KODAI

古代
Capítulo Nueve
Naikai内界«El mundo de dentro»
desliza para leer
I

El día después

Lo primero que notó Raito al despertarse fue que nadie estaba donde tenía que estar.

Kairu, que dormía siempre pegado a la estufa, se había ido al fondo. Asuru estaba levantada desde antes que nadie y había puesto los cuencos sin que se lo pidieran. Y Yoko no estaba.

Se incorporó, y le dolió todo de una manera nueva y aburrida.

La pierna le respondió tarde. No mucho —medio parpadeo—, pero le respondió tarde, y él ya sabía lo que quería decir eso: que todavía no había vuelto a llenarse de akari. Se quedó un momento sentado, con la mano en el muñón, dándole lo que podía darle, que no era gran cosa.

—Buenas —dijo.

—Buenas —dijo Asuru.

Kairu no contestó.

Estaba a cuatro pasos, dándole la vuelta a una correa que no necesitaba que se la dieran, y cuando Raito lo miró, Kairu levantó la vista un momento y la volvió a bajar.

Y eso fue todo.

Raito se quedó con la palabra en la boca. Porque llevaba desde el muelle nueve aprendiendo a leer a aquel muchacho, y Kairu era la persona más fácil de leer que había conocido en su vida: cuando estaba contento se le veía, cuando estaba asustado hablaba el doble, y cuando le dolía algo se reía.

Y ahora no hacía ninguna de las tres.

Estaba callado, y estaba callado trabajando — que es la manera que tiene la gente de estar callada cuando quiere que se le note.

—¿Y Yoko? —preguntó.

—Fuera —dijo Asuru.

—Fuera dónde.

—Fuera.

Salió a buscarla y la encontró donde siempre, en las rocas de atrás, sentada con las rodillas contra el pecho y mirando la ladera del este. La misma ladera por la que había bajado un hombre con una cápsula apretada contra el pecho.

—Oye.

—Ahora no.

—Es que quiero decirte una cosa.

—Y yo quiero que sea ahora no.

—Yoko.

—He dicho que ahora no.

Lo dijo sin volverse, sin subir la voz y sin una gota de rencor, y por eso fue peor.

Porque cuando Yoko estaba enojada gritaba. Raito lo había visto. La había visto ponerse delante de un hombre que la doblaba en tamaño y gritarle a la cara. Esto no era eso.

Esto era una mujer que había hecho una cuenta y a la que no le había salido. Raito se quedó ahí de pie un momento, con la pierna fría y la nariz todavía sensible por dentro, y después se dio la vuelta y bajó.

Y arriba, en la cornisa del faro, Kō no bajó en toda la mañana.

Raito lo miró desde abajo un par de veces. Una silueta pequeña, sentada en el borde, con las piernas colgando sobre la nada.

Y en algún momento se dio cuenta de que hacía eso todos los días y de que no se le había ocurrido preguntarse por qué.

Lo intentó otra vez esa tarde, detrás de la nave, donde no lo veía nadie.

Se sentó como se sentaba en el porche. Las palmas hacia arriba. La espalda recta pero no tiesa. Respiró hondo, contó postes, contó escalones, contó las argollas de una bodega que ya no existía.

Y no pasó nada.

Lo intentó hasta que se le durmieron las piernas, y cuando se levantó le costó, y no se cayó, y eso ya no le pareció una victoria.

II

La puerta que se abrió sola

Esa noche se acostó vencido.

Antes lo intentó una última vez, y esa fue la peor de todas, porque la hizo enojado. Se sentó mal, respiró mal, contó mal, y a la mitad de la cuenta se descubrió apretando los dientes y pidiéndole permiso a algo que estaba dentro de él.

Ábrete.

Ábrete, coño.

Y no se abrió.

No fue una decisión ni una rendición dramática: fue simplemente que se le acabó. Llevaba desde la pelea con el cuerpo lento, la pierna respondiendo a destiempo y una cosa dentro del pecho que no era ninguna de las cosas que él sabía nombrar.

Se tumbó en la manta, de cara a la piedra, y dejó de intentar cualquier cosa.

Se le pasó por la cabeza que a lo mejor era eso. Que a lo mejor lo que había hecho en aquella pelea no se podía repetir, y que había tenido lo suyo una sola vez, prestado, para no morirse. Que había gente que aprende y gente a la que le pasa algo una vez.

Y le dio igual, y eso fue lo raro: que le dio igual de verdad, no de mentira.

Mañana, pensó, sin creérselo.

Y se durmió.

Y entró.

No hubo puerta. Eso fue lo primero que entendió, y lo entendió con una claridad que le dio rabia: que había pasado no sé cuánto tiempo empujando algo que no tenía bisagra, y que en el momento exacto en que dejó de empujar, se encontró dentro.

No se abre desde fuera.

Nadie se lo dijo nunca, ni entonces ni después. Se le quedó igual, del modo en que se le quedan a uno las cosas que aprende con el cuerpo: sin palabras y para siempre.

Y le pareció, de una manera que no supo explicar, que aquello era lo más suyo que había aprendido desde que se cayó en aquel mundo. Que todo lo demás se lo habían enseñado —Samui, Kō, Yoko, hasta la sombra— y esto no.

Esto se lo había enseñado el cansancio.

III

La habitación

Y estaba de pie en un sitio que no reconoció.

No era la granja.

Eso fue lo primero que buscó —el porche, la cerca, la mesa con cuatro sitios— y no había nada de eso, y le entró un vacío raro al no encontrarlo, como el que se queda uno cuando llega a un sitio conocido y le han tirado la casa.

Se quedó un rato buscando algo conocido y no encontró nada, y al final entendió que eso también era una respuesta: que la granja se le había acabado de ir de ahí dentro. Que había durado dos visitas y que ya no estaba, y que él no había hecho nada por retenerla.

Era blanco.

Pero un blanco roto. No aquel blanco sin fondo de la otra vez: este estaba sucio por partes, agrietado, con zonas que se habían apagado y otras que ardían.

Porque había fuego.

Fuego en el suelo, en manchas del tamaño de un plato, quieto, sin humo y sin calor. Fuego a media altura, colgando de nada. Un trozo de pared blanca ardiendo por dentro como arde una viga después de que se apague la casa. Raito acercó la mano a una de aquellas manchas y no le hizo nada: no quemaba, no daba luz, no consumía. Estaba ardiendo y ya.

Se acercó a una de las grietas del blanco y la miró de cerca. No era una grieta pintada: era una grieta de verdad, con bordes, con profundidad, como la de una pared de una casa que se ha asentado mal. Metió el dedo. Le cabía entero.

Y relojes.

Los relojes seguían ahí, como la otra vez, flotando a distintas alturas y de distintos tamaños — pero ninguno estaba entero. Todos reventados. Cristales fuera. Manecillas dobladas hacia arriba, hacia dentro, hacia sitios donde una manecilla no puede ir. Uno de ellos tenía la esfera partida por la mitad y las dos mitades separadas un palmo, sostenidas por nada, y entre las dos mitades había un hueco por el que se veía el blanco de detrás.

Raito giró sobre sí mismo.

Cristales en el suelo, tantos que en algunos sitios no se veía el blanco. Cosas volcadas que él no había visto nunca de pie: bultos con forma de mueble y de cajón y de cosas de una casa, tirados de lado, sin que se pudiera decir qué eran exactamente. Y en algún sitio, muy lejos, un ruido continuo que no llegaba a ser un ruido, como el de una casa asentándose.

Se le puso el estómago de una manera que conocía bien.

Era el mismo que se le había puesto la primera vez que volvió a un sitio después de que pasara algo. Cuando entró en el establo el invierno en que se les murieron las dos cabras. Cuando volvió al patio y todavía estaba la vara en el suelo donde su hermano la había soltado.

El estómago de entrar en un sitio después.

—Esto es mío —dijo, en voz alta, y no le contestó nadie.

Y lo dijo otra vez, más bajo, porque la primera le había salido como una pregunta.

—Esto es mío.

Y entonces se miró los pies.

El círculo estaba.

Debajo de él, con el borde marcado, igual que la otra vez y que la otra.

Raito lo miró un rato largo. Y después hizo lo único que se le ocurría hacer con cualquier cosa, que era medirlo con los pies, porque medir con los pies era lo primero que se le ocurría siempre.

Se puso en un borde y cruzó.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Y le quedaba suelo.

Se paró en seco, con el pie levantado, y lo bajó despacio, y le entró en el pecho una cosa que no supo si era buena.

Seis.

Se quedó parado en el borde, mirándose los pies como un idiota.

Y lo volvió a hacer, del otro lado, porque no se lo creía. Seis. Y en diagonal, que era más difícil de contar. Siete y algo, que en un círculo es lo que tiene que salir cuando de lado a lado son seis.

—Eran cinco —dijo.

Y esta vez sí le contestaron.

—Eran cinco.

IV

Tres preguntas

Estaba sentada.

No en la tabla de un porche, porque ya no había porche: estaba sentada en el aire, a la altura de una silla que no existía, con la misma postura que un hombre que espera a que otro termine de darse cuenta de algo.

Una silueta negra, plana, sin volumen. Sin cara.

Y dos triángulos amarillos donde tenía que haber ojos.

—Otra vez tú —dijo Raito.

—Otra vez yo.

—Llevaba… —Se pasó la mano por la cara—. Llevo un montón sin poder entrar. Un montón. Y me he sentado, y he contado, y he hecho todo lo que hacía con mi abuelo. Todo.

—Ya lo sé.

—¿Y por qué no me abrías?

—Yo no abro nada.

—Entonces quién.

—Nadie. —La silueta ladeó la cabeza—. Eso es lo que llevas sin entender. No hay ninguna puerta. Tú te pasaste no sé cuánto tiempo empujando una pared, y hoy te has cansado y te has sentado, y resulta que estabas dentro.

Raito apretó los dientes.

—Está bien. —Se sentó él también, en el suelo, entre los cristales, que no le cortaban—. Entonces las tres.

—Las tres.

Y las pensó.

Le costó menos que las veces anteriores, y eso también le dio rabia, porque significaba que se estaba acostumbrando a elegir qué quería saber.

—Una. ¿Por qué es más grande? —Señaló el suelo con la barbilla—. Eso. El círculo. Llevaba dos veces achicándose y ahora tiene un paso más, y estoy peor que nunca. Tengo la pierna que no me responde y no puedo ni levantarme sin ayuda. ¿Por qué es más grande?

La sombra no se movió, y Raito, que ya la conocía, siguió adelante, porque en aquel sitio hablar de corrido era lo único que impedía que le temblara la voz.

—Dos —dijo Raito—. ¿Qué fue lo que hice? Allá abajo, digo. Con el disparo. Sé cómo se llama porque me lo dijo mi abuelo cuando yo tenía siete años, pero eso no es saber lo que es.

Y se quedó callado.

Y ahí estaba la tercera, y la tercera llevaba desde aquella noche dándole vueltas dentro y no la había dicho en voz alta ni una sola vez, ni a Asuru, ni a Kairu, ni a nadie.

—Y tres —dijo, y le salió muy baja—. Cuando me entró aquello en el pecho… sentí alivio.

La sombra no dijo nada.

—Un momento nada más. Chiquito. Pero lo sentí, y era alivio, y yo eso ya lo había sentido antes. —Levantó la cara—. ¿Dónde lo había sentido antes?

Y la sombra tardó, como tardaba siempre, y Raito supo, mientras tardaba, cuál iba a contestar.

—La noche de tu cumpleaños —dijo.

Y a Raito se le fue el aire.

—Cuando te levantaste de aquella mesa y dijiste en voz alta lo que llevabas años tragándote. —La silueta ladeó la cabeza, muy poco—. Lo dijiste, y saliste, y por el camino, antes de que te diera vergüenza, sentiste exactamente eso.

—Eso no es lo mismo.

—Es lo mismo.

No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo —dijo la sombra, sin subir la voz—. Es el alivio de soltar por fin una cosa que llevas mucho sin poder soltar. Aquella noche soltaste lo que querías. Y allá abajo, con aquello dentro del pecho, ibas a soltar lo otro.

—Lo otro qué.

—La cuenta.

Raito abrió la boca y la cerró.

—Llevas desde el incendio pensando que aquello pasó por lo que dijiste. —La sombra seguía sin moverse—. No lo has dicho nunca en voz alta y lo piensas todos los días. Y cuando aquella cosa te entró en el pecho, una parte de ti dijo ya está. Ya está pagado. Por fin.

—…

—Y después volviste. Y no está pagado.

—Yo no quería morirme.

—No he dicho que quisieras morirte. —Por primera vez, aquella cosa negra sonó a algo—. He dicho que querías que se acabara la cuenta. Son distintas y se parecen mucho, y a la gente que las confunde le pasan cosas.

Y en aquella habitación rota, sentado entre cristales que no cortaban, con fuego alrededor que no quemaba, Raito se dobló sobre sí mismo y se quedó así un rato largo, y no lloró, y le habría hecho falta.

Cuando volvió a hablar le salió ronco.

—Me has contestado la tercera.

—Sí.

—Yo quería la primera.

—Ya lo sé.

—Y la segunda.

—Ya lo sé.

Raito se limpió la cara con el antebrazo.

—Es que la otra la necesito —dijo—. La del círculo. Necesito saber si voy bien o si voy mal, porque desde que me caí aquí no he sabido ni una sola vez si iba bien o mal, y todo el mundo me dice que ya lo veré.

—Ya lo verás.

No me digas eso.

Y la sombra se quedó callada un momento, y en ese momento Raito habría jurado —y lo pensó muchas veces después— que aquella cosa había estado a punto de decirle algo y se lo había tragado.

—¿Y las otras dos?

—Las otras dos las vas a sacar tú —dijo la sombra—. Esa no. Esa te la ibas a guardar veinte años.

Y entonces hizo una cosa que no había hecho nunca en ninguna de las veces anteriores.

Habló sin que le preguntaran.

—Voy a decirte una sola cosa gratis, porque si no la digo te vas a hacer daño con ella. —La silueta se inclinó un poco hacia delante, y al inclinarse no proyectó ninguna sombra en el suelo, que seguía siendo lo peor de todo—. Lo que hiciste allá abajo no sirve para ganar.

—¿Qué?

—Lo que hiciste. Volver. —Los triángulos no parpadearon, porque no parpadeaban nunca—. Te devolviste dos segundos, y con esos dos segundos hiciste lo único que se puede hacer con ellos: apartaste a una chica y te quitaste de en medio. Y después esperaste.

—Yo dejé el hueco a propósito.

—Lo sé. Estuvo bien. —Una pausa—. Pero al hombre lo tumbó ella.

Raito no contestó.

—Puedes volver diez veces —dijo la sombra—. Puedes volver cien. Y si al que tienes delante no lo puedes tumbar, lo único que vas a conseguir es verlo cien veces.

—Entonces no sirve —dijo Raito.

—Sirve. Sirve para llegar. —La sombra se recostó en su silla que no existía—. Lo que no hace es pelear por ti. Y tú vas a necesitar las dos cosas, y de momento tienes una.

—¿Y la otra cómo se consigue?

—Trabajando.

—Eso me lo dice todo el mundo.

—Pues será verdad.

Y aquello, dicho así, sin crueldad y sin ánimo, le hizo más daño que todo lo anterior.

V

Se puede invitar

Cuando ya se estaba yendo —y no supo nunca cómo se sabía que uno se estaba yendo de ahí—, la sombra dijo otra cosa.

—Antes de que te vayas.

—Dime.

—Esto de aquí no es tuyo solo.

Raito se volvió.

—Cómo que no es mío.

—Es tuyo. Pero no eres el único que tiene uno. —La silueta señaló alrededor con algo que no era exactamente una mano—. Todo el que tiene ojo tiene un sitio así. Y a un sitio así se puede entrar, si el que lo tiene deja entrar.

—¿Se puede entrar en el de otro?

—Si te dejan.

—¿Y cómo se deja?

—Queriendo. —La sombra se encogió de algo que no eran hombros—. No hay palabra ni truco. El que abre quiere que entres y entras. El que no quiere, no. Y no se puede forzar, ni engañar, ni entrar a escondidas mientras el otro duerme, así que quítate eso de la cabeza ahora mismo.

—Yo no estaba pensando—

—Estabas pensándolo.

Raito se quedó pensando en eso, y se le encendió una cosa en el pecho que llevaba mucho apagada, porque era la primera cosa útil que le decían en no sabía cuánto.

—¿Y cuesta?

—Cuesta al que abre. —La sombra volvió a su postura—. Cuantos más metas, menos aguantas. Uno se sostiene. Tres, poco. Y el día que alguien meta a diez, va a durar lo que dura un estornudo.

—¿Y qué se ve? —dijo Raito—. Digo, cuando entras en el de otro. ¿Se ve lo que está pensando?

—Se ve lo que te enseña.

—¿Y si no quiere enseñarme nada?

—Pues no verás nada, y aun así vas a saber más de él que en un año de hablar. —Una pausa—. Porque lo que uno decide no enseñar también es un sitio, y también se puede recorrer.

—¿Y a mí cuánto me duraría?

Y ahí la sombra se quedó callada el tiempo justo para que Raito entendiera que había hecho una pregunta tonta.

—Tú no vas a meter a nadie —dijo.

—¿Perdón?

—Mira dónde estás.

Y Raito miró.

Miró el fuego que no quemaba, y los relojes reventados con las manecillas dobladas hacia dentro, y el blanco agrietado, y los cristales, y la cosa aquella que sonaba muy lejos como una casa asentándose.

—Primero ordenas esto —dijo la sombra—. Y después dejas entrar a gente.

Y no lo dijo con desprecio. Lo dijo como quien le dice a otro que se ponga un abrigo.

Y aun así, a Raito le entró una vergüenza que le duró mucho.

VI

Yoko abre

Lo contó al día siguiente, y lo contó mal.

Empezó por el final, se enredó, tuvo que volver atrás dos veces, y en algún momento se dio cuenta de que estaba explicando la parte fácil para no explicar la otra.

—A ver si lo entendí —dijo Kairu—. Que cada uno tenemos un… un sitio ahí dentro.

—Sí.

—¿Yo también?

—Todos.

—¿Y cómo es el mío?

—Y yo qué sé, Kairu.

—Pero tú has visto el tuyo.

—He visto el mío.

—¿Y cómo es?

Y Raito abrió la boca y le salió una cosa que no era ni verdad ni mentira.

—Grande.

—Ah. —Se quedó un momento—. ¿Y tú cómo sabes todo eso?

Y Raito se oyó a sí mismo decir «me lo dijeron», y notó cómo sonaba, y no lo arregló.

—Se puede entrar en el de otro —dijo, rápido—. Si el otro deja.

Y se hizo un silencio distinto.

Los tres se miraron, y en ese cruce de miradas pasó algo que Raito no supo leer del todo: no era curiosidad. Era la cara que pone la gente cuando le proponen abrir un cajón delante de otros.

Fue Asuru la que rompió el silencio, y lo rompió por lo bajo.

—Yo creo que no.

—Nadie ha dicho nada todavía —dijo Kairu.

—Ya. Por si acaso.

Y Yoko, que llevaba callada desde la mañana anterior y que no había vuelto a hablarle a Raito, levantó la cabeza.

—Yo —dijo.

Y a Raito se le movió una cosa dentro, porque de las tres personas que había en aquel corro, ella era la última que él habría apostado.

—¿Tú? —dijo Kairu.

—Yo.

—¿Por qué?

—Porque si esto se puede hacer, hay que saber cómo se hace antes de que haga falta. —Se sacudió las manos en el pantalón—. Y porque prefiero que la primera vez sea aquí arriba y no en un sitio donde nos estén matando.

Y eso fue lo más Yoko que había dicho en su vida, y a nadie se le ocurrió discutirlo.

Se sentaron los cuatro en la explanada, en corro, porque a nadie se le ocurrió otra manera. Yoko en el medio.

—¿Y cómo se hace? —dijo Asuru.

—No lo sé.

—¿No lo sabes?

—Sé que se puede. —Yoko cerró los ojos—. Cállense un momento.

Y estuvieron callados, y fue de esos silencios en los que la gente se mira las manos.

Y a Raito, mirándola, le pasó una cosa rara: que se le pusieron los ojos encendidos sin que hubiera nada que iluminar, y que la vio apretar la mandíbula del modo en que la aprieta uno cuando sostiene algo pesado con las dos manos y no puede decir que pesa.

—Ya —dijo—. Vengan.

Y Raito no supo cómo fue. No hubo caída, ni oscuridad, ni nada. Fue como cuando uno pasa de una habitación a otra y a media zancada se le olvida cuál era la primera.

Estaban en un sitio en orden.

Eso fue lo primero, y lo único que Raito pensó durante los primeros segundos: qué ordenado está esto.

Era una calle. Una calle estrecha, de las afueras, con paredes de chapa a los dos lados y una luz baja y pareja que no venía de ningún sitio. Y todo estaba en su lugar. Las cajas apiladas contra la pared, alineadas. Un cable recogido en un rollo perfecto. Ni un charco, ni un papel, ni una mancha.

Y al fondo, la calle doblaba.

Raito dio dos pasos y se agachó a mirar una de las pilas de cajas. Estaban perfectamente alineadas, las cuatro esquinas al ras, como no se apila nada en el mundo real.

Y por debajo de la última no había suelo. Había otra caja igual, y otra, hasta donde se veía.

—Es bonito —dijo Asuru.

—Gracias.

—¿Vives aquí?

—No vivo en ningún sitio —dijo Yoko—. Esto es… —se lo pensó— es por donde iba.

Kairu daba vueltas mirándolo todo con la boca abierta.

—¡Está limpísimo! —dijo—. Yoko, esto está más limpio que la cueva.

—Ya.

—O sea, el mío seguro que es un basurero. Seguro. Tú imagínate—

—Kairu.

—Que es un halago, mujer. —Se paró en medio de la calle y giró sobre sí mismo—. Oye, ¿y esto es de verdad? O sea, ¿esta calle existe?

—Existió.

—¿Y ya no?

—Ya no.

Y lo dijo con la misma voz con la que decía todo, y Kairu, que era incapaz de callarse, se calló.

Y Raito, que llevaba callado desde que entró, se dio cuenta de una cosa que no dijo.

Que en aquella calle no había ni una sola puerta.

Paredes, cajas, cables, esquinas. Y ni una puerta, ni una ventana, ni un hueco. Una calle entera hecha de cosas que no se abren.

Una calle entera hecha de cosas que no se abren.

Y le entró una tristeza que no supo dónde poner, y no la dijo, porque llevaba un rato aprendiendo que en aquel sitio decir las cosas en voz alta era una manera de tocarlas.

Lo otro pasó por casualidad.

Kairu había llegado hasta la esquina del fondo —la única cosa de aquella calle que prometía otra cosa— y se asomó, porque Kairu se asomaba a todo.

—¿Y ahí qué hay?

—Nada.

—Es que hay una cosa.

—No hay nada, Kairu.

—Que sí, que hay una… —Y estiró el cuello—. Hay una puerta con un número. Y hay dos. Está la tuya y está la de al lado, y en la de al lado hay una cosa colgada, como una—

Y la calle se movió.

No mucho. Fue como cuando se apaga una luz un instante y vuelve: las paredes de chapa se pusieron un momento de otro color, más sucias, y en el suelo aparecieron cosas que no estaban —papeles, un charco, algo tirado— y al fondo, muy al fondo, se oyó una voz de mujer llamando a alguien por su nombre.

Duró medio segundo.

Y a Raito le dio tiempo a ver una cosa nada más, y esa cosa fue que la calle sucia era la misma calle. Las mismas paredes, las mismas cajas. Solo que la de verdad tenía basura, y tenía charcos, y tenía dos puertas al fondo.

Y volvió a estar todo ordenado.

Y Yoko dijo, con una voz que Raito no le había oído nunca:

—Bueno. Listo. Para afuera.

—Yoko—

Para afuera.

Y estaban en la explanada otra vez.

Fue brusco. No hubo transición ninguna: estaban en una calle y estaban sentados en el suelo de piedra con el viento encima, y a Kairu se le cayó el cuenco que llevaba en la mano desde antes y ni se acordaba de tener.

Los cuatro sentados en corro, y Yoko de pie, y a Yoko le sangraba un poco la nariz y no se la limpió.

Kairu tenía las manos levantadas como el que suelta algo caliente.

—Perdón —dijo—. Perdón, perdón, yo no—

—No pasa nada.

—Yo no sabía que—

Que no pasa nada.

Y se fue a las rocas de atrás, y nadie la siguió, y estuvieron los tres un rato largo sin hablar.

—¿Qué he hecho? —dijo Kairu por fin.

—Nada —dijo Asuru.

—Algo he hecho.

—Te asomaste a una esquina.

—Ya, pero—

—Te asomaste a una esquina, Kairu. —Asuru recogió el cuenco del suelo—. Era su casa. Uno no se asoma en casa ajena.

Y Kairu se quedó con eso, y se le puso una cara que Raito no le había visto nunca: la de alguien que acaba de entender que hay cosas que uno rompe sin fuerza ninguna.

Y Raito se quedó con dos cosas dentro.

La primera, que Yoko no había perdido el control de nada: había cerrado una puerta, y lo había hecho tan rápido y tan bien que el único fallo de aquel sitio no había durado ni un parpadeo.

Y la segunda, que en un sitio donde ella lo controlaba absolutamente todo, había decidido que no hubiera puertas — y aun así había dos al fondo de una esquina, y ella no las había podido quitar.

VII

Los que no

—Bueno —dijo Kairu, media hora después, demasiado alto—. ¿Y ahora qué?

—Ahora nada.

—Digo que si… no sé. —Se rascó la nuca—. ¿Alguien más?

Y se hizo el silencio.

Y Kairu, que había preguntado, fue el primero en contestar.

—Yo no.

Lo dijo rápido. Demasiado rápido para alguien a quien no le habían preguntado todavía.

—Nadie te ha dicho nada —dijo Asuru.

—Ya, pero por si acaso. —Se rió—. Que el mío es un desastre, en serio. Que yo ahí dentro debo tener… no sé. Cuatro cosas rotas y un olor raro. —Se rió otra vez y no se rió nadie—. Otro día.

—¿Cuándo es otro día? —dijo Asuru.

—Pues otro. Cuando tenga menos… —Movió la mano—. Cuando esté mejor.

—¿Mejor de qué?

De todo, Asuru.

Y ahí sí se calló todo el mundo, porque a Kairu no se le había roto la voz nunca delante de nadie y acababa de rompérsele por una tontería.

Se levantó, dijo que iba a mirar una cosa de la nave, y se fue.

—Kairu.

—Que otro día, Asuru.

Y ahí Raito lo miró, y Kairu le sostuvo la mirada por primera vez desde la pelea, y por primera vez desde la pelea Raito entendió algo.

Que aquel muchacho no tenía miedo de que le vieran un desastre.

Tenía miedo de que le vieran lo que había pensado mientras un amigo suyo se caía delante de él.

Y Raito se lo calló, porque no había manera de decir eso en voz alta sin romper algo.

Y porque él tenía exactamente lo mismo guardado, en otro sitio y con otra forma, y llevaba desde entonces sin decírselo a nadie.

Y entonces todos miraron a Asuru.

Porque era lo que tocaba. Porque era ella, y porque llevaba desde el muelle nueve siendo la que decía que sí a todo, la que curaba, la que se quemaba los brazos por un desconocido, la que daba lo que tenía y después daba lo que no tenía.

Asuru se recogió el pelo detrás de la oreja.

—Yo tampoco —dijo.

—…¿No?

—No.

Y no dio ninguna razón.

Eso fue lo que a Raito le dio vueltas después, tumbado en la manta: que Kairu había dado veinte razones y ella no había dado ninguna. Se limpió las manos en el pantalón, dijo «yo tampoco» con la misma voz con la que decía todo, y se puso a hablar de la ración.

—¿Ni un poquito? —dijo Kairu, que había vuelto—. ¿Un rincón? El pasillo, algo.

—Ni un poquito.

—Es que tú eres la que… —Se paró, porque se dio cuenta a mitad de frase de que lo que iba a decir era feo—. Nada.

—Dilo.

—Que tú eres la que siempre dice que sí.

Y Asuru sonrió, y fue una sonrisa corta y educada, de las que se ponen encima de otra cosa.

—Ya —dijo—. Por eso.

Y a nadie se le ocurrió insistir.

VIII

Más adelante

Y Raito dijo que sí.

Lo dijo esa misma noche, sin pensarlo, y lo dijo por una razón bastante fea que tardaría en admitirse: porque acababa de ver a los otros tres cerrarse, y porque quería, aunque fuera una vez, ser el que no se cerraba.

—Yo sí —dijo—. O sea. A ver si puedo. Pero yo sí.

Kairu levantó la cabeza.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y cuándo?

—Ahora. —Se encogió de hombros con una tranquilidad que no tenía—. Déjenme entrar primero yo, a ver si… no sé. A ver si sé cómo se hace lo de meter gente. Y ahora los llamo.

—¿Y no te da cosa? —dijo Asuru, muy bajito.

—¿Cosa por qué?

—No sé. —Se miró las manos—. Porque es tuyo.

Y Raito dijo que no con la cabeza, y lo dijo demasiado rápido, y no se dio cuenta.

Y se tumbó, y cerró los ojos, y esta vez entró casi enseguida, porque estaba cansado y porque no estaba intentándolo: estaba enseñando la casa.

Y ya dentro, de pie en el blanco agrietado, lo vio con otros ojos.

Con los ojos con los que uno mira su propia casa cuando ha dicho que viene gente.

El fuego. Las manchas de fuego en el suelo, quietas, que no quemaban y no se apagaban y llevaban ahí desde no sabía cuándo. Los relojes reventados a media altura, con los cristales fuera y las manecillas dobladas hacia dentro. La grieta larga del blanco. Las cosas volcadas que él no había visto nunca de pie. Y el ruido de casa asentándose que venía de algún sitio y no paraba nunca.

Y en mitad de todo, el círculo, con su borde marcado, con seis pasos de lado a lado.

Raito se quedó ahí de pie mucho rato.

Se le ocurrieron cuatro o cinco maneras de explicarlo. Es que estuve en un incendio. Es que se me murió gente. Es que esto no lo he ordenado todavía. Es que no es tan grave, en serio, es peor de lo que parece.

Y se imaginó a Kairu ahí de pie, con la boca abierta.

Y se imaginó a Asuru mirando el fuego y poniendo la cara que pone ella.

Y se imaginó a Yoko, que le había enseñado una calle sin una mancha, viendo aquello.

Y después se imaginó lo que venía después, que era lo peor: las preguntas. ¿Y esto qué es? ¿Y por qué está ardiendo? ¿Y eso de ahí? Y él contestando, y contestando, y en algún momento teniendo que decir en voz alta, delante de los tres, la cosa que no le había dicho ni a la sombra hasta anoche.

Porque aquel sitio no era un desorden.

Era una lista.

La sombra no dijo absolutamente nada.

Estaba sentada en el aire, en su silla que no existía, y no se movió ni una vez en todo el rato que Raito estuvo ahí de pie mirando lo suyo.

No hizo falta.

Y eso fue lo peor de todo: que ni siquiera tuvo que repetírselo.

Salió.

Se incorporó en la manta, y los otros tres lo estaban mirando desde el otro lado de la estufa.

—¿Y? —dijo Kairu.

Raito se pasó la mano por la boca.

—Nada —dijo—. Que hoy no.

—¿Cómo que hoy no?

—Que no me sale lo de meter gente. —Se encogió de hombros—. Debe de ser que hay que… no sé. Practicarlo. Ya lo probaré.

—Pero si acabas de—

—Otro día, Kairu.

Y lo dijo exactamente igual que lo había dicho Asuru media hora antes.

Y exactamente igual que lo decía Taiyo en aquel porche cuando le preguntaban lo que no quería contestar. Después. Todavía no. Ya lo hablaremos.

Se tumbó de cara a la piedra.

Y en algún sitio de la cabeza, muy al fondo, se oyó a sí mismo con dieciséis años, en un patio, discutiendo con su hermano y con su abuelo y con todo el mundo por lo mismo:

¿Por qué nadie en esta casa me cuenta nada?

Se dio la vuelta en la manta.

Y estuvo un rato buscando la diferencia entre lo que hacían ellos y lo que acababa de hacer él, y no la encontró, y decidió que mañana la buscaba mejor.

IX

Las luces

Subió al faro a buscar a Kō, porque quería preguntarle una cosa y porque no quería estar abajo.

Y arriba no estaba Kō.

Estaba Randa.

Sentada en el borde, con las piernas colgando sobre la nada, en el mismo sitio en el que se sentaba el viejo, y con la misma calma con la que hacía todo. Tenía una taza en la mano y estaba comiéndose algo con la otra.

—Ah —dijo—. El famoso.

—Buscaba a Kō.

—Está durmiendo. Le he dicho que se acueste dos horas o le tiro la lámpara por el barranco.

Raito se quedó de pie.

—¿Y usted qué hace aquí?

—Contando. —Le dio un sorbo a la taza—. Siéntate, corazón, que me pones nerviosa de pie.

Se sentó.

Estuvieron un rato así, los dos, con el viento dándoles de lado y la lámpara girando por encima. Abajo, la bruma estaba iluminada por franjas, y en las franjas se veían cosas.

—Le quería preguntar una cosa —dijo Raito.

—Ya lo sé.

—…

—Es que llevas media hora subiendo escalones para preguntarme una cosa. —Se metió el último trozo en la boca—. Pero antes te pregunto yo una. ¿Es verdad que enseñaron el sitio ese de la cabeza?

—El de Yoko.

—El de Yoko. —Randa silbó bajito—. Qué valiente. ¿Y qué había?

—Una calle. Muy ordenada.

—Claro que sí. —Se rió con la nariz—. ¿Y el tuyo?

Raito no contestó enseguida.

—El mío hoy no.

—Ah, hoy no.

—Es que no me sale lo de meter gente.

—Ya. —Randa lo miró de reojo con una cara que no se le podía sostener—. Y a mí no me sale despertarme temprano. —Volvió a la bruma—. ¿Muy feo lo tienes?

—…

—Que si está muy feo.

—Está ardiendo —dijo Raito.

Y ella no se rió.

Eso fue lo que lo desarmó: que llevaba desde el puerto esperando que aquella mujer se riera de todo, y de aquello no se rió.

—Bueno —dijo—. Pues ordénalo. Que se ordena.

—¿Usted ha visto el suyo?

—Corazón, yo vivo ahí.

Y no dijo más, y Raito no supo si era una broma.

—Las luces —dijo por fin—. Eso era lo que quería preguntar. Abajo, en la bruma. Kō lleva desde que llegamos contándolas todas las noches y no me ha querido decir lo que son.

Randa señaló con la barbilla.

—Mira.

Raito miró.

El haz pasó despacio de un lado a otro, y donde pasaba la bruma se ponía amarilla, y en el amarillo se veían: puntos pálidos, quietos, muy abajo, repartidos por todo el gris. Muchos.

—¿Los ves? —dijo Randa.

—Sí.

—Cuéntalos.

Y Raito los contó, porque era lo que sabía hacer, y llegó a diecinueve y se le juntaron dos y perdió la cuenta y volvió a empezar.

—Son mayoi —dijo Randa.

Raito se quedó muy quieto.

—Esos que ustedes se encontraron en la nave y les dieron un susto. Esos mismos. —Movió la taza en círculos—. Están ahí abajo desde antes de que tú nacieras, y ahí van a seguir.

—¿Y por qué no suben?

—Por eso. —Levantó la barbilla hacia la lámpara—. Por la luz.

—¿Les da miedo la luz?

—No. —Se lo pensó—. Miedo no. Es que les molesta. Es como… ¿tú has espantado moscas alguna vez con un farol? No es que la mosca tenga miedo del farol. Es que no está cómoda.

—¿Y entonces?

—Entonces mientras esa cosa esté encendida, no suben de la segunda cornisa. Y cuando se apaga, suben.

Raito se acordó de una noche con la bruma sin luz y con un hombre bajando la palanca, y se le puso el estómago raro.

—Por eso el viejo no duerme —dijo.

—Por eso el viejo no duerme.

Y Raito se quedó pensando, y en algún momento hizo la pregunta que faltaba, y la hizo sin darse cuenta de lo que iba a sacar.

—Pero si la luz los espanta, ¿por qué se acercan tanto? Están más cerca que el otro día. Yo los conté el primer día y estaban en el fondo.

Y Randa dejó de mover la taza.

—Mira qué listo —dijo.

Y no lo dijo como un halago.

—Hay dos luces, corazón. —Levantó un dedo—. Esta —la lámpara— la hizo un hombre. Es luz de fábrica. Esa los aparta. —Levantó el otro dedo, y con ese se señaló el ojo—. Y esta. El akari.

Raito no abrió la boca.

—Esta les gusta.

—…

—Esta les gusta mucho. —Randa se encogió de hombros y volvió a la taza—. La de fábrica los echa y la de dentro los llama. Y aquí arriba, desde hace unos días, hay una lámpara y hay cuatro criaturas con los ojos abiertos durmiendo en una cueva.

Y se lo dejó ahí, sin adornarlo.

Raito hizo la cuenta.

La hizo despacio, como hacía todas las cuentas, y le salió lo que tenía que salirle: que llevaban días viviendo dentro de la única cerca del mundo, y que ellos cuatro eran lo que había estado atrayendo a lo que había fuera.

—Nosotros —dijo.

—Ajá.

—Nosotros somos… —No encontró la palabra.

—Somos linternas, corazón. —Randa apuró la taza—. La diferencia entre nosotros y una linterna es que la linterna no sabe que lo es.

Se levantó, se sacudió el pantalón y le puso una mano en la cabeza al pasar, como se le pone la mano a un perro que se ha portado bien.

—No se lo digas al viejo —dijo—. Que se cree que no lo hemos notado.

Y bajó.

Y Raito se quedó ahí sentado un rato largo, contando luces.

Le salieron veintitrés en la primera pasada y veintiséis en la segunda, y en la tercera dejó de contar, porque se dio cuenta de que lo que estaba haciendo no era contar: era esperar a que una se moviera.

Ninguna se movió.

Estaban ahí abajo, quietas, esperando exactamente lo mismo que él.

X

Mañana salimos

Bajaron los dos a la vez, a la mañana siguiente: Samui por delante, con las manos negras hasta el codo, y Kō detrás, secándose con un trapo.

Y los cuatro que estaban comiendo levantaron la cabeza a la vez.

—Arranca —dijo Samui.

Kairu se puso de pie con el cuenco en la mano.

—¿Arranca arranca?

—Arranca.

—¡¿Y vuela?!

—Vuela lo que tiene que volar. —Samui se limpió una mano en el pantalón—. No va a ir rápido y no va a ir bonito. Pero va.

Y hubo un ruido en la cueva que no se había oído nunca ahí dentro, que fue Kairu gritando y Asuru riéndose y Yoko diciéndole a Kairu que se callara mientras se le escapaba la sonrisa.

—Mañana salimos —dijo Samui.

Y ahí se apagó el ruido de golpe, porque las dos palabras trajeron detrás una cosa en la que ninguno de los cuatro había pensado en toda la mañana.

Raito miró a Kō.

Kō estaba doblando el trapo con mucho cuidado, como si doblar un trapo fuera un trabajo que exige atención.

—¿Usted no viene? —dijo Kairu.

—Yo vivo aquí, muchacho.

—Ya, pero—

—Yo vivo aquí. —Kō terminó de doblar el trapo y lo dejó encima de la mesa, en su sitio—. Y alguien tiene que encender eso de ahí arriba.

Y se fue a lo suyo, y nadie le preguntó nada más.

Y esa noche Raito no durmió bien.

Se quedó tumbado con los ojos abiertos, oyendo a los otros tres dormir, pensando en una calle sin puertas y en un cuarto que se estaba quemando por dentro y en una mujer diciéndole que era una linterna.

Y en algún momento se levantó y salió a la boca de la cueva.

Arriba, la lámpara giraba.

Y en el borde, con las piernas colgando sobre la nada, había un viejo sentado.

Contando.

Y a Raito, por primera vez desde que había llegado a aquella montaña, se le ocurrió una cosa que no se le había ocurrido nunca: que cuando ellos se fueran, aquel hombre iba a seguir ahí.

Solo.

Con la luz encendida.

XI

Lo que dijo el viejo

Salieron con la bruma alta, que según Kō era lo mejor que se podía pedir.

La nave estaba en la explanada, torcida, remendada, con una costura de chapa en el costado que se veía desde lejos y que Raito no pensaba dejar de mirar en toda la travesía. Zumbaba. Era un zumbido feo y distinto al de antes, y a Samui no le gustaba, y lo dijo, y Kō le contestó que a él tampoco y que se aguantara.

Y después el viejo se limpió las manos en el delantal y bajó los cuatro escalones de piedra, y se plantó delante de ellos.

—Bueno —dijo.

Y nadie supo qué hacer, porque nadie había hecho aquello nunca.

Empezó por Kairu, y a Kairu le puso una mano en el hombro y se lo apretó.

—Tú.

—Yo.

—Tú vas a querer ponerte delante de todo el mundo. —Le apretó otra vez—. Y está bien. Pero escúchame una cosa: el que se pone delante tiene que estar entero cuando llegue el segundo. Si te gastas en el primero, al segundo lo recibe otro.

Kairu abrió la boca.

—No me digas que sí —dijo Kō—. Piénsalo un rato y después me dices que sí.

Y le soltó el hombro.

Después Asuru.

Y a Asuru no la tocó. Se quedó delante de ella con las manos en los riñones, mirándola desde arriba con esa cara suya de calcular cuánto camino le queda a un carro.

—Tú tienes lo mismo que yo —dijo—. Y yo he llegado hasta aquí, que no es lejos.

—…

—Así que no me copies. —Se encogió de hombros—. Yo me pasé la vida arreglando cosas rotas porque era lo que sabía hacer. Y está bien, y las tazas quedan bonitas. Pero tú no te quedes en las tazas.

Asuru bajó la cabeza y volvió a subirla.

—¿Y en qué me quedo?

—En nada. —Kō sonrió por primera vez en toda la mañana, y se le puso una cara que le quitaba veinte años—. Tú no te quedes.

A Yoko no le dijo casi nada, y fue lo mejor que le dijo a nadie.

—Niña.

—Dígame.

—Sigue contando salidas.

Yoko frunció el ceño, porque esperaba lo contrario.

—¿Eso es el consejo?

—Ese es el consejo. Alguien tiene que contarlas y ninguno de estos sabe. —Y entonces sí, y bajó la voz lo justo—. Lo único que te pido es que de vez en cuando cuentes las de otros antes que las tuyas. Que eso no lo estás haciendo todavía.

Y se dio la vuelta antes de que a ella le diera tiempo a contestar, que fue una manera de dejarla sin réplica y ella lo supo perfectamente.

A Raito lo dejó para el final de los cuatro.

Le miró la pierna, como siempre. Después la cara.

—El apaño aguanta —dijo.

—Ya.

—Y el otro también, si le das parejo. —Le dio dos golpecitos con dos dedos en el pecho, no en la pierna—. Todo el rato, chico. No a golpes.

—Lo estoy intentando.

—Ya lo sé. Se te nota. —Se quedó un momento callado—. Y una cosa más, y con esta te dejo en paz.

—Dígame.

—Eso que tienes ahí dentro y que no le quieres enseñar a nadie.

Raito se puso rojo hasta las orejas.

—Yo no—

—Que no me lo cuentes. —Kō levantó una mano—. Solo te voy a decir una cosa, y es que ordenar no es tirar. La gente joven cree que ordenar es tirar lo feo y que quede bonito, y eso no es ordenar: eso es esconder, y lo que se esconde se te vuelve a caer encima.

—¿Y qué es ordenar?

—Ponerle nombre a cada cosa y dejarla en su sitio. —Se encogió de hombros—. Aunque sea feo. Aunque esté ardiendo. Sabiendo qué es y dónde está, se puede vivir con cualquier cosa.

Y le puso la mano abierta encima de la cabeza un momento, y la quitó.

Randa pasó por su lado con las manos en los bolsillos.

—Viejo.

—Señora.

—Cuídese esa espalda.

—Cuídese usted lo suyo.

Y se miraron un segundo más de lo que se miran dos personas que no se conocen de nada, y Randa se rió por la nariz y subió la pasarela, y Raito, que estaba a dos pasos, se quedó con la certeza absoluta de que aquellos dos ya se habían visto antes y de que ninguno de los dos pensaba decirlo nunca.

Y al final quedaron los dos hombres.

Samui bajó de la nave. Se paró delante de su padre y se quedó ahí, con las manos negras y la cara de siempre, y estuvo un rato sin decir nada.

Kō tampoco.

—Está bien la costura —dijo Samui por fin.

—Está regular.

—Está bien.

—Está regular, pero aguanta.

Y se quedaron otra vez callados, y era insoportable, y a Raito le dieron ganas de irse y no se fue.

—Bueno —dijo Samui.

Y le tendió la mano.

Y Kō se la miró, y no se la agarró.

Le puso las dos manos en los brazos, por encima de los codos, y se lo quedó mirando desde abajo, porque el hijo era más alto y llevaba siéndolo mucho tiempo.

—Ojalá pueda verte pronto otra vez —dijo.

Y no dijo nada más.

Y Samui, que no había cambiado de cara ni cuando deshizo a dos personas encima de un muelle, tardó bastante en contestar.

—Ya —dijo.

Y subió.

Despegaron con un ruido que no era el de antes.

La nave se levantó torcida, se corrigió, y a Kairu se le escapó un grito cuando el suelo se separó de los pies, y Asuru se rió, y Yoko dijo que se callaran los dos.

Y los cuatro se fueron a la parte de atrás, a la escotilla abierta, porque a los cuatro se les ocurrió lo mismo a la vez y ninguno lo dijo.

Y desde ahí lo vieron.

La explanada haciéndose pequeña. La cueva, que desde arriba era un agujero en una roca y nada más. La torre. La lámpara.

Y en el borde, un hombre.

Levantó una mano. No la movió: la levantó y la dejó ahí.

Y Kairu se puso a decir adiós con las dos manos y con todo el brazo, gritando cosas que no se podían oír desde abajo, y Asuru levantó la suya, y Yoko levantó la suya un poco más tarde, y Raito la última.

Y estuvieron así hasta que la montaña se metió en la bruma.

Y lo último que vieron, cuando ya no se veía la torre ni la roca ni el hombre, fue la luz.

Girando.

Encendida.

Fin del Capítulo Nueve