KODAI

古代
Capítulo Cinco
Shimai仕舞い«Se acabó»
desliza para leer
I

Cuéntame cómo era el pasado

—Vaya —dijo ella—. Así que tú eres el famoso Raito Jikan.

Raito no contestó.

En el pasillo entre los dos contenedores no había nadie más, y el ruido del puerto llegaba amortiguado, como desde otra habitación. La mujer no se movió. Tenía el hombro apoyado en el metal con una comodidad de años, y la mariposa se le abría y se le cerraba en el dedo, muy despacio, con un chasquido finísimo cada vez que las alas llegaban arriba.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Uy. —Ella levantó las cejas—. Empezamos mal, ¿no? Yo digo una cosa bonita y tú me interrogas.

—Es que no te conozco.

—Y yo a ti tampoco. Fíjate qué injusticia: yo me sé tu nombre y tú no te sabes el mío, y encima el ofendido eres tú.

Raito se quedó mirándola.

Era pequeña. Más pequeña que Asuru, más pequeña que él con mucho, metida dentro de una chaqueta que le venía tres tallas grande y que llevaba con la naturalidad de quien no ha pensado en su ropa en años. El pelo se lo había cortado alguien con prisa, o ella misma, o nadie. Y en el ojo izquierdo tenía una brasa fucsia, encendida, tranquila, que no era ninguna de las figuras que Raito había visto: no tenía esquinas ni lados. Se enroscaba.

—Randa —dijo ella—. Ya está, ya estamos presentados. ¿Ves qué fácil?

—Tú no me has dicho cómo sabes mi nombre.

—No.

Y se rió. Fue una carcajada corta y demasiado grande para el cuerpo que la soltaba, y a Raito le pasó una cosa rara: que no le molestó.

Desde que se cayó en aquel mundo, nadie se había reído de él. Lo habían cargado, curado, discutido, medido y salvado. Yoko lo trataba como a un problema, Asuru como a una herida, Kairu como a un huésped y Samui como a un encargo. Todos con cuidado, cada uno del suyo.

Esta mujer se estaba riendo en su cara como se ríe uno de un vecino.

Y por algún motivo que no habría sabido explicar, aquello le pareció lo más parecido a que lo trataran bien desde que cayó del cielo.

—A ver, la pierna. —Randa señaló con la barbilla, sin ninguna delicadeza—. Enséñamela.

—¿Qué?

—La pierna, campesino. Que la enseñes.

—No.

Randa levantó las dos cejas.

—Anda.

—Que no. —Raito se quedó donde estaba—. Hace media hora no sabía que existías. La gente que me ha mirado esa pierna hasta ahora me ha curado o me la ha puesto. Tú, ¿qué?

—Yo, curiosidad.

—Pues no.

Y ella se rió otra vez, y volvió a hacer eso raro de que no le molestara, y Raito se dio cuenta de que se le estaba subiendo el pantalón sin haber decidido subírselo. Lo dejó a media rodilla, porque una cosa era enseñarla y otra que se lo hubiera mandado ella.

—Rápido —dijo.

—Uy, qué carácter.

Randa se agachó, la miró de cerca, hizo un ruidito con la lengua y le dio dos golpecitos con el nudillo, como se golpea una pared para saber si está hueca.

—Buena pieza —dijo—. Cara. Robada, además, porque de estas no se venden. —Se levantó—. ¿Y te responde?

—Tarde.

—Claro que tarde. Es de guerra, y tú no eres de guerra. —Se limpió las manos en la chaqueta—. Bueno. Cuéntame cómo era el pasado.

—¿Qué?

—El pasado. De donde vienes. —Se apartó del contenedor y empezó a caminar, y no miró atrás para ver si la seguía—. Yo llevo toda la vida oyendo hablar de eso y nunca he conocido a nadie que estuviera. ¿Cómo era? ¿Olía bien? Dicen que olía bien.

Y Raito, que llevaba desde el principio contestando preguntas y sin hacer casi ninguna, oyó su propia voz decir:

—¿Quién te ha hablado de mí?

Randa siguió caminando dos pasos más. Después paró.

Cuando se volvió, seguía sonriendo, pero algo en la sonrisa se le había puesto de otra manera, como una puerta que sigue abierta y ya no invita a pasar.

—Mira —dijo—. Esa sí que es una buena pregunta.

—Entonces contéstala.

—No.

Y volvió a andar.

—Anda, ven —dijo, ya de espaldas—. Tengo que pasar por un sitio antes de llevarlos a ninguna parte, y de aquí a que vuelva el hielo tenemos rato. —Levantó una mano por encima del hombro, sin mirar—. Y trae la pierna esa. Quiero verla andar.

Raito miró hacia el embarcadero.

La nave estaba a cien pasos, con la pasarela bajada, y en la pasarela había tres personas sentadas esperando a que volviera un hombre que había dicho que no se movieran.

Después miró hacia donde iba la mariposa.

Y fue detrás.

II

Donde se cobra

Bajaron tres niveles por escaleras que colgaban del vacío, sujetas al casco con abrazaderas que Raito prefirió no mirar de cerca. Con cada tramo el aire se puso más caliente y más sucio, y el ruido de arriba —voces, cuerdas, metal— se fue convirtiendo en otro ruido, más hondo, que subía por los escalones en lugar de bajar.

—¿Qué hay ahí abajo? —preguntó.

—Gente pasándolo bien —dijo Randa—. Más o menos.

—¿Y qué vienes a hacer tú?

—A perder dinero.

Raito esperó a que dijera el resto. No dijo el resto.

—Eso no me sirve.

—¿Perdón?

—Que eso no me sirve. —Bajó un escalón más, agarrado a la barandilla—. Llevo cinco personas diciéndome frases así. Ahora no. Ya lo verás. Es complicado. Tú también, y encima te ríes. —Se paró a mirarla—. Si vas a llevarme a un sitio del que no puedo salir corriendo, dime a qué vamos.

Randa se lo pensó de verdad. Dos escalones enteros.

—A que me cobren —dijo—. Y a ver qué haces tú mientras me cobran.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Ah, no. Ahora no.

Y siguió bajando, y a Raito le pareció, con un fastidio profundo, que aquella mujer acababa de contestarle de verdad y de tomarle el pelo en la misma frase.

El sitio no tenía puerta. Tenía una cortina de cadenas y un hombre al lado, enorme, con los brazos cruzados, que miró a Randa y no le dijo absolutamente nada.

Y eso fue lo primero que Raito entendió de ella: que a todo el mundo le decían algo y a ella no.

Delante de ellos, a un hombre que quiso pasar le pusieron una mano en el pecho y le pidieron algo que Raito no oyó. A Randa le apartaron las cadenas.

Dentro había doscientas personas metidas en el vientre de un contenedor gigante y no cabía una más.

Era humo, y calor, y voces gritando cifras. Había mesas largas de metal remachado y lámparas colgadas de cables a distinta altura, de manera que unas caras estaban iluminadas y otras no, y las que no estaban iluminadas eran las que se movían. Olía a sudor, a aceite frito y a algo dulce que quemaba la garganta.

En la pared del fondo, pintado con brocha gorda y sin ninguna gracia, había un círculo con una boca sonriente muy ancha.

Y por ojos, dos equis torcidas.

Raito se quedó mirándolo más rato del que quería, y tardó en saber por qué le ponía la piel de gallina. Lo supo cuando le vinieron a la cabeza las caras del canal, en Kinō, la noche que Kairu lo llevó en volandas: aquella fila de gente seca con dos rayas negras encima de los ojos.

Alguien había pintado esa marca en una cara sonriente. Y la había puesto en su propia pared.

—No mires eso —dijo Randa, sin volverse—. Mira las mesas, que es más divertido.

—¿Qué significa?

—Que aquí nadie se toma nada muy en serio. —Se metió entre dos hombres sin pedir paso—. Ni siquiera lo que les hacen a los demás.

En las mesas no se apostaba con dinero.

O sí, en algunas. Pero en la mayoría lo que había encima del tablero era cualquier otra cosa: una bobina de cable, un par de botas, un frasco de algo, tres tornillos con la cabeza limada, un diente. Raito vio a un hombre poner un diente encima de una mesa y a otro aceptarlo sin comentarios.

—Aquí se apuesta lo que tengas —dijo Randa, sentándose en un taburete que alguien le dejó libre sin que ella lo pidiera—. Que es lo justo. El que tiene poco apuesta poco.

—El que tiene poco no debería apostar.

—El que tiene poco no tiene otra cosa que hacer.

—Sí que la tiene. —A Raito le salió antes de decidir si lo decía—. Trabajar.

Randa se giró en el taburete y lo miró con un interés nuevo, como si acabara de decir algo mucho más raro de lo que él creía haber dicho.

—¿Y tú qué crees que ha estado haciendo esta gente todo el día, campesino?

Raito se saltó la pregunta, porque no tenía respuesta y porque estaba mirando otra cosa.

—Esa viga está mal.

—¿Cuál?

—Esa. —Señaló con la barbilla el puntal que subía junto a la barra de chapa—. Está metida en falso. Le han soldado una placa encima para que no se note, pero se nota, porque el remache de abajo no está apoyando en nada. —Se encogió de hombros—. Aquí todo está así. Lo he visto según bajaba.

Randa dejó de mover las manos un segundo.

—¿Y eso lo ves tú?

—Yo he levantado un pajar. —Volvió la cara hacia la mesa—. Uno malo, además. Por eso lo veo.

Y en la mesa de al lado, dos críos —dos, no tendrían ni doce años, subidos a un cajón para llegar al tablero— se estaban jugando algo.

—Va la mía —dijo el pequeño, y puso una piedra.

—La tuya no vale. Esa la recogiste aquí abajo. La mía la traje del nivel siete.

—Vale igual.

—No vale igual.

—Sí vale —dijo Raito.

Los dos críos levantaron la cabeza a la vez. Y Raito, que no había planeado abrir la boca, se encontró con dos caras esperando y con la suya propia ardiendo.

—Una piedra es una piedra —dijo—. Da igual de dónde la traigas. Pesa lo mismo.

El mayor lo miró con un desprecio que solo se tiene a los once años.

—Se nota que no eres de aquí.

—No, no soy.

—Pues cállate.

Y volvieron a lo suyo.

Raito se quedó con la cara caliente, y con las ganas de decirle al crío que la piedra que él había traído del nivel siete tampoco valía nada, y que las dos eran del mismo suelo, y que se estaban jugando el rato en una cosa que no existía.

No lo dijo. Pero lo pensó entero, y lo pensó enojado, y eso ya era distinto a callarse.

Randa, sin dejar de mirar su propia mesa, dijo:

—Bien.

—¿Bien qué?

—Nada. Reparte.

Randa jugó.

El juego era de un cuenco y unas piedras, y Raito tardó media hora en entender las reglas y otra media en entender que las reglas no importaban tanto como quién estaba sentado dónde. Había una mujer que solo prestaba. Había un hombre que no jugaba nunca y que cada cierto rato se acercaba a una mesa y decía un número, y en esa mesa se callaban todos. Y había, de pie contra las paredes, cuatro o cinco personas que no hacían nada más que mirar.

Y había, en el centro de todo, una cosa que Raito tardó en ver porque estaba a plena vista: que casi nadie se iba.

La gente perdía y se quedaba. Perdía y pedía prestado a la mujer del rincón, que apuntaba en un cuaderno sin levantar la cara. Perdía otra vez y volvía a pedir. Y cada dos por tres el hombre que no jugaba nunca se acercaba a una mesa, decía un número, y en esa mesa se callaban todos y alguien se levantaba y se iba con él por una puerta que no daba a la escalera.

—Esos —dijo Raito, señalando con la barbilla a los que estaban contra las paredes.

—Esos —dijo Randa.

—¿Qué hacen?

—Contar.

Y perdió.

Volvió a perder a la siguiente. Y a la otra.

Al principio Raito pensó que era mala suerte, y le pareció gracioso pensarlo de una mujer con una brasa en el ojo. Después dejó de parecerle gracioso, porque el montón de fichas de delante de ella bajaba y bajaba y ella no cambiaba de cara.

—Se te está acabando.

—Uy, sí.

—Pues para.

—¿Y por qué iba a parar?

—Porque estás perdiendo.

—Ay, mi vida. —Randa empujó otro montón—. Perder es baratísimo. Lo caro es ganar cuando no toca.

Perdió otra vez.

Y en algún momento de esas dos horas —Raito no supo situarlo después— la cosa cambió de temperatura. Los que la rodeaban dejaron de reírse. Los que contaban se acercaron un paso. Y el hombre que decía números dejó de acercarse a otras mesas.

Ella, mientras tanto, hablaba.

Le preguntó a Raito por las cabras. Le preguntó si de verdad había árboles, y de qué tamaño, y si era cierto que hacían ruido, y cuando él le contó lo del viento y lo de darse cuenta cuando para, ella se quedó un momento con el cuenco en la mano y dijo anda en voz baja, y después perdió otra vez.

Le preguntó cómo se mata una cabra. Le preguntó si dolía tener padre. Le preguntó, sin ningún cuidado, qué se siente al ver morir a alguien de tu familia, y cuando Raito se quedó callado no insistió ni se disculpó: siguió jugando, como quien pregunta una dirección y le dicen que no la saben.

Y en algún momento, sin levantar la vista del cuenco, dijo:

—Oye, una cosa. Llevo un rato dándole vueltas.

—Dime.

—Tú estás mil años en el futuro. —Movió una piedra—. Mil. Todo lo tuyo es tierra. Y llevas dos horas aquí sentado preguntándome cómo funciona un cuenco con piedras. —Lo miró de reojo—. ¿A ti eso no te importa?

Raito tardó en decir nada.

En la mesa de al lado alguien celebró algo. La lámpara de encima se movía despacio, y las sombras iban y venían por la mesa.

—Alguien me trajo —dijo.

—¿Cómo?

—Que alguien me trajo. —Se oyó a sí mismo decirlo y le pareció que sonaba a algo—. Yo no me caí solo. Yo estaba en un templo y había un hombre, y después estaba aquí. Alguien hizo eso.

—Ajá.

—Pues si hubo una manera de venir, tiene que haber una manera de volver.

Randa dejó de mover las manos.

Fue poco. Fue medio segundo de manos quietas encima de una mesa, y después siguió como si nada, y Raito no supo si lo había visto de verdad.

—Eso no lo he oído nunca —dijo ella.

—¿El qué?

—Eso de volver. —Empujó unas fichas—. He oído a mucha gente decir muchas cosas en esta ciudad, campesino, pero eso no lo he oído nunca.

—Pues yo lo voy a averiguar.

—¿Y cómo lo vas a averiguar tú, mi vida, si no sabes ni qué comes?

Y a Raito le salió lo otro sin pensarlo, sin adornarlo y sin bajar la voz, que era lo que llevaba desde el incendio queriendo decirle a alguien:

—Preguntándoselo al que me mandó.

Randa se giró en el taburete.

Lo miró un momento largo, con las dos manos todavía sobre la mesa y el cuenco a medias, y no dijo anda, ni se rió, ni le tomó el pelo.

—Ya —dijo—. Pues suerte con eso.

Y perdió otra vez.

Y se levantó dos veces a estirar las piernas.

Dio una vuelta por la sala las dos veces. Iba tocando cosas al pasar —una viga, un pilar, el canto de una mesa, otro pilar— con esa manera distraída que tiene la gente que no puede estar quieta, hablando por encima del hombro todo el rato, riéndose de una mujer que había apostado un zapato.

Raito la vio hacerlo y no le dio la menor importancia.

Nadie mira lo que hace una mujer que se está riendo.

III

Lo que vale el chico

—Randa, mi vida.

El hombre que había llegado a la mesa tenía cara de maestro de pueblo: gafas pequeñas, las manos limpias, la voz de alguien que nunca ha tenido que levantarla. Detrás de él, dos más.

—Fuda —dijo Randa, sin levantar la vista del cuenco—. Qué alegría.

—No me llames así delante de la gente, que luego se creen que somos amigos. —Se sentó enfrente, cruzó las manos sobre la mesa y sonrió con una dulzura espantosa—. Corazón. Vamos a hablar de lo tuyo.

—Lo mío está bien, gracias.

—Lo tuyo lleva seis años estando bien. —Suspiró—. Y la casa es paciente, tú lo sabes, la casa es la cosa más paciente que hay. Pero es que ya no es una deuda, mi cielo. A estas alturas ya es una costumbre. Y las costumbres son malas para el negocio.

Raito, de pie detrás del taburete de ella, sintió cómo se movía la sala.

No fue nada visible. Fue que las cuatro o cinco personas que contaban desde las paredes dejaron de estar apoyadas, y que en las dos mesas de al lado bajaron la voz sin dejar de jugar, y que la mujer del cuaderno cerró el cuaderno.

Y que en el sitio donde estaban los dos críos ya no había dos críos.

—Págame algo —dijo el hombre—. Lo que sea. Cóbrame el gusto de poder decir arriba que me pagaste algo.

—No tengo.

—Randa.

—Que no tengo, corazón. —Y se rió—. ¿No has visto cómo he jugado? Llevo dos horas dándoos dinero.

—Sí. —El hombre asintió despacio, con una tristeza sincera—. Eso es lo que me tiene raro, la verdad. Porque tú juegas mal cuando quieres, y hoy has jugado mal toda la noche. —Se ajustó las gafas—. Y yo llevo seis años preguntándome qué haces cuando haces algo mal a propósito.

—Divertirme.

—Ojalá.

El hombre de las gafas se quedó callado un momento.

Y entonces —Raito lo vio venir un segundo antes, y no le sirvió de nada— levantó los ojos por encima del hombro de ella.

—¿Y este quién es?

—Un chico.

—Ya veo que es un chico. Los chicos son lo único que hay aquí abajo, mi vida, esto está lleno de chicos. —Se levantó despacio y dio dos pasos, y se puso a la altura de Raito, y le miró la cara con una atención tranquila, de arriba abajo, deteniéndose donde tenía que detenerse—. Qué ojos tan peculiares.

El local siguió gritando cifras a su alrededor. Alguien, en el otro extremo, celebró algo a voz en grito.

Y Raito se quedó muy quieto, porque llevaba todo aquel tiempo aprendiendo qué significa que alguien de este mundo te mire los ojos, y ninguna de las veces había significado nada bueno.

—Qué ojos tan peculiares, de verdad —repitió el hombre, y volvió a sentarse, y a Raito le pareció que la sala se había quedado a oscuras aunque las lámparas seguían donde estaban—. Randa, mi vida, te voy a hacer un favor que no me merezco. Déjame al chico y quedamos en paz. Todo. Seis años. Borrón.

Randa dejó de mirar el cuenco.

—Es que no es mío para dejarlo.

—Ay, no me hagas eso. No me hagas la digna a estas horas. —El hombre se quitó las gafas y se puso a limpiarlas con un pañuelo—. Mira, corazón, te lo voy a poner fácil, porque te tengo cariño y porque me agarras cenada. Nadie le va a hacer nada al chico. A los chicos así no se les hace nada: se les lleva arriba, se les pregunta de dónde han salido, y si no molestan se les da de comer mejor que aquí abajo. —Volvió a ponerse las gafas—. Y si molestan, pues vienen los de la cúpula y se lo llevan igual, y esos pagan mejor que yo y preguntan peor.

—Qué bonito.

—Es la verdad, mi vida. Yo no te estoy amenazando: te estoy dando a elegir quién se lo lleva.

—¿Y yo?

—¿Tú qué, corazón?

—Que si te doy al chico, yo me voy andando.

Fuda tardó lo justo.

—Tú te vienes también —dijo, y lo dijo con la misma dulzura—. Pero por tu propio pie, que es distinto. Arriba hay gente que lleva seis años queriendo hacerte preguntas, y a mí me han dicho que si bajaba y te encontraba, subiera con las dos cosas.

—Ah.

—No pongas esa cara. A ti tampoco te van a hacer nada.

Y desde una de las mesas, uno de los que llevaban toda la noche perdiendo habló sin levantar la cabeza de las cartas.

—A ella sí.

Nadie se rió.

Fuda cerró los ojos un momento, muy despacio, como el hombre al que se le cae un plato al suelo delante de una visita.

—Perdona a los míos —dijo—. Es que son de aquí abajo y no saben hablar.

—No, si ha hablado muy claro. —Randa volvió a mirar el cuenco—. Es el primero de la noche.

—No estoy haciendo la digna. —Ella se giró en el taburete, despacio, y por primera vez desde que bajaron miró al hombre a la cara—. Estoy diciendo que si lo quieres, lo tienes que quitar.

Silencio.

—Y sinceramente, Fuda —añadió, con una sonrisa enorme—: ¿qué van a hacer ustedes tres contra mí?

Raito la miró.

Estaba sentada en un taburete, en mitad de un sitio lleno de gente que cobraba, delante de un hombre que acababa de ofrecerle borrarle seis años de deuda, y había dicho aquello con el mismo tono con el que había preguntado antes cómo se mata una cabra.

El hombre de las gafas la miró con algo parecido al cariño.

—Ay, Randa —dijo—. Es que nosotros no somos tres.

Y no entraron.

Eso fue lo peor: que no entró nadie. Se levantaron. De las mesas, de los rincones, del hueco de la escalera, de detrás de la barra de chapa: doce personas que llevaban toda la noche ahí sentadas, jugando, perdiendo, bebiendo, riéndose de sus propias cosas.

Quince, contando a los tres de delante.

Y en el fondo del pecho, por debajo del ruido de las fichas y de la música de chapa, arrancó otra vez.

Tic.

Sabían con quién venían a hablar.

Y Raito entendió, con el estómago, dos cosas a la vez. La primera, que aquello llevaba preparado desde antes de que ellos bajaran las escaleras.

Y la segunda, que a él lo habían contado dentro.

IV

Lo que estaba pasando arriba

Tres niveles más arriba, en el embarcadero, Samui soltó una caja de metal en la pasarela y miró la bodega vacía.

—¿Dónde está?

Kairu levantó la cabeza del sitio donde estaba sentado.

—Se fue.

—¿Se fue?

—Detrás de una mariposa. —Kairu se encogió de hombros con la incomodidad de quien sabe que lo que va a decir suena mal—. Había una mariposa por ahí y le llamó la atención y bajó a verla. De metal, además. Una cosa bonita, la verdad.

Samui no se movió.

—De metal —dijo.

—Sí.

Yoko se levantó entonces, porque le había cambiado algo en la cara al hombre de hielo y ella era la única de los tres que llevaba la cuenta de esas cosas.

—¿Eso es malo? —dijo.

Samui no contestó.

—¿Eso es malo? —repitió Yoko.

Y Samui ya estaba andando.

—¿Hielo? —dijo Kairu, levantándose—. Oye. ¿Vamos contigo o…?

—No.

—Es que si es malo, nosotros podemos…

—No. —Y no se volvió a decirlo—. Suban la pasarela y no abran a nadie.

Dijo una cosa muy corta y muy fea en voz baja, en un idioma que ninguno de los tres conocía, y se metió en el gentío.

Y Kairu, que llevaba con aquel hombre desde el muelle y no le había visto apretar el paso ni una vez, se quedó mirando el sitio por donde se había ido.

—¿Qué ha dicho? —preguntó.

—No sé —dijo Yoko—. Pero lo ha dicho de una mujer.

V

Lo que no puede

Raito no llegó a ver cómo empezaba.

Lo que vio fue que las lámparas se movieron todas a la vez, porque doscientas personas se levantaron a la vez, y que la mitad del local salió por donde pudo y la otra mitad se subió a las mesas para ver mejor.

Y que Randa, en medio de aquello, seguía sentada.

—Bueno —dijo, y se bajó del taburete estirando la espalda—. Pues nada.

Los tres de delante fueron por ella.

Los doce fueron por él.

Lo primero que aprendió Raito fue que un hombre que quiere agarrarte no viene de frente: viene de lado.

Y lo aprendió porque el primero le llegó por la izquierda, y él se apartó sin pensarlo, y notó —con una sorpresa que casi le hizo reírse en mitad de todo aquello— que se había apartado a tiempo.

No fue el ojo. No encendió nada, ni le hizo falta, ni habría sabido cómo. Fue que le dio tiempo a ver la mano venir y a decidir, y que el cuerpo hizo lo que él decidió y lo hizo cuando tocaba.

El segundo también.

Y el tercero, que era grande y venía convencido, se llevó por delante el taburete donde ella había estado sentada.

Raito, en la granja, había volteado terneros. Un ternero de seis meses pesa más que un hombre y va a donde quiere ir, y lo único que se puede hacer con un ternero es no estar donde el ternero va a estar. Taiyo se lo había enseñado a los nueve años, y se lo había enseñado a base de que lo tirara al barro veinte veces.

Aquellos hombres iban a donde querían ir.

El cuerpo iba rápido. Iba más rápido de lo que él sabía que podía ir, más rápido de lo que ninguno de aquellos hombres esperaba de un cojo con media pierna de metal, y durante unos segundos larguísimos Raito se movió por un sitio lleno de gente que quería agarrarlo y no lo agarraba nadie.

Vio un hueco entre dos mesas y se metió, y el que iba detrás no cabía y tuvo que rodear.

Vio un brazo venir y se agachó, y por encima de él pasó un puño y le dio en la boca a otro.

Y oyó, muy lejos, a alguien de las mesas gritar algo que sonaba a apuesta.

Y llegó a uno —le llegó de verdad, con el hombro por delante, como se voltea un ternero— y el hombre se fue contra una mesa y la mesa se fue al suelo con todo lo que tenía encima.

Y a Raito se le subió una cosa al pecho que no sentía desde la granja.

No era valentía. Era más tonto que eso y más antiguo: era la sensación de estar haciendo bien una cosa física. La misma de clavar un poste derecho a la primera.

Puedo.

Y entonces vio, entre el humo y los cuerpos, que dos de los que quedaban se estaban abriendo hacia la espalda de Randa.

Y ella no los estaba mirando.

Y entonces corrió.

Corrió de verdad, todo lo que daba, hacia el hueco de la escalera, porque había visto a dos yendo hacia Randa por detrás y pensó que llegaba.

Llegó el cuerpo.

La pierna no.

Fue exactamente como en el muelle, y esta vez lo sintió venir con una claridad horrible: que la cosa de metal iba a su propio paso, obediente y a destiempo, y que él le estaba pidiendo algo que no había pedido nunca. El pie enganchó en una tabla suelta. La rodilla siguió. Y el suelo subió.

Cayó de lado, se llevó por delante un taburete y quedó tendido entre dos mesas volcadas, con la cara contra el metal mojado y un dolor blanco subiéndole desde el muñón hasta detrás de los ojos.

Se quedó un momento sin saber dónde estaba arriba.

Después se acordó de los dos que iban hacia la espalda de ella y quiso levantarse, y puso la mano en el suelo y empujó.

Se le dobló.

Se llevó la mano al muslo y la sacó caliente, y por debajo de la prótesis, donde el borde se le agarraba a la carne, el pantalón estaba pegado y empapado y muy oscuro.

Lo intentó otra vez. Y otra. Y a la tercera fue cuando entendió del todo lo que estaba pasando, y no fue el dolor lo que se lo hizo entender: fue que la pierna de metal seguía obedeciendo. Se doblaba, se estiraba, respondía. Estaba entera y era él el que no aguantaba de pie.

Otra vez.

Otra vez lo mismo.

—Levanta al crío —dijo alguien—. Lo quieren entero.

Y desde ahí, tirado, con las manos de dos hombres agarrándolo por las axilas, Raito la vio.

Randa estaba a diez pasos.

Tenía a tres delante y a más gente alrededor, y se movía por el hueco entre las mesas como quien busca un asiento en un sitio lleno. No golpeaba. No paraba nada. Se apartaba, y el que iba por ella se llevaba por delante una banqueta; se agachaba, y el que le tiraba se resbalaba en algo que había en el suelo; se hacía a un lado, y dos chocaban entre ellos y se caían.

Y hablaba.

—¡Fuda! —gritó, esquivando—. ¡Fuda, mi amor, con qué gente vienes! ¿Has visto lo del suelo? ¡Esto lleva mojado desde que yo era joven! —Se rió—. Como se mate alguien aquí no es culpa mía, ¿eh?

Uno le tiró algo. Ella ni lo miró.

Y siguió hablando. Ese fue el detalle que a Raito se le quedó dentro para siempre: que no estaba concentrada. Que tenía a tres encima y estaba haciendo comentarios sobre el local, como una vecina en una obra, y que en mitad de todo se agachó a recoger una ficha que se le había caído del bolsillo y la volvió a guardar.

—Y la escopeta esa —siguió, señalando con la barbilla a un hombre que estaba apuntándole—. Mi vida, esa escopeta lleva sin limpiarse desde antes de la guerra, no me la apuntes que me da vergüenza ajena.

El hombre disparó.

Hubo un estruendo, y un olor, y un grito.

Y el que cayó fue otro, tres pasos a la izquierda.

Raito, colgando de dos brazos que lo levantaban, sintió una cosa en el estómago que no era admiración.

Era lo otro.

Era exactamente lo mismo que había sentido en el suelo de un templo, hacía nada y hacía mil años, mirando a un hombre que le paró el puño con dos dedos y se dio la vuelta.

La diferencia era que aquel hombre había venido a matar a su familia.

Y esta mujer se estaba riendo.

Y las dos cosas —Raito lo entendió ahí, colgando de dos brazos, con la pierna abierta— pesaban en el pecho exactamente igual.

VI

Shimai

Lo que pasó después Raito lo ordenó mal durante mucho tiempo.

Se acordaba de que uno de los que lo tenían agarrado dijo algo de llevarlo arriba.

Se acordaba de que le llegó el olor de la sangre de su propia pierna, que en aquel calor era un olor dulce y sucio.

Y se acordaba, sobre todo, de que buscó a Randa con los ojos para ver si venía.

Y la encontró parada.

Estaba de pie en mitad del local, con los brazos a los lados.

Y no se estaba riendo.

Fue un segundo. Menos. Pero Raito llevaba dos horas viéndola reírse de todo —de la escopeta, del suelo, de Fuda, de la casa, de sí misma— y aquella cara sin nada encima le dio más miedo que los doce hombres juntos.

Después Randa levantó la vista al techo.

Arriba, entre los cables de las lámparas, la mariposa de metal subió despacio, batiendo con su chasquido finísimo, y se quedó quieta justo debajo de la chapa.

Y se encendió.

Fue un fogonazo blanco y un chasquido seco, como el de una lámpara que revienta, y doscientas personas hicieron lo que hace cualquiera cuando algo estalla encima de su cabeza:

Levantaron la cara.

Todos.

Y en ese momento Raito, que estaba colgado y mirando hacia abajo, fue el único de la sala que estaba mirando a Randa.

Por eso él sí lo vio.

Vio que en los pilares —en los diez o doce pilares de chapa remachada que sostenían el techo de aquel sitio— aparecían, a la altura de una mano, unas manchitas de un fucsia encendido, del tamaño de una moneda.

Aparecían. Ese fue el verbo que Raito no supo poner en su sitio hasta mucho después, porque no las estaban pintando ni las estaba tocando nadie: brotaban solas, una detrás de otra, muy rápido, como brota el moho en el pan cuando alguien pone la película entera de una semana en un segundo.

En todos. En la viga larga del centro. En el arranque de la escalera. En los dos puntales de detrás de la barra.

Y en el que estaba metido en falso. En ese, dos.

Y no salió ninguna en los tres pilares del rincón donde estaban ellos.

Randa no se había movido de ahí en toda la noche.

Y en el segundo que quedaba, con la sala entera mirando al techo y él siendo el único que la miraba a ella, Raito la vio cerrar la mano.

—Shimai —dijo Randa.

No lo gritó. No levantó la voz ni medio tono. Lo dijo como quien apaga una luz al salir de una habitación, o como quien echa a los últimos de un sitio a la hora de cerrar.

Y todas las partículas se apagaron a la vez, en todos los pilares, como se apaga una brasa que alguien sopla.

Y el techo cedió.

No explotó. Eso fue lo que Raito no pudo explicar después, ni a Kairu ni a nadie: que no hubo una explosión, ni fuego, ni nada que se rompiera hacia fuera.

Hubo doce chasquidos casi a la vez —pequeños, secos, como cuando una viga vieja se queja— y después un ruido hondo que no venía de ningún sitio concreto, y luego el sonido de un edificio que se acuerda de golpe de que lleva veinte años mal hecho.

Y todo lo que estaba arriba dejó de estar arriba.

Los dos hombres lo soltaron.

Raito cayó de culo entre dos mesas volcadas y se hizo un ovillo, y sobre él pasó el mundo entero: chapa, cable, lámparas, vigas, la barra, media escalera. Una viga bajó girando hacia donde él estaba y se enganchó a mitad de camino con otra que venía en sentido contrario, y las dos se quedaron trabadas en el aire a un metro de su cabeza, chirriando.

Y no le cayó nada encima.

Ni un cascote. Ni un tornillo. Le pasó todo por los lados y por delante y por detrás, y el polvo se le metió en la boca y en los ojos, y el suelo dio dos saltos debajo de él, y cuando dejó de moverse todo seguía teniendo los diez dedos.

Cuando el polvo empezó a asentarse, Raito levantó la cabeza y vio, a través de una nube blanca y espesa, un trozo de techo que seguía en su sitio.

Y vio otra cosa, que tardó en entender y que no entendió del todo hasta mucho más adelante: que en los tres pilares de aquel rincón —los suyos, los que habían aguantado— no había habido nunca una sola mancha. Ni una partícula. Ni un grano de aquel polvo encendido.

Como si a ese trozo de sala no la hubieran mirado.

Uno solo.

El de encima de ellos dos.

Randa estaba de pie debajo.

En el mismo sitio exacto donde llevaba parada desde antes de decir la palabra. Sacudiéndose el polvo de la chaqueta con el dorso de la mano.

Y Raito, con la cabeza todavía zumbándole, hizo una cuenta muy simple y muy fea.

Que ella no se había movido a ese sitio cuando empezó.

Que llevaba dos horas sentada exactamente ahí, riéndose de todo, sin levantarse ni una vez. En el único rincón de aquel local donde el techo iba a aguantar.

Que había elegido dónde ponerse antes de que hubiera nada de lo que protegerse.

Y que a él lo había sentado enfrente.

Ella se limpió la nariz con la manga.

La manga se le quedó roja.

VII

Solo quería conocer al niño kodai

—Bueno —dijo, mirando el desastre—. Ahora sí que no les debo nada.

Raito no fue capaz de contestar.

Estaba sentado en el suelo con la espalda contra una mesa volcada, sujetándose la pierna con las dos manos, y le zumbaban los oídos, y le temblaban las dos rodillas —la de carne y la de metal, aunque la de metal no tenía por qué temblar y temblaba igual.

Y por encima de todo eso había una cosa subiéndole por dentro que no era el dolor.

Era que quería volver a verlo.

Le entró así, entera, sin permiso: la sala mirando al techo, la palabra dicha sin levantar la voz, y todo lo de arriba dejando de estar arriba. Y una parte de él, la parte que llevaba tirada en el suelo mientras otros resolvían, se había puesto de pie por dentro y quería que pasara otra vez.

Se le encendió la cara.

Y entonces, porque el polvo empezaba a asentarse, vio una mano.

Salía de debajo de una plancha, a diez pasos, con la palma hacia arriba y los dedos medio cerrados, y no era la de nadie que él conociera. Un poco más allá había una bota. Y más allá, algo que no quiso mirar.

Quince personas. Y algunos de los que se habían subido a las mesas para ver mejor.

—Se ha muerto gente —dijo.

—Sí.

—Gente que no venía por mí.

—Sí. —Randa no lo dijo con dureza ni con pena. Lo dijo como se dice que va a llover—. Los que se quedan a mirar se llevan lo suyo. Aquí lo sabe todo el mundo, mi vida. Todo el mundo menos tú.

Y Raito se quedó con las dos cosas dentro a la vez, la mano de debajo de la plancha y las ganas de haberlo visto mejor, y le dio asco haber sentido lo segundo.

Randa se agachó a mirarle el muslo. Le tocó el borde de la prótesis con dos dedos, hizo un ruidito con la lengua y le apretó el vendaje que ya no vendaba nada.

—Ah, campesino —dijo—. Qué desastre.

—Tú lo sabías.

—¿El qué, mi vida?

—Lo del techo. —Le costaba hablar—. Lo tenías puesto desde el principio. Desde antes de que llegaran.

—Ajá.

—Y perdiste a propósito.

—Ajá.

—Entonces no hacía falta que yo…

Se calló, porque al decirlo en voz alta se le acabó de ordenar todo, y ordenado era peor.

Randa lo miró con una paciencia horrible.

—Ay —dijo—. Ya está. Ya lo pensaste.

—Me dejaste.

—Te dejé.

—Me dejaste que fueran por mí. —Raito notó que le temblaba la voz y no hizo nada por evitarlo—. Podías haberlo hecho antes. Estaba todo puesto. Podías haber dicho esa palabra en cuanto se levantaron esos doce, y yo no estaría… —Se miró la pierna—. No estaría así.

—No.

—¿No qué?

—No podía. —Randa se sentó a su lado en el suelo, con las rodillas dobladas, como una cría—. Bueno, sí podía. Pero entonces no te habría visto.

Y ahí fue donde Raito se calló de verdad.

Fue en ese momento —no antes— cuando entendió que la deuda le daba exactamente igual. Que no había bajado a pagar nada. Que la noche entera, desde la mariposa en el aire del muelle hasta este techo encima de quince personas, había sido una sola cosa de principio a fin, y que él había estado dentro sin que nadie le preguntara.

—Me has usado —dijo.

—Sí.

Ni un titubeo. Ni un adorno. Lo dijo como había dicho todo lo demás en toda la noche, con la misma cara con la que había preguntado por las cabras.

—¿Y ya está?

—Y ya está. —Ella se encogió de hombros—. Mira, mi vida, yo te podría decir que lo siento. Sería mentira y encima te lo tragarías, que es lo que me daría pena. —Se limpió otra vez la nariz—. Yo necesitaba saber una cosa y ya la sé.

—¿Qué cosa?

—Qué haces cuando no puedes.

Raito abrió la boca.

—Y ya lo sé —dijo Randa—. No te quedaste quieto. Podías haberte quedado quieto: estabas cojo, estabas solo, y había una loca al lado que se estaba encargando. Cualquiera con dos dedos de frente se queda quieto. —Le dio dos palmaditas en la rodilla de metal—. Tú te levantaste y fuiste. Te salió fatal, eh. Fatal. Pero fuiste.

—¿Y eso qué demuestra?

—Nada. —Se rió—. Eso no demuestra nada, mi vida, eso solo dice cómo eres. Que es distinto y es mucho más útil.

—¿Para quién?

Randa no contestó a eso.

Y ahí a Raito se le acabó.

—Eso no se hace —dijo.

—¿El qué?

—Eso. Lo que has hecho conmigo. —Le salió la voz rara y no le importó—. Yo llevo desde que caí haciendo lo que me dicen. Súbete, bájate, no hables, quédate quieto, apágalo. Y ahora resulta que además el único que ha hecho algo por su cuenta en toda la noche también era lo que tú querías que hiciera. —Tragó—. Yo no soy tuyo tampoco.

Randa se quedó callada.

Y fue raro, porque no puso cara de arrepentida, ni de ofendida, ni de nada. Puso cara de estar escuchando.

—No —dijo al fin—. No eres mío.

—Pues entonces no vuelvas a…

—No te voy a prometer nada, campesino. —Y lo dijo suave—. Yo hago esto. Llevo haciéndolo desde antes de que existieras tú, y lo voy a seguir haciendo, y lo mejor que te puedo dar es que no te voy a mentir sobre ello.

Raito respiró tres veces.

Estaba enojado, y era la primera vez desde que cayó que estar enojado le servía para algo, porque el enojo le sacó la pregunta que llevaba media hora atascada y que no se habría atrevido a hacer de otra manera.

—Enséñame.

—¿Qué?

—Eso. —Señaló con la barbilla el trozo de techo que seguía encima de ellos, el único que quedaba—. No lo de las manchas. Eso ya me imagino que es tuyo y no me lo vas a dar. —Tragó—. Lo otro. Enséñame a saber dónde sentarme.

Y Randa dejó de sonreír por segunda vez esa noche.

Fue más largo que la primera. La miró un momento entero, seria, con la cara sucia de polvo y la manga roja, y a Raito le pareció que estaba haciendo una cuenta y que no le estaba saliendo redonda.

—Eso no se enseña —dijo—. Eso es mío.

—No te he pedido lo tuyo. —Raito se agarró a la mesa y se puso de pie, aunque le costó y aunque no hacía falta—. Te he pedido que me enseñes. Son cosas distintas y tú lo sabes.

—Uy.

—Llevo desde que me caí aquí viendo hacer cosas a gente que no me explica ninguna. —Se sostuvo—. Y hoy he entendido una. Tú te sentaste ahí. Antes de que pasara nada, antes de que llegara ese hombre, antes de todo. Te sentaste donde no se iba a caer nada. —Se le puso la voz rara—. Eso no es magia. Eso es mirar. Y mirar se enseña.

Randa lo miró desde abajo, sentada en el suelo.

—Entonces enséñame otra cosa.

—Uf. —Se pasó la mano por la cara—. Qué complicado se te está poniendo esto a alguien.

—¿A quién?

Y tampoco contestó a eso.

—Me he roto otra vez.

—Sí.

—Y no sirvió de nada.

—No.

—Entonces qué más da.

Randa se giró para mirarlo.

Y ya no sonreía, aunque no de la manera de antes; era otra cosa, más pequeña.

—El alma ya la tienes —dijo—. Eso no se entrena; eso se despierta, y a ti ya se te despertó, así que deja de preguntarte si vales. —Le soltó la rodilla—. Lo que no tienes es el resto. Tú eres un chico con un alma enorme metida en un cuerpo de papel.

—Akari.

Randa levantó una ceja.

—Anda. Ya te lo han dicho.

—Me lo dijo Yoko. —Raito se miró las manos, que seguían apagadas y llenas de polvo—. Que es lo que se gasta. Que yo tengo mucho.

—Muchísimo.

—Pues no me ha servido de nada.

Y la palabra le salió torcida en la boca, como sale una palabra que uno ha oído dos veces y todavía no ha usado nunca. Pero la usó.

—¿De papel?

—De papel mojado, mi vida. —Se levantó, se sacudió las rodillas—. Hoy te has asomado un segundo y ya estás sangrando. Si te asomas tres, no hay quien te recoja.

Bajaron por el hueco de la escalera dos siluetas, y una de las dos venía rápido.

Samui salió del polvo con la capucha caída, y se paró.

Miró el techo caído. Miró los pies que se veían debajo de la chapa. Miró a Raito sentado en el suelo con la pierna abierta, y a la mujer de pie a su lado sacudiéndose el polvo, y a Raito le pareció que aquel hombre, que había deshecho a dos personas en un muelle sin cambiar de cara, estaba a punto de decir algo que no había dicho nunca.

—Randa.

—Cálmate, hielo.

Pero Samui no la estaba mirando a ella.

—Te dije que no bajaras.

Raito, sentado entre dos mesas volcadas, levantó la cabeza.

—Ya.

—Te dije que no bajaras, que no hablaras con nadie, y que se quedaran los cuatro en la nave. —No levantó la voz ni un tono, y por eso sonó peor—. Y en un muelle de Kinō, con la cara contra el suelo, tú dijiste que harías lo que yo dijera. Sin preguntar, sin discutir y sin refunfuñar. Tú. No ellos.

Raito abrió la boca.

—Había una mariposa —dijo.

Y en cuanto lo oyó dicho en voz alta y a la cara de aquel hombre, entendió exactamente cómo sonaba.

—Había una mariposa —repitió Samui.

—Sí.

Y Samui se quedó mirándolo un momento largo, sin rabia, con esa aritmética suya, sumando lo que le iba a costar cada vez que aquel crío decidiera algo por su cuenta.

—Randa.

—Cálmate, hielo. Que está todo bien. —Se apartó el pelo de la cara y dejó una raya de polvo—. Solo quería conocer al niño kodai.

Samui la miró.

Y ella, con la nariz todavía manchada y quince personas debajo de un techo, se rió otra vez, corta y demasiado grande.

—Y no me decepcionó —dijo—. Que ya es más de lo que se puede decir de casi nadie.

Detrás de ella, Yoko llegaba al último escalón y se quedaba parada con la boca abierta mirando lo que quedaba del sitio.

Randa se sentó.

Lo hizo sin avisar, en el borde de una mesa volcada, con las dos manos apoyadas a los lados y la cabeza un poco baja, y a Raito le pareció que era la primera vez en toda la noche que se apoyaba en algo.

Duró lo que dura contar hasta cinco. Después se levantó como si nada.

—¿Nos vamos ya? —dijo—. Que tengo un dolor de cabeza que no se me quita.

Y echó a andar hacia la escalera, y en el primer escalón se le enganchó el pie y estuvo a punto de irse de bruces, y soltó un taco tan largo y tan florido que a Kairu, tres escalones más arriba y sin entender nada de lo que había pasado, se le escapó la risa.

Raito se levantó apoyándose en la mesa.

—Randa.

—Dime, campesino.

—¿Quién te habló de mí?

Ella no se volvió. Siguió subiendo un escalón más, y otro, y cuando ya estaba a media escalera dijo, sin darle importancia ninguna:

—Gente de Ashita.

—Eso ya lo sé. Lo que pregunto es cómo saben ellos mi nombre.

Y ella se paró.

Fue medio segundo. Fue que la mano se le quedó en la barandilla y la boca se le abrió un poco, y la volvió a cerrar, y no se giró a mirar a nadie.

—Randa —dijo Samui, muy bajo.

—Ya, ya. —Y siguió subiendo—. No he dicho nada, hielo. Cálmate.

VIII

Lo que viaja de noche

Tres niveles más abajo de todo aquello, en un cuarto sin ventanas que olía a papel mojado, un hombre con la cara hinchada le contaba a otro lo que había pasado en el local.

El otro no lo miraba. Estaba sentado a una mesa llena de cuadernos, y escribía. Escribía todo el rato, con una letra pequeña y apretada, y no levantó la vista ni cuando el de la cara hinchada llegó a la parte del techo.

—Ya sé lo de Randa —dijo—. Randa me cuesta dinero desde hace seis años. Randa no es noticia.

—No vengo por Randa.

Entonces sí levantó la vista.

—El crío —dijo el de la cara hinchada—. El que iba con ella. Fuda le vio los ojos de cerca antes de que se le cayera el techo encima, y me lo dijo mientras lo sacábamos. —Tragó—. Triángulos.

La pluma se paró.

—¿Cuántos?

—¿Cómo que cuántos?

—Que cuántos triángulos, hombre. Cuántos por ojo.

El de la cara hinchada se lo pensó, y se le notó que no entendía la pregunta y que le daba miedo contestar mal.

—Uno —dijo—. En cada ojo, uno.

El hombre de los cuadernos se quedó muy quieto un momento largo. Después dejó la pluma, sacó una hoja limpia y empezó otra vez, con una letra distinta, más grande y más lenta, de las que se usan cuando se escribe para alguien de arriba.

—¿A quién se la mando? —dijo el otro.

—Tú no se la mandas a nadie. Tú te vas a dormir y no has hablado conmigo esta noche. Esto no sube por el conducto de siempre.

—Es un crío.

—Es un ojo kodai en manos de Ashita —dijo el hombre—. Eso no es un crío. Eso es una noticia.

Salió al pasillo con el sobre en la mano.

Afuera, muy lejos, un carguero robado se soltaba de sus amarres y se metía otra vez en la bruma, y nadie a bordo tenía la menor idea de que aquella noche, en un cuarto sin ventanas de un puerto sin nombre, alguien acababa de escribir el apellido de Raito en una hoja limpia.

Fin del Capítulo Cinco