KODAI

古代
Capítulo Tres
Shisha使者«El enviado»
desliza para leer
I

Con sol

La granja, con sol. Sin lluvia. Sin metal.

Raito tenía dieciséis años y una vara de fresno en las manos, y enfrente tenía a Itsumo con la suya, y entre los dos el trozo de tierra apisonada donde peleaban desde niños. Taiyo no estaba: se había ido al pueblo con la mula a cambiar lana por sal.

—Otra vez nos deja —dijo, girando la vara, buscando el hueco en la guardia de su hermano—. Él va. Nosotros nos quedamos. Siempre nosotros los que nos quedamos.

—Alguien tiene que cuidar la granja. —Itsumo no se movía casi. Nunca se movía casi; era lo que lo hacía imposible de leer—. Hoy nos toca a nosotros.

—Siempre nos toca a nosotros. —Raito atacó. Un golpe rápido, de arriba, con toda la muñeca.

Itsumo desvió la vara sin esfuerzo, un giro corto de las muñecas, y el golpe de Raito se perdió en el aire.

—A mí me gusta la granja —dijo.

—A ti te gusta todo. Ese es tu problema.

—No es un problema estar bien donde estás.

Raito volvió a atacar, encadenando tres golpes que su hermano fue leyendo uno tras otro, apartándose lo justo, sin devolver ninguno. En el borde, Dekiro —once años, todo rodillas y codos— los miraba subido a la cerca comiéndose una manzana robada.

—¡Dale, Raito! —gritó, por deporte, sin bando—. ¡Que se te escapa!

—No se me escapa nada. —Raito apretó los dientes—. A nadie le importa esta granja, Itsumo. Podríamos desaparecer mañana y el mundo ni se enteraría. ¿Quién, en todo el mundo, piensa en Ashita?

Y en ese momento, molesto, con la última palabra todavía en la boca, cometió el error. Se lanzó entero hacia adelante, la vara por delante, todo su peso detrás, a terminar la pelea de una vez.

Itsumo dio medio paso al costado.

Fue casi nada: el pie de Itsumo apareció donde el de Raito iba a caer, una presión mínima en la vara que aprovechó la fuerza que él ya traía, y de pronto Raito estaba de espaldas en la tierra, sin aire, mirando las nubes.

Dekiro se rió tan fuerte que casi se cae de la cerca.

Itsumo se quedó de pie sobre él, la vara colgando floja de una mano, mirándolo sin burla. Nunca había burla en Itsumo. Esa era otra cosa que lo hacía difícil.

—Tienes más talento que yo —dijo—. Lo sabes. Lo sabemos los dos. —Le tendió la mano—. Pero lo quieres todo con prisa. —Una pausa—. No pienses en llegar. Piensa en el paso que estás dando.

Raito, en el suelo, resopló y le agarró la mano.

Y mientras Itsumo tiraba de él para levantarlo, una gota de sudor le resbaló por la frente, se le juntó en la punta de la ceja, y cayó.

Cayó despacio.

Cayó, y cuando tocó el suelo ya no era sudor, y ya no era la tierra apisonada de la granja lo que había debajo —

era metal —

y la gota era de lluvia, y había mil más, y el frío regresó de golpe, y el mundo sin sol y sin estrellas se cerró otra vez sobre Raito como una tapa.

II

El enviado

Los dos ojos seguían ahí, en la oscuridad, ardiendo con sus dos figuras distintas.

Raito volvió al presente de un tirón: la lluvia, la pierna en carne viva, el muelle de metal. Un recuerdo entero en un parpadeo, y la voz de Itsumo todavía zumbándole en algún sitio. Piensa en el paso que estás dando.

El hombre de la oscuridad dio otro paso, y la luz enferma de los muelles empezó a dibujarlo.

Lo primero que Raito vio fue el pelo. Partido por la mitad con una línea exacta, de la frente a la nuca: blanco de un lado, negro del otro, como si a un hombre lo hubieran cortado en dos y vuelto a pegar con dos mitades que no eran la misma persona. Después la cara, joven, quieta, sin una sola expresión. Y los ojos —cada uno con su figura encendida y quieta, distintas entre sí, dos poderes en una sola mirada— posados sobre ellos con una calma que no era paz. Era la calma de algo que no tiene motivo para apurarse.

—Bajen las armas —dijo. No tenían armas; era una forma de hablar—. Si los quisiera muertos, no habría hablado.

Kairu no se relajó. Se había puesto medio delante de Raito por instinto, el cuerpo grande tapando al herido, y ahí seguía.

—¿Quién eres? —dijo Yoko. No con miedo. Con cálculo. Ya lo estaba midiendo, buscando la trampa, poniéndole precio a cada palabra—. Y no digas un nombre. Los nombres no dicen nada. Qué quieres.

El hombre la miró, y pareció casi apreciar la pregunta.

—Los puedo sacar de la ciudad. —Ladeó la cabeza hacia el flanco del puerto, donde una mole panzuda de carga se alzaba entre las grúas apagadas—. Esa nave hace la ruta que ninguna nave hace. La que lleva a Ashita. —Volvió los ojos al grupo—. Yo sé volarla. Ustedes no. Ese es todo el trato.

La palabra cayó en el muelle como una piedra en agua quieta. Ashita. Raito la sintió en el pecho antes que en la cabeza — el nombre de su casa, dicho por un desconocido como se dice el nombre de un lugar prometido.

—Nadie va a Ashita —dijo Yoko, plana—. Todo el mundo la nombra y nadie ha vuelto de allí a contarlo. El que te vende un pasaje a Ashita te está vendiendo un cuento.

—Existe. —El hombre no argumentó. Lo dijo como se dice que llueve—. Y a él lo esperan allá. —Sus ojos disparejos se movieron hasta Raito. Se quedaron en él un segundo largo, registrándolo, sin calor—. Desde hace más tiempo del que él puede imaginar.

Todos miraron a Raito, y la mirada le cayó encima como una cosa más que aguantar. Un desconocido acababa de decirle que lo esperaban. Que valía. Y no sentía nada de eso: sentía el frío, y el hueco donde antes estaba Dekiro.

—¿Quién bajó a mi casa?

Le salió antes de pensarlo, desde el suelo, con la voz rota. A Raito le daba igual la nave y le daba igual el nombre de aquel sitio: había una sola cosa que quería saber.

El hombre lo miró un momento largo.

—Después —dijo.

—No. Ahora.

—Después —repitió, y no lo dijo más alto, y aun así se acabó ahí.

—Espera. —Yoko dio un paso, y su voz cambió: más afilada, más rápida, la de alguien que acaba de ver una carta sobre la mesa—. A él lo esperan. A él te interesa. ¿Y nosotros?

—Ustedes no me interesan —dijo el hombre. Sin crueldad. Como un dato—. Me interesa él. Ustedes deciden si vienen o no. Me da igual.

Y ahí Yoko sonrió, sin nada de alegría, porque acababa de encontrar el suelo firme que buscaba.

—No te da igual, porque no funciona así. —Cruzó los brazos, y ahora era ella la que llevaba el paso—. Lo sacamos nosotros, lo curamos nosotros, lo cargamos nosotros. Si lo quieres, no te lo llevas y ya: negocias. —Ladeó la cabeza—. ¿O de donde vienes las cosas que valen se toman gratis?

Un silencio. La lluvia entre ellos. El hombre la miró un momento más largo que los anteriores, y algo mínimo pasó por su cara — no respeto, no del todo, pero el registro de que esta sí sabía dónde estaba parada.

—Kairu —dijo Yoko sin volverse, sabiendo que él la respaldaría—. ¿Tú qué dices?

—Digo que no me gusta. —Kairu no le quitaba los ojos de encima al hombre—. No me gusta cómo habla, ni cómo apareció, ni que sepa cosas de él que él no sabe. —Negó despacio—. Cuando algo me da esta espina, casi siempre tengo razón.

—Casi —dijo el hombre.

—Casi —admitió Kairu, sin achicarse—. Pero es la que tengo.

Fue Asuru la que habló entonces, y habló bajo, desde donde seguía arrodillada junto a Raito con la mano en su pierna, la luz dorada latiéndole floja.

—¿Y si dice la verdad? —No lo dijo como reto. Lo preguntaba de verdad—. Miren dónde estamos. ¿Cuántas veces nos ha ofrecido alguien una salida?

—A veces —dijo Yoko—. Y a veces te vende. Yo no apuesto la vida a "a veces", Asuru. Tú tampoco deberías.

—Ya lo sé. —Asuru bajó la vista—. Pero alguien tiene que estar dispuesto a algo, o nos quedamos aquí discutiendo hasta que nos maten.

Y Raito los oía discutir sobre él. En su vida anterior era el que decidía, el que jalaba a Dekiro de la mano y elegía el camino.

Ahora era la cosa por la que discutían.

—Como quieran. —Y se dio media vuelta hacia la nave, cerrando la discusión por el método de dejar de participar en ella—. La nave se va con o sin ustedes. Pero decidan rápido. Y hay un problema con él.

—¿Qué problema? —dijo Kairu.

El hombre se detuvo. Señaló a Raito con la barbilla, o más bien señaló su pierna — el vendaje empapado, la carne viva debajo, la ausencia de media pierna.

—Que no puede correr. —Su voz no tenía lástima: tenía aritmética—. En cuanto suelten los amarres, el puerto sabrá que alguien roba esa nave. A partir de ahí es una carrera hasta la rampa. —Miró a Raito una última vez, sin malicia y por eso peor—. Y él no corre. O consiguen con qué moverlo, o se queda.

Y volvió a caminar hacia la bodega, dejándolos con el problema en las manos.

III

Lo que cuesta caminar

—Odio que tenga razón —murmuró Yoko.

—Ni siquiera nos ha dicho cómo se llama —dijo Kairu.

—Ni lo va a decir.

—¿Y vamos a subirnos a una nave robada con un tipo que no nos ha dicho cómo se llama?

—Nos vamos a subir a una nave robada porque los centinelas están a tres calles. —Yoko no le quitaba los ojos de encima a la boca de la bodega, donde el hombre había desaparecido—. Lo del tipo es otro problema, y lo tendremos mañana.

Asuru levantó la vista de la pierna de Raito.

—A mí no me ha parecido tan—

—A ti no te parece tan malo nadie —dijo Yoko.

Y no lo dijo con cariño.

—Yo consigo algo. —Kairu ya se estaba subiendo la capucha, mirando las luces enfermas que latían unas calles más allá—. Aquí venden de todo si sabes a quién preguntar. Piernas incluidas. Dame diez minutos.

—Kairu. —Yoko lo agarró del brazo—. Si te ven. Si alguien te marca.

—Nadie me marca. —Le soltó el brazo con esa suavidad rara suya—. Ese mercado es mi casa desde antes de conocerte a ti. Sé cuál te vende chatarra y cuál te vende bueno. —Se encogió de hombros—. Es lo único que sé hacer bien.

—Sabes hacer más cosas bien.

—Ninguna que sirva ahora mismo. —Miró a Raito, y lo dijo medio en broma, pero solo medio—. No lo vamos a dejar. ¿O sí?

Y se fue, tragado por la lluvia y las sombras, antes de que nadie discutiera.

—Yo puedo mirar el muelle —dijo Raito.

Yoko no se volvió.

—Tú no puedes ni ponerte de pie.

—Para mirar no hace falta estar de pie. —Se apoyó en el contenedor y se enderezó lo que pudo, con la cara blanca—. Tú vigilas la boca del muelle. Yo veo la fila de los cargueros. Son dos sitios y ustedes son cuatro para uno.

Hubo un silencio corto.

—Pues mira los cargueros —dijo Yoko.

Y no lo dijo concediendo. Lo dijo repartiendo.

Los diez minutos fueron largos. Asuru siguió con la mano en su pierna, cerrando lo que se podía cerrar. Yoko montó guardia contra los contenedores, los ojos barriendo el muelle.

Y Raito contó.

Los del muelle de enfrente, los apilados de tres en tres, y los cuatro sueltos que alguien había dejado torcidos. Diecinueve. Después contó los goterones que caían del alero, y perdió la cuenta, y volvió a empezar.

En la granja contaba. Contaba postes, contaba gallinas, contaba los pasos del pozo a la puerta —treinta y siete, siempre treinta y siete, aunque Dekiro juraba que eran treinta y seis porque hacía trampa con el último—.

Lo hacía desde crío, y sabía por qué, aunque nunca se lo había dicho a nadie porque le parecía una tontería.

Era por el porche.

Escucha, le decía el viejo. ¿Qué escucho? Si te digo qué, ya no lo escuchas tú. Y un niño de cinco años que no sabe qué le piden hace lo único que se le ocurre para no aburrirse: cuenta. Tablas del porche, grillos, goteras.

Y su abuelo lo dejaba, año tras año, sin corregirlo nunca.

Aquí no se estaba quieto nada. Contó igual.

Y los miraba y no sabía qué decirles. Gracias le parecía poco y falso a la vez.

Kairu volvió empapado, con un bulto largo envuelto en tela bajo el brazo y una sonrisa que no pegaba con la noche.

—Se puede conseguir —dijo, arrodillándose junto a Raito, desenvolviendo la cosa con el cuidado de quien trae un tesoro—. Cara. Carísima. Pero se puede.

Era una pierna. No como las de desguace que colgaban en los puestos, chatarra oxidada y correas: esta era lisa, oscura, con vetas finas de luz apagada por dentro como venas dormidas. Raito le pasó el pulgar por la juntura de la rodilla, como buscaba las junturas de todo desde que tenía manos.

—Está bien hecha —dijo.

Y le salió casi con gusto, porque era verdad: quienquiera que la hubiera hecho sabía lo que hacía, y a Raito eso siempre le había parecido lo más cerca que había visto de la bondad.

Kairu se la acercó al muñón, y antes de que la tocara siquiera, la cosa reaccionó — las vetas se encendieron, el borde superior se ablandó como cera viva, y se amoldó sola a lo que quedaba de la pierna de Raito, ciñéndose, buscando la forma, encajando.

Raito ahogó un sonido. No dolió. Fue más raro que el dolor: sintió la pierna. No la de metal — la pierna, como si algo le hubiera devuelto los nervios que no tenía. Movió el pie que no existía, y el pie de la cosa se movió.

—Responde a ti —dijo Kairu, con un asombro casi infantil—. El del puesto dijo que se acostumbra. Que aprende cómo te mueves. —Se rascó la nuca—. No entendí ni la mitad. Pero camina, que es lo que hace falta.

—¿De dónde sacas una cosa así? —Raito no podía dejar de mirarla—. En diez minutos. En mitad de la noche.

—No preguntes.

—Es que no hay ningún sitio donde —

—Campesino. —Kairu le puso una mano en el hombro, sin una broma en la cara—. Aquí hay dos clases de cosas: las que puedes preguntar de dónde vienen y las que te sirven. —Volvió a ajustar una correa que no hacía falta ajustar—. Esta te sirve. Déjalo ahí.

Y después, más bajo, sin levantar la vista de la correa:

—Una cosa. Esto no se compra a esta hora ni con dinero. —Apretó la hebilla—. Cuando alguien te pregunte de dónde la sacaste, y te lo van a preguntar, no digas mi nombre.

Raito abrió la boca. Kairu ya se había levantado.

Raito se apoyó en la pila de cajas y se levantó. El pie nuevo encontró el suelo mojado, aguantó su peso, respondió cuando le pidió el paso. Estaba de pie por sí solo.

Miró a Kairu. Y todo lo que sentía —el alivio, la extrañeza, la deuda enorme y sin fondo— se le atascó en la garganta y salió pequeño.

—No sé cómo pagarte esto.

Kairu se encogió de hombros, recogiendo la tela mojada, quitándole importancia con todo el cuerpo.

—No me pagas nada. —Se levantó y le dio una palmada torpe en el hombro—. Con que seas nuestro pase para entrar en Ashita, ya está pagado. —Sonrió—. Sales caro, campesino.

—Quiero una cosa.

Kairu se paró a medio levantarse.

—Ah, ¿ahora pides tú?

—Un trozo de madera.

Hubo un silencio raro. Asuru levantó la cabeza. Yoko, desde su puesto, volvió media cara.

—¿Un qué?

—Madera. Un palo, una tabla, lo que sea. Del tamaño de la mano. —Raito se encogió de hombros, incómodo—. Si ves una por ahí.

—Campesino, ya te lo dije: aquí no hay.

—Ya. Pero si ves una.

Kairu se quedó un momento con la boca medio abierta, como el que va a decir una broma y se da cuenta a tiempo de que no toca.

Y después miró la mano de Raito. La derecha, la que no estaba sujetando nada: la tenía abierta encima de la rodilla, con los dedos moviéndosele solos, midiendo un ancho que no existía.

—Bueno —dijo—. Si veo una.

Raito no encontró qué contestar. Pero estaba de pie, con la mano grande de Kairu en el hombro y la pierna nueva respondiendo bajo su peso, y por un segundo sintió algo que no sentía desde la granja.

Duró un segundo.

—Muévanse —dijo Yoko desde su puesto, tensa—. Ahora. Antes de que cambie de idea sobre todo esto.

IV

La subida

Subieron hacia el carguero pegados a las sombras.

Raito, caminando por sí mismo, vio el puerto de cerca, y de cerca era más grande y más muerto. Los cargueros colgaban del cielo negro amarrados por cadenas, docenas, subiendo y bajando con un crujido de metal cansado. Allá arriba se movían figuras diminutas con faroles que no bajaban la vista. Cada quien con su miseria.

Cuatro grilletes gruesos como muslos trababan la nave al muelle. Y cuando Raito entendió para qué servían se le puso el estómago raro: no la sujetaban para que no se cayera. La sujetaban para que no se fuera hacia arriba, igual que se ata una vaca que quiere volver al prado. En cuanto cediera el primero, el puerto sabría.

—Empiezo por este —dijo Kairu, agachándose sobre el más cercano.

—No.

Se volvieron los tres.

Raito estaba apoyado en un contenedor, con el peso en la pierna buena, mirando hacia arriba. Llevaba media hora contando cosas porque no podía hacer otra cosa, y había contado los cuatro anclajes, y había contado algo más.

—Ese no —dijo—. Ese es el que más tira.

—¿Y tú cómo sabes cuál tira más?

—Porque la cadena está más recta. —Señaló con la barbilla, y después fue señalando las otras tres—. Esa cuelga. Esa también. Y esa un poco. Solo hay una que está tiesa, y es esa, y esa es la que está aguantando a la bestia.

Yoko levantó la cara hacia las cadenas.

Y se quedó mirándolas más rato del que Raito esperaba.

—Sigue —dijo.

—Si sueltas primero el que tira, los otros tres se llevan el tirón de golpe. —Le costó decirlo entero: hablar tanto seguido delante de gente le costaba más que la pierna—. Y revienta el que le toque, y la nave se va de morro. En mi casa había una cerca tensada con alambre. Se suelta al revés: primero los flojos, y el tenso para el final. Así al último ya no le queda nada que aguantar.

Silencio.

—¿Y si te equivocas? —dijo Yoko.

—Pues nos caemos igual, pero yo tendré razón.

Kairu soltó una carcajada por la nariz y se la tragó a mitad.

Yoko no se rió. Miró las cuatro cadenas otra vez, contó los mismos ángulos que había contado él, y después señaló con dos dedos.

—Ese, ese, ese. Y el tieso al final.

—Eso he dicho.

—Ya sé lo que has dicho, Jikan. —Volvió a su puesto—. Lo he repetido para que se entere Kairu, que no te estaba escuchando.

—Sí lo estaba escuchando —dijo Kairu.

—No lo estabas escuchando.

Kairu se escupió las manos y se agachó sobre el grillete de la derecha, que era el que colgaba más flojo. Sus ojos brillaron —un fogonazo corto, la figura del círculo encendiéndose en el iris, el aire torciéndosele alrededor de los dedos— y el grillete, de pronto, pesó menos que el aire. Saltó de su encaje sin ruido.

Uno.

Se deslizó al segundo. Asuru esperaba junto a Raito, una mano en su brazo, el pulso golpeándole tan fuerte que Raito lo sentía por la manga. El segundo anclaje cedió.

Dos.

Y la nave se movió. Un palmo, nada, pero se movió — el morro subiendo despacio, buscando el cielo, y todo el muelle crujió debajo de ellos como cruje un techo con demasiada nieve.

Y por un instante Raito se permitió creer que iba a salir bien.

V

Los que no llevan la marca

—No van a ninguna parte.

La voz llegó desde el costado del carguero.

Dos siluetas se separaron de la sombra de las grúas y avanzaron sin prisa, cortando la lluvia. Uniforme gris, de los que patrullan los arrabales sin gloria. Pero el aire cambió cuando aparecieron, y Raito supo que el uniforme mentía.

El primero —un hombre de cuello de toro, ancho como una puerta— barrió al grupo con la mirada. Se detuvo en los cuatro pares de ojos, uno por uno. Buscaba algo y no lo encontró.

—Sin marca —dijo, casi con desgana—. Los cuatro. Fugitivos.

No hizo falta más. La ausencia de la X era la sentencia.

Y algo peor: sus ojos se posaron en Kairu, en la capucha todavía húmeda, y una sonrisa fea le cruzó la cara.

—Llevamos una hora peinando tu sector. Alguien encendió una luz que se sintió en media ciudad. —Ladeó la cabeza—. Y entonces te vimos salir del mercado. Uno que compra una pierna de guerra a mitad de la noche y vuelve corriendo a los muelles. —Escupió a un lado—. Nos trajiste tú solito, grandote.

Raito vio la cara de Kairu cambiar. Vio el golpe entrar — fui yo, los traje yo, por la pierna, por él — y vio a Kairu tragárselo y plantarse igual, los puños apretados, porque no había tiempo para la culpa.

La mujer que venía al lado del de cuello de toro no había dicho una palabra. Rostro afilado, ojos quietos, las manos quietas también, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Reviéntalos y vámonos —gruñó él.

—No.

—Vera.

—Reventar es de perezosos. —Lo dijo sin levantar la voz y sin mirarlo, con el fastidio de un artesano al que le apuran—. Tú aplastas. Cualquiera aplasta. —Y por fin fijó la mirada en el muelle—. Cesión de forma.

Lo dijo entero, sin prisa, como quien anuncia el nombre de un plato que le sale bien.

Y el metal despertó.

No se rompió. Se retorció. Una plancha de blindaje se arrancó de un contenedor con un chasquido húmedo y salió volando hacia ellos, doblándose en el aire como una hoja al rojo, el filo por delante.

—¡Atrás! —Asuru se plantó delante de Raito y abrió los ojos de par en par.

El aire frente a ellos se espesó en una lámina temblorosa contra la que la plancha reventó en chispas. Detrás llegó otra, y otra: vigas, tuercas, chatarra de medio muelle. Y Raito le vio el oro a Asuru subiéndole por los antebrazos con cada golpe, como sube el agua por un trapo. No detenía el metal con las manos: lo detenía consigo misma.

La lámina aguantó. Hasta que no aguantó.

Se agrietó con un sonido de vidrio — y Raito vio la grieta antes que ella, porque ella estaba mirando el metal que venía y él estaba mirando la lámina.

—¡ASURU!

Le salió sin decidirlo, un grito de granja, de los que se dan cuando una viga cede y no hay tiempo de explicar por qué. Asuru volvió media cara hacia él, y el hombro se le vino con la cara.

Y por la grieta pasó una esquirla larga como un cuchillo.

Le entró en el hombro.

Ella gritó —corto, roto— y la barrera entera estalló en destellos y se apagó. Cayó de rodillas, la mano apretada contra la herida, la sangre abriéndose oscura entre los dedos y la lluvia.

Vio el hombro, la sangre, y lo único que le llegó fue la cuenta de siempre: que otra vez, delante de él, alguien se había roto por estar ahí.

Y algo en Raito se movió antes que el pensamiento.

Asuru. Se lanzó hacia ella — un paso, la pierna nueva respondiendo, el cuerpo entero yendo a ponerse delante, a taparla, a hacer algo —

y ahí lo alcanzó.

No un golpe. El recuerdo. Él lanzándose exactamente así, con este mismo impulso ciego, y el puño parado con dos dedos, y Dekiro copiándolo.

El cuerpo se le detuvo en seco a mitad del paso. No fue una decisión: fue lo contrario. La carne se acordaba.

Muévete. Otra vez no. Muévete.

Y por debajo del pánico, en el fondo del pecho, lo oyó.

Tic.

A unos metros, Yoko tomó la otra decisión. Sus ojos destellaron, su silueta se deshizo en un borrón y se escurrió entre las cajas hacia las pasarelas sin mirar atrás. No era crueldad: era su ley. El que se queda congelado, se queda.

La mujer no había parado. Otra plancha se arrancó de un contenedor, se dobló en el aire buscando filo, y no fue hacia Raito ni hacia Asuru.

Fue hacia Kairu, que seguía agachado sobre el tercer grillete, de espaldas, sordo por el ruido del metal.

Raito lo vio.

Y lo vio con más tiempo del que había. Le dio para pensar tres cosas seguidas: no me oye, está de espaldas, no llego. La plancha venía despacio y nadie más se movía.

Y el cuerpo, que se había negado, dejó de negarse.

No lo decidió. Se le encendieron los ojos.

Fue medio segundo. El aire se le puso dorado y el muelle entero se volvió de miel: la lluvia clavada, la plancha suspendida a media vuelta, la espalda de Kairu quieta como una pared. Y Raito cruzó los cuatro pasos.

Llegó. Puso las dos manos en aquella espalda enorme y empujó.

Lo que no llegó fue la pierna.

El resto de él iba a una velocidad y la de metal a la suya, obediente y a destiempo, y en el último paso se quedó atrás. Raito sintió el tirón donde la pierna se le agarraba a la carne, y sintió que la carne cedía primero.

Cayeron los dos. La plancha pasó por encima y reventó contra un contenedor.

Raito quedó boca abajo en el metal mojado, con el muñón ardiéndole y la sangre saliéndole por debajo del borde de la prótesis. Se llevó la mano a la cara y la mano salió con sangre de la nariz.

Medio segundo. Le había costado medio segundo.

—Ese también —dijo el de cuello de toro, sin ninguna prisa.

Y clavó la mirada en los tres bultos caídos, y no hizo nada especial. No le hizo falta.

El suelo tiró de ellos como si el planeta se les hubiera colgado de los hombros. A Raito se le doblaron las costillas bajo su propio cuerpo y el aire se le fue. A su lado, Asuru quedó prensada contra el metal, sin fuerzas ya para gritar.

Kairu, que acababa de entender por qué estaba en el suelo y no partido en dos, rugió.

Y Raito, aplastado contra el metal a cuatro pasos, lo vio venir entero: que Kairu iba a empujar. Contra un hombre que llevaba media vida trabajando con el peso de las cosas.

Que era exactamente lo que no había que hacer.

Lo sabía porque lo había hecho mil veces, en un trozo de tierra apisonada detrás de una casa que ya no existía, lanzándose entero contra su hermano con la vara por delante y todo su peso detrás.

Y su hermano lo había tirado de espaldas mil veces por eso.

—Kairu. —No le salió voz. Tragó y lo intentó otra vez, y lo que le salió fue un ronquido—. Kairu, no empujes.

Kairu no lo oyó, o lo oyó y no significó nada, porque quien lo decía era el cojo que llevaba media hora tirado en el suelo.

—Que no empujes, que eso es lo suyo—

Sus ojos brillaron y giró hacia el de cuello de toro con los dientes apretados. Esta vez el aire torcido le trepó hasta los codos, y todo lo que quedaba detrás de sus brazos se veía combado como a través de un vidrio malo. El peso sobre Raito aflojó un dedo.

Un dedo. No más.

Porque el otro llevaba camino andado y Kairu no. Ni cambió de cara: apretó despacio, y la fuerza de Kairu cedió. Cayó de rodillas junto a los otros, las venas del cuello marcadas. Era su mismo poder, en manos con años que las suyas no tenían.

—Miren eso. —El de cuello de toro no se burlaba; hacía inventario, el aburrimiento de quien cuenta cabezas—. Ojos despiertos los cuatro, y ni uno sabe usarlos. Cachorros.

La mujer no dijo nada. A su espalda, las vigas de la rampa de abordaje —la única salida— empezaron a doblarse como cera caliente al ritmo de sus ojos, los remaches saltando uno tras otro, la boca de la nave cerrándose sobre sí misma.

Aplastados los tres contra el suelo, uno sangrando, otro vaciado, el tercero congelado, no quedaba nada que hacer.

Y entonces Raito, con la mejilla pegada a la chapa mojada y las costillas doblándosele bajo su propio peso, vio una cosa.

De lo que hacía la mujer no entendió nada. No sabía qué era, ni cómo lo hacía, ni por qué el metal le obedecía.

Pero llevaba toda la vida amontonando cosas. Leña, sacos, la piedra que sacaban de la ladera. Y a los once años se le había venido encima un montón de leña mal hecho y estuvo tres días sin poder levantar el brazo derecho.

Y lo que estaba pasando ahí era eso.

Todo lo que ella arrancaba iba al mismo lado. Se estaba juntando contra el borde de la plataforma, palmo a palmo, cargando hacia fuera, torcido. Un montón mal hecho. Y debajo de un montón así no se levanta nadie.

—El montón —dijo.

Le salió un hilo de voz y se le perdió en el ruido del metal.

—Sáquense de debajo del montón.

Otra vez no lo oyó nadie.

VI

Hodoki

Y el frío llegó.

La lluvia pareció frenarse en el aire. Una densidad insoportable bajó sobre el muelle y apretó los pulmones de todos a la vez, incluso los de los dos de gris, que se detuvieron a media zancada. Desde la boca oscura de la bodega, sin prisa, bajó una figura.

El hombre partido en blanco y negro.

No corrió. No hubo heroísmo en cómo se movió. Bajó por la rampa a medio retorcer con la misma indiferencia militar con que había caminado toda la noche, como si aquello no fuera un rescate sino un trámite que le tocaba cerrar.

Los dos centinelas lo vieron llegar, y el terror que les abrió los ojos fue real. El de quien reconoce algo muy por encima de sí mismo.

Y antes de mirar a los centinelas, Samui miró a los cuatro que estaban en el suelo.

Los miró de verdad, uno por uno, por primera vez desde que había salido de la oscuridad, y lo hizo con la cara de un hombre que hace una cuenta y ve que le sale cara.

—Ustedes cuatro —dijo.

Aplastado contra el metal, con las costillas doblándosele y sin aire, Raito volvió la cabeza como pudo.

—Los saco de aquí. —La voz llegaba plana por encima del peso—. Y después suben a esa nave y hacen lo que yo diga. Sin preguntar y sin discutir, hasta que los deje donde tengo que dejarlos. —Una pausa exacta—. Ese es el precio y no hay otro. Decidan ahora, que me están mirando dos.

—Vete al carajo —dijo Yoko desde el suelo, con la mejilla contra la chapa.

—Como quieran.

Y dio media vuelta.

—Sí.

Se hizo un silencio muy corto y muy feo.

Lo había dicho Raito, y lo había dicho fuerte, con el poco aire que le quedaba, y en el momento en que lo dijo supo que acababa de comprometer a tres personas que no le habían dado permiso.

—Sí —repitió—. Lo que digas. Sácanos.

—Jikan, cállate—

—Que sí.

Samui se detuvo.

No dijo nada. Ni bien, ni buen chico, ni nada que sirviera para que Raito supiera si había hecho lo correcto.

Simplemente se volvió otra vez hacia el muelle, y miró.

Fue un instante. Un barrido de los ojos disparejos por las grúas, los cargueros, las pilas de contenedores y el borde de la plataforma, igual que se cuentan las salidas de una habitación antes de saludar. A Raito el gesto le pareció fuera de lugar: un hombre mirando el paisaje mientras dos enemigos se preparaban para matarlo.

No entendió que la pelea acababa de terminar ahí. En esa mirada. Antes del primer golpe.

La mujer reaccionó con lo único que sabía: todo el metal suelto del muelle se arrancó de cuajo y voló hacia él, filos por todas partes.

Samui no paró de caminar.

Y el metal no lo tocó. En el último palmo cada esquirla trazó una curva imposible, como si delante de aquel hombre las cosas ya no pudieran viajar rectas. Casi todas: una le abrió un tajo en la mejilla y otra le rasgó la manga, y no pareció notar ninguna. Cruzó la tormenta entera sin apurar el paso.

Pero no la deshizo. Samui no apagó la tormenta de Vera: la dejó pasar. Todo ese acero se torció alrededor de él y fue a amontonarse justo detrás de los dos centinelas, sin que nadie lo notara, porque todos miraban al hombre que caminaba entre los cuchillos.

Vera había desarmado medio muelle para atacarlo. Y Samui había dejado que todo ese metal se apilara exactamente donde él quería.

Ella no destruía nada. Nunca destruía nada — lo doblaba, lo conservaba, lo volvía a usar. Era su oficio y era su orgullo. Y esa noche fue lo que la mató.

Entonces posó los ojos disparejos sobre los dos, y se le encendieron las manos.

De dos colores distintos, uno en cada una, que no llegaban a mezclarse por ninguna parte.

La izquierda, de un blanco azulado, frío, del color que tiene el hielo por dentro cuando le da la luz de lado.

La derecha, de un rojo oscuro, casi granate, espeso, como se ve una brasa a través de un dedo.

El peso que aplastaba a Raito desapareció.

Y los dos centinelas dejaron de tocar el suelo. No los levantó nadie; simplemente quedaron ahí, a un palmo del filo, sujetos por un aire que se había cerrado alrededor de ellos. El de cuello de toro forcejeó. La mujer no. La mujer ya había entendido.

Y detrás de ellos, sin nadie que la sostuviera, la montaña de metal se desplomó sobre el borde con un estruendo de acero y se llevó por delante el último tramo de suelo firme. Donde antes había plataforma, ahora había abismo.

La mujer creyó que atacaba, y desde el primer segundo había estado levantando su propia trampa. Samui no la venció: la dejó vencerse a sí misma.

No había peleado. Había leído la pelea entera antes de que empezara, y después esperó.

Raito tomó aire, el pecho ardiéndole, y creyó que había terminado.

No había terminado.

Samui dejó de mirarlos.

Se acercó a Raito y se puso en cuclillas delante de él, y lo que miró no fue su cara: fue la pierna. Se quedó ahí un momento, con los codos en las rodillas, como quien calcula cuánto camino le queda a un carro con una rueda rota.

Detrás de él, a un palmo del filo, dos personas colgaban del aire.

Samui habló sin volverse.

—¿Cuánto llevan alistados?

El de cuello de toro no contestó. La mujer sí, al cabo de un momento, con la voz rara del que habla sin tener los pies apoyados en nada.

—Nueve meses.

—Nueve meses. —Samui seguía mirándole la pierna a Raito—. Entonces todavía se puede. El que lleva nueve meses no ha hecho nada que no se pueda dejar atrás. Bajen al sur. Cámbiense el nombre. Busquen trabajo en un puerto donde no pregunten.

La lluvia caía sobre la chapa y no se oía otra cosa.

—Lo digo en serio —dijo Samui—. Digan que sí y los suelto. Yo no los sigo.

Y fue la mujer la que contestó, y no le tembló la voz.

—Somos de Hikage.

Samui cerró los ojos un momento.

—Ya lo sé —dijo—. Les he preguntado otra cosa.

—Y yo te he contestado.

Raito, desde el suelo, no entendió lo que acababa de ver. Vio a un hombre ofrecer una salida y vio a dos personas no agarrarla, y aquel nombre —Hikage— dicho como se dice una cosa que pesa más que uno mismo.

Y Samui bajó los hombros. Fue mínimo. Fue de cansancio.

—Ya. —Y por primera vez en toda la noche sonó a persona—. Pues entonces no los puedo soltar.

Juntó las manos sin mirárselas. Y entre las dos palmas, donde el blanco y el rojo se tocaron, nació un tercero que no era ninguno de los dos y que Raito no había visto nunca — ni en un ojo, ni en un fuego, ni en el cielo de este mundo ni en el del suyo.

Y tardó mucho tiempo en encontrarle la palabra, y cuando se la encontró seguía sin servirle, porque la palabra era esta: que aquello no tenía color. Que no era claro ni oscuro. Que era una cosa a la que el color se le había caído, y que le quitaba el color a lo que tocaba.

—Hodoki —dijo.

No levantó la voz. No se volvió. Lo dijo mirándole la pierna a Raito, del modo en que se dice una cosa que hay que decir para que quede hecha.

Raito no lo vio. Vio la cara de Kairu, que sí lo estaba viendo, y le bastó: el color yéndosele de golpe, la boca abriéndosele sin ruido. Y en el suelo mojado, delante de él, vio pasar unas sombras. Cosas cayendo. Ninguna del tamaño de una persona.

Después el muelle se quedó en silencio.

No hubo discurso, ni odio, ni desprecio.

Y Raito, que había querido creer que un mundo con barcos que volaban y ojos que ardían sería también distinto en lo hondo, entendió que no. Cambiaban los cielos y cambiaban los poderes. Lo otro no cambiaba.

Samui no miró abajo ni una vez. Se volvió hacia el grupo, y sus ojos se detuvieron un instante en Kairu —de rodillas todavía, temblando, con las venas del cuello marcándose y la vergüenza de haberlos delatado abriéndosele en la cara.

—Tienes fuerza —dijo Samui, plano, un diagnóstico y nada más—. Más que ella. —Un gesto mínimo de la barbilla hacia el borde vacío donde había estado Vera—. Pero peleas mirándote las manos. Ella también. —Una pausa exacta—. La próxima, mira dónde estás parado antes de mirar a quién tienes enfrente.

Kairu abrió la boca y no salió nada. Miró el muelle destrozado, el metal amontonado en el borde, y algo se le encendió en la cara. Bajó la vista.

—Antes de nada —dijo Yoko—. ¿Cómo te llamas?

El hombre tardó lo suyo. Se limpió una mano en el pantalón y miró la nave, no a ella.

—Samui.

—Samui —repitió Kairu, por lo bajo, probándolo, como se prueba una herramienta nueva para ver si pesa.

—Suban —dijo Samui, ya dándose la vuelta—. Ahora.

Y a mitad de vuelta se paró.

—¿Quién dijo lo del montón?

No contestó nadie enseguida.

—Él —dijo Kairu al fin, con la barbilla, sin mirar a ningún sitio—. El cojo.

Samui no dijo si estaba bien o estaba mal. Miró a Raito un segundo más de lo que hacía falta, y después echó a andar.

Y a Raito, tirado en la chapa mojada con el muñón sangrando, aquel segundo de más le calentó más que la mano de Asuru.

Y al darse la vuelta, por un instante que solo Raito pilló, Samui apoyó dos dedos en el costado de una grúa. No fue descanso: fue necesitar un punto fijo. Tenía la otra mano abierta a la altura del muslo, y le temblaba, y la cerró en cuanto se dio cuenta de que existía.

Y lo raro fue cuándo. No mientras deshacía a dos personas: eso lo había hecho sin más gesto que decir una palabra. Le tembló después, agachado, mirando a un muchacho tirado con una pierna rota por haber intentado llegar a tiempo.

Raito no tenía manera de saber qué le había pasado por dentro a ese hombre en ese segundo, ni por qué. Solo vio la mano cerrarse.

Raito lo archivó sin saber por qué. A él también le cuesta. Ni qué, ni cuánto. Pero ya no le pareció una pared sin fisura, sino una puerta muy bien cerrada — y las puertas, aunque estén cerradas, tienen algo detrás.

VII

El despegue

Los dos anclajes que quedaban se rompieron solos bajo la tensión. La nave se sacudió, se soltó de la tierra y se elevó de golpe, tragada por la tormenta, dejando abajo las luces parpadeantes de los arrabales, que se hicieron pequeñas, y más pequeñas, hasta perderse en el mundo del que acababan de escapar.

La bodega quedó a oscuras. Solo el parpadeo de los tableros arrancaba destellos a los rostros.

Raito se dejó caer contra la pared de metal. Se miró las manos y las vio temblar, y no podía pararlas. Cada vez que cerraba los ojos veía las dos siluetas cayendo hacia la nada. Y peor: sus propios pies clavados en el suelo mientras Asuru sangraba a dos pasos. Pude moverme y no me moví.

A su lado, Asuru se había resbalado hasta el suelo con la mano en el hombro. Respiraba, y encontró fuerzas para volver la cara y comprobar con los ojos que él seguía entero. Se había quemado por él otra vez.

—Lo siento —dijo Raito. Le salió ronco—. Cuando caíste. Yo quise… no pude. Me quedé. No sé qué me pasó, yo quería moverme y no…

—Shh. —Asuru negó con la cabeza, apenas—. Está bien.

—No está bien. Te hirieron y yo me quedé mirando.

—Raito. —Lo miró, y en su cara cansada había algo peor que reproche, porque era amable—. La primera vez que ves algo así, el cuerpo hace lo que quiere. A todos nos pasó.

Raito no contestó. No le dijo que no era la primera vez, ni que la última vez que su cuerpo hizo lo que quiso su hermano murió por imitarlo.

Kairu volvió del fondo de la bodega con una caja oxidada bajo el brazo —vendas viejas, un frasco a medias, lo que un carguero de mala muerte entiende por botiquín— y se arrodilló junto a Asuru con la torpeza de siempre.

—Déjame ver.

—Sé hacerlo sola.

—Sangrando por un hombro, no. —Le apartó la mano con una suavidad que no pegaba con su tamaño y empezó a vendar, mal, con nudos de estibador—. Tú cierras a los demás. A ti te cierro yo.

Asuru soltó una risa sin fuerzas y se dejó. La luz de sus ojos parpadeó apenas sobre la herida —lo último que le quedaba esa noche— y el sangrado aflojó lo justo.

Kairu terminó el nudo y se quedó ahí, arrodillado, mirando el vendaje sin verlo.

—Los mató —dijo. Bajo, como si no quisiera que el fondo de la bodega lo oyera—. Dijo una palabra y ya no estaban. Ni siquiera se volvió a mirar.

Asuru no contestó. Bajó los ojos a su propio hombro y los dejó ahí.

—¿Y qué querías? —Yoko no levantó la voz—. ¿Que los dejara vivos para tener veinte encima en una hora? —Se encogió de hombros, y el gesto le salió más rígido de lo que ella habría querido—. Eran ellos o nosotros.

Nadie le contestó. Kairu abrió la boca y la volvió a cerrar.

Y Raito tampoco dijo nada. Esa misma noche, del otro lado del mundo, también había visto morir — solo que allá el que mataba era un monstruo y aquí era el que los había salvado.

Yoko se sentó sobre un cajón, desde donde podía verlos a todos y sobre todo a él, al hombre quieto entre los tableros del fondo. No descansaba: montaba guardia. Una hora antes lo habían retado; ahora ninguno le levantaba la voz.

Kairu se sentó a su lado con la espalda contra el mismo cajón. Tardó en decirlo.

—Me empujaste.

—Ya.

—No me oí venir eso. —Se miró las manos grandes, abriéndolas y cerrándolas—. Ni lo oí ni lo vi. Iba a partirme en dos y no me enteré. —Se pasó la mano por la boca—. Oye, yo no sé cómo se dice esto aquí, pero —

—Me venías cargando —dijo Raito—. Media ciudad. Estamos a mano.

—Eso no es lo mismo y tú lo sabes.

—Sí lo es.

—Que no. —Kairu bajó la voz—. Yo te cargué porque no pesas nada.

Raito se miró la pierna. La de metal. La que un hombre había reconocido en voz alta en mitad del muelle y por la que habían estado a punto de morir todos.

—¿Con qué la pagaste? —dijo.

Kairu no contestó.

—Ya —dijo Raito—. Pues por eso.

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo. —Se acomodó contra el cajón—. Tú fuiste de noche a un sitio al que no había que ir y volviste con una pierna para un tipo al que habías conocido esa tarde. Yo he cruzado cuatro pasos. —Se le escapó una mueca—. Y encima con la pierna que me trajiste tú. Ni siquiera he corrido yo.

Kairu se quedó con la boca abierta un segundo. Después soltó una risa corta, por la nariz, y no dijo nada más, y no hizo falta.

Yoko sí.

Llevaba un rato de pie contra el mamparo, sin sentarse, mirando la ciudad irse por la ventanilla, y cuando habló no levantó la voz.

—Dijiste que sí por los cuatro.

Raito tardó en contestar.

—Sí.

—No te tocaba.

—Ya lo sé.

—No. —Ahora sí se volvió—. No lo sabes, porque si lo supieras no lo habrías hecho. —Se acercó dos pasos—. Llevo nueve años decidiendo por estos dos. Tú llevas un día en este mundo, Jikan. Un día. Y acabas de vendernos a un tipo del que no sabemos ni el nombre.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Que sí, que lo hice. —Le salió más duro de lo que esperaba y no lo suavizó—. Y si te quieres bajar, bájate. —Se apoyó en el cajón para enderezarse, y le costó, y lo hizo igual—. Pero a Asuru le salía sangre por el hombro y a Kairu se le habían acabado los brazos. Si él no baja, ahí se queda alguno. No sé cuál. Por eso dije que sí.

En la bodega no se oyó nada más que los motores.

Kairu miraba el suelo con mucha atención.

—Eso no te hace tener razón —dijo Yoko al fin.

—No.

—Que quede claro.

—Queda claro.

Y Yoko volvió al mamparo, y se quedó ahí, y no le habló en dos horas.

Pero cuando se sentó, se sentó de este lado.

Rotos, sangrando, huyendo en un barco robado, aquellos tres seguían funcionando como una sola cosa. Se cubrían sin pedirlo.

Él había tenido eso una vez. Un porche, dos hermanos, un viejo. Y ahora lo miraba desde afuera.

Desde el fondo, sin volverse, con las manos sobre los controles y la ciudad quedando atrás en la ventanilla, Samui habló.

—Que quede claro —dijo—. No los llevo a ustedes. —Una pausa, el zumbido de los motores llenándola—. Lo llevo a él. En Ashita lo esperan.

Yoko soltó el aire por la nariz, una media risa sin gracia. No con el filo del muelle — con cansancio.

—Eso ya lo dijiste. —Cruzó los brazos, y la voz ya no traía el desafío de antes—. Lo que no dices es quién lo espera. Ni por qué. Acabas de deshacer a dos personas por nosotros y ni sé tu nombre. Voy contigo, que no me queda de otra. Pero no me pidas que me fíe.

Samui no contestó. Y ese silencio —Raito empezaba a entenderlo— era la única respuesta que ese hombre daba a las preguntas que no pensaba responder.

Raito se levantó. Le costó —el muñón le latía y la pierna nueva le pesaba como si fuera de otro—, pero se levantó y cruzó la bodega hasta quedarse detrás de él.

—Había un hombre —dijo—. En mi casa. La noche que caí.

Samui no se volvió.

—Se movía sin correr. Me paró el puño con dos dedos. —Se tocó la sien, junto al ojo—. Y tenía lo mismo que yo. Triángulos. Pero no uno. Tres, metidos uno dentro de otro.

Las manos de Samui se detuvieron sobre los controles.

Fue un instante. Después siguieron.

—¿Te miró? —dijo.

Raito no esperaba esa pregunta. No qué te hizo, ni cómo saliste vivo. Si lo miró.

—Sí.

—¿Y?

—Y se dio la vuelta.

El zumbido de los motores llenó la bodega un rato largo.

—Ese hombre es el dueño de este mundo —dijo Samui—. Lo era antes de que tú nacieras. Lleva mil años siéndolo.

Raito abrió la boca y no le salió nada. Dueño. Dueño era Taiyo de las cabras. Un mundo no era de nadie.

Y lo otro tampoco le entraba, aunque por un motivo distinto.

VIII

Lo que llevan

—Mil años —repitió—. ¿Cuántos años tiene ese hombre?

Samui giró la cabeza lo justo para verlo por el rabillo del ojo. Y a Raito le pareció, por un segundo, que aquel hombre pensaba en callarse.

—Los que tenía esa noche —dijo—. Ese hombre no ha envejecido un día desde entonces.

Raito lo oyó entero y no entendió ni una palabra.

—Él ha estado aquí todo el rato —dijo Samui—. Tú no. Tú caíste esa noche y llegaste mucho después. —Volvió a los controles—. Tu granja no está quemada: no está en ninguna parte. Ni el pueblo al que no bajaste, ni el monte, ni el río. Debajo de esta ciudad hay tierra que fue tuya, y encima hay tanto metal que ya nadie sabe que estuvo ahí.

Raito se quedó de pie en mitad de la bodega, con una mano en el cajón para no caerse.

Llevaba calculando desde que abrió los ojos en el asfalto, sin darse cuenta: cuánto tardaría en volver, qué camino tomaría, qué encontraría. Un chico de granja cuenta los días de ida y los de vuelta.

No había vuelta. Todo lo que él conocía llevaba mil años debajo de una ciudad que no sabía su nombre.

Y con la tierra se le fue lo otro, que tardó un segundo más en llegar y llegó peor.

A Itsumo lo había dejado vivo. Con el brazo roto y la voz partida, pero vivo, y eso era lo único que se había estado guardando sin saber que se lo guardaba, en un sitio de dentro donde uno mete las cosas que no se atreve a mirar de frente.

Mil años.

Ya daba igual si aquella noche se había levantado o no.

Se los enterró él mismo, ahí de pie, agarrado a un cajón: al viejo, al enano y al otro. A los tres a la vez, que era la única manera que le quedaba de hacerlo.

Y cuando terminó, la pena seguía donde estaba. Pero encima de la pena se le había puesto otra cosa, más seca y más fácil de llevar.

Alguien me trajo hasta aquí.

Y si hubo una manera de venir, tiene que haberla de volver.

—¿Y por qué no me mató? —dijo, cuando pudo.

Samui tardó lo justo. Después le dio lo único que le habían mandado darle.

—Porque no valías la pena.

Le entró despacio, como entra el agua fría en una bota rota.

Y por debajo, empujando, había otra cosa. No es la misma Ashita, había dicho aquel hombre. Es la original. Raito no sabía qué quería decir y no se atrevía a preguntarlo, pero se le había quedado agarrado en un sitio donde significaba una cosa muy simple y muy tonta: que en alguna parte seguía habiendo un río.

—¿Y no puedo hacer nada?

Era la primera vez desde que cayó del cielo que preguntaba por lo que venía y no por lo que había perdido, y no se dio cuenta. Samui sí.

—Tú solo, no —dijo—. Nadie solo.

—No te pregunté si podía. —Le salió sin levantar la voz, y le salió más tranquilo de lo que estaba por dentro—. Voy a ir por él. Eso ya está. Lo que te pregunto es cómo.

Detrás, en la bodega, alguien dejó de moverse. Raito no supo cuál de los tres.

—Entonces hay gente. —Las manos sobre los controles, la ciudad quedando atrás—. Hace mucho que lo intentan. Han perdido todas las veces y siguen ahí. —Una pausa—. Están en Ashita.

Raito se quedó un momento con eso.

—¿Y ellos qué saben de mí?

Samui tardó en contestar, y cuando lo hizo no fue lo que Raito esperaba.

—En Ashita hay alguien que sabe cosas que no debería saber —dijo—. No mucha gente. Una persona. —Una pausa exacta—. Y llevaba mucho tiempo diciendo el día.

Raito notó el frío subirle por los brazos.

—¿El día de qué?

—El día.

Y no dijo más, y Raito entendió que aquel silencio no era de los que se rompen insistiendo, sino de los que tapan una cosa que al que calla también le da miedo.

Raito volvió a la ventanilla. Abajo, muy abajo, la ciudad se deshacía en la niebla, con su cúpula de luz y su gente seca y sus ojos tachados. Y debajo de todo aquello, en algún sitio, una tierra que había sido suya.

Adelante, en la negrura sin estrellas, no había nada todavía. Solo un nombre que era el de su casa muerta y el de un sitio que no conocía, los dos a la vez.

No sabía quién lo esperaba. No sabía si quería que lo esperaran.

Pero por primera vez desde que cayó del cielo, había un lugar hacia el que ir.

Cerró los ojos. La nave zumbaba bajo él, subiendo, alejándose de todo.

Y se durmió, por primera vez desde que se cayó de su casa, sin miedo.

IX

El informe

En el muelle nueve, dos horas después, alguien acordonó la zona.

La cinta no era cinta. Era una línea de luz naranja tendida entre postes portátiles, que zumbaba bajito y apagaba la lluvia allí donde la lluvia la cruzaba. Dentro del rectángulo había dos bultos tapados con lona, un muelle reventado, y una montaña de acero doblado en el borde de la plataforma que nadie sabía cómo había llegado ahí.

Fuera del rectángulo había siete personas trabajando, y ninguna tenía prisa.

Una mujer joven con una carpeta rígida iba de un lado a otro anotando. Llevaba el uniforme gris mal abrochado en el cuello y la cara de quien lleva doce horas de turno y le quedan cuatro.

—Sector.

—Nueve —dijo un hombre agachado junto a la lona—. Muelle nueve, borde este.

—Bajas.

—Dos.

—¿Causa?

El hombre levantó la lona un palmo. Estuvo mirando un rato.

—No sé.

Ella dejó de escribir.

—¿Cómo que no sabes?

—Que no tienen nada. —Volvió a bajar la lona—. Ni golpes, ni quemaduras, ni cortes. Nada. Están enteros. —Se limpió las manos en el pantalón, aunque no se las había manchado—. Pon lo que quieras. Pon causa no determinada.

Ella escribió causa no determinada, y en la casilla de al lado escribió el número dos, y pasó de hoja.

—Portadores.

—Cuatro. Puede que cinco.

—¿Puede que cinco?

—Hubo una luz de más y no cuadra con ninguno de los cuatro.

Ella lo apuntó sin levantar la cabeza. Y entonces se paró.

Pasó dos páginas hacia atrás, hasta la lista. La lista era larga y estaba impresa en letra pequeña, en columnas, con un nombre y un número en cada renglón. Todos los ojos despiertos del sector, uno por uno, con nombre y con papeles, como llevaban cien años estando.

Buscó. Volvió a buscar. Contó los renglones con la punta del lápiz.

—Aquí no hay ninguno sin registrar —dijo.

—Ya.

—Aquí no hay ninguno sin registrar en once años.

El hombre se encogió de hombros y siguió a lo suyo. A él le pagaban por levantar lonas.

La mujer se quedó un momento mirando la lista, y después la carpeta, y después el rectángulo de luz naranja con sus dos bultos y su montaña de acero.

Alguien había encendido un ojo en su sector y ese ojo no existía.

No era que fuera fuerte. Ella no tenía forma de saber si era fuerte. Era que no estaba en el papel, y en once años de turnos todo lo que había pasado en aquel muelle había estado siempre en algún papel.

Cerró la carpeta contra el pecho.

—Esto no es nuestro —dijo.

Un compañero levantó la vista desde el otro lado de la cinta.

—¿Lo pasas a la comandancia?

—La comandancia no lo va a querer.

—¿Entonces?

Ella tardó, y cuando lo dijo lo dijo con fastidio, como se nombra el trabajo que le van a devolver a uno tres veces antes de que se lo acepten.

—Entonces sube.

—¿Hasta dónde?

—Hasta donde haga falta. —Se guardó el lápiz—. Hasta el señor Hikage, si hace falta.

El hombre que levantaba lonas se quedó quieto con la lona en la mano.

Después la bajó, con cuidado, como si de pronto importara hacerlo bien.

Nadie dijo nada más. La cinta de luz se apagó a las cuatro, se llevaron los bultos, y el muelle nueve se quedó vacío bajo la lluvia con su montaña de acero en el borde.

Y a mil metros de altura, en la bodega de un carguero robado que ya no se veía desde abajo, un muchacho de dieciocho años dormía por primera vez sin miedo, convencido de que lo peor de su vida ya había pasado.

Fin del Capítulo Tres