KODAI

古代
Capítulo Once
Utsuwa«El recipiente»
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I

Lo que hay en la vía

Bajaron a la bodega a despertar a los otros dos y subieron los cuatro, y para cuando volvieron al puente la nave ya casi no se movía.

Samui la había puesto a la mínima. Iban tan despacio que se notaba el zumbido por debajo de los pies, ese que normalmente se pierde entre todo lo demás, y eso solo hacía que la cosa de delante pareciera más grande.

—¿Qué es? —dijo Kairu.

—Cállate un momento.

Se acercaron.

Y a doscientos pasos, con el haz de la nave puesto encima, se vio.

Había sido una persona.

Eso fue lo primero y fue lo peor, porque no había manera de no verlo: tenía dos brazos y dos piernas y una cabeza, y todo estaba donde tiene que estar en una persona, solo que mal. Como cuando alguien copia una cosa sin haberla mirado bien.

Los brazos eran demasiado largos. No un poco: demasiado, colgando hasta por debajo de donde debería haber rodilla, y con los dedos abiertos, quietos, sin agarrar nada.

La cabeza le colgaba de lado, apoyada en el hombro como se le queda la cabeza a un hombre dormido en una silla, y no se movía. Ni cuando la nave se acercó, ni cuando el haz la barrió entera.

Y no estaba de pie sobre nada.

Estaba en el aire, quieta, a media altura de la franja, con las piernas colgando y las puntas de los pies apuntando hacia abajo, y no había cable ni saliente ni nada que la sostuviera. Simplemente estaba ahí, como está una cosa en un cajón.

—Está flotando —dijo Asuru.

—Sí.

—¿Cómo está flotando?

Y nadie contestó a eso.

Raito miró a Samui, porque era lo que hacía siempre que no entendía una cosa, y Samui tenía la cara de siempre. Después miró a Randa.

Y Randa no tenía la cara de siempre.

Estaba mirando la cosa con la barbilla un poco levantada y los ojos entrecerrados, del modo en que mira uno a un animal que se ha metido en el corral y que no sabe si muerde. Y no se estaba riendo.

—¿Usted sabe lo que es? —dijo Raito.

—No.

—¿Y por qué pone esa cara?

—Porque no sé lo que es —dijo Randa— y llevo mucho tiempo sin que me pase eso.

Y goteaba.

De las manos, de las juntas, de la boca abierta, le salían hilos de akari que se descolgaban despacio y bajaban hacia la bruma y se apagaban antes de llegar. Y no salían con ritmo. Salían a golpes: nada, nada, un chorro, nada, dos gotas.

Como un grifo que alguien no cerró bien.

Y el color era el que Raito había visto la noche anterior desde la escotilla y no había podido nombrar. Negro. Con hilos blancos por dentro que se retorcían sin ir a ningún sitio, y con vetas rojas metidas entre medias, como se mete la sangre en el agua.

Kairu se llevó una mano a la boca.

—Huele —dijo.

—No huele a nada —dijo Yoko.

—Huele. Yo lo estoy oliendo.

Y Raito, que no había dicho una palabra desde que subió, dijo la primera:

—Yo también.

Y no era olor a podrido, ni a quemado, ni a nada de lo que él conocía. Era un olor dulce, muy suave, como el de una fruta que lleva demasiado en un cajón — y él lo había olido antes, una vez, la noche que la nave bajó a la bruma para despistar a dos cazas.

Y entonces la nave se acercó un poco más, y el haz le dio de frente, y se vio la otra cosa.

Al principio Raito pensó que eran manchas.

Después pensó que eran agujeros.

Y después se le puso el estómago en un sitio raro, porque no eran ni una cosa ni la otra.

Eran ojos.

Uno en mitad del pecho, grande, abierto. Dos más abajo, juntos, a distinta altura. Uno en el antebrazo izquierdo, mirando hacia arriba. Tres seguidos en el costado, pequeños, del tamaño de una moneda. Y en la cara, donde tenía que haber dos, había cinco.

Todos abiertos.

Todos encendidos, con esa luz negra de hilos blancos, y todos con una figura dibujada dentro.

—Ay, no —dijo Asuru, muy bajito.

Raito contó.

No pudo evitarlo: contó, porque contar era lo que hacía él cuando no entendía una cosa.

Diecisiete por el lado que se veía. Y del otro lado había más, porque en el brazo que colgaba hacia el fondo se le veía el borde de dos.

Después contó las figuras.

Cuatro discos. Tres rombos. Dos hexágonos. Un pentágono. Dos espirales. Un hexágono más, chiquito, en el dorso de la mano.

Y tres en los que no se distinguía ninguna: la figura estaba a medias, o torcida, o directamente borrada, con la luz negra encima moviéndose por el hueco como se mueve el agua sucia en un charco.

Se repetían.

Y a Raito le costó un momento entender por qué eso era peor.

Porque si se repetían, entonces no eran diecisiete formas.

Eran diecisiete ojos.

Y un ojo sale de una persona.

Cuatro discos, pensó. Cuatro discos pueden ser cuatro personas. O pueden ser dos, si alguna tenía los dos ojos como Samui.

Y ahí se le fue la cuenta.

Porque no había manera de saberlo. No había manera de mirar aquello y decir cuántos. Podían ser diecisiete personas que dieron un ojo cada una. Podían ser nueve que dieron los dos. Podían ser cualquier cosa entre medias, y la única forma de averiguarlo era preguntárselo a gente que ya no estaba en ningún sitio.

Raito lo intentó igual. Contó por arriba, contó por abajo, buscó un número que se sostuviera.

Y no le salió.

Y esa fue la primera vez en toda su vida que una cuenta no le salía, y no fue porque no supiera contar. Fue porque la cuenta la habían roto a propósito.

Y se acordó, sin querer acordarse, de un hombre sentado en una roca en lo alto de una montaña, diciendo una cosa con la voz muy tranquila:

Están todos juntos. En cajones. Con un número escrito en la tapa y nada más.

Y se acordó de otra cosa, que era peor: de que aquel hombre había tardado nueve años en encontrar el suyo.

Nueve años uno solo.

Raito se apartó del cristal y se quedó mirando el suelo de la bodega, con las manos frías.

No cuentes, se dijo.

No cuentes más. Mira lo que tienes delante y ya.

—Eso ya no es nadie —dijo Samui.

—¿Y qué era?

—Alguien.

—Ya, pero digo—

—Alguien, Kairu. —Samui puso una mano en el mando y no lo movió—. Y alguien lo agarró y le metió eso dentro. Y le costó tiempo, y le costó dinero, y sabía lo que estaba haciendo.

Se hizo un silencio muy feo en aquel puente.

—¿Eso lo ha hecho una persona? —dijo Asuru.

—Eso lo ha hecho alguien con mesa y con luz.

Y entonces pasó una cosa que a Raito le dio más miedo que la criatura.

—Hielo.

—Sí.

—¿Tú has visto una de esas alguna vez?

Y Samui tardó en contestar.

—No.

—Yo tampoco. —Randa se acercó al cristal y se quedó a un palmo, con las manos en los bolsillos—. Y llevo mucho tiempo en esto.

—¿Y ustedes qué han visto? —dijo Kairu, y le salió con la voz muy fina.

Randa no le contestó a él.

—Es que no se siente peligroso —dijo—. Eso es lo que no me cuadra. Yo estoy notando lo que tiene ahí dentro y no es gran cosa. Es… —Movió una mano, buscando la palabra—. Es un kara. Se siente como un kara y ya está.

—¿Y qué es un kara? —dijo Raito.

—Una cáscara —dijo Randa—. Cuando a uno de esos se le acaba de ir lo que le quedaba dentro, el cuerpo sigue andando. Eso es un kara. No piensa, no habla y no para.

—¿Y son peligrosos?

—Son un problema. No son un peligro. —Se encogió de hombros—. A un kara se lo quita de encima cualquiera que sepa lo suyo.

—Un dos —dijo Samui.

Randa se volvió a mirarlo.

—¿Un qué?

—Nada. —Siguió con los ojos en la cosa—. Es como lo llaman en el papel.

—Ya. —Randa lo miró un momento más de lo necesario y volvió a la bruma—. En el papel.

—…

—Hielo, eso que tienes delante no está en ningún papel.

—Pues eso —dijo Randa—. Que lo que tengo delante se siente como un kara.

—¿Y entonces?

—Y entonces está flotando, corazón. —Se volvió—. Y tiene diecisiete ojos que no le pegan ninguno, y ninguno es del mismo dueño, y está goteando akari de un color que yo no he visto en mi vida.

Se hizo un silencio.

—Es como si alguien hubiera agarrado un kara —dijo— y le hubiera metido una persona dentro. O al revés. No sé cuál de las dos y las dos son igual de feas.

—Eso no se puede hacer —dijo Samui.

—Ya.

—Randa. Eso no se puede hacer.

—Ya te he oído, hielo. —Volvió a la bruma—. Pues ahí está.

II

Yo

—Hay que quitarlo de ahí —dijo Yoko.

—¿Y no lo podemos rodear? —dijo Kairu—. Digo. Yo sé que da mal rollo, pero si lo rodeamos y ya—

—Está en el sitio exacto.

Lo dijo Raito, y lo dijo antes de darse cuenta de que lo estaba diciendo.

—¿Qué?

—Que está en el sitio exacto. —Señaló con la barbilla—. Justo en el medio. No a un lado. No de paso. En el medio de la vía, a la altura por la que se pasa. —Se le quedó la voz un poco rara—. Eso no se ha quedado ahí. Eso lo han puesto ahí.

Y nadie dijo nada durante un momento, y ese momento fue el peor de toda la noche.

—Bueno —dijo Randa, y se estiró—. Pues nada.

Se levantó del cajón.

Samui ya estaba quitándose el abrigo.

—Eso es una persona.

Lo dijo Raito, sin volverse, pegado al cristal.

—Eso fue una persona —dijo Samui.

—No. Digo que es. —Y ahí sí se volvió—. Mírela.

—La estoy mirando.

—Mire cómo tiene la cabeza. —Le tembló un poco la voz y no le importó—. La tiene así porque le pesa. Y tiene los dedos abiertos. Nadie tiene los dedos así a menos que le duela cerrarlos.

Nadie contestó a eso.

—Es que parece que sufre —dijo Asuru, muy bajito.

—Sufre —dijo Randa.

Y lo dijo sin ninguna suavidad, del modo en que se contesta una pregunta de precio.

—¿Sufre?

—Corazón, eso lleva ahí colgado quién sabe cuánto, goteándose entero, sin poder irse a ningún sitio. —Se encogió de hombros—. Claro que sufre. Lo que pasa es que ya no sabe que sufre, que es la única suerte que tiene.

Y Raito se quedó mirando aquella cosa un rato largo.

—Yo.

Los dos se pararon.

Raito estaba en el borde de la escotilla, con una mano en el marco, y le costó un poco decirlo la segunda vez, pero lo dijo.

—Que voy yo.

—No —dijo Samui.

—No le he preguntado.

Y ahí Kairu abrió la boca y la volvió a cerrar, porque en toda la travesía nadie le había hablado así a aquel hombre.

Ni él. Ni Yoko, que le hablaba a todo el mundo así. Ni siquiera Randa, que hacía otra cosa: ella no le contestaba, ella lo toreaba.

—Muchacho —dijo Samui—. Eso no es un ejercicio.

—Ya lo sé.

—Eso mata.

—Ya lo sé. —Raito se agarró más fuerte al marco—. Y ustedes van a estar ahí. Los dos. A diez pasos. Y si se tuerce, se meten.

—¿Y por qué?

—…

—Te lo estoy preguntando en serio —dijo Samui—. ¿Por qué?

Y Raito tardó, porque tenía dos razones y una de ellas era una conversación que había tenido dentro de su propia cabeza y que no pensaba contarle a nadie.

Así que empezó por la otra.

—Porque eso sufre —dijo.

—Eso no siente nada.

—Usted no sabe eso. —No levantó la voz—. Usted acaba de decirme que no ha visto una de esas en su vida. Pues entonces no sabe eso.

Samui no contestó.

—Y si de verdad no siente nada, no pasa nada por que lo haga yo. —Raito se agarró más fuerte al marco—. Y si siente algo, entonces alguien tiene que hacerlo mirándolo. No de lejos y no rápido.

—…

—Y hay otra cosa.

—Dila.

—Que voy despacio.

—Vas bien.

—No voy bien. Voy despacio. —Se le subió la voz por primera vez—. Ustedes tres tienen lo suyo y saben cómo se llama. Yo hice una cosa una vez, en una explanada, y ni sé cómo la hice ni la he vuelto a hacer, y desde entonces me han cargado, me han curado, me han puesto una pierna y me han cargado otra vez.

—…

—Y vamos a un sitio donde no sé lo que hay. —Miró la cosa de delante—. Y prefiero enterarme aquí, con ustedes dos mirando, que enterarme allá.

Samui lo miró un rato largo.

Y Raito le sostuvo la mirada, que era la primera vez que lo hacía y que le costó lo que no está escrito.

Y no dijo que sí.

—Déjalo —dijo Randa.

—Randa.

—Que lo dejes, hielo. —Se puso el pelo detrás de la oreja—. Yo lo miro.

Y a Raito, que llevaba media hora armándose de valor, le dio muchísimo más miedo eso que la negativa.

Porque Randa no dejaba correr las cosas por amable. Randa dejaba correr las cosas cuando quería ver qué pasaba.

—Yo digo que sí —dijo Kairu.

Todo el mundo se volvió.

—¿Qué? Que lo digo. —Se puso rojo hasta las orejas y siguió igual—. Que se lo debe. A él. A nadie más. Y si no lo hace ahora, lo va a hacer un día que no estemos nosotros.

Yoko no votó.

Se quedó apoyada en el mamparo, con los brazos cruzados, y cuando ya bajaban dijo una sola cosa, sin levantar la voz.

—¿Y si te mata?

Raito se paró en la escalerilla.

—Entonces te lo he dicho —dijo Yoko.

Bajaron.

La pasarela salió y se quedó colgando sobre la nada, y la cosa estaba a treinta pasos, quieta, goteando.

Samui bajó primero y se apartó. Randa después, y se sentó en el borde de la pasarela con las piernas colgando, como si estuviera esperando a que empezara algo en un pueblo.

Y Raito bajó el último.

Y cuando puso los dos pies fuera, la criatura bajó.

No se movió como se mueve alguien que decide bajar. Simplemente estuvo más abajo, y después más abajo, descendiendo despacio y sin balancearse, con la cabeza todavía colgando de lado y los brazos todavía sueltos, hasta que las puntas de los pies quedaron a la altura de los suyos.

Y entonces, sin levantar la cabeza, abrió los diecisiete a la vez.

Y no fue lo peor que se abrieran.

Lo peor fue que no se abrieron todos hacia él. Unos sí. Otros miraron a la nave, otros al suelo, otro se quedó mirando hacia arriba, hacia el techo del mundo, como si allí hubiera algo.

Diecisiete ojos, cada uno a lo suyo.

Y ninguno de acuerdo con los demás.

III

Rápido

Lo primero que hizo Raito fue lo único que sabía hacer.

Ir rápido.

Y no era una técnica y no tenía nombre y él lo sabía. Era una cosa que le pasaba desde los diecisiete años cuando algo iba a salir mal: que el mundo se le espesaba y a él le daba tiempo a pensar dos cosas donde antes le daba para una. Y en el faro había descubierto que si se lo pedía con ganas, a veces venía.

Se lo pidió con ganas.

Y lo hizo bien. Se le puso el mundo de miel —eso ya no le daba miedo, eso ya casi lo llamaba— y en el medio segundo que le dio, cruzó cuatro pasos hacia la derecha, salió de la línea y se colocó de lado.

La cosa se movió.

No corrió. Se estiró. El brazo izquierdo, el largo, salió hacia donde él había estado y siguió saliendo, más de lo que puede salir un brazo, y pasó por el aire con un ruido feo, y no le dio.

Y Raito, agachado, con el corazón en la garganta, pensó una cosa que le duró exactamente lo que dura pensar una cosa buena:

Le he ganado.

Y le vino encima, de golpe, toda la explanada del faro: los días de caerse, la piedra fría, Kō diciéndole que aprendiera a darle igual todo el rato, Kairu contando en voz alta hasta que Yoko le decía que se callara. Todo eso para esto. Para cuatro pasos.

Y le pareció poquísimo y le pareció enorme a la vez.

A la segunda no.

A la segunda hizo lo mismo —el mundo de miel, cuatro pasos, salir de la línea— y cuando llegó al sitio donde iba, la cosa ya estaba mirando ahí.

No se giró para buscarlo. Estaba mirando.

Raito frenó de golpe, resbaló en la chapa y se fue al suelo, y el brazo pasó tan cerca que le movió el pelo.

—¡Muévete! —gritó Kairu desde arriba.

Se movió.

Y otra vez lo mismo.

Y otra. Salía a la derecha y estaba a la derecha. Salía por detrás de un saliente y cuando asomaba tenía los diecisiete puestos en el saliente. Se quedó quieto dos veces, aguantando el aire, con la espalda pegada a la chapa, y la cosa fue directa hacia la chapa.

Y a la sexta, Raito ya no estaba escapando. Estaba comprobando una cosa.

Y a la sexta ya no era miedo lo que tenía: era otra cosa peor, que era no entender.

El miedo él lo conocía. El miedo era lo que había tenido en un muelle con la lluvia cayéndole encima y una mujer desarmando el suelo. El miedo se aguanta.

Esto era estar haciendo bien una cosa y que no sirviera, que es lo único contra lo que un hombre no puede apretar más fuerte.

Porque él sabía cómo se le gana a alguien que te mira.

Lo había aprendido con Itsumo en un patio, a los once años, con una vara: uno mira dónde tiene los pies el otro, mira hacia dónde le apunta la cadera, mira si respira o si está aguantando el aire — y sale por donde el otro no puede.

Y aquella cosa no lo miraba.

Ni una vez. En seis intentos, ni una sola vez había vuelto la cara hacia él antes de moverse. Tenía la cabeza colgando de lado y los ojos del pecho abiertos hacia el frente y no lo estaba siguiendo con ninguno de los diecisiete.

Y aun así siempre estaba donde él iba a estar.

Y no llegaba a la vez que él. Llegaba antes.

—¡Raito! —gritó Asuru.

Se tiró al suelo. Algo pasó por encima y le abrió la manga sin llegar a la carne.

Se levantó con el muñón ardiendo y la respiración hecha un desastre, y por primera vez desde que había bajado, miró hacia arriba, hacia la pasarela.

Randa estaba mirándolo con la cara muy quieta.

Y Raito entendió, con una claridad horrible, que ella ya sabía lo que estaba pasando y que no se lo iba a decir.

No me está mirando, pensó.

No me está mirando y sabe dónde estoy.

Y se puso a repasarlo como repasaba las cosas en su casa, de atrás hacia delante, buscando el sitio donde se había equivocado. Si no lo ve, ¿qué hace? Lo oye. Aquí hay una nave zumbando y no oye nada. Lo huele. Aquí huele a esa cosa dulce y a nada más.

¿Entonces qué queda?

Y la respuesta le llegó a través de una frase que le había dicho una mujer sentada en el borde de un faro, con una taza en la mano, hablando de otra cosa.

Esta les gusta.

Esta les gusta mucho.

Y se le pasó por la cabeza la única explicación posible y la descartó porque era absurda, y a los dos segundos volvió a pasársele, y esta vez se quedó.

Se miró las manos.

Le brillaban. Le brillaban como le brillaban siempre, poco y quieto, y en el borde de los dedos se le desprendían dos o tres hebras finas que se apagaban en el aire, igual que le pasaba desde el muelle nueve cada vez que se ponía nervioso.

En una explanada oscura, con la bruma abajo y el techo arriba, y todo lo demás muerto y quieto.

Él era lo único encendido en cien pasos a la redonda.

—Ay, no —dijo.

Y se metió las manos debajo de los brazos, que fue lo más inútil que hizo en toda la noche, y aun así lo hizo, porque cuando uno entiende que él mismo es el problema lo primero que intenta es taparse.

IV

No hay patrón

Lo segundo que sabía hacer Raito era contar.

Y se puso a contar.

Se apartó, se puso la nave a la espalda, y en vez de salir corriendo hizo lo que llevaba haciendo toda su vida con cualquier cosa que se moviera: mirarla hasta encontrarle el compás.

Porque todo tiene compás. Las cabras lo tienen. Un mazo lo tiene. Una lluvia lo tiene. Un hombre disparando desde una nave lo tiene —dos y pausa, dos y pausa— y él lo había encontrado en el 6 y por eso seguían vivos.

Y aquello no lo tenía.

Se estiró tres veces seguidas y después estuvo quieto lo que dura respirar seis veces. Después dos veces muy juntas. Después nada. Después una vez, larguísima, con el brazo saliendo tan despacio que daba tiempo a verlo salir.

No amagaba. No descansaba. No se cansaba.

Y no repetía.

Raito lo intentó con todo lo que sabía. Contó los tiempos entre estirón y estirón y le salieron seis, seis, uno, once, dos, uno, nueve. Contó las veces que usaba el brazo izquierdo y las veces que usaba el derecho y le salió que le daba igual. Buscó si se movía más hacia un lado, si arrastraba, si cojeaba de algo — porque todo lo que anda cojea de algo — y no cojeaba de nada, porque no andaba.

Y en algún momento se dio cuenta de lo que le estaba pasando de verdad, y fue una cosa muy fría:

que no había nadie ahí dentro tomando decisiones.

Un hombre tiene un compás porque un hombre se cansa, y duda, y prefiere un lado. Aquello no prefería nada.

—No hay —dijo Raito, en voz alta, sin darse cuenta.

—¿Qué? —gritó Kairu.

¡Que no hay!

—¡¿Que no hay qué?!

—¡Que no hay orden! —Y le salió con una rabia que no era contra Kairu—. ¡Que todo tiene un orden! ¡Todo! ¡Las cabras tienen orden, la lluvia tiene orden, un tipo pegando tiros tiene orden! ¡Y esto no tiene!

Y ahí fue cuando le entró el miedo de verdad.

Porque Raito llevaba desde que se cayó en aquel mundo sobreviviendo de la misma manera: encontrándole la juntura a las cosas.

El montón de metal de Vera tenía una juntura. Los grilletes de la nave tenían un orden. El casco tenía una costura. La cerca de su casa tenía un poste que aguantaba a los otros cuarenta. Todo lo que existe está hecho de partes que se tocan, y donde se tocan es donde se rompe.

Y lo que tenía delante no estaba hecho de partes.

O sí, pero de partes que no eran suyas, cosidas por alguien que no quería que aquello funcionara bien: quería que funcionara mucho.

Y contra eso no había nada que él supiera hacer.

Se quedó agachado detrás del saliente con la espalda contra la chapa y el corazón dándole en los oídos, y le vino a la cabeza, de una manera absurda, la primera vez que se le vino encima un montón de leña mal apilado. Tenía once años. Y lo que se le quedó de aquello no fue el susto: fue que él había pasado por delante de aquel montón cuarenta veces y lo había visto torcido cuarenta veces y no había hecho nada.

Aquí no había nada torcido.

Aquí estaba todo hecho a propósito.

Arriba, en la pasarela, Samui dio medio paso.

Randa levantó una mano sin mirarlo.

—Espera.

—Se ha quedado sin ideas.

—Ya lo sé —dijo ella—. Espera.

—Randa.

—Que esperes. —No apartó la vista de abajo—. Un crío sin ideas es la única manera que hay de saber lo que tiene un crío.

V

Otra vez

Y entonces Raito hizo lo que le quedaba.

Lo pensó de una manera muy fea, muy rápido, agachado detrás de un saliente de chapa con la cosa acercándose: pensó tengo una cosa más, y pensó me va a costar, y pensó no importa.

Y no le dio tiempo a arrepentirse, que fue lo mejor que le pasó en toda la noche.

Salió.

Corrió de frente, que era lo último que la criatura podía esperar de él —lo último que podía esperar cualquiera— y llegó a cuatro pasos, y el brazo largo salió, y él lo vio venir entero.

Y no le sirvió de nada.

Le dio.

Le dio en el costado, y no fue como un golpe: fue como si le hubieran pasado una barra de hierro por encima de las costillas. Salió despedido, rodó, se comió la chapa con la cara y se quedó sin aire.

Y en el suelo, con la boca llena de sangre y el mundo poniéndose gris por los bordes, se agarró a la única cosa que tenía.

Y esta vez no le hizo falta ninguna voz de crío ni ningún porche con sol. Esta vez sabía cómo se llamaba y sabía dónde buscarlo, y lo buscó, y estaba ahí, más cerca de lo que esperaba, del modo en que está una herramienta que uno ha dejado a mano porque ya sabe que la va a necesitar.

—Déjà vu.

Y estaba corriendo otra vez.

De frente, con la pierna mordiéndole el muñón, con la criatura a ocho pasos y el brazo todavía sin salir.

Y esta vez ya lo había visto.

Sale por la derecha. A la altura del pecho. Y sale cuando yo pise el tercero.

Piso el primero.

Piso el segundo.

Y en vez de pisar el tercero se tiró al suelo, de bruces, y el brazo pasó por encima de él con aquel ruido feo, y por debajo del brazo Raito vio el hueco entre las dos piernas colgantes y supo que si se levantaba ahí, del otro lado, la cosa iba a tener que darse la vuelta entera para—

Se levantó del otro lado.

Y la cosa ya estaba dada la vuelta.

No se había girado. Raito lo habría visto: estaba debajo, mirando hacia arriba, y una cosa de ese tamaño no se gira sin que se le vea el movimiento.

Simplemente estaba de otra manera.

Y a Raito, en aquella milésima, le pasó una cosa muy rara por dentro: se acordó de la primera pasada. De la de verdad, la que ya no existía. Se acordó del hierro en las costillas, del sabor a metal, del gris por los bordes.

Se acordó de haberse muerto un poco.

Y eso, le habían dicho, era lo único que se conserva.

Estaba de cara.

Con la cabeza colgando de lado, con los diecisiete abiertos, esperando.

Y en la cabeza de Raito, en aquella milésima, cayó por fin lo que llevaba media pelea sin caer: que volver no le servía de nada.

Porque él se había devuelto dos segundos y había cambiado su camino, y la criatura no lo seguía por su camino: lo seguía por su luz. Podía volver diez veces. Podía volver cien. Iba a llegar a sitios distintos y aquella cosa iba a estar en todos, porque nunca había dependido de verlo.

De nada te sirve volver si al que tienes delante no lo puedes tumbar.

Y no era un consejo. Nunca había sido un consejo.

Era una descripción exacta de lo que le estaba pasando en ese momento, dicha por alguien que ya sabía que le iba a pasar.

—Ah —dijo Raito.

Y le empezó a salir sangre por la nariz.

Y ahí se equivocó.

Fue una tontería, y las tonterías son así: quiso apartarse hacia la izquierda, y se distrajo —medio parpadeo, lo que dura entender una cosa horrible— y en ese medio parpadeo dejó de darle a la pierna.

Y la pierna no era una pierna.

Fue medio paso. Medio paso de tubo, sin nada dentro, apoyando una cosa muerta en una chapa mojada.

Se le fue.

Y no fue la pierna. Eso fue lo peor: que no fue la pierna. La pierna hizo exactamente lo que le habían dicho que hacía, que era beber de lo que él le diera, y él llevaba media pelea sin darle nada porque estaba ocupado en no morirse.

Tú le echas el akari de golpes.

Cayó de rodillas, con la nariz abierta y un brazo por delante, y cuando levantó la cabeza tenía encima cinco ojos, y tres más en el pecho, y un brazo demasiado largo que ya estaba bajando.

VI

Lo que le sobra

No decidió nada.

Eso lo diría después mil veces y nadie se lo creería, y era verdad: no decidió nada. No pensó voy a hacer esto. No supo que había un esto.

Lo que hizo fue lo único que había visto hacer en su vida cuando algo grande venía hacia alguien pequeño.

Levantó las manos.

Las dos, abiertas, con las palmas hacia fuera, como las había levantado un viejo delante de tres críos en un patio con lluvia, y como las levantaba él de niño cuando le tiraban una piedra.

Y cerró los ojos, que fue lo más de crío que hizo en toda la noche, y por dentro dijo una cosa que no le dijo a nadie y que era, palabra por palabra, lo que había dicho un viejo en un patio con lluvia:

Aquí no.

Y le salió.

No fue un escudo.

Un escudo es una cosa que alguien pone. Aquello no lo puso nadie: se derramó.

Le salió por las manos primero, un chorro amarillo, espeso, que le empujó los brazos hacia atrás con su propia fuerza. Después por los antebrazos. Después por la cara, por el cuello, por el pecho, por la pierna de metal, que se encendió de golpe de arriba abajo con todas las vetas a la vez.

Y el aire alrededor dejó de ser aire.

Se puso amarillo y se puso denso, y a diez pasos de allí a Randa se le levantó el pelo, y la chapa del suelo empezó a zumbar, y la bruma de abajo se apartó en un círculo perfecto como se aparta el polvo cuando alguien sopla.

Y arriba, en la pasarela, tres chicos que estaban gritando dejaron de gritar a la vez.

Y Samui, que llevaba media hora sin moverse, dio un paso hacia atrás.

Hacia atrás.

—Ay, madre —dijo Randa.

Y la criatura empujó.

Le llegó encima entera, con los dos brazos y con todo el peso que tenía, y se encontró con aquello, y no pasó.

Y empujó más.

Y Raito, con los ojos cerrados y las manos abiertas y las rodillas temblando, aguantó.

Le dolía. Le dolía de una manera que no se parecía a que te den un golpe ni a que te abran la carne: le dolía como duele agarrar una cosa demasiado pesada y no poder soltarla, en los brazos, en la espalda, en un sitio detrás de los ojos que él no sabía que existía.

Y por debajo del dolor había otra cosa, y esa era peor y era mejor a la vez.

Que le quedaba.

Que estaba echando todo lo que tenía y le seguía quedando, y que aquello no se parecía a vaciar un cubo: se parecía a abrir una compuerta y descubrir que detrás hay más agua de la que uno había visto en su vida.

Y le salió más.

Se le salía por sitios por los que no se le tenía que salir nada. Le salía por la espalda. Le salía por la boca cuando la abría. Le salía por el ojo, y el ojo le ardía de una manera que no era dolor y que después no sabría explicar, y la luz que le salía del ojo llegaba hasta la nave y la iluminaba entera desde abajo, y arriba, en la pasarela, tres chicos y dos adultos estaban viendo cómo un muchacho de dieciocho años se convertía en la única cosa encendida de aquel mundo.

—¡RAITO! —gritó Asuru.

Y él no la oyó.

No oía nada. Ni la nave, ni la chapa, ni a los cuatro de arriba. Lo único que oía era una cosa muy grave y muy continua que le venía de dentro, del pecho, del sitio donde a los hombres se les pone el miedo, y que no era un ruido del mundo.

Y entonces gritó.

No dijo una palabra. No fue un nombre, ni un no, ni un basta. Fue un grito de animal, largo y feo y sin ninguna forma, el de alguien que lleva mucho tiempo sin poder soltar una cosa y por fin puede.

Y Kairu, que lo conocía desde el muelle nueve, se quedó helado.

Porque a aquel muchacho le habían arrancado una pierna y no había gritado.

Le habían metido un tiro en el pecho y no había gritado.

Se había caído doce veces en una explanada de piedra y se había levantado doce veces sin hacer un solo ruido.

Y estaba gritando.

Y Asuru se agarró al pasamanos con las dos manos, porque llevaba desde el muelle nueve curando a aquel muchacho y sabía perfectamente lo que significa que alguien que no grita grite.

Y ahí se le acabó el aguante, y no fue una decisión: fue que el sitio donde lo tenía guardado no daba más de sí.

Y salió todo.

No hubo golpe. No hubo empujón. Lo que hubo fue que el aire dejó de aguantar, y todo lo que Raito llevaba dentro salió de él a la vez, en todas direcciones, y el mundo se puso blanco.

La criatura salió despedida.

No cayó. No rodó por el suelo. Se fue.

Salió hacia atrás y hacia arriba, girando sobre sí misma con los brazos sueltos como se le sueltan los brazos a un muñeco, subió por encima de la franja, siguió subiendo, se hizo pequeña, se hizo un punto, cruzó por delante del gris de la bruma y siguió, tierra adentro, hacia el continente, hasta que ya no se veía.

Y desapareció.

Y lo último que se vio de ella fue un punto muy pequeño y muy negro cruzando por delante del gris, cayendo hacia dentro del continente, hacia un sitio que ninguno de ellos conocía.

Y después no hubo nada durante un momento larguísimo.

Durante ese momento nadie se movió en la pasarela, y ninguno de los cinco fue capaz de decir después cuánto duró.

La chapa dejó de zumbar. La bruma volvió a cerrarse despacio sobre el círculo que se había abierto. El akari que quedaba colgado en el aire se apagó por partes, como se apagan las brasas de una hoguera que alguien acaba de pisar, y estuvo un rato flotando antes de irse del todo.

Y en el suelo, en mitad de una explanada de chapa marcada y abierta, había un chico de rodillas con las manos todavía levantadas.

Y las bajó.

Y se cayó de lado.

VII

¿Estás viendo lo mismo que yo?

Corrieron los dos.

Y esa fue la segunda vez que Raito les hizo hacer eso, aunque él no llegó a verlo ninguna de las dos.

Samui llegó primero y se puso en cuclillas, y lo primero que hizo no fue mirarle la cara. Le miró la pierna.

Estaba encendida.

Pero mal. Las vetas doradas no estaban llenas: tenían luz a trozos, y la luz iba y venía, subiendo unos dedos y apagándose y volviendo a subir, como sube el agua por una bomba cuando ya casi no queda en el pozo.

—Hay que subirlo —dijo.

Le puso dos dedos en el cuello, contó, y no le gustó lo que contó.

—Espera un momento —dijo Randa.

—Randa.

—Un momento, hielo.

—Se lo va a comer.

—No se lo va a comer todavía. —Randa seguía sin moverse—. Y si me equivoco, bajas tú y no ha pasado nada. Pero yo quiero ver una cosa.

—El qué.

—Quiero ver qué hace cuando se le acaba lo que sabe.

Estaba de pie, con las manos en los bolsillos, mirando el sitio donde había estado la criatura.

—¿Tú estás viendo lo mismo que yo?

—Estoy viendo a un crío desmayado.

—No estás viendo eso. —No se volvió—. Estás viendo lo mismo que yo y llevas viéndolo tres minutos y no lo has dicho, que es distinto.

Samui no contestó.

—Ese niño estaba manejando el akari.

—Ya lo veo.

—Que no lo estaba soltando, hielo. Que lo estaba poniendo en un sitio. —Y ahí sí se volvió, y tenía una cara que Raito no le había visto nunca y que no le vio, porque estaba en el suelo—. Se lo puso delante. Todo. De golpe y mal y sin saber, pero se lo puso delante.

—Sí.

—Eso se enseña.

—Sí.

—Eso se enseña en un sitio, y tú y yo sabemos en qué sitio, y tú y yo sabemos lo que tarda. —Randa dio dos pasos—. Yo tardé años. Tú tardaste años. Y este llegó aquí hace nada sin saber ni lo que era un ojo.

Samui seguía mirándole la pierna.

—¿Y quién se lo ha enseñado a él?

Y Samui no contestó a eso.

Se quedó agachado al lado del chico, con una mano en la chapa, mirándole la pierna encenderse a trozos.

—Hielo.

—Ya te he oído.

—Es que no te lo estoy preguntando por curiosidad. —Randa se puso en cuclillas al otro lado—. Te lo pregunto porque si a ese niño se lo ha enseñado alguien, ese alguien lleva metido en su cabeza desde antes de que tú lo recogieras.

—Lo sé.

—¿Y no te preocupa?

—Me preocupa desde el muelle nueve —dijo Samui—. Lo que pasa es que hasta hoy me preocupaba menos.

Los otros tres bajaron la pasarela corriendo.

Asuru llegó y le puso las manos encima antes de arrodillarse siquiera, y a los dos segundos las apartó, porque no había herida.

—No tiene nada —dijo—. No tiene… Kairu, no tiene nada.

—¿Cómo que no tiene nada? ¡Si se ha caído!

—Que no tiene nada. —Le levantó un párpado con el pulgar y volvió a bajarlo—. Ni un hueso. La nariz, y ya.

Kairu se quedó de pie con las manos en la cabeza.

—¿Pero qué le pasó?

Y contestó Randa, sin dramatismo ninguno, como quien contesta cuánto vale una cosa.

—Se quedó sin akari.

—…

—Todo. Lo que tenía y lo que no tenía. —Se encogió de hombros—. Usó de más. Muchísimo de más. Y cuando se te acaba del todo, el cuerpo te apaga, que es lo que hay que hacer, porque si no te apaga te mueres.

—¿Y se va a…?

—Se va a llenar otra vez. —Randa se agachó y le apartó a Raito el pelo de la frente con dos dedos, y lo hizo con una suavidad que no le pegaba nada—. Todos nos llenamos otra vez, corazón. Lo que pasa es que él tarda menos.

—¿Y eso es bueno?

Randa se quedó pensándolo, que era una cosa que hacía muy poco.

—Es bueno para hoy —dijo.

Y se levantó y se sacudió las rodillas y no explicó lo otro.

Samui se lo cargó al hombro.

Lo hizo sin esfuerzo, como quien recoge una herramienta, y a mitad de la pasarela dijo la única cosa práctica que se había dicho en un rato.

—Aquí no se queda.

—¿Y adónde?

—Hay un pueblo cerca. Al borde del continente. —Subió los últimos escalones—. Ahí puede descansar mejor que aquí y ahí hay quien mire lo que hay que mirar.

—¿Y cómo se llama? —dijo Kairu.

—Se llama el Umbral.

Y subió.

Y a mitad de la escalerilla, con el chico al hombro, dijo una cosa más que nadie le había pedido y que nadie le contestó.

—Y de esto no se habla hasta que despierte.

La pasarela se recogió. La nave zumbó, se enderezó sola, y arrancó.

Y en la chapa de abajo, en el sitio donde había estado un muchacho de rodillas con las manos levantadas, quedó una marca.

Un círculo. Limpio. Con el metal doblado hacia fuera en todo el borde, como se dobla una lata cuando algo revienta dentro.

Y nadie la vio, porque ya se habían ido.

VIII

El que estaba a cargo

La sala estaba iluminada desde abajo.

Eso era lo primero que se le hacía raro a cualquiera que entrara, y era a propósito: la luz salía del suelo, de una franja que corría pegada a las paredes, y subía. Y por eso, en aquella sala, nada proyectaba sombra.

Ni los muebles, que eran tres. Ni el hombre que estaba de pie en el centro con las manos cruzadas por delante.

Ni el que estaba sentado al fondo.

El que estaba sentado llevaba una máscara.

Era lisa y era blanca y no tenía boca, ni nariz, ni agujeros, ni una marca, ni una junta; era una superficie y nada más, como una tapa puesta encima de una olla.

Lo único que tenía eran los ojos.

Dos rendijas. Estrechas. Triangulares. Y por esas dos rendijas se le salía la luz de dentro, que no se apaga nunca y que no se puede apagar, y por eso lo único vivo de aquella cara eran dos triángulos encendidos en una superficie muerta.

—Acércate más —dijo.

Y el hombre de la cuenca cerrada se acercó más.

Y lo hizo con la sensación exacta que tiene uno cuando entra en el agua de un río en invierno: que cada paso es peor que el anterior y que dar la vuelta ya no es una opción, porque dar la vuelta también es un paso.

—Cuéntamelo otra vez.

—Ya lo he contado tres veces.

—Cuéntamelo la cuarta.

Y lo contó la cuarta.

Contó la montaña, y el faro, y el viejo que vivía arriba, y los cuatro chicos, y el hombre del pelo partido, y la mujer que se sentaba en los sitios antes de que pasara nada. Contó lo de la pelea. Contó lo de los cuatro de nivel uno, que se había gastado y que le habían costado un dinero.

Y contó lo del chico cojo, y ahí la voz se le puso de otra manera, y no lo pudo evitar.

—¿Y por qué fallaste?

—Porque no fallé. —Kata levantó la cara—. Yo lo tenía. Le tenía puesta el arma en la chica y él se me metió en medio, y a ese chico le entró un tiro por debajo del hombro izquierdo. Yo lo vi.

—¿Y?

—Y después no le había entrado nada.

La máscara no se movió.

—¿Y qué crees que pasó?

—Yo no creo nada. —Se le fue la voz otra vez—. Yo llevo nueve años en esto. Yo sé lo que veo y sé lo que no veo. Y a ese chico le dieron y después no le habían dado.

—¿Y los demás?

—Los demás también lo vieron. Se les puso la cara. —Kata se tocó el pecho sin darse cuenta—. Uno de ellos, el grande, se puso a decirle a gritos que nadie lo había tocado. Y él le decía que sí. Los dos tenían razón. Yo los oí discutir teniendo razón los dos.

Hubo un silencio muy largo.

—Usted conoce la historia —dijo el de la máscara—. ¿No?

Y Kata se quedó quieto.

—La conozco.

—Todo el mundo la conoce. —La luz de las rendijas subió un punto y volvió a bajar—. Se la cuentan a los niños en las cúpulas y se la cuentan a los viejos en los muelles, y cada uno se la cuenta como le gusta, y a mí me da igual la versión que le hayan contado a usted.

—…

—Entonces sabe que yo soy uno de los encargados.

—…

—De los que él dejó a cargo.

Y no dijo una palabra más de eso.

Y Kata, que llevaba nueve años en los peores sitios de aquel mundo y que había visto casi todo lo que hay que ver, notó que se le había secado la boca.

—Le voy a ofrecer una cosa.

—Yo ya vendí lo que tenía.

—Ya lo sé. Y le pagaron mal. —El de la máscara se levantó—. Le voy a ofrecer otra cosa. Y como es un trato y no un favor, se lo voy a decir como se dicen los tratos.

Se acercó.

Y andaba raro. Andaba como anda alguien que no tiene ninguna prisa en llegar a ningún sitio nunca.

—Usted va a traerme a ese chico.

—Ese chico está protegido por—

—Ya sé por quién está protegido. —Se paró a un paso—. Le he dicho lo que va a hacer usted. No lo que va a ser fácil.

Kata se pasó la lengua por los dientes.

—Y a cambio.

—A cambio le doy con qué.

—Le voy a explicar una cosa, porque los tratos hay que entenderlos —dijo el de la máscara—. Usted no falló por torpe. Usted falló porque llevaba un arma que muerde lo que le echen y no tiene con qué echarle nada. Usted lleva nueve años cargando un cubo agujereado.

—Ese ojo era mío.

—Era.

Y esa palabra, dicha así, con esa voz normal, fue lo que le hizo daño de verdad.

—Y qué me va a poner.

—Lo que haga falta.

—De quién.

Y la máscara se quedó mirándolo con sus dos triángulos encendidos, y por primera vez en toda la conversación tardó en contestar. Y cuando contestó, contestó una cosa que Kata iba a recordar toda su vida, porque la dijo del modo en que se contesta una pregunta que no tiene ningún interés.

—Eso ya no le importa a nadie.

Kata miró el suelo.

Se acordó de una hermana con los pulmones malos, y de un mostrador con una ranura, y de once años debajo de una cúpula donde no llovía. Se acordó de nueve años de puertos y de papeles comprados. Se acordó de una explanada en lo alto de una montaña y de un crío poniéndole una cápsula en la mano y cerrándole los dedos encima, y diciéndole que se fuera.

Y de que él había bajado la montaña con aquello apretado contra el pecho, pensando que por fin había recuperado una cosa.

—¿Y si digo que no?

—Entonces se va usted por donde ha venido —dijo el de la máscara— y no le pasa absolutamente nada.

Y eso fue lo peor de todo.

—Está bien —dijo Kata.

—Está bien qué.

—Que sí.

—Dígalo entero.

Y Kata cerró el ojo que no tenía y dijo la frase entera, y el de la máscara esperó a que la terminara.

—Que le traigo al chico.

—Bien.

Y levantó una mano.

Kata no se apartó.

Eso fue lo último que decidió por su cuenta durante mucho tiempo, y lo decidió de pie, mirando una superficie blanca sin boca con dos triángulos encendidos: no apartarse.

La mano le llegó a la cara.

Y Kata empezó a gritar.

Fin del Capítulo Once