedó pensando en eso el tiempo justo para saber que lo había pensado.
Y no la bajó.
Y no bajó tras él.
Se sentó en el borde, con las piernas colgando sobre la nada, de cara a la bruma iluminada, y se quedó mirando bajar aquella cosa pequeña.
Tardó mucho. La ladera del este es larga.
Y cuando por fin se metió en el gris y ya no se vio más, el viejo siguió mirando el sitio por donde había desaparecido un rato largo, como se mira una puerta que uno acaba de dejar abierta a propósito.
Después se levantó, comprobó la lámpara, y bajó a dormir.
Durmió poco.